Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez — Pastor IBECh

20 de septiembre de 2026

Particularmente me gusta la lectura del evangelio de Juan por la manera en que inicia y la que se expone a la figura de Jesús. Para iniciar la lectura de Juan no basta pensar en Jesús como el niño de Belén, el maestro de Galilea o el hombre que caminó entre nosotros. Juan nos obliga a retroceder mucho más: antes de Belén, antes de Abraham, antes de la creación misma. Allí estaba el Verbo. Y aquel Verbo no era una idea, una fuerza impersonal ni una criatura celestial. Era Dios. El que creó todas las cosas, el que sostiene la vida y cuya luz ninguna oscuridad pudo apagar, decidió entrar en nuestra historia. Juan nos conduce hasta ese misterio: el Dios eterno haciéndose hombre para darse a conocer.

C. S. Lewis (1898–1963) fue profesor de literatura medieval y renacentista en Oxford y Cambridge, escritor, apologista cristiano y autor de más de treinta libros. Entre sus obras más conocidas están Mero cristianismo, Cartas del diablo a su sobrino y Las crónicas de Narnia.

Cuando Lewis creó a Aslan, no estaba simplemente inventando un león fantástico. En las siete novelas de Narnia construyó deliberadamente un personaje que evocara a Cristo: creador, soberano, bueno, poderoso, dispuesto a entregar su vida por otros y victorioso sobre la muerte. Aslan no es Jesús disfrazado de león, pero su función narrativa permite al lector contemplar verdades cristianas mediante la imaginación. Esa dimensión cristológica es esencial para comprender la obra de Lewis.

Por eso resulta significativo lo que ocurre ahora con la nueva adaptación de Netflix de El sobrino del mago. La película, dirigida por Greta Gerwig, llevará por primera vez esta novela a la pantalla y tendrá a Meryl Streep como voz de Aslan. Netflix confirmó oficialmente el reparto en septiembre de 2026.

La decisión ha generado debate porque Aslan es presentado como masculino en los libros de Lewis y en las anteriores adaptaciones cinematográficas. No necesitamos atribuir intenciones que no han sido demostradas para reconocer el punto: una obra concebida con una referencia cristológica puede ser reinterpretada por una generación que ya no comparte necesariamente las mismas categorías culturales y teológicas de su autor. Y es que la actual cultura woke está distorsionando el mensaje del cristianismo.

Y aquí está la pregunta que nos conduce directamente al Evangelio de Juan: ¿qué sucede cuando los hombres intentan reinterpretar a Cristo según su propia cultura, en lugar de recibir la revelación de quién es Él?

La historia de Aslan nos ayuda a comprender algo fundamental: cuando una persona o una cultura intenta representar a Cristo, inevitablemente surgen interpretaciones, adaptaciones y lecturas propias. Pero Juan no nos presenta una interpretación humana de Jesús. No nos dice simplemente cómo imaginarlo; nos lleva hasta el origen mismo de su identidad. Antes de toda representación estaba el Verbo. Antes de Belén, Él ya era. Antes de que el mundo pudiera hablar de Cristo, Cristo ya era Dios. Por eso, al abrir Juan 1, no comenzamos preguntándonos qué pensamos de Jesús, sino escuchando lo que Dios mismo ha revelado acerca de Él.

I. Cristo, el Verbo eterno que es Dios

Juan 1:1-5

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

Juan comienza su Evangelio llevándonos deliberadamente más allá de Belén: «En el principio era el Verbo». La expresión recuerda Génesis 1:1 (En el principio Dios creó los cielos y la tierra), pero Juan retrocede todavía más. Cuando comenzó la creación, el Verbo ya existía. Cristo no aparece en la historia cuando nace de María; Él ya estaba allí. Su existencia no depende del tiempo, porque pertenece a la eternidad.

Juan añade: «el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Hay aquí simultáneamente distinción y unidad. El Verbo estaba «con Dios», mostrando relación personal; pero «era Dios», afirmando su plena divinidad. Juan no presenta a Jesús como un ser creado, un intermediario entre Dios y los hombres ni simplemente como un hombre extraordinario. Presenta al Hijo como Dios eterno.

Luego declara: «Todas las cosas por él fueron hechas». El Cristo que posteriormente veremos caminar por Galilea es también el Creador de todo cuanto existe. Nada de lo creado queda fuera de su autoridad. Pablo expresará una verdad paralela: todas las cosas fueron creadas por medio de Cristo y para Cristo (Colosenses 1:16).

Juan continúa: «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres». Cristo no solamente posee vida; Él es presentado como su fuente. Y esa vida se manifiesta como luz: revelación, verdad y orientación para una humanidad incapaz de encontrar por sí misma el camino hacia Dios.

Luego se menciona en el pasaje bíbliuco: «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella». El pecado, la incredulidad y la muerte no tienen la última palabra. Desde los primeros versículos, Juan coloca delante de nosotros al verdadero protagonista de su Evangelio: el Verbo eterno, Dios mismo, Creador, Vida y Luz.

En nuestra época se ha multiplicado extraordinariamente nuestro conocimiento del universo. Podemos observar galaxias situadas a miles de millones de años luz, estudiar el funcionamiento de una célula, modificar genes, producir inteligencia artificial y enviar instrumentos robóticos a otros mundos. Hemos acumulado una capacidad científica y tecnológica que ninguna generación anterior tuvo. Pero Juan 1 nos recuerda que aumentar nuestro conocimiento del universo no equivale a conocer a su Creador.

El telescopio puede mostrarnos la inmensidad del cosmos, pero no puede llevarnos por sí mismo al conocimiento personal de Dios. El microscopio puede revelar la complejidad de una célula, pero no puede responder quién es Cristo. La inteligencia artificial puede procesar cantidades extraordinarias de información, pero no puede convertirse en la fuente de la verdad espiritual. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, pero no puede resolver el problema fundamental del corazón humano.

Y aquí aparece la afirmación radical de Juan: «Todas las cosas por él fueron hechas». Esto significa que la ciencia no estudia un universo independiente de Cristo. Cada átomo, cada estrella, cada estructura biológica y cada ley física pertenecen al orden creado por Él. La investigación científica puede describir cómo funcionan determinadas realidades; Juan nos lleva a una pregunta más profunda: ¿quién es el Señor de todo lo que existe?

Esto también confronta nuestra confianza contemporánea en la tecnología. Podemos almacenar bibliotecas enteras en un teléfono, conversar con sistemas de inteligencia artificial, realizar diagnósticos mediante sofisticadas imágenes médicas y acceder instantáneamente a información procedente de todo el mundo. Sin embargo, seguimos enfrentando culpa, sufrimiento, muerte, soledad y necesidad de significado.

La tecnología puede prolongar determinadas capacidades humanas; no puede otorgarnos vida eterna. Puede producir imágenes de luz; no puede convertirse en la Luz verdadera. Puede generar respuestas; no puede ocupar el lugar del Verbo que revela a Dios.

Por eso, la doctrina de Juan 1 no pertenece únicamente al primer siglo. Es extraordinariamente pertinente para el nuestro. Frente a una cultura que puede llegar a pensar que finalmente la humanidad podrá explicarlo todo, Juan declara que existe una realidad anterior a toda explicación humana: el Verbo ya era.

Frente al orgullo intelectual, Cristo nos llama a la humildad. Frente a la fascinación tecnológica, nos recuerda quién es el Creador. Frente a la oscuridad moral y espiritual, Él permanece como Luz.

Podemos conocer más del universo que nuestros antepasados, pero la pregunta decisiva continúa siendo la misma: ¿qué hacemos con Cristo? Porque conocer mucho acerca de la creación no sustituye conocer al Creador. Y ninguna tecnología, por avanzada que llegue a ser, podrá ocupar el lugar del Verbo eterno que es Dios, sostiene la vida y resplandece en las tinieblas.

II. Cristo, la Luz verdadera que vino al mundo

Juan 1:9-13

Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Después de presentar quién es el Verbo, Juan dirige nuestra atención hacia su entrada en el mundo: «Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo». La afirmación es sorprendente. El Creador no permanece distante de su creación; la Luz viene hacia aquellos que viven en oscuridad. La encarnación comienza a perfilarse como un movimiento de acercamiento divino.

Juan señala entonces una paradoja: «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció». El mismo mundo que recibió su existencia por medio de Cristo fue incapaz de reconocer a su propio Creador. El problema no era falta de evidencia, sino una incapacidad espiritual para reconocerlo por quien Él realmente es.

La situación se vuelve todavía más dolorosa: «A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron». Cristo vino a un pueblo que poseía las Escrituras, las promesas y la historia de la revelación. Sin embargo, tener conocimiento religioso no garantiza reconocer al Mesías cuando Él aparece.

Pero Juan no termina en el rechazo. «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios». Aquí aparece una dimensión fundamental del Evangelio: recibir a Cristo no significa simplemente admirarlo, estudiarlo o incorporarlo a una tradición religiosa. Significa creer en su nombre, confiar en su identidad y depositar en Él la fe.

El resultado es radical: ser hechos hijos de Dios. Juan no describe una mejora moral producida por esfuerzo humano, sino una nueva condición otorgada por Dios. Y lo confirma inmediatamente: «no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios». La Luz no solamente ilumina al ser humano; transforma su relación con Dios.

El siglo XXI dispone de más información que cualquier época anterior. Una persona puede acceder en segundos a manuscritos digitalizados, comentarios bíblicos, conferencias teológicas, debates académicos, documentales históricos y miles de representaciones de Jesús. Sin embargo, Juan plantea una distinción que continúa siendo necesaria: es posible estar expuesto a la verdad sin recibir personalmente a Cristo.

Nuestro problema contemporáneo no es únicamente la ignorancia. También existe una saturación de información. Podemos conocer datos sobre Jesús sin conocer a Jesús. Podemos discutir sobre su existencia histórica, analizar sus palabras, estudiar el contexto del judaísmo del primer siglo y comparar interpretaciones teológicas, pero ninguna de esas actividades equivale necesariamente a creer en su nombre.

La cultura digital ha hecho especialmente visible esta diferencia. Las redes sociales convierten prácticamente todo en contenido: incluso la fe puede transformarse en una publicación, una frase, un video de treinta segundos o una discusión interminable. Cristo puede convertirse en tema de conversación sin convertirse en Señor de la vida.

Juan nos obliga a mirar más profundamente. «A los suyos vino, y los suyos no le recibieron». Podemos tener Biblia, tradición cristiana, iglesias, seminarios, música religiosa y abundante contenido espiritual, y aun así mantener a Cristo fuera del centro.

También vivimos en una cultura que interpreta la identidad principalmente desde la autonomía personal: «yo decido quién soy», «yo determino mi verdad», «yo construyo mi realidad». Juan presenta una lógica diferente. La identidad más profunda del creyente no nace de la autoconstrucción, sino de la recepción de Cristo: «les dio potestad de ser hechos hijos de Dios».

Nuestra seguridad no descansa finalmente en nuestro rendimiento, nuestro prestigio, nuestra profesión, nuestros títulos académicos, nuestros seguidores en redes sociales ni en nuestra capacidad de controlar el futuro. Para quien ha recibido a Cristo, existe una identidad recibida de Dios.

La misma tecnología que puede ayudarnos a difundir el Evangelio también puede alimentar una ilusión de autosuficiencia. Podemos tener herramientas capaces de generar textos, imágenes, música, diagnósticos, análisis y respuestas complejas. Pero ninguna herramienta tecnológica puede producir en nosotros aquello que Juan atribuye exclusivamente a Dios: ser hechos sus hijos.

Por eso, la pregunta de Juan sigue siendo profundamente contemporánea. No es solamente: «¿Qué sabes acerca de Jesús?». Tampoco: «¿Qué opinas de Jesús?». La cuestión es mucho más personal y definitiva: ¿has recibido al Cristo que Dios ha revelado? Porque la Luz verdadera no vino simplemente para ser observada. Vino para ser recibida, creída y seguida.

III. Cristo, el Verbo hecho carne que revela al Padre

Juan 1:14-18

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

Juan llega al punto culminante de su prólogo con una declaración que concentra el misterio de la fe cristiana: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros». El mismo Verbo eterno presentado al comienzo del capítulo ahora entra en la condición humana. No deja de ser Dios al hacerse hombre; precisamente el que era Dios viene a nosotros en verdadera humanidad. La encarnación no es una apariencia: el eterno Hijo realmente entra en nuestra historia.

Juan añade: «y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». La gloria de Dios ya no es presentada solamente mediante manifestaciones extraordinarias, sino contemplada en la persona de Jesucristo. Su carácter, sus palabras, sus obras y su entrega manifiestan quién es Dios.

Juan el Bautista confirma esta preeminencia: «El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo». Humanamente, Juan apareció antes en el ministerio público; pero Cristo es eternamente anterior a él. La cronología histórica no determina la grandeza de Jesús.

Luego encontramos una de las afirmaciones centrales del prólogo: «Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia». Cristo no recibe recursos de otra fuente para luego compartirlos; Él posee la plenitud y de ella reciben los suyos. La gracia cristiana tiene, por tanto, un centro personal: Jesucristo.

Finalmente, Juan declara: «A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo… él le ha dado a conocer». Aquí encontramos la culminación del pasaje. El propósito de la encarnación no fue solamente acercar a Dios al hombre, sino dar a conocer al Padre. Jesús es la revelación definitiva de Dios. Quien quiere conocer verdaderamente al Padre debe mirar al Hijo.

Esta afirmación adquiere una importancia particular en una época marcada por múltiples representaciones de Dios. El siglo XXI ofrece una enorme diversidad de espiritualidades, filosofías, religiones y concepciones personales de lo divino. Cada vez es más frecuente escuchar que «cada persona tiene su propia verdad» o que Dios puede ser entendido de cualquier manera que resulte significativa para cada individuo.

Juan 1:18 establece un límite claro a esa tendencia: Dios no queda entregado a nuestra imaginación. Dios se ha dado a conocer. Y esa revelación tiene un rostro: Jesucristo.

Esto significa que el cristianismo no comienza con la pregunta «¿qué concepto de Dios puedo construir?», sino con otra mucho más concreta: ¿quién es Jesucristo? No somos nosotros quienes definimos a Dios según nuestras preferencias culturales, morales o filosóficas. Es Dios quien se revela en el Hijo.

Esta verdad también tiene implicaciones frente a nuestra época tecnológica. Hoy podemos producir representaciones visuales extraordinariamente realistas de personajes históricos, reconstruir rostros mediante inteligencia artificial, generar voces sintéticas y crear imágenes de acontecimientos que nunca fueron fotografiados. La capacidad humana para representar es inmensa. Pero una representación producida por nosotros no equivale a la realidad que representa.

Esto resulta especialmente importante cuando hablamos de Cristo. Podemos producir miles de imágenes de Jesús, películas sobre Jesús, canciones acerca de Jesús y contenidos digitales sobre Jesús. Pero ninguna representación artística puede reemplazar al Cristo revelado por las Escrituras. La imaginación humana puede representar; solamente Dios puede revelar.

La encarnación tampoco significa que Dios haya dejado de ser trascendente. El Verbo «fue hecho carne» y «habitó entre nosotros». El Dios infinito entró verdaderamente en nuestra historia sin dejar de ser quien es. En Jesucristo encontramos, por tanto, algo que ninguna tecnología puede producir: Dios acercándose personalmente al ser humano.

Esto transforma también nuestra comprensión de la vida cristiana. Si Cristo revela al Padre, entonces mirar a Cristo debe ocupar el centro de nuestra fe. No necesitamos buscar continuamente nuevas experiencias espirituales para descubrir quién es Dios. Tenemos que volver al Hijo revelado en las Escrituras.

En una cultura que cambia rápidamente, Cristo permanece como referencia. Cambian las tecnologías, los modelos culturales, las formas de comunicación y las categorías sociales; pero la pregunta fundamental permanece: ¿quién es Jesús?

Juan responde: Él es el Verbo hecho carne, lleno de gracia y verdad, aquel de cuya plenitud recibimos, aquel que nos revela al Padre.

Por eso, la meta de la predicación cristiana no es simplemente transmitir información acerca de Dios. Es llevar a las personas a contemplar a Cristo, creer en Cristo y conocer a Dios por medio de Cristo. Porque en Él, el Dios invisible se ha dado a conocer.

IV. Conclusión

Juan 1:1-18 nos ha llevado desde la eternidad hasta la encarnación. Primero contemplamos al Verbo que era Dios, existente antes de toda creación y origen de cuanto existe. Después vimos a la Luz verdadera que vino al mundo, pero que encontró rechazo y, al mismo tiempo, concedió a quienes la recibieron una nueva identidad como hijos de Dios. Finalmente llegamos al misterio central: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros para revelar al Padre.

El mensaje de Juan no nos permite reducir a Jesús a un maestro moral, un personaje histórico, un símbolo religioso o una inspiración espiritual. Cristo es infinitamente más: es el Verbo eterno, Dios mismo, Creador, Vida, Luz y revelación perfecta del Padre.

Por eso, nuestra generación puede avanzar científicamente, desarrollar tecnologías extraordinarias y transformar radicalmente la cultura; pero ninguna de esas cosas cambia quién es Cristo. Antes de nuestros descubrimientos, Él ya era. Por encima de nuestra tecnología, Él permanece. Frente a nuestras interpretaciones, su identidad no depende de nosotros.

La pregunta final no es cuánto sabemos acerca de Jesús, sino si hemos reconocido quién es Él.

El Verbo eterno vino a nosotros. La Luz resplandece. Dios se ha dado a conocer. Y la respuesta que damos a Cristo sigue siendo decisiva.

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