Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez — Pastor IBECh

18 de octubre de 2026

Es posible pasar muchos años en una iglesia, escuchar sermones, leer la Biblia y conocer las doctrinas cristianas. Sin embargo, hay una pregunta que merece nuestra atención: ¿cuánto conocemos realmente a Jesucristo? No me refiero solamente a saber lo que la Biblia dice acerca de Él, sino a vivir conscientes de su presencia, escuchar su Palabra y orientar nuestra vida según sus enseñanzas. En Juan 1 encontramos a unos hombres que comenzaron a acercarse a Jesús y descubrieron quién era. Su experiencia nos invita a examinar nuestra propia relación con el Señor y nuestro testimonio ante los demás.

Imaginemos a una persona que lleva varios años siguiendo las publicaciones de un médico reconocido en las redes sociales. Ha leído sus artículos, visto sus entrevistas y aprendido muchas de sus recomendaciones. Incluso puede explicar a sus familiares cuáles son sus principales ideas. Un día, un amigo le pregunta: «¿Alguna vez has conversado personalmente con él?». La respuesta es negativa. Lo conoce por lo que otros publican, pero nunca ha tenido un encuentro personal con él.

Algo parecido puede ocurrir en la vida cristiana. Podemos escuchar predicaciones cada semana, leer libros de teología, memorizar versículos y participar activamente en la iglesia. Todo eso tiene valor, pero debemos preguntarnos si estamos cultivando una relación real con Jesucristo o si nos hemos acostumbrado a hablar de Él sin dedicar tiempo a conocerlo más profundamente.

Pensemos también en lo que sucede cuando alguien descubre un lugar extraordinario. Después de visitarlo, suele contar su experiencia a sus amigos y los anima a conocerlo. No necesita ser un experto en turismo; simplemente comparte lo que ha visto y vivido.

En Juan 1 encontramos ambas realidades. Dos hombres quieren saber dónde está Jesús y aceptan su invitación: «Venid y ved». Más adelante, Felipe comparte con Natanael lo que ha descubierto y lo invita a acercarse también.

Estas escenas nos plantean dos preguntas importantes: ¿estamos dedicando tiempo a conocer mejor a Cristo, más allá de nuestras actividades religiosas? Y si afirmamos conocerlo, ¿compartimos con otros la importancia que Él tiene en nuestra vida? El encuentro con Jesús no es solamente un asunto privado; también puede convertirse en el comienzo del testimonio que damos a quienes nos rodean.

La diferencia entre saber acerca de alguien y conocerlo personalmente también nos ayuda a comprender el relato de Juan. Los primeros discípulos no se conformaron con escuchar el testimonio de Juan el Bautista; quisieron acercarse a Jesús. Felipe, por su parte, después de conocer al Señor, buscó a Natanael para compartir con él su descubrimiento. En estas dos escenas encontramos una enseñanza para nuestra vida cristiana: conocer a Jesús debe ser más que una convicción intelectual; debe expresarse en nuestra relación con Él y en el deseo de que otros también lo conozcan. Veamos estas dos enseñanzas.

I. Acercarnos a Jesús para conocerlo

Juan 1:35-39

El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos. Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús. Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras? Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima.

Juan el Bautista está con dos de sus discípulos cuando ve pasar a Jesús y declara: «He aquí el Cordero de Dios». Con estas palabras, dirige la atención hacia Jesús y su misión redentora. Juan no pretende retener a sus seguidores, sino conducirlos hacia aquel que es mayor que él. Al escuchar su testimonio, los dos hombres comienzan a seguir a Jesús. Él se vuelve y les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos responden preguntando dónde mora. Entonces Jesús los invita: «Venid y ved». Los discípulos aceptan y permanecen con Él aquel día.

El relato presenta una secuencia significativa: escuchan un testimonio, buscan acercarse, reciben una invitación y pasan tiempo con Jesús. No se conforman con saber lo que otro dice acerca de Él; desean conocerlo personalmente. Aquí encontramos el comienzo de una relación que se profundizará a medida que comprendan su identidad y su misión.

El centro del relato es Jesucristo. Los discípulos se acercan después de escuchar el testimonio de Juan, pero Jesús toma la iniciativa de dirigirse a ellos y preguntarles qué buscan. No es una figura distante: les permite acercarse y conocerlo.

La expresión «Cordero de Dios» señala su misión redentora, que el Evangelio desarrollará hasta mostrar la importancia de su muerte para nuestra salvación. Por eso, conocer a Jesús es más que admirar su sabiduría o seguir sus enseñanzas morales. Significa reconocer quién es Él y confiar en su obra salvadora.

Cuando Jesús dice «Venid y ved», invita a los discípulos a conocerlo de cerca. La fe cristiana no consiste únicamente en aceptar un sistema de valores o conservar una tradición familiar. Consiste en confiar en Jesucristo, el Hijo de Dios, y aprender a vivir en comunión con Él.

Podemos extraer de esta enseñanza algunas aplicaciones:

Primera aplicación: examinemos qué buscamos en nuestra relación con Cristo. Jesús pregunta: «¿Qué buscáis?». Esta interrogante también nos ayuda a examinar nuestras motivaciones. Podemos acudir al Señor buscando salud, tranquilidad, provisión económica o solución a nuestros problemas. Es legítimo presentar nuestras necesidades a Dios, pero nuestra relación con Cristo no debe depender solamente de lo que esperamos recibir.

¿Buscamos al Señor únicamente cuando atravesamos dificultades o también deseamos conocerlo y obedecerlo cuando todo marcha bien? ¿Leemos la Biblia solo para encontrar consuelo o también para descubrir qué debemos corregir en nuestra vida?

Necesitamos reconocer sinceramente nuestras preocupaciones y pedirle a Dios que ordene nuestras prioridades. Seguir a Cristo no significa dejar de tener necesidades, sino aprender a vivir confiando en Él y buscando su voluntad.

Segunda aplicación: no confundamos la información bíblica con el conocimiento personal de Cristo. Hoy podemos escuchar predicaciones por internet, estudiar teología, leer comentarios bíblicos y seguir a numerosos maestros cristianos en las redes sociales. Estos recursos son útiles, pero acumular información no garantiza madurez espiritual.

Podemos conocer muchos versículos y, sin embargo, descuidar la oración, actuar con orgullo o tratar injustamente a los demás. Por eso, el estudio bíblico debe conducirnos a examinar nuestra conducta y responder a lo que Dios nos enseña.

Después de leer un pasaje, preguntémonos: ¿qué me enseña acerca de Dios?, ¿qué revela sobre mi vida?, ¿qué actitud debo corregir? Así, la lectura no será únicamente una actividad intelectual, sino una oportunidad para crecer en nuestra relación con Cristo.

Tercera aplicación: dediquemos tiempo a nuestra comunión con Jesús. Los discípulos aceptaron la invitación de Jesús y permanecieron con Él aquel día. Nosotros tenemos responsabilidades laborales, familiares y económicas que pueden ocupar gran parte de nuestro tiempo. Además, las notificaciones del teléfono y el consumo constante de contenido digital pueden distraernos de lo verdaderamente importante.

Necesitamos establecer momentos para leer la Palabra y orar, sin convertirlos en un simple requisito que debemos cumplir. También podemos aprender a recordar las enseñanzas de Cristo durante nuestras actividades cotidianas.

La comunión con el Señor no se limita al domingo ni depende de experimentar emociones intensas durante el culto. Se expresa cuando buscamos su dirección ante una decisión difícil, reconocemos nuestros pecados y procuramos honrarlo en el trato con nuestros familiares, compañeros de trabajo y vecinos.

Cuarta aplicación: permitamos que conocer a Cristo transforme nuestra conducta. El conocimiento del Señor debe reflejarse en nuestra manera de vivir. Si Jesús nos enseña a perdonar, debemos revisar nuestros resentimientos. Si nos manda amar al prójimo, necesitamos considerar cómo tratamos a quienes no pueden ofrecernos ningún beneficio. Si nos llama a vivir en verdad, debemos examinar nuestra honestidad en el trabajo y en nuestras relaciones.

Esto no significa alcanzar la perfección por nuestras propias fuerzas. Necesitamos la gracia de Dios, la obra del Espíritu Santo y la enseñanza de las Escrituras. Sin embargo, esa gracia no nos conduce a la indiferencia, sino a una vida de obediencia y crecimiento.

También necesitamos la ayuda de otros creyentes. La enseñanza congregacional, la corrección fraterna y el servicio cristiano nos permiten reconocer errores y madurar. Quien desea conocer mejor a Jesús debe estar dispuesto a aprender y cambiar.

Quinta aplicación: renovemos nuestra relación con Cristo. Con el paso de los años, algunos creyentes pueden acostumbrarse a las actividades de la iglesia. Continúan asistiendo a los cultos y cumpliendo responsabilidades, pero su relación con el Señor se vuelve rutinaria.

Si reconocemos esta situación en nuestra vida, podemos comenzar por examinarla honestamente delante de Dios. Retomemos la lectura bíblica, la oración y la obediencia, y busquemos el acompañamiento de hermanos maduros cuando lo necesitemos.

La pregunta no es solamente cuántos años llevamos siendo cristianos, sino qué lugar ocupa Jesús en nuestra vida actual. ¿Estamos creciendo en el conocimiento de su persona? ¿Nuestras decisiones reflejan sus enseñanzas? ¿Estamos dispuestos a corregir nuestro rumbo cuando su Palabra nos confronta?

Acercarnos a Jesús para conocerlo significa renovar nuestra confianza y nuestra obediencia. No basta con saber hablar de Cristo; necesitamos vivir de tal manera que nuestra conducta refleje que deseamos conocerlo, seguir sus enseñanzas y honrarlo cada día.

II. Conocer a Jesús para invitar a otros a conocerlo

Juan 1:45-46

Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret. Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve.

Después de encontrarse con Jesús, Felipe busca a Natanael y le comunica su descubrimiento: «Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas» (Juan 1:45). Felipe relaciona a Jesús con la esperanza anunciada en las Escrituras. Sin embargo, también lo identifica como «Jesús, el hijo de José, de Nazaret», una descripción que todavía no expresa toda la profundidad de su identidad. El evangelista muestra así que Felipe ha comenzado a comprender quién es Jesús, aunque su entendimiento seguirá desarrollándose.

Natanael responde con una objeción: «¿De Nazaret puede salir algo de bueno?» (v. 46). El texto no explica por completo la razón de su comentario, por lo que conviene no especular. Lo importante es la respuesta de Felipe: no abandona la conversación ni entra en una discusión prolongada; le dice: «Ven y ve». Lo invita a acercarse y conocer a Jesús directamente. El pasaje presenta un testimonio sencillo que abre la puerta a un encuentro personal. La mención de Moisés y los profetas sitúa el anuncio de Felipe dentro de la historia bíblica de la esperanza mesiánica. Aun así, el relato distingue entre haber oído acerca de Jesús y acercarse para conocerlo con Jesús.

Felipe no dirige a Natanael hacia sí mismo, sino hacia Jesucristo. Su testimonio tiene contenido: relaciona a Jesús con las promesas de la ley y los profetas. Aunque su comprensión inicial sea limitada, reconoce que ha encontrado a alguien digno de ser conocido. El centro del testimonio cristiano no es la habilidad del mensajero, sino la identidad y la obra de Cristo.

La reacción de Natanael recuerda que las personas pueden acercarse a Jesús con dudas, prejuicios o experiencias que dificultan la confianza. Felipe no pretende tener respuesta para cada objeción; invita a Natanael a conocer al Señor. Esto no significa que la fe carezca de razones ni que las preguntas sean irrelevantes. Significa que podemos señalar hacia Cristo y animar a otros a examinar quién es Él. «Ven y ve» expresa una actitud cristiana: hablar con convicción, reconocer nuestros límites y mantener a Jesús en el centro. Jesús es quien debe ocupar el lugar principal en nuestra conversación. El creyente no ofrece su propia perfección como prueba definitiva, sino que da testimonio de Cristo y de la esperanza que encuentra en Él. Así, la invitación conduce al Señor, no a la admiración del mensajero, con humildad y mucha paciencia.

Aplicaciones para los creyentes en el siglo XXI

Primera aplicación: compartamos lo que hemos descubierto acerca de Cristo. Felipe no esperó convertirse en experto antes de hablar con Natanael. Nosotros tampoco necesitamos dominar toda la teología para dar testimonio. Podemos explicar por qué confiamos en Jesús, qué enseña el Evangelio y cómo su Palabra orienta nuestra vida.

Esto no significa hablar sin preparación ni presentar opiniones personales como doctrina bíblica. Necesitamos seguir aprendiendo y reconocer cuando no sabemos una respuesta. Pero la falta de conocimiento tampoco debe convertirse en excusa permanente para guardar silencio. Podemos contar cómo llegamos a confiar en Cristo o compartir un pasaje que nos ha ayudado. El propósito no es llamar la atención sobre nosotros, sino dirigir la mirada hacia Jesús.

Segunda aplicación: no descartemos a las personas por sus dudas. Natanael responde con escepticismo, pero Felipe no se ofende ni lo considera un caso perdido. Le ofrece una invitación. Su actitud nos enseña a escuchar antes de juzgar y a no reducir a alguien a su primera reacción.

Hoy algunas personas preguntan por el sufrimiento, la existencia de Dios, la confiabilidad de la Biblia o las conductas de quienes se identifican como cristianos. No todas las objeciones son iguales, y algunas requieren respuestas cuidadosas. Ridiculizar las preguntas o responder con hostilidad suele cerrar la conversación. Podemos escuchar sin interrumpir, preguntar qué les preocupa y responder con respeto.

Tercera aplicación: invitemos a conocer a Jesús, no solo a nuestras actividades. Invitar a alguien al culto o a un estudio bíblico puede ser valioso, pero el objetivo no debe limitarse a conseguir asistencia. Queremos que las personas conozcan a Cristo mediante las Escrituras y comprendan el Evangelio.

Podemos proponer leer juntos un Evangelio, conversar sobre una pregunta bíblica o acompañar a quien desea explorar la fe. También debemos evitar prometer que acercarse a Jesús resolverá automáticamente todos los problemas. El Evangelio anuncia perdón y reconciliación con Dios, pero no garantiza una vida libre de dolor. Como Felipe, podemos decir en esencia «ven y ve»: ofrecer una oportunidad para escuchar, preguntar y considerar quién es Jesús, sin manipular ni presionar.

Cuarta aplicación: hagamos coherente nuestro testimonio con nuestra conducta. Las palabras pierden credibilidad cuando contradicen la vida. Si hablamos del amor de Cristo, pero despreciamos a nuestra familia o a nuestros compañeros, levantamos obstáculos para que otros escuchen. Si defendemos la verdad y actuamos con deshonestidad, nuestra conducta contradice nuestra confesión.

Ningún creyente representa perfectamente a Jesús. Cuando fallamos, debemos reconocerlo, pedir perdón y procurar reparar el daño. El testimonio incluye nuestras palabras, pero también cómo usamos el dinero, cumplimos compromisos, tratamos a quienes piensan distinto y respondemos ante nuestros errores.

Esto importa también en las redes sociales. Compartir versículos pierde fuerza si difundimos rumores, humillamos a otros o participamos en discusiones agresivas. Antes de publicar, preguntémonos si nuestras palabras son verdaderas y coherentes con el carácter de Cristo.

Quinta aplicación: perseveremos sin intentar controlar la respuesta. Felipe invitó a Natanael, pero no podía decidir por él. Podemos compartir nuestra fe, orar y mantener abierta la conversación, pero no obligar a nadie a creer. Algunas personas responderán con interés; otras mostrarán indiferencia o rechazo. La fidelidad no se mide solo por resultados inmediatos. Tampoco debemos insistir de manera invasiva cuando alguien pide espacio.

Pensemos en alguien de nuestra familia, trabajo o círculo de amistades a quien podamos escuchar y ofrecer una invitación sincera. Quizá el primer paso no sea un discurso, sino mostrar interés, ayudar ante una necesidad o conversar respetuosamente sobre sus preguntas.

Conocer a Jesús nos da razones para compartirlo, no para sentirnos superiores. Como Felipe, señalemos hacia Cristo con palabras sencillas y una vida coherente. Nuestra responsabilidad es presentar el Evangelio con fidelidad y dejar abierta la puerta para que otros también se acerquen a conocerlo.

III. Conclusión

Al recorrer este pasaje del Evangelio de Juan, encontramos dos enseñanzas que necesitamos llevar a nuestra vida. La primera es que debemos acercarnos a Jesús para conocerlo personalmente. Los discípulos escucharon el testimonio de Juan el Bautista, siguieron al Señor y aceptaron su invitación: «Venid y ved». La segunda es que conocer a Jesús nos impulsa a compartirlo con otros. Felipe encontró a Natanael y, ante sus dudas, no se desanimó; sencillamente lo invitó: «Ven y ve».

Ambas enseñanzas están relacionadas. No podemos compartir adecuadamente aquello que no estamos dispuestos a conocer cada vez más. Nuestra vida cristiana necesita alimentarse de la Palabra, la oración, la comunión con Cristo y la obediencia a sus enseñanzas. Al mismo tiempo, nuestra relación con Él no debe convertirse en una experiencia que guardamos exclusivamente para nosotros. Hay familiares, amigos y compañeros que necesitan escuchar el Evangelio y tener la oportunidad de conocer quién es Jesucristo.

Por eso, quisiera que hoy examinemos nuestro corazón con dos preguntas. ¿Estoy cultivando una relación personal con Jesús o me he conformado con las costumbres de la vida cristiana? Y, en segundo lugar, ¿hay alguien a quien puedo ayudar a conocer al Señor?

Tal vez necesitamos recuperar el tiempo de comunión con Cristo que hemos descuidado. Tal vez debemos corregir actitudes que no corresponden a sus enseñanzas. O quizá hemos postergado una conversación importante con alguien que necesita escuchar nuestro testimonio.

No se trata de hacer grandes promesas, sino de responder con sinceridad al Señor. Acerquémonos a Jesús con el deseo de conocerlo mejor y pidámosle que nuestra vida refleje su verdad y su amor. Después, sigamos el ejemplo de Felipe: invitemos a otros a acercarse a Cristo.

Que nuestro conocimiento del Señor se refleje en una vida transformada y en un testimonio fiel. Amén.

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