Prof. Hugo Pariona Aliaga — Líder IBECh

6 de septiembre de 2026

En Lucas 7:11–17 encontramos una de las escenas más conmovedoras del ministerio de Jesús: el encuentro con una viuda que había perdido a su único hijo. Mientras una multitud acompañaba el cortejo fúnebre, Cristo vio a aquella mujer y se compadeció de ella. Su dolor no pasó desapercibido ante el Señor. En medio de la pérdida y la desesperanza, Jesús se acercó con misericordia y actuó con autoridad.

La historia de la viuda de Naín nos recuerda que Dios no es indiferente ante el sufrimiento humano. Él conoce las lágrimas que derramamos en silencio, las cargas que llevamos y las situaciones que parecen no tener salida. Jesús no necesitó que aquella mujer pronunciara una extensa oración para reconocer su necesidad. Su compasión lo llevó a acercarse y transformar una escena marcada por la muerte.

Este pasaje también revela que Cristo tiene autoridad sobre aquello que ningún ser humano puede vencer. Al devolver la vida al hijo de la viuda, Jesús manifestó el poder de Dios y anticipó la esperanza de la resurrección. Su obra no se limita a aliviar temporalmente nuestras circunstancias; apunta a la victoria definitiva sobre la muerte.

En esta prédica, meditamos en el carácter compasivo de Jesús y en el consuelo que encontramos al saber que Dios ve nuestro dolor. La historia de Naín nos invita a confiar en Cristo aun cuando las circunstancias parezcan irreversibles, recordando que su presencia trae esperanza y que su misericordia permanece.

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