Prof. Hugo Pariona Aliaga — Líder IBECh

28 de junio de 2026

Las tormentas forman parte de la experiencia de todo creyente. Nadie está exento de atravesar momentos de incertidumbre, sufrimiento o temor. Sin embargo, la Biblia nos enseña que Dios no desperdicia ninguna de esas experiencias. En Marcos 4:35–41, encontramos a los discípulos enfrentando una violenta tempestad mientras cruzaban el mar de Galilea junto a Jesús. Aunque el Señor estaba con ellos en la barca, el miedo se apoderó de sus corazones hasta el punto de cuestionar si Él realmente se preocupaba por su situación.

Este pasaje revela que el verdadero problema no era la fuerza del viento ni el tamaño de las olas, sino la inmadurez de una fe que todavía necesitaba crecer. Jesús calmó la tempestad con una sola palabra, demostrando que posee autoridad absoluta sobre la creación. Pero, inmediatamente después, dirigió la atención de sus discípulos hacia una pregunta mucho más profunda: «¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?».

La fe madura no se desarrolla en la ausencia de dificultades, sino precisamente en medio de ellas. Cada prueba puede convertirse en una oportunidad para conocer mejor el carácter de Dios, aprender a depender de su voluntad y descubrir que su presencia vale más que cualquier circunstancia favorable. Cuando Cristo está en la barca, ninguna tormenta escapa a su control.

Esta enseñanza nos invita a mirar nuestras propias luchas desde una perspectiva diferente. En lugar de permitir que el temor gobierne nuestras decisiones, somos llamados a confiar en Aquel que gobierna sobre el viento, el mar y cada aspecto de nuestra vida. Las tormentas pasarán, pero una fe fortalecida permanecerá y dará testimonio de la fidelidad del Señor.

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