Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez — Pastor IBECh

Culto del 13 de septiembre de 2026

La pregunta parecía sencilla: “¿Quién es mi prójimo?” Pero detrás de ella había algo más profundo: ¿hasta dónde llega mi responsabilidad hacia los demás? El intérprete de la ley buscaba una definición; Jesús respondió con una historia que incomoda. Un hombre herido queda abandonado en el camino. Lo ven un sacerdote, un levita y un samaritano. Dos pasan de largo. Uno se detiene. En esa escena Jesús confronta nuestra fe, nuestras prioridades y nuestra manera de relacionarnos con quienes necesitan de nosotros. Hoy no venimos solamente a estudiar una parábola conocida. Venimos a descubrir si estamos dispuestos a escuchar su mandato: “Ve, y haz tú lo mismo”.

Antes de iniciar con el desarrollo de la prédica permíteme contarte una historia: A la salida de una estación, un hombre permanecía sentado en una banca. Tenía la ropa desordenada, una mochila vieja y la mirada perdida. La mayoría caminaba rápido. Algunos lo miraban de reojo; otros cambiaban de dirección para no acercarse.

Una mujer se detuvo. Le preguntó si estaba bien. El hombre respondió que llevaba dos días sin comer. Ella compró algo de comida y se sentó a conversar con él. Poco a poco descubrió que no solo tenía hambre: había perdido su empleo, llevaba meses sin hablar con su familia y estaba atravesando una profunda crisis personal. Cuando ella le preguntó si podía orar por él, el hombre bajó la mirada y dijo: “Hace mucho que nadie me pregunta cómo estoy”.

La mujer no podía resolver todos sus problemas. Pero pudo hacer algo: compartir comida, escuchar sin juzgar, orientarlo hacia una ayuda concreta y hablarle de la esperanza que ella había encontrado en Cristo.

Quizá el desafío para nosotros no sea encontrar grandes oportunidades para servir. Tal vez sea aprender a detenernos frente a las personas que ya están en nuestro camino y preguntarnos: ¿qué necesidad tiene esta persona que todavía no he querido ver?

La escena nos ayuda a entender por qué la pregunta de Lucas 10 sigue siendo tan necesaria. No siempre encontramos personas heridas de manera evidente; muchas cargan necesidades que no se ven: falta de recursos, soledad, culpa, fracaso, temor o una vida espiritualmente vacía. El desafío de Jesús no consiste simplemente en sentir compasión, sino en permitir que esa compasión cambie nuestra manera de mirar y relacionarnos. Por eso, al entrar en el texto, observemos cuidadosamente el camino que Jesús presenta: una pregunta, una necesidad, varias respuestas y, finalmente, un mandato. Allí encontraremos qué significa realmente amar al prójimo y vivir una fe que se acerca.

I. Una pregunta que invita a la transformación

Lucas 10:25-28

Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquel, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.

Lucas presenta a un intérprete de la ley que se levanta para probar a Jesús. No estamos ante alguien ajeno a la fe: es un experto en la Ley de Moisés, familiarizado con las Escrituras y con las discusiones religiosas de su tiempo. Su pregunta sobre la vida eterna se encontraba en el centro de la esperanza judía, pero Lucas deja claro que su intención era poner a Jesús a prueba. Jesús responde llevándolo nuevamente a la Ley: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?”. El hombre responde correctamente, uniendo Deuteronomio y Levítico: amar a Dios y amar al prójimo.

Pero aquí aparece algo profundamente cristocéntrico. Jesús no presenta el amor a Dios y al prójimo como dos caminos separados. Él afirma la centralidad del amor como expresión de una vida orientada hacia Dios. Y aunque el intérprete responde correctamente, el Evangelio nos mostrará que conocer el mandamiento no basta. Cristo no vino simplemente a enseñarnos mejores principios de conducta; vino a mostrarnos y producir en nosotros una vida transformada. En Jesús vemos el amor a Dios expresado en obediencia y el amor al ser humano expresado en misericordia. Él no solamente explica lo que significa amar: nos llama a seguirlo y, por su gracia, nos capacita para hacerlo.

Aquí tenemos una primera pregunta para nosotros como iglesia: ¿qué hacemos con aquello que ya sabemos? Podemos escuchar sermones, estudiar la Biblia, participar en reuniones, conocer versículos y tener respuestas correctas. Pero existe una diferencia entre conocer la voluntad de Dios y permitir que esa voluntad gobierne nuestra vida. El intérprete sabía qué decía la Ley. Jesús le dijo, en esencia: “Ahora hazlo”.

Eso también nos confronta hoy. Podemos saber que debemos amar al prójimo y, sin embargo, vivir pendientes únicamente de nuestras propias necesidades. Podemos cantar acerca del amor de Dios y conservar distancia de personas que nos incomodan. Podemos hablar de compasión y no tener tiempo para escuchar a alguien que atraviesa una crisis. Por eso necesitamos pasar de una fe informada a una fe practicada.

Preguntémonos: ¿cómo estoy amando a Dios con todo mi corazón, alma, fuerzas y mente? Y, como consecuencia de ese amor, ¿cómo estoy tratando a las personas que Dios ha colocado cerca de mí?

Nuestro prójimo no existe solamente dentro de la congregación. Está en nuestra familia, en nuestro trabajo, en el vecindario, entre nuestros amigos y también entre aquellas personas con las que quizá no tenemos afinidad. Algunos necesitan ayuda material; otros necesitan ser escuchados. Algunos necesitan orientación para salir de decisiones destructivas; otros necesitan reconciliación. Y muchos necesitan escuchar, con claridad y amor, que en Cristo hay perdón, esperanza y una nueva vida.

Esto nos lleva también a revisar nuestra comprensión de la evangelización. Evangelizar no consiste simplemente en transmitir información religiosa. Cuando anunciamos a Cristo, estamos compartiendo con una persona la esperanza que nosotros mismos hemos recibido. Y cuando servimos a alguien en su necesidad, no estamos sustituyendo el evangelio; estamos expresando el amor que el evangelio produce en nosotros.

Tal vez hoy Jesús nos está haciendo una pregunta sencilla: “¿Qué estás haciendo con lo que ya sabes?” Porque una iglesia transformada por Cristo no solamente conoce el mandamiento del amor. Lo practica. No solamente habla de misericordia. Se acerca. No solamente reconoce que las personas necesitan a Dios. Busca oportunidades para llevarles el mensaje de Cristo. La pregunta, entonces, ya no es solamente qué debemos creer. Es qué debemos comenzar a hacer.

II. Una religiosidad que puede pasar de largo

Lucas 10:29-35

Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese.

La pregunta del intérprete de la ley revela el verdadero problema: “¿Y quién es mi prójimo?”. En el contexto de la discusión judía sobre la Ley, la palabra “prójimo” podía entenderse dentro de determinados límites. Jesús responde contando una historia en la que esos límites quedan desbordados. Un hombre viaja de Jerusalén a Jericó, un trayecto conocido por su peligrosidad, y queda golpeado, despojado y abandonado. Un sacerdote y un levita lo encuentran, pero continúan su camino. Finalmente, aparece un samaritano, alguien perteneciente a un grupo despreciado por muchos judíos, y es precisamente él quien actúa con misericordia.

Aquí aparece nuevamente Cristo en el centro del relato, no como un personaje de la parábola, sino como quien revela el corazón de Dios. Jesús muestra que la verdadera obediencia no puede reducirse a categorías religiosas, sociales o culturales. La misericordia rompe barreras que nosotros levantamos. En Cristo encontramos precisamente esa iniciativa de Dios hacia personas necesitadas, heridas y alejadas. Él no permaneció distante de nuestra condición; se acercó. Por eso, la iglesia que sigue a Cristo está llamada a reflejar esa misma disposición: reconocer la dignidad de cada persona y acercarse sin preguntar primero si pertenece a nuestro círculo.

La parte incómoda de la historia está en los dos primeros personajes. El sacerdote y el levita ven al hombre. Jesús no dice que no lo hayan notado. Lo vieron y pasaron de largo. Esa expresión merece nuestra atención porque es posible acostumbrarnos a observar necesidades sin sentirnos responsables de ellas.

Pensemos en situaciones muy concretas. Una hermana de la congregación comienza a faltar. Sabemos que está atravesando dificultades familiares, pero nadie la llama porque suponemos que “si necesita algo, avisará”. Un joven cambia su comportamiento, se aísla y empieza a tomar decisiones preocupantes. Lo comentamos entre nosotros, pero nadie se sienta a conversar con él. Un vecino atraviesa dificultades económicas y preferimos no involucrarnos porque “no sabemos toda su historia”.

Pasar de largo también puede ocurrir dentro de la familia. Un esposo nota que su esposa está emocionalmente agotada, pero responde con indiferencia. Un padre percibe que su hijo está luchando con preguntas profundas y evita conversar porque teme no saber qué responder. Un hermano ofende a otro y ambos continúan asistiendo al mismo culto mientras mantienen una distancia silenciosa durante meses.

La misericordia del samaritano nos presenta otra actitud: se detuvo. A veces nuestra primera forma de servir será simplemente detenernos. Cinco minutos para escuchar a alguien. Una llamada para preguntar sinceramente cómo está. Acompañar a una persona mayor a una cita o hacer una compra para alguien que no puede salir. Preparar alimentos para una familia que atraviesa una dificultad. Ayudar a alguien a encontrar trabajo. Visitar a quien está solo.

Pero el samaritano no se limitó a sentir compasión. Se involucró personalmente. Vendó heridas, utilizó sus propios recursos, llevó al hombre a un lugar seguro y pagó por su cuidado. Su misericordia tuvo tiempo, esfuerzo y costo.

Eso también debe enseñarnos algo sobre evangelización. Muchas veces esperamos que las personas lleguen a nuestras actividades, pero Jesús nos muestra una dinámica diferente: nosotros nos acercamos a ellas. Podemos comenzar una conversación con un compañero de trabajo, escuchar su historia antes de hablar, ofrecer oración cuando sea apropiado y, cuando exista oportunidad, explicar por qué nuestra esperanza está en Cristo.

La evangelización pierde credibilidad cuando tratamos a las personas como proyectos religiosos. Primero debemos reconocerlas como personas creadas a imagen de Dios, con historias, heridas, preguntas y necesidades reales. Servir no significa manipular para conseguir una conversión; significa amar. Y precisamente porque amamos, también deseamos que conozcan a Cristo.

Quizá alrededor de nosotros hay personas que nadie está viendo realmente. La pregunta para la iglesia no es solamente cuántas personas podemos alcanzar, sino cuántas personas estamos dispuestos a detenernos a conocer, servir y acompañar.

El samaritano no solucionó toda la vida de aquel hombre. Hizo lo que podía hacer en ese momento. Y eso también puede ser nuestro llamado: no resolver todos los problemas, sino responder fielmente a la necesidad que Dios ha colocado delante de nosotros.

III. Una iglesia cuya vida anuncia a Cristo

Lucas 10:36-37

¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.

Jesús termina la parábola devolviendo la pregunta al intérprete de la ley: “¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?”. La respuesta es sencilla: “El que usó de misericordia con él”. Entonces Jesús pronuncia una frase breve, pero exigente: “Ve, y haz tú lo mismo”. El relato no termina con una definición de prójimo, sino con una instrucción. Jesús lleva la conversación desde la discusión teológica hasta la práctica cotidiana. La misericordia deja de ser un concepto que se analiza y se convierte en una manera concreta de vivir.

Aquí encontramos una dimensión profundamente cristocéntrica. La vida del discípulo está llamada a reflejar el carácter de su Maestro. Jesús no solamente enseñó misericordia; durante su ministerio se acercó a enfermos, marginados, pecadores, necesitados y personas que otros preferían mantener a distancia. Su cercanía no significaba aprobar todo lo que encontraba en las personas, sino reconocer su dignidad y ofrecerles una oportunidad de restauración. La iglesia anuncia a Cristo no únicamente cuando habla de Él, sino también cuando su manera de tratar a las personas hace visible algo de su carácter. Nuestra conducta nunca reemplaza el evangelio, pero puede abrir puertas para escucharlo.

Por eso, cuando Jesús dice “ve”, hay movimiento. La fe cristiana no está diseñada para quedarse sentada. Hay personas a las que debemos acercarnos, conversaciones que debemos iniciar, heridas que debemos atender y oportunidades que debemos aprovechar. El mandato no es “espera a que alguien venga”, sino “ve”.

Esto tiene implicaciones muy concretas para nuestra congregación. Una iglesia cuya vida anuncia a Cristo debería ser reconocible por la manera en que trata a las personas.

Si una familia nueva llega a la congregación, ¿encuentra solamente un lugar donde sentarse o encuentra personas dispuestas a conocerla, escucharla y acompañarla?

Si alguien atraviesa una crisis económica, ¿la iglesia solamente ora por esa persona o busca también maneras responsables de ayudarla?

Si un joven está luchando con una decisión equivocada, ¿lo reducimos a “un problema” o nos acercamos para escucharlo, orientarlo y caminar con él?

Si alguien ha cometido un pecado y busca restauración, ¿encuentra únicamente condenación o encuentra una comunidad que sostiene la verdad y, al mismo tiempo, ofrece gracia?

Si un vecino nunca ha escuchado el evangelio, ¿esperamos que algún día aparezca en nuestro templo o buscamos una oportunidad para construir una relación, escuchar su historia y hablarle de Cristo?

“Haz tú lo mismo” también cuestiona una idea equivocada de evangelización. A veces pensamos que evangelizar consiste exclusivamente en encontrar el momento adecuado para pronunciar un mensaje. Pero nuestro testimonio comienza mucho antes de esa conversación. La manera en que escuchamos, servimos, cumplimos nuestra palabra, tratamos al vulnerable, perdonamos y mostramos interés genuino puede comunicar que nuestra fe es real.

Sin embargo, debemos mantener el equilibrio: las buenas obras no sustituyen el anuncio del evangelio. Podemos alimentar a alguien sin hablarle de Cristo; podemos acompañarlo emocionalmente sin explicarle nuestra esperanza; podemos ayudarlo materialmente sin invitarlo a conocer al Salvador. La misericordia cristiana debe abrir espacio para las palabras, porque hay una noticia que las personas necesitan escuchar.

Por eso una iglesia que anuncia a Cristo con su vida también debe estar preparada para hablar de Cristo con sus labios. Podemos decir: “Quiero ayudarte porque Cristo me enseñó a amar de esta manera”. Podemos orar con una persona y luego explicar por qué oramos. Podemos acompañar a alguien en su dolor y, cuando exista apertura, compartir cómo el evangelio ha transformado nuestra propia vida.

Pero el desafío comienza con algo mucho más sencillo: mirar alrededor y reconocer a las personas que Dios ya puso en nuestro camino.

Quizá no todos predicaremos desde un púlpito. No todos dirigiremos un estudio bíblico. No todos tendremos una plataforma pública. Pero todos tenemos un camino por el que transitamos cada día y personas que encontramos en él. Allí está nuestro campo de misión.

La pregunta final, entonces, no es solamente si conocemos el mandamiento de amar. Es si nuestra manera de vivir hace que otros puedan vislumbrar el amor de Cristo.

Jesús dijo: “Ve, y haz tú lo mismo”.

No dijo: “Habla de esto”.

No dijo: “Admira esta historia”.

Dijo: “Haz”.

Que nuestra congregación sea una iglesia que ve, se acerca, sirve, restaura y anuncia. Una iglesia cuyas palabras proclamen a Cristo y cuya vida haga creíble ese mensaje.

Porque cuando la iglesia vive el amor que Cristo enseñó, el camino deja de ser solamente el lugar donde encontramos personas necesitadas. Se convierte en el lugar donde cumplimos nuestra misión.

IV. Conclusión

Al llegar al final de esta parábola, Jesús no nos deja solamente una enseñanza sobre la compasión. Nos deja una dirección: “Ve, y haz tú lo mismo”. El camino continúa fuera de este lugar. Allí están las personas que necesitan que alguien las vea, se acerque y les extienda una mano; pero también necesitan escuchar que en Cristo hay perdón, reconciliación, esperanza y vida.

La Gran Comisión no comienza cuando subimos a un púlpito. Comienza cuando entendemos que cada persona que Dios coloca en nuestro camino puede ser una oportunidad para mostrar y anunciar a Cristo. Nuestra familia, nuestros amigos, compañeros de trabajo, vecinos y conocidos forman parte del campo donde podemos vivir nuestra misión.

No podemos atender todas las necesidades ni resolver todos los problemas. Pero sí podemos detenernos ante alguien, escuchar, servir, orar, acompañar y abrir una conversación acerca de Jesús.

Por eso, salgamos de aquí con una decisión concreta: no pasar de largo. Pidamos a Dios ojos para ver, un corazón dispuesto a compadecerse, manos para servir y valor para hablar de Cristo. Jesús nos ha enviado. Ve. Acércate. Sirve. Habla de Cristo. Haz discípulos.

Que nuestra congregación no solamente se reúna para adorar a Cristo, sino que salga para darlo a conocer.

Deja un comentario

Tendencias