Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez — Pastor IBECh

23 de agosto de 2026

Hay momentos en la vida en los que queremos ayudar a alguien que amamos, pero no sabemos cómo hacerlo. Vemos su dolor, su necesidad, sus luchas, y quisiéramos encontrar una respuesta. En Lucas 5 encontramos a unos hombres que enfrentaron justamente esa situación. Tenían delante de ellos a un paralítico y sabían que necesitaba encontrarse con Jesús. No podían sanarlo, pero sí podían llevarlo hasta Él. Y cuando llegaron, encontraron una dificultad inesperada: la casa estaba llena. Sin embargo, no regresaron. Buscaron otra manera. Su historia nos enseña algo sencillo, pero profundo: cuando realmente creemos que Jesús puede ayudar, no dejamos que los obstáculos nos hagan desistir.

Aquella mañana, mientras Jesús enseñaba en una casa de Capernaum, un hombre paralítico permanecía acostado sobre una camilla. No podía caminar ni acercarse por sí mismo. Su vida dependía de otros para muchas de las cosas que nosotros hacemos sin pensarlo.

Pero aquel día, cuatro amigos decidieron llevarlo hasta Jesús. Quizá habían escuchado que Jesús sanaba enfermos, que recibía a los necesitados y que en Él había esperanza. Tomaron la camilla y caminaron con su amigo por las calles hasta llegar a la casa. Cuando llegaron, encontraron la entrada bloqueada por una multitud. Había tanta gente que era imposible acercarse a Jesús. Podrían haber pensado que ya no había nada que hacer y regresar a casa. Pero no lo hicieron.

Buscaron otra alternativa. Subieron al techo de la casa, hicieron una abertura y, con cuidado, comenzaron a bajar la camilla. Poco a poco, aquel hombre descendió hasta quedar justo delante de Jesús. Podemos imaginar el silencio de la habitación. Todos miraban hacia arriba y luego hacia aquel hombre tendido frente al Señor. Los amigos habían conseguido lo que buscaban: ponerlo delante de Jesús. Ellos no podían devolverle el movimiento a sus piernas. No podían cambiar su condición. Pero podían hacer algo decisivo: llevarlo hasta Aquel que sí podía hacerlo.

Esta escena nos invita a mirar más allá del milagro y preguntarnos qué había detrás de aquella decisión. Aquellos hombres no sabían exactamente qué ocurriría cuando pusieran a su amigo delante de Jesús. No tenían garantías, ni podían controlar el resultado. Solo sabían que Jesús era su esperanza y que valía la pena llegar hasta Él. Por eso, cuando apareció el obstáculo, no abandonaron el camino. Y aquí comienza nuestra reflexión, porque también nosotros encontramos personas que necesitan ayuda, familias que atraviesan momentos difíciles y situaciones que parecen no tener salida. La pregunta es: ¿qué hacemos cuando queremos llevar a alguien a Jesús y aparecen obstáculos en el camino?

I. Una fe que ve la necesidad

Lucas 5:18

Y sucedió que unos hombres que traían en un lecho a un hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle adentro y ponerle delante de él.

Lucas nos presenta a unos hombres que llevaban sobre una camilla a un paralítico y buscaban la manera de colocarlo delante de Jesús. El texto no explica quiénes eran ni cuál era su relación con aquel hombre, pero sí deja claro que habían asumido la responsabilidad de ayudarlo. La enfermedad había limitado seriamente su capacidad para acercarse por sí mismo. En medio de una multitud que escuchaba a Jesús, ellos vieron una necesidad concreta y actuaron. No se quedaron observando ni discutieron acerca del problema. Su fe comenzó expresándose de una manera sencilla: tomaron a aquel hombre y lo llevaron hasta Jesús.

Esto nos lleva a pensar en nuestra propia manera de mirar a las personas. A veces podemos acostumbrarnos tanto a las necesidades que nos rodean que dejamos de verlas realmente. Vemos al vecino que está sufriendo, al familiar que se ha alejado de Dios, al compañero que atraviesa una crisis, pero seguimos con nuestras actividades porque pensamos que alguien más hará algo. Aquellos hombres nos muestran otra actitud. Ellos no podían resolver la condición de su amigo, pero tampoco utilizaron esa limitación como excusa para no ayudar.

Hay algo importante aquí: ayudar a una persona no significa tener la capacidad de solucionar su vida. Nosotros no podemos sanar un corazón herido, cambiar una familia, quitar una adicción, resolver todos los problemas económicos o producir arrepentimiento en otra persona. Pero sí podemos acompañar, escuchar, orar, acercarnos, tender una mano y, sobre todo, conducir a esa persona hacia Cristo.

También debemos preguntarnos qué significa esto para la iglesia. Una congregación puede estar muy ocupada hablando de Jesús y, al mismo tiempo, pasar por alto a quienes necesitan encontrarlo. La fe bíblica no permanece encerrada en nuestras palabras; mira alrededor y reconoce personas que necesitan esperanza. Quizá Dios ha colocado deliberadamente a alguien en nuestro camino. No para que seamos su salvador —porque solo Cristo salva—, sino para que seamos instrumentos que lo acerquen al Salvador.

Y hay otra verdad teológica que no debemos perder: la necesidad humana es más profunda que aquello que podemos ver. Lucas todavía no nos ha mostrado la respuesta de Jesús. El hombre llega paralítico, pero Jesús verá una necesidad que va mucho más allá de sus piernas. Esto nos recuerda que detrás de muchas necesidades visibles existe una realidad espiritual que solamente Cristo puede atender.

Aquellos hombres nos conducen inevitablemente hacia Jesús. Ellos tenían delante una necesidad que no podían resolver y una Persona que sí podía hacerlo. Ese es el punto de partida de la fe cristiana: reconocer nuestras limitaciones y dirigir nuestra mirada hacia Cristo. Nosotros podemos acompañar a una persona, sostenerla y llevarla hasta Jesús; pero solamente Él puede transformar profundamente su vida. La iglesia no existe para ocupar el lugar de Cristo, sino para ayudar a las personas a encontrarse con Él. Los amigos llevaron al paralítico hasta Jesús; y cuando una persona llega verdaderamente a Cristo, llega al único lugar donde su necesidad más profunda puede encontrar respuesta.

II. Una fe que no se detiene ante los obstáculos

Lucas 5:19

Pero no hallando cómo hacerlo a causa de la multitud, subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el lecho, poniéndole en medio, delante de Jesús.

El relato cambia de tono cuando aquellos hombres llegan a la casa y descubren que la multitud les impide entrar. Lucas dice que, «no hallando cómo hacerlo entrar a causa de la multitud», buscaron otra manera. La dificultad no estaba en la falta de voluntad, sino en un obstáculo real: no podían acercarse a Jesús por la entrada. Sin embargo, su determinación no desapareció. Subieron al techo y bajaron al paralítico delante del Señor. El texto muestra una fe que no se limita a reconocer que Jesús puede ayudar, sino que persevera hasta colocar la necesidad humana delante de Él, aun cuando el camino se vuelve incómodo.

Hay obstáculos que aparecen precisamente cuando estamos intentando hacer algo bueno. A veces pensamos que, si Dios está guiando nuestro propósito, todo debería resultar sencillo. Pero este pasaje nos muestra lo contrario. Aquellos hombres estaban haciendo algo correcto y, aun así, encontraron una puerta cerrada. La multitud no era necesariamente enemiga de Jesús; simplemente estaba allí. Sin embargo, para ellos se convirtió en una barrera.

También nosotros encontramos obstáculos cuando intentamos acercar a otros a Cristo. Puede ser la indiferencia de una persona, una herida causada por alguien de la iglesia, una mala experiencia religiosa, una familia dividida, prejuicios, dudas o simplemente falta de interés. Incluso nosotros mismos podemos convertirnos en obstáculos cuando hablamos de Cristo de una manera que aleja en lugar de acercar.

La pregunta no es si tendremos obstáculos, sino qué haremos cuando aparezcan. Los amigos podrían haber dicho: «Ya hicimos nuestra parte». Habían cargado al paralítico hasta allí. Humanamente, podían considerar que habían cumplido. Pero su amor no terminó cuando encontraron la primera dificultad. Buscaron otra posibilidad.

Eso también requiere sabiduría. Perseverar no significa actuar irresponsablemente ni forzar a las personas. Significa no abandonar fácilmente aquello que sabemos que vale la pena. A veces tendremos que cambiar nuestra manera de acercarnos, aprender a escuchar antes de hablar, acompañar antes de aconsejar, esperar antes de insistir o simplemente permanecer disponibles.

Hay personas por las que quizá llevamos años orando. Tal vez hemos hablado con ellas y aparentemente nada ha cambiado. No debemos confundir la ausencia de resultados inmediatos con la ausencia de obra de Dios. Nuestra tarea es ser fieles; el resultado final pertenece al Señor.

Y hay una aplicación particularmente importante para la iglesia: debemos preguntarnos si nuestras propias estructuras están ayudando a las personas a llegar a Jesús o si, sin darnos cuenta, las estamos deteniendo. La multitud quería estar cerca de Jesús, pero terminó bloqueando el acceso de un hombre necesitado. Una iglesia puede tener buena doctrina, actividades, programas y reuniones, y aun así levantar barreras innecesarias para quienes están buscando a Cristo.

Pero aquellos hombres no perseveraron simplemente porque eran personas obstinadas. Perseveraron porque sabían hacia quién estaban llevando a su amigo. Jesús era la razón por la que valía la pena seguir intentando. Esa es también nuestra motivación. No perseveramos porque confiamos ciegamente en nuestros propios esfuerzos, sino porque confiamos en Cristo. Cuando el camino se complica, cuando las respuestas tardan y cuando nuestras fuerzas disminuyen, nuestra esperanza permanece en Él. La fe puede encontrar obstáculos, pero cuando Cristo sigue siendo el destino, el obstáculo no tiene por qué convertirse en el final del camino.

III. Cuando descubrimos quién es Jesús y quiénes somos nosotros

Lucas 5:20-25

Al ver él la fe de ellos, le dijo: Hombre, tus pecados te son perdonados. Entonces los escribas y los fariseos comenzaron a cavilar, diciendo: ¿Quién es este que habla blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios? Jesús entonces, conociendo los pensamientos de ellos, respondiendo les dijo: ¿Qué caviláis en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. Al instante, levantándose en presencia de ellos, y tomando el lecho en que estaba acostado, se fue a su casa, glorificando a Dios.

Cuando finalmente colocan al paralítico delante de Jesús, ocurre algo que ninguno de sus amigos probablemente esperaba. Ellos habían hecho todo lo posible para llevarlo hasta el Señor. Quizá esperaban una palabra de sanidad, un gesto, alguna intervención que permitiera a aquel hombre volver a caminar. Pero Jesús comienza diciendo algo diferente: «Hombre, tus pecados te son perdonados». Con estas palabras, el relato cambia completamente de dirección. La necesidad visible era la parálisis, pero Jesús pone delante de todos una necesidad todavía más profunda. El problema más serio del ser humano no siempre es aquello que los demás pueden observar; es su condición delante de Dios. Y precisamente allí Jesús dirige primero su atención.

Los escribas y fariseos comienzan a razonar en su interior: «¿Quién es éste que habla blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?». Su pregunta contiene, sin que ellos lo comprendan plenamente, la clave del pasaje. El verdadero asunto ya no es solamente si aquel hombre caminará. La cuestión fundamental es quién está delante de ellos.

Jesús conoce lo que están pensando y les pregunta qué es más fácil: decir «Tus pecados te son perdonados» o decir «Levántate y anda». Entonces realiza el milagro visible para demostrar una realidad invisible: «Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…». Y después ordena al paralítico levantarse, tomar su lecho y regresar a su casa.

Aquí Lucas nos está mostrando mucho más que una sanidad. Nos está mostrando la autoridad de Jesús. El milagro es una señal que confirma quién es Él. Jesús no solamente tiene poder sobre una enfermedad; tiene autoridad sobre aquello que separa al ser humano de Dios.

Esto también cambia la manera en que entendemos al paralítico. Nosotros tendemos a identificar a las personas por aquello que les sucede: «el enfermo», «el alcohólico», «el que fracasó», «el que está deprimido», «el que perdió su familia», «el que se alejó de Dios». Pero Jesús mira mucho más profundamente. Él conoce la totalidad de la persona y conoce necesidades que nosotros no podemos ver.

Eso no significa que toda enfermedad sea consecuencia directa de un pecado personal. El texto no nos autoriza a establecer esa relación. El paralítico necesitaba sanidad física, pero Jesús quiso mostrar primero que necesitaba perdón. La enseñanza es otra: la condición espiritual del ser humano tiene una importancia que ninguna necesidad temporal puede superar.

Y aquí aparece una verdad que necesitamos recordar en nuestra vida cotidiana. Podemos pedirle muchas cosas a Dios. Podemos venir delante de Él con nuestras enfermedades, problemas económicos, conflictos familiares, preocupaciones laborales, proyectos y sueños. Y debemos hacerlo. La Biblia nos invita a presentar nuestras peticiones delante del Señor. Pero necesitamos estar dispuestos a escuchar cuando Dios trata primero con algo más profundo.

A veces nosotros queremos que Jesús cambie una circunstancia, mientras Él quiere transformar nuestro corazón.

Queremos que arregle una relación, pero quizá quiere enseñarnos a perdonar. Queremos que quite una dificultad, pero quizá quiere enseñarnos a confiar. Queremos que cambie a otra persona, pero quizá quiere comenzar trabajando en nosotros. Queremos que desaparezca el dolor, pero quizá en medio del dolor quiere mostrarnos una dimensión de su gracia que todavía no conocemos.

Los amigos llevaron al paralítico para que Jesús hiciera algo por él. Y Jesús hizo algo mucho mayor de lo que ellos podían imaginar. Le devolvió la posibilidad de caminar, pero antes le habló de aquello que tenía consecuencias eternas.

Esto nos ayuda también a entender qué significa realmente venir a Cristo. No venimos solamente para conseguir una vida más cómoda. Cristo no es un recurso al que acudimos únicamente cuando necesitamos que algo salga bien. Venimos a Él porque necesitamos reconciliarnos con Dios. Necesitamos perdón. Necesitamos gracia. Necesitamos una vida nueva.

Los escribas y fariseos, por otro lado, nos muestran otra clase de problema. Ellos estaban cerca de Jesús, escuchaban sus palabras y observaban sus obras, pero sus corazones permanecían cerrados. Estaban más preocupados por determinar si Jesús estaba actuando correctamente que por reconocer quién era.

Es posible estar muy cerca de las cosas religiosas y, sin embargo, no reconocer verdaderamente a Cristo. Podemos conocer la Biblia y no rendirnos ante su Autor. Podemos asistir regularmente a la iglesia y mantener el corazón distante. Podemos hablar de Dios y, al mismo tiempo, resistirnos a su autoridad. El paralítico, en cambio, termina levantándose y glorificando a Dios. La diferencia es profunda: unos observan a Jesús y cuestionan; otro se encuentra con Jesús y cambia. Por eso este pasaje también nos confronta personalmente. ¿Quién es Jesús para nosotros?

No basta responder que fue un gran maestro, un hombre bueno o alguien que realizó milagros. Lucas nos conduce hacia una afirmación mucho más grande. Jesús tiene autoridad para perdonar pecados. Y si tiene autoridad para perdonar nuestros pecados, entonces tiene autoridad sobre nuestra vida.

Aquí también comprendemos mejor quiénes somos nosotros. Somos personas necesitadas de Cristo. Algunos podemos estar caminando físicamente, trabajando, estudiando, sirviendo en la iglesia y aparentemente teniendo todo en orden, pero seguimos necesitando aquello que aquel hombre recibió: el perdón de Dios.

La escena termina con el hombre levantándose delante de todos. El mismo que había llegado acostado ahora puede caminar. El que había sido cargado por sus amigos ahora puede cargar su propia camilla. Y Lucas añade algo hermoso: se fue a su casa glorificando a Dios.

Ese detalle es importante. El propósito final del encuentro con Jesús no era solamente que aquel hombre caminara. Era que reconociera la obra de Dios y respondiera con adoración.

Y aquí llegamos al centro de nuestra fe. El paralítico necesitaba que alguien lo llevara hasta Jesús, pero una vez delante de Él, nadie podía hacer por él lo que solamente Jesús podía hacer. Sus amigos podían cargar la camilla; Jesús podía transformar su vida. Ellos podían acercarlo; Jesús podía perdonarlo. Ellos podían abrir un camino hasta la presencia del Señor; Jesús podía abrir para él un camino hacia Dios.

Eso es lo que hace Cristo. Nosotros podemos acompañar, enseñar, predicar, orar y servir, pero solo Jesús perdona pecados y reconcilia al ser humano con Dios. Por eso, al terminar este pasaje, la pregunta no debería ser solamente: «¿Qué milagro necesito de Jesús?». Hay una pregunta más profunda: «¿He reconocido quién es Jesús y he puesto mi vida delante de Él?»

Porque cuando descubrimos verdaderamente quién es Jesús, también descubrimos quiénes somos nosotros. Dejamos de presentarnos delante de Dios como personas que tienen todo bajo control y reconocemos nuestra necesidad de gracia. Dejamos de buscar solamente las manos de Cristo y comenzamos a buscar su rostro.

Y entonces ocurre algo parecido a lo que sucedió con aquel hombre: Cristo nos levanta, nos restaura y nos envía de regreso a nuestra vida cotidiana con una razón nueva para vivir. El paralítico llegó delante de Jesús buscando caminar. Salió de allí habiendo descubierto que Jesús podía hacer mucho más: podía perdonar sus pecados, restaurar su vida y devolverle una razón para glorificar a Dios.

IV. Conclusión

Al llegar al final de esta historia, quizá la pregunta no sea cuánto se parece nuestra vida a la del paralítico, sino cuánto nos parecemos a sus amigos. ¿Hay alguien cerca de nosotros que necesita que lo acompañemos hasta Jesús? Tal vez no podamos resolver su problema, sanar su herida ni cambiar sus circunstancias, pero podemos estar presentes, orar, escuchar y mostrarle el camino hacia Cristo. Y si somos nosotros quienes necesitamos ayuda, recordemos que Jesús sigue siendo suficiente. Los obstáculos pueden ser grandes, pero nuestra esperanza no está en nuestras fuerzas. Está en aquel que tiene autoridad para perdonar, restaurar y levantar al que se acerca a Él.

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