Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez — Pastor IBECh

30 de agosto de 2028

Hoy tenemos una razón especial para dar gracias a Dios: celebramos un nuevo aniversario de nuestra iglesia. Al mirar hacia atrás, podemos reconocer su fidelidad, recordar momentos de alegría y también aquellos tiempos difíciles en los que Él nos sostuvo. Pero un aniversario no solo nos invita a recordar; también nos anima a mirar hacia adelante. ¿Qué clase de iglesia queremos seguir siendo? En Hechos 2 encontramos una comunidad que no solo se reunía para adorar, sino que compartía la vida, servía con alegría y caminaba unida. Y precisamente allí encontramos un desafío para nosotros: descubrir que cada uno puede participar en la misión de Cristo.

Hace 24 años, Dios permitió que esta iglesia naciera como una misión de la Iglesia Bautista de El Tambo. En sus primeros pasos, esta obra estuvo bajo el liderazgo de mis padres, Esdras Vílchez y Haydeé Gutiérrez, quienes con fe, amor y perseverancia dedicaron sus vidas al servicio del Señor. Hoy ellos ya están en la presencia de Dios, pero su entrega forma parte de la historia que celebramos. Al recordar aquellos comienzos, no queremos solamente mirar al pasado con nostalgia, sino reconocer la fidelidad de Dios, quien ha sostenido esta congregación durante estos años y nos permite continuar sirviendo juntos para su gloria.

En este aniversario, recordar nuestra historia también nos invita a mirar el presente y el futuro. La iglesia que Dios ha sostenido durante estos 24 años tiene delante el desafío de seguir caminando unida y participando en su misión. Escuchemos ahora cómo vivía la primera iglesia y qué podemos aprender de ella.

Hechos 2:46-47

Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.

Hechos 2:46-47 nos presenta una iglesia que había aprendido a vivir la fe como una experiencia compartida. Los creyentes perseveraban unidos, se reunían en el templo y en sus casas, compartían sus alimentos con alegría y sencillez, y alababan a Dios. No era una comunidad perfecta ni aislada de las necesidades humanas; era una familia que encontraba gozo en caminar junta. Pero su comunión no terminaba en ellos mismos. Su manera de vivir producía un testimonio visible, y Dios añadía cada día nuevos creyentes. Estos versículos nos muestran una verdad sencilla: una iglesia unida, alegre y comprometida puede convertirse en un instrumento poderoso para que otros conozcan a Cristo.

I. Una iglesia que camina unida

Hechos 2:46a

Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas,

Cuando Lucas describe a la primera iglesia, no comienza hablando de grandes edificios, programas o actividades multitudinarias. Nos muestra personas que habían aprendido a caminar juntas. La expresión “perseverando unánimes” habla de una comunidad que compartía un mismo corazón y un mismo propósito. No significa que todos pensaran exactamente igual o que nunca existieran diferencias, sino que habían decidido poner a Cristo por encima de sus preferencias personales.

Caminar unidos es una decisión espiritual. En toda congregación habrá diferentes edades, personalidades, opiniones, experiencias y maneras de ver las cosas. Eso es normal. El problema aparece cuando nuestras diferencias se convierten en barreras que nos separan. Una iglesia puede tener buenos cultos, excelentes actividades y muchos años de historia, pero si sus miembros viven distanciados, difícilmente reflejará el carácter de Cristo.

La unidad no se mantiene automáticamente; debemos cuidarla. ¿Y cómo podemos hacerlo en la práctica?

Podemos comenzar por algo tan sencillo como saludarnos y acercarnos a quienes conocemos menos. A veces dentro de la misma iglesia existen personas que llevan años asistiendo y apenas conocen el nombre de otros hermanos. Podemos tomar la iniciativa, preguntar cómo están, escuchar sus historias y mostrar interés genuino. Integrar a alguien no siempre requiere organizar una actividad; muchas veces comienza con una conversación.

También caminamos unidos cuando evitamos los grupos cerrados. Es natural tener amigos cercanos, pero la familia de Dios es más grande que nuestro pequeño círculo. Si siempre nos sentamos con los mismos, conversamos con los mismos y servimos solamente con los mismos, podemos terminar construyendo pequeñas islas dentro de la congregación. Abramos espacio para otros, especialmente para quienes recién llegan.

Caminar unidos también significa aprender a manejar nuestras diferencias cristianamente. Habrá decisiones que no nos gusten, actividades que preferiríamos hacer de otra manera o hermanos con los que tendremos distintas opiniones. En esos momentos podemos preguntarnos: “¿Esto realmente es una cuestión bíblica o simplemente una preferencia personal?”. No toda diferencia merece convertirse en conflicto. A veces amar a la iglesia significa ceder, escuchar y buscar el bien común.

También demostramos unidad cuando hablamos bien unos de otros. Es fácil comentar los errores de un hermano cuando no está presente. Pero una iglesia saludable protege la dignidad de sus miembros. Si tenemos una preocupación legítima, podemos hablar directamente con la persona, con humildad y amor, en lugar de convertir nuestro malestar en conversación con otros.

Otra manera concreta de caminar unidos es estar presentes cuando un hermano atraviesa una necesidad. Quizá alguien está enfermo, enfrenta una dificultad familiar, necesita ayuda con alguna tarea o simplemente está pasando por una temporada difícil. Una llamada, una visita, una oración o una ayuda práctica pueden comunicar: “No estás solo; somos familia”.

Finalmente, caminar unidos significa servir juntos. No todos tenemos las mismas capacidades, pero podemos tener el mismo propósito. Un hermano puede enseñar, otro cantar, otro recibir a las personas, otro preparar un salón, otro visitar, otro limpiar, otro acompañar a los niños, otro orar fielmente. Cuando dejamos de preguntarnos “¿qué posición puedo ocupar?” y comenzamos a preguntarnos “¿cómo puedo ayudar?”, descubrimos que hay lugar para todos.

Después de 24 años, este aniversario es una hermosa oportunidad para preguntarnos: ¿estamos realmente caminando unos con otros? Que Emanuel Chupaca no sea solamente una congregación que se reúne en un mismo lugar, sino una familia que comparte la vida, se sostiene mutuamente y permanece unida alrededor de Cristo.

Porque la unidad no consiste simplemente en estar juntos en el mismo templo; consiste en tener un mismo corazón para Cristo y un mismo deseo de servirle.

II. Una iglesia que sirve con sencillez y alegría

Hechos 2:46b

Comían juntos con alegría y sencillez de corazón,

Después de mostrarnos que la iglesia perseveraba unida, Lucas nos presenta ahora la actitud con la que aquellos creyentes compartían su vida: “con alegría y sencillez de corazón”. No se trataba solamente de estar juntos, sino de disfrutar la comunión que Dios les había concedido. Había una disposición sincera para compartir, participar y contribuir al bienestar de los demás.

La expresión “sencillez de corazón” nos habla de una actitud sin pretensiones. Aquellos creyentes no necesitaban aparentar, competir ni buscar reconocimiento. Su alegría no dependía de ocupar una posición destacada, sino del privilegio de pertenecer a la familia de Dios.

Esto tiene mucho que enseñarnos acerca del servicio cristiano. En una iglesia existen responsabilidades que todos pueden ver y otras que prácticamente nadie nota. Algunas tareas reciben reconocimiento público; otras se realizan silenciosamente. Sin embargo, cuando servimos al Señor, nuestra motivación no debería ser que otros nos vean, sino que Dios sea honrado.

A veces podemos pensar que solamente sirven quienes tienen un cargo: el pastor, los maestros, quienes dirigen algún ministerio. Pero la vida de la iglesia requiere mucho más. Hay muchas maneras de servir que no necesitan un título.

Por ejemplo, alguien puede dedicar tiempo a acompañar a una persona nueva, explicarle cómo funciona la iglesia, presentarle a otros hermanos y ayudarla a sentirse parte de la congregación. Otro puede estar atento a quienes llegan solos y tomar la iniciativa de conversar con ellos. Son gestos sencillos, pero pueden marcar una gran diferencia en la experiencia de alguien que está dando sus primeros pasos en una comunidad de fe.

También podemos servir cuando compartimos generosamente lo que Dios nos ha dado. Quizá alguien tiene facilidad para preparar alimentos, otro puede prestar sus herramientas, otro puede ofrecer su tiempo para transportar a alguien, otro puede colaborar con materiales para una actividad. No todos tenemos los mismos recursos ni las mismas capacidades, pero todos podemos preguntarnos qué tenemos en nuestras manos y cómo podemos ponerlo al servicio de otros.

Hay personas que sirven especialmente mediante su capacidad para cuidar. Visitan a los ancianos, acompañan a una familia que atraviesa una dificultad, llaman a quien ha dejado de asistir o se preocupan por alguien que está pasando desapercibido. Tal vez nunca tendrán una participación pública, pero su presencia puede convertirse en una expresión concreta del amor de Cristo.

También hay quienes pueden servir utilizando sus habilidades profesionales y conocimientos. Alguien puede ayudar con contabilidad, tecnología, organización, comunicación, mantenimiento, diseño o gestión. Estas capacidades, que muchas veces desarrollamos en nuestra vida cotidiana, también pueden ponerse al servicio de Dios.

Pero Lucas destaca una característica fundamental: “con alegría”. Servir no debería convertirse en una carga que nos hace vivir quejándonos constantemente. Es verdad que habrá cansancio y momentos difíciles. Servir implica sacrificio. Pero podemos hacerlo con gozo porque sabemos que estamos participando en algo que pertenece al Señor.

La alegría también transforma la manera en que hacemos las cosas. No es lo mismo cumplir una tarea porque “me toca” que realizarla pensando: “Tengo la oportunidad de servir a Cristo y de bendecir a mis hermanos.” La misma actividad puede convertirse en una experiencia completamente diferente cuando cambia nuestra motivación.

Por eso, este aniversario puede ser una oportunidad para valorar no solamente los grandes momentos de nuestra historia, sino también los pequeños actos de servicio que hicieron posible que la vida de la iglesia continuara. Detrás de cada reunión, cada actividad y cada persona que encontró un lugar en esta congregación, seguramente hubo hermanos que sirvieron sin esperar reconocimiento.

Que el Señor nos ayude a conservar ese espíritu. Que podamos servir sin preguntarnos primero si nuestra tarea será visible, importante o reconocida. Que podamos hacerlo con sencillez de corazón y con alegría, porque sabemos que estamos sirviendo al mismo Señor que nos llamó a formar parte de su iglesia.

III. Una iglesia cuya vida anuncia a Cristo

Hechos 2:47

Alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.

Después de mostrarnos una iglesia que caminaba unida y servía con alegría y sencillez, Lucas nos permite contemplar el resultado de esa vida comunitaria: una iglesia cuyo testimonio era visible para quienes estaban a su alrededor. Los creyentes no vivían su fe de manera aislada. Su relación con Dios y su manera de relacionarse entre ellos tenía un impacto en las personas que los observaban.

El versículo comienza diciendo: “Alabando a Dios”. Esta expresión nos recuerda cuál era el centro de aquella comunidad. Su unidad, su alegría y su servicio no tenían como propósito hacer que la iglesia fuera admirada, sino que Dios fuera reconocido y glorificado. Cuando una congregación sirve, pero Cristo deja de ser el centro, puede terminar construyendo su propia reputación. La iglesia de Hechos, en cambio, dirigía la mirada hacia Dios.

Luego Lucas afirma que tenían “favor con todo el pueblo”. Esto no significa que todos aprobaban cada aspecto de su fe ni que nunca enfrentarían oposición. Significa que su conducta era coherente con el mensaje que anunciaban. Su manera de vivir hacía visible el amor, la generosidad y la transformación que proclamaban.

Aquí encontramos un desafío importante para nosotros. La Gran Comisión no consiste solamente en hablar de Cristo; también implica vivir de una manera que haga creíble aquello que anunciamos. Las personas observan cómo tratamos a nuestra familia, cómo hablamos de otros, cómo reaccionamos ante los problemas, cómo manejamos nuestras responsabilidades y cómo tratamos a quienes no pueden ofrecernos nada a cambio.

Por eso, el testimonio de una iglesia no se construye únicamente desde el púlpito. También se construye en la manera en que un hermano recibe a un visitante, en cómo una familia abre las puertas de su hogar, en cómo tratamos a nuestros vecinos y en cómo respondemos cuando alguien necesita ayuda.

Una iglesia puede tener una buena predicación, pero si sus miembros viven constantemente divididos, el mensaje pierde fuerza. Puede organizar actividades evangelísticas, pero si no existe amor genuino entre sus propios miembros, difícilmente reflejará el evangelio que anuncia. Nuestra vida comunitaria también predica.

Sin embargo, debemos observar algo fundamental en la última frase: “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.” Lucas no dice que los creyentes producían el crecimiento por sus propias capacidades. El sujeto es el Señor. Ellos vivían, alababan, servían y daban testimonio; Dios hacía la obra en los corazones.

Esto nos libera de dos errores. Primero, de pensar que todo depende de nosotros. La salvación pertenece al Señor. Pero también nos libra del segundo error: pensar que, porque Dios es quien salva, nosotros no tenemos nada que hacer. La iglesia de Hechos participaba activamente. Su vida era un testimonio que Dios utilizaba.

Después de 24 años, esta es una hermosa invitación para la Iglesia Bautista Emanuel Chupaca: seguir siendo una iglesia que hace visible a Cristo. No todos predicaremos desde un púlpito, pero todos podemos anunciarlo con nuestras palabras y con nuestra manera de vivir.

Que quienes nos conozcan puedan encontrar en nosotros una comunidad que ama a Dios, ama a las personas y está dispuesta a servir. Y que, mientras nosotros somos fieles en aquello que Dios ha puesto en nuestras manos, podamos confiar en que el Señor seguirá añadiendo a su iglesia a quienes Él está llamando a la salvación.

Porque nuestra tarea es ser fieles; el crecimiento y la obra transformadora pertenecen al Señor.

IV. Conclusión

Emanuel Chupaca necesita predicadores, maestros y líderes; pero también necesita hermanos dispuestos a hacer cosas sencillas con un corazón dispuesto. Porque cuando una iglesia camina unida, sirve con alegría y pone su vida al servicio de Cristo, Dios puede utilizar hasta el papel más sencillo para hacer avanzar su evangelio.

Al llegar al final de este mensaje, quiero animarnos a mirar estos 24 años con gratitud, pero también con esperanza. Dios ha sido fiel con esta congregación. Hemos visto su cuidado, su provisión y su dirección a través de diferentes etapas. Hoy tenemos la oportunidad de continuar esa historia, no solamente recordando lo que Él hizo, sino disponiendo nuestro corazón para lo que todavía quiere hacer por medio de nosotros.

Hechos 2:46-47 nos ha mostrado una iglesia que caminaba unida, compartía la vida con alegría y sencillez, alababa a Dios y daba un testimonio visible delante de quienes la rodeaban. Esa no debe ser solamente la descripción de una iglesia del pasado; puede convertirse en nuestro anhelo como congregación.

Queridos hermanos, Emanuel Chupaca necesita de cada uno de nosotros. No todos tendremos las mismas responsabilidades, los mismos dones ni las mismas oportunidades. Pero todos podemos participar. Algunos estarán al frente; otros trabajarán silenciosamente. Algunos serán reconocidos; otros quizá nunca recibirán un aplauso. Pero nuestro Señor ve cada esfuerzo hecho con amor.

No permitamos que las diferencias nos dividan ni que la comodidad nos haga espectadores. Animémonos unos a otros, ayudémonos mutuamente y aprendamos a celebrar el servicio de nuestros hermanos. Cuando uno sirve, todos somos beneficiados; cuando uno sufre, todos podemos acompañarlo; cuando uno avanza, todos podemos alegrarnos.

Que los próximos años encuentren a esta iglesia más unida, más dispuesta a servir y más comprometida con anunciar a Cristo. Que nuestros hogares, nuestros cultos, nuestros ministerios y nuestras relaciones reflejen el evangelio que creemos.

Y recordemos algo que nos da esperanza: nosotros somos responsables de ser fieles, pero el Señor es quien añade a su iglesia.

Sigamos adelante, hermanos. Con gratitud por el pasado, compromiso en el presente y esperanza en el futuro. Hay mucho por hacer, y hay un lugar para cada uno en la obra de Cristo.

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