Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez — Pastor IBECh

12 de julio de 2029

Hay pasajes de la Biblia que, con el paso del tiempo, terminan siendo recordados por sus protagonistas humanos más que por el Dios que actúa en ellos. Muchos conocen el cántico de María que ella pronunció cuando se encontró con su prima Elisabeth, quien estaba embaraza habiendo sido estéril y anciana y esperaba al bebé que sería Juan el bautista. Pero, pocos advierten que ella misma procura desaparecer del centro de la escena para dirigir toda la atención al Señor. Sus palabras no exaltan su privilegio, sino el carácter de Dios. Cada verso levanta nuestra mirada hacia un Dios poderoso, santo, justo, misericordioso y fiel. Ese es el Dios que sigue siendo digno de toda nuestra adoración, y a quien contemplaremos hoy en este pasaje.

Antes de escuchar el cántico de María, Lucas nos conduce a un encuentro lleno de significado. Después de recibir el anuncio del ángel Gabriel de que concebiría al Mesías por obra del Espíritu Santo, María emprendió un viaje desde Nazaret hasta la región montañosa de Judea para visitar a su parienta Elisabet. Aquella mujer, que durante años había sufrido el dolor de la esterilidad, llevaba ya seis meses de embarazo, cumpliéndose también en ella la promesa divina.

Cuando María entró en la casa y saludó a Elisabet, ocurrió algo extraordinario. El niño que Elisabet llevaba en su vientre, Juan el Bautista, saltó de alegría, y ella fue llena del Espíritu Santo. Inspirada por Dios, exclamó a gran voz: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!». Luego añadió unas palabras que revelaban una profunda comprensión espiritual: «¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?». Aquel reconocimiento no provenía de una deducción humana, sino de la revelación del Espíritu.

Es en ese ambiente de gozo, de fe y de confirmación divina donde María responde con el cántico que conocemos como el Magnificat en la tradición cristiana. Sin embargo, lejos de centrar la atención en sí misma o en el privilegio que había recibido, eleva su mirada hacia Dios. Lo que brota de sus labios no es un himno a su propia grandeza, sino una exaltación del Señor. María comprende que ella es apenas un instrumento en las manos del Dios soberano, y que toda la gloria pertenece únicamente a Él. De ese modo, el Magnificat, este canto de María, se convierte en una de las más sublimes confesiones del carácter de Dios que encontramos en toda la Escritura.

Este cántico nos invita a mirar más allá de las circunstancias y de los personajes para fijar nuestra atención en Dios. María no pretende que la recordemos por su condición, sino que conozcamos al Señor que obró en ella. Cada una de sus expresiones revela un aspecto de su carácter y nos conduce a contemplar su grandeza. La adoración que brota de sus labios nace del conocimiento de quién es Dios y de cómo actúa en favor de su pueblo. Siguiendo el desarrollo del pasaje, descubriremos tres razones por las cuales Dios merece toda nuestra adoración: por su poder, por su santidad, justicia y misericordia, y por su inquebrantable fidelidad.

I. Adoramos porque Dios es Poderoso

Lucas 1:46-49

Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre,

El cántico comienza con una explosión de adoración: «Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador». Desde las primeras palabras, María deja claro quién ocupa el centro de la escena. No dice: «Engrandece mi alma el privilegio que he recibido». Tampoco dice: «Mi espíritu se alegra por el honor que Dios me ha concedido». Su mirada está completamente dirigida hacia el Señor.

Este es un detalle que no debemos pasar por alto. María acaba de recibir la noticia más extraordinaria que una mujer haya recibido jamás: sería la madre del Mesías prometido. Sin embargo, cuando abre sus labios, no habla principalmente de sí misma. Habla de Dios.

Esa es una diferencia profunda entre una fe madura y una fe centrada en el ser humano. Cuando la atención está puesta en nosotros, siempre terminamos hablando de nuestras capacidades, nuestros logros o nuestras experiencias. Pero cuando el corazón contempla la grandeza de Dios, el «yo» comienza a disminuir y el Señor ocupa el lugar que siempre debió tener.

Observe cuidadosamente el texto. María reconoce que Dios ha mirado la humildad de su sierva, pero inmediatamente añade: «porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso». Ella no atribuye nada a sí misma. No presenta una lista de virtudes que expliquen por qué Dios la escogió.

No habla de su mérito. No dice: «Dios me eligió porque fui mejor que las demás jóvenes de Israel».

No habla de su obediencia. No dice: «Mi fidelidad hizo posible este plan». No habla de su pureza.

No pretende que las generaciones futuras admiren sus cualidades. Todo el énfasis recae sobre Dios. Él es quien vio. Él es quien escogió. Él es quien actuó. Él es quien hizo grandes cosas.

¡Qué diferente es esto de nuestra naturaleza! Con facilidad sentimos la tentación de apropiarnos de una parte de la gloria. Cuando alcanzamos una meta, solemos pensar: «Fue gracias a mi esfuerzo». Cuando prosperamos, atribuimos el resultado únicamente a nuestra disciplina. Cuando servimos en la iglesia, podemos llegar a creer que la obra depende de nuestras capacidades.

Pero María nos enseña que toda obra verdaderamente grande comienza y termina en Dios. Ella utiliza un título lleno de significado: «el Poderoso».

No es simplemente un adjetivo para describir que Dios tiene fuerza. Es un nombre que resume todo lo que Israel había aprendido acerca de Él a lo largo de los siglos. Al llamarlo «el Poderoso», María está recordando la historia completa de la redención.

Es el Dios que habló y el universo comenzó a existir. Donde no había absolutamente nada, su palabra produjo luz, mares, montañas, estrellas y toda forma de vida. Ningún ser humano puede crear algo de la nada. Nosotros transformamos materiales que ya existen; Dios, en cambio, crea por el poder de su palabra.

Es el mismo Dios que abrió el Mar Rojo cuando parecía que Israel estaba completamente atrapado. Delante tenían el mar; detrás, el ejército de Faraón. Humanamente no había salida. Sin embargo, el Dios poderoso abrió un camino donde nadie podía verlo.

Es el Dios que sostuvo a Israel durante cuarenta años en el desierto. Cada mañana hacía descender el maná. Proveyó agua en medio de la sequía. Sus vestidos no se envejecieron y sus pies no se hincharon. Día tras día, generación tras generación, demostró que su poder no era un acto aislado, sino un cuidado constante hacia su pueblo.

Y ahora, delante de María, ese mismo Dios estaba realizando el mayor milagro de toda la historia: el Hijo eterno de Dios asumiría naturaleza humana. El Creador entraría en su propia creación. El Verbo se haría carne sin dejar de ser Dios. No había ocurrido antes ni volvería a ocurrir jamás.

Por eso María dice: «me ha hecho grandes cosas el Poderoso». Ella entiende que el milagro no consiste en quién es ella, sino en quién es Dios. A veces nosotros también olvidamos esa verdad.

Cuando un hermano consigue trabajo después de meses de búsqueda, solemos felicitarlo por su perseverancia. Y está bien reconocer su esfuerzo. Pero antes de celebrar su capacidad, deberíamos agradecer al Dios que abrió la puerta. Cuando un matrimonio supera una crisis que parecía insuperable, podemos admirar su compromiso. Pero por encima de todo debemos reconocer la gracia del Señor que restauró lo que parecía roto. Cuando un joven permanece firme en su fe en medio de una universidad donde abundan las burlas y las presiones, no podemos pensar únicamente en su carácter. Debemos reconocer que es Dios quien sostiene a los suyos.

Incluso en la vida cotidiana ocurre lo mismo. Cada mañana abrimos los ojos sin preguntarnos quién mantuvo latiendo nuestro corazón durante la noche. Respiramos sin pensar quién sostiene el universo con el poder de su palabra. Comemos el pan de cada día sin detenernos a considerar quién envía la lluvia, hace crecer los campos y provee nuestro alimento. Nos acostumbramos tanto a las bendiciones que dejamos de maravillarnos por el Dios que las concede.

María no había perdido esa capacidad de asombro. Ella contemplaba la acción de Dios y respondía con adoración. Y eso produce otra consecuencia inevitable: la grandeza de Dios genera humildad.

Mientras más grande vemos a Dios, más pequeños nos vemos nosotros.

No se trata de desarrollar una baja autoestima, sino de adquirir una perspectiva correcta. Cuando contemplamos la inmensidad del Señor, comprendemos que todo lo que somos y todo lo que tenemos proviene de Él.

Eso ocurrió con hombres y mujeres de toda la Escritura. Cuando Isaías vio la gloria del Señor en el templo, exclamó: «¡Ay de mí!». Cuando Job comprendió la grandeza de Dios, respondió: «Me aborrezco y me arrepiento en polvo y ceniza». Cuando Pedro presenció el poder de Cristo en la pesca milagrosa, cayó de rodillas diciendo: «Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador».

Nadie sale engrandecido después de contemplar verdaderamente a Dios. Al contrario, quien conoce al Señor deja de exaltar sus propios méritos y aprende a depender completamente de Él.

Quizá algunos de nosotros hemos estado midiendo nuestra relación con Dios por lo que hacemos para Él. Pensamos que adoramos mejor cuando servimos más, cuando ocupamos un ministerio, cuando predicamos, enseñamos o participamos en cada actividad de la iglesia. Sin embargo, el Magnificat nos recuerda que la adoración no nace primero de nuestras obras, sino de las obras de Dios. Antes de preguntarnos qué hemos hecho por Él, deberíamos detenernos a recordar todo lo que Él ha hecho por nosotros. Nos dio la vida, nos sostuvo en medio de pruebas, tuvo paciencia con nuestras caídas, nos perdonó en Cristo, nos adoptó como sus hijos y prometió no abandonarnos jamás. Cuando contemplamos ese poder obrando con gracia en nuestra historia, la adoración deja de ser una obligación religiosa y se convierte en la respuesta espontánea de un corazón agradecido. No adoramos para impresionar a Dios; adoramos porque el Dios poderoso ya ha obrado maravillas a favor de su pueblo y sigue haciéndolo cada día.

II. Adoramos porque Dios es Santo y Justo

Lucas 1:50-53

Y su misericordia es de generación en generación. A los que le temen. Hizo proezas con su brazo; Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, Y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, Y a los ricos envió vacíos.

Después de reconocer el poder de Dios, María dirige nuestra atención hacia tres atributos inseparables de su carácter: su santidad, su justicia y su misericordia. No son cualidades aisladas; juntas nos muestran quién es el Dios al que adoramos. Si contempláramos únicamente su poder, podríamos temer a un ser inmensamente fuerte. Pero cuando descubrimos que ese Dios poderoso también es santo, justo y misericordioso, comprendemos por qué merece no solo nuestro temor, sino también nuestro amor y nuestra confianza.

María comienza diciendo: «Santo es su nombre». En la Biblia, el nombre representa la persona misma. Cuando María afirma que el nombre de Dios es santo, está declarando que todo lo que Él es y todo lo que Él hace está completamente separado del pecado y de cualquier forma de maldad.

La santidad de Dios significa que Él es absolutamente puro. Nunca ha cometido una injusticia, jamás ha pronunciado una mentira, nunca ha actuado con maldad ni ha tomado una decisión equivocada. Todo lo que hace refleja la perfección de su naturaleza.

A veces pensamos en la santidad como un atributo distante, casi imposible de comprender. Sin embargo, basta mirar nuestro propio corazón para apreciar la diferencia. Nosotros cambiamos de ánimo con facilidad. En ocasiones actuamos movidos por el orgullo, la impaciencia o el egoísmo. Podemos decir palabras de las que luego nos arrepentimos. Incluso cuando deseamos hacer el bien, descubrimos que todavía luchamos contra el pecado.

Dios no es así. Él nunca necesita corregirse. Nunca pide disculpas por una decisión equivocada. Nunca actúa impulsivamente. Nunca hace concesiones al pecado. Por eso la verdadera adoración siempre comienza con reverencia.

No venimos delante de un dios fabricado según nuestros gustos o preferencias. No adoramos a un dios que piensa exactamente como nosotros o que simplemente aprueba todo lo que hacemos. Adoramos al Dios tres veces santo, aquel delante del cual los serafines proclaman sin cesar: «Santo, santo, santo».

Esa verdad debería transformar la manera en que nos acercamos a Él. La adoración no consiste únicamente en cantar. Es reconocer que estamos delante del Rey del universo. Por eso nuestras oraciones, nuestras canciones, nuestra actitud y aun nuestra manera de escuchar la Palabra deberían reflejar respeto y asombro.

Pero María continúa describiendo otro atributo: la justicia de Dios. Los versículos siguientes presentan una serie de contrastes sorprendentes. «Esparció a los soberbios…» «Quitó de los tronos a los poderosos…» «Exaltó a los humildes…» «A los hambrientos colmó de bienes…» «Y a los ricos envió vacíos.»

A primera vista, estas palabras podrían parecer una simple denuncia de las diferencias sociales. Sin embargo, el énfasis de María es mucho más profundo. El Evangelio de Lucas deja claro que el problema no es poseer riquezas, sino confiar en ellas; no es ocupar una posición de autoridad, sino creer que esa posición hace innecesario depender de Dios.

Los soberbios son aquellos que creen que pueden vivir sin Él. Los humildes son quienes reconocen su necesidad del Señor. Los ricos que son despedidos vacíos representan a quienes consideran suficiente su propia autosuficiencia. Los hambrientos simbolizan a quienes saben que necesitan la gracia de Dios.

Más adelante, Lucas desarrollará este mismo principio cuando Jesús relate la parábola del fariseo y el publicano. Uno se presenta delante de Dios exhibiendo sus méritos; el otro apenas puede levantar los ojos al cielo y clama por misericordia. Solo uno volvió justificado: el que reconoció su necesidad.  Ese es el principio del Reino de Dios. Dios resiste al orgulloso, pero da gracia al humilde.

La historia también confirma esta verdad. Imperios que parecían invencibles desaparecieron. Reyes que creían gobernar para siempre terminaron siendo apenas un capítulo en los libros de historia. Gobernantes, empresarios, artistas y personajes admirados por millones llegaron a pensar que nada podría derribarlos, pero el paso del tiempo recordó una realidad inalterable: ningún poder humano es permanente.

Solo Dios permanece para siempre. Eso también trae consuelo para los creyentes. Cuando observamos la injusticia, la corrupción o el abuso de poder, podemos pensar que el mal siempre triunfa. Pero el Magnificat nos recuerda que Dios sigue gobernando la historia. Ningún trono humano es eterno. Ninguna injusticia escapará a su juicio. Él actúa en el momento perfecto y conforme a su sabiduría.

Sin embargo, si el pasaje terminara hablando únicamente de justicia, todos nosotros estaríamos en problemas. Porque, siendo honestos, ¿quién podría presentarse delante de un Dios santo y perfectamente justo?

Por eso María añade un tercer atributo maravilloso: «Su misericordia es de generación en generación para los que le temen.» La misericordia significa que Dios no trata a su pueblo conforme a lo que merece. Si Dios actuara únicamente sobre la base de su justicia, ninguno de nosotros tendría esperanza. Todos hemos pecado. Todos hemos fallado. Todos necesitamos perdón.

Pero Dios extiende gracia sobre quienes se acercan a Él con un corazón humilde y reverente. La santidad de Dios no elimina su misericordia. Su justicia no contradice su amor. Ambas se encuentran de manera perfecta en Jesucristo.

En la cruz, Dios no ignoró el pecado; lo juzgó plenamente. Pero ese juicio cayó sobre su propio Hijo, para que quienes creen en Él reciban el perdón y la reconciliación. Allí la justicia fue satisfecha y la misericordia fue ofrecida. Ningún otro acontecimiento revela con tanta claridad la perfección del carácter de Dios.

Cuando comprendemos quién es Dios, nuestra adoración cambia. Nos acercamos a Él con reverencia porque es santo; descansamos en Él porque es justo; y encontramos esperanza porque es misericordioso. Tal vez alguno llega hoy con la carga de una injusticia sufrida, pensando que nadie la ve. El Magnificat recuerda que Dios sigue gobernando y que ningún acto quedará fuera de su justicia. Tal vez otro viene avergonzado por sus propios pecados y siente que ya no merece acercarse al Señor. Entonces recuerde que su misericordia alcanza a quienes se humillan delante de Él. No necesitamos escoger entre un Dios justo y un Dios amoroso, porque nuestro Señor es perfectamente ambas cosas. Podemos confiar plenamente en Aquel cuya santidad inspira reverencia, cuya justicia pone cada cosa en su lugar y cuya misericordia recibe con gracia al pecador arrepentido. Ese es el Dios digno de toda nuestra adoración.

III. Adoramos porque Dios es Fiel

Lucas 1:54-55

Socorrió a Israel su siervo, Acordándose de la misericordia De la cual habló a nuestros padres, Para con Abraham y su descendencia para siempre.

El Magnificat concluye mirando hacia atrás para comprender el presente. María entiende que lo que está ocurriendo con ella no es un acontecimiento aislado, sino el cumplimiento de una historia que Dios había comenzado muchos siglos antes. Por eso declara: «Socorrió a Israel su siervo, acordándose de la misericordia, de la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre».

Estas palabras son profundamente conmovedoras. Israel había esperado durante siglos la llegada del Mesías. Generaciones enteras nacieron, vivieron y murieron sin ver cumplida aquella promesa. Hubo tiempos de esclavitud, de exilio, de silencio profético y de aparente abandono. Desde una perspectiva humana, cualquiera habría pensado que Dios se había olvidado de su pueblo.

Pero Dios nunca olvida. Cuando María contempla el milagro de la encarnación, comprende que el Señor ha estado guiando cada acontecimiento de la historia para cumplir exactamente lo que había prometido a Abraham. Dios no improvisa. No cambia de planes. No rompe sus promesas. Lo que promete, lo cumple; quizá no en el momento que nosotros esperamos, pero siempre en el tiempo perfecto.

¡Cuánto necesitamos recordar esa verdad! Muchas veces medimos la fidelidad de Dios con el reloj de nuestras expectativas. Oramos por la conversión de un familiar y pasan los años. Pedimos dirección para una decisión importante y la respuesta parece demorarse. Clamamos por fortaleza en medio de una enfermedad o de una dificultad económica, y sentimos que el cielo permanece en silencio.

Sin embargo, el silencio de Dios nunca significa ausencia. Mientras nosotros solo vemos el momento presente, Él contempla el principio y el final de la historia al mismo tiempo. Aunque no siempre entendamos sus tiempos, podemos confiar en su carácter. Su fidelidad no depende de nuestras circunstancias; depende de quién es Él.

La mayor evidencia de esa fidelidad es Jesucristo. Cada promesa del Antiguo Testamento encuentra en Él su cumplimiento. El nacimiento del Salvador demuestra que Dios jamás abandona la obra que comienza. Si cumplió su palabra al enviar al Mesías después de siglos de espera, también cumplirá todas las promesas que ha hecho a quienes han puesto su fe en Cristo.

Quizá hoy estés esperando una respuesta de Dios. Tal vez llevas mucho tiempo orando por la restauración de tu familia, por un hijo que se ha alejado del Señor o por una situación que parece no cambiar. El Magnificat nos recuerda que la fidelidad de Dios no se mide por la rapidez de sus respuestas, sino por la certeza de sus promesas. Él nunca llega tarde. Nunca olvida a sus hijos. Nunca abandona aquello que ha prometido. Por eso seguimos adorándolo, aun cuando todavía esperamos. Nuestra confianza no descansa en lo que vemos, sino en el Dios que siempre cumple su palabra. Su fidelidad en el pasado nos da esperanza para el presente y seguridad para el futuro.

IV. Conclusión

Al llegar al final de este cántico, nuestra mirada ya no permanece en María; permanece en el Dios que ella adoró. Hemos contemplado su poder, su santidad, su justicia, su misericordia y su fidelidad. Cada atributo nos ha llevado a reconocer que el Señor es incomparable. Sin embargo, el Magnificat no pretende que admiremos únicamente el carácter de Dios desde la distancia. Nos prepara para contemplar la obra suprema mediante la cual ese carácter sería revelado plenamente: Jesucristo.

María todavía no conocía todos los detalles del camino que recorrería su Hijo. Lo sostendría en sus brazos como un bebé, lo vería crecer, escucharía sus enseñanzas y, años después, permanecería cerca de una cruz. Aquel niño anunciado por el ángel no vino solamente para inspirar esperanza ni para ofrecer un ejemplo moral. Vino para cumplir el plan eterno de Dios y rescatar a los pecadores.

El pesebre siempre apunta hacia la cruz. El nacimiento de Cristo solo puede comprenderse a la luz de su muerte y de su resurrección. El Hijo eterno de Dios tomó nuestra humanidad para cargar nuestro pecado. El Santo recibió el castigo que nosotros merecíamos. El Justo ocupó el lugar de los injustos. El Misericordioso abrió un camino de reconciliación para quienes jamás habrían podido salvarse por sus propias obras. Y el Dios fiel confirmó la victoria levantando a su Hijo de entre los muertos al tercer día.

Por eso, cuando adoramos a Dios por su poder, no pensamos únicamente en la creación del universo o en la apertura del Mar Rojo. Contemplamos el poder que venció al pecado, derrotó a la muerte y abrió las puertas de la vida eterna. Cuando adoramos su santidad, recordamos que Cristo vivió sin pecado para ser el sacrificio perfecto. Cuando adoramos su justicia y su misericordia, vemos ambas encontrarse en la cruz. Cuando adoramos su fidelidad, celebramos que ninguna de sus promesas cayó por tierra, porque Cristo vive y reina para siempre.

Tal vez hoy has venido admirando a Jesús, pero todavía no has depositado tu confianza en Él. Admirarlo no basta. Es necesario creer en Él, arrepentirse del pecado y recibir por fe el perdón que ganó con su sangre. Ese fue el propósito de su venida. Dios no envió a su Hijo simplemente para enseñarnos a vivir mejor, sino para darnos una vida nueva. Hoy el Salvador resucitado llama a cada persona a venir a Él con humildad, reconociendo su necesidad y descansando únicamente en su gracia. Quien responde con fe recibe perdón, adopción, paz con Dios y la esperanza segura de la vida eterna. Así termina nuestro recorrido por el Magnificat: comenzamos contemplando la grandeza de Dios y terminamos abrazando la gracia de Cristo. Esa es la verdadera adoración. No consiste solamente en cantar con los labios, sino en rendir el corazón al Señor que nos creó, nos buscó cuando estábamos perdidos, murió por nosotros, resucitó para darnos vida y un día volverá para llevar a su pueblo a disfrutar para siempre de su presencia gloriosa. Amén.

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