Prof. Hugo Pariona Aliaga – Líder IBECH

8 de febrero de 2026

Mateo 3:13-17

Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él.  Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.»

Amados hermanos, congregados en el nombre del Señor Jesucristo, abramos hoy nuestras Biblias y nuestros corazones a uno de los momentos más solemnes y reveladores de los evangelios. Imaginen la escena conmigo: Las aguas del río Jordán, el desierto de Judea, un hombre vestido de pelo de camello, con voz profética que clama: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 3:2). Juan el Bautista administraba un bautismo de arrepentimiento para remisión de pecados (Marcos 1:4). Las multitudes acudían, confesando sus pecados, reconociendo su necesidad. Y entonces sucede lo inesperado.

De entre la multitud, de las regiones de Galilea, aparece Jesús de Nazaret. El sin pecado, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29), se acerca para ser bautizado. Y aquí surge la primera gran perplejidad, no solo nuestra, sino la del propio Juan. El versículo 14 registra su protesta: «Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» Juan entendía correctamente su propio bautismo: era para pecadores. Él mismo predicaba: «Haced frutos dignos de arrepentimiento» (Mateo 3:8). ¿Qué frutos de arrepentimiento podía mostrar el Justo? Ninguno, porque no había pecado que confesar. ¿Por qué, entonces, este acto aparentemente contradictorio?

Muchos hoy ven el bautismo cristiano de manera similar: como un ritual extraño, un mero formalismo religioso, una tradición cultural heredada. Incluso dentro de nuestras iglesias, a veces perdemos la profunda significación de este sagrado ordenamiento. Pero hermanos, el bautismo de Jesús no fue un accidente en su ministerio, ni un simple ejemplo moral. Fue un acto cargado de significado teológico, un evento trinitario, y un modelo divino que establece para siempre el patrón y significado del bautismo que Él mismo ordenaría a su iglesia. Hoy veremos que estas aguas del Jordán nos hablan, nos enseñan, y nos llaman a comprender que nuestro bautismo es mucho más que agua. Es un cuadro del evangelio, un acto de obediencia, y una declaración celestial.

I. Primera verdad: el bautismo es un acto de obediente sumisión

La respuesta de Jesús a la objeción de Juan es clave para desentrañar el misterio. Versículo 15: «Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.» La palabra «conviene» (del griego prepon) significa «es apropiado, es necesario, es lo que corresponde». Jesús no dice «es opcional» o «es un buen ejemplo». Dice que es necesario. ¿Por qué? Para «cumplir toda justicia».

1. La Sumisión del Salvador: Identificándose con los Pecadores
El Comentario Bíblico de Matthew Henry observa aquí que Cristo, al someterse al bautismo, «se hizo pecado por nosotros, aunque no conoció pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21). No venía a confesar pecados propios, sino a cargar con los nuestros. Al entrar en esas aguas, Jesús se solidarizaba completamente con la humanidad caída que vino a redimir. Cumplía «toda justicia» al someterse completamente al plan redentor del Padre, que requería que el Justo tomara el lugar de los injustos (1 Pedro 3:18). Como señala el teólogo bautista Charles Spurgeon: «Él estaba consagrándose públicamente a la obra para la cual vino al mundo… se presentaba a sí mismo como el sacrificio que pronto sería ofrecido.»

Esta obediencia de Cristo no comenzó en la cruz, sino que caracterizó toda su vida terrenal. Filipenses 2:8 nos dice que «se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.» Su bautismo fue el primer paso público en ese camino de humillación voluntaria. El Dios del universo, sumergiéndose en las aguas de un río, administrado por un hombre. ¡Qué condescendencia! ¡Qué gracia!

2. La Sumisión del Creciente: Obedeciendo el Mandato del Rey
¿Qué nos enseña esto sobre nuestro bautismo? En primer lugar, que es un acto de obediencia a un mandato explícito. Después de su resurrección, el mismo Jesús ordenó: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mateo 28:19). El bautismo no es una sugerencia pastoral; es una orden del Rey de reyes. No es una opción para el creyente maduro; es el primer paso de obediencia para el nuevo discípulo.

Como bautistas, creemos firmemente en el bautismo de creyentes. Pero a veces, en nuestra reacción contra el bautismo infantil, podemos minimizar la importancia del bautismo en sí. ¡No caigamos en ese error! El bautismo es la bandera que plantamos en el corazón del mundo, declarando: «Este pertenece a Cristo». Es el uniforme público del soldado de la cruz. En el libro de Hechos, vemos un patrón constante: la gente oye el evangelio, cree, y es bautizada inmediatamente (Hechos 2:41; 8:12, 36-38; 16:14-15, 30-33). No había un «período de prueba». La fe genuina clamaba por la obediencia inmediata.

Aplicación Práctica:
¿Hay alguien aquí hoy que ha confiado en Cristo para su salvación, pero no ha obedecido su mandato de bautizarse? Tal vez dices: «Pero ya creo en mi corazón, eso es lo importante». Cierto, la fe del corazón es esencial (Romanos 10:9-10). Pero Santiago nos advierte: «La fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma» (Santiago 2:17). Tu bautismo es la primera obra de obediencia que da testimonio público de la fe invisible en tu corazón. Es tu «amén» corporal al «amén» espiritual de tu conversión.

Quizás tienes miedo. Miedo a lo que dirán tu familia, tus amigos. Recuerda a Jesús. Su sumisión al bautismo fue el inicio de un camino que lo llevaría a la incomprensión, al rechazo y finalmente a la cruz. Pero lo hizo «por el gozo puesto delante de él» (Hebreos 12:2). Obedeció. ¿No harás tú lo mismo?

O tal vez ya estás bautizado, pero has olvidado el espíritu de obediencia que ese acto representaba. Tu vida cristiana se ha vuelto cómoda, llena de conveniencias pero vacía de obediencias radicales. Hoy, recuerda tu bautismo. Recuerda que dijiste «sí» al señorío de Cristo en todo. Renueva ese compromiso de obediencia total.

II. Segunda verdad: el bautismo es un cuadro de identidad

El versículo 16 nos da un detalle crucial, a menudo pasado por alto en traducciones que oscurecen el modo: «Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua…» La frase griega anebē apo tou hydatos literalmente significa «subió desde las aguas», implicando que había estado dentro de ellas. Mateo, escribiendo para una audiencia judía, no necesita explicar el modo; todos sabían que el bautismo de Juan era por inmersión. Pero este detalle geográfico («subió del agua») es providencial, porque nos permite ver el simbolismo físico completo.

1. La Identificación de Cristo con Nosotros: Solidaridad Redentora
Cuando Jesús fue sumergido en las aguas del Jordán, estaba prefigurando su propia muerte y sepultura. Más tarde, Él hablaría de otro bautismo: «De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!» (Lucas 12:50). Se refería a su inmersión en el juicio de Dios en la cruz. Al salir de las aguas, prefiguraba su resurrección. Así, en este primer acto público, ya estaba bosquejando el evangelio completo que vendría a cumplir.

Pero hay más: al someterse a un rito destinado a pecadores, Jesús se estaba identificando completamente con nosotros. No era un observador distante de la condición humana; se metió en nuestras «aguas». Como dice Hebreos 2:17: «Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.» El bautismo era su declaración pública: «Estoy con ellos. Voy a cargar con su culpa. Voy a tomar su lugar.»

2. La Identificación del Creciente con Cristo: Muerte y Resurrección con Él
Aquí llegamos al corazón de la teología bautismal del Nuevo Testamento. Romanos 6:3-5 explica este simbolismo con profundidad asombrosa:

  • «¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?» (v.3). La inmersión representa la sepultura de nuestra vieja vida de pecado. Al bajar a las aguas, declaramos simbólicamente: «Mi viejo hombre, mi vida dominada por el pecado, es crucificada con Cristo.»
  • «Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo» (v.4a). La sumersión bajo las aguas es el cuadro de esa sepultura. No es un rociamiento; es una inhumación acuática. Como un cadáver es cubierto completamente por la tierra, el creyente es cubierto completamente por las aguas.
  • «A fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva» (v.4b). La salida de las aguas es el cuadro de la resurrección. Salimos a una vida nueva, así como Cristo resucitó con un cuerpo glorioso.

Por eso, el modo es esencial para el mensaje. Un rociamiento no puede comunicar adecuadamente la sepultura y resurrección. Una infusión no representa la muerte al viejo yo. Dios, en su sabiduría, escogió un acto dramático, público y visual: la inmersión. Como bautistas, no insistimos en la inmersión por tradición denominacional, sino por fidelidad al simbolismo bíblico. El gran predicador bautista John Piper lo expresa así: «El bautismo es un drama visible del evangelio invisible. En él, el creyente actúa la muerte, sepultura y resurrección de Cristo como su propia muerte al pecado y nueva vida en Cristo.»

Aplicación Práctica:
Esta verdad tiene implicaciones radicales para nuestra vida diaria.

Primero, el bautismo declara una ruptura definitiva. Cuando un nuevo creyente es bautizado, está diciendo a su pasado, a sus antiguas costumbres, a sus viejas lealtades: «Quedáis sepultados. Mi identidad ya no está en esas cosas. He resucitado a una vida nueva en Cristo.» ¿Vives conforme a esa declaración? ¿O estás desenterrando constantemente el cadáver de tu vieja vida?

Segundo, el bautismo proclama una nueva lealtad. En el mundo romano del primer siglo, el bautismo era a menudo un acto de transferencia de lealtad. Un soldado que desertaba a otro ejército era «bautizado» en su nuevo compromiso. Así nosotros, al ser bautizados, declaramos: «Mi señor ya no es el pecado, ni el mundo, ni mi propio yo. Mi Señor es Jesucristo.» ¿A quién sirves realmente? ¿Tu vida muestra que Jesús es tu Señor, o hay áreas que aún retienes bajo tu propio control?

Tercero, el bautismo es un recordatorio permanente. Cada vez que ves un bautismo, o recuerdas el tuyo, debes recordar: «Mi vieja vida está muerta y sepultada. Tengo una vida nueva, resucitada, con Cristo.» En momentos de tentación, recuerda tu bautismo. En momentos de desánimo, recuerda tu bautismo. Es tu monumento personal del evangelio.

III. Tercera verdad: el bautismo es un momento de afirmación divina

Después de la obediencia y la identificación, viene la afirmación. El cielo responde. Versículos 16-17: «y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.» ¡Qué escena! La Trinidad completa se manifiesta: el Hijo en el agua, el Espíritu descendiendo, el Padre hablando.

1. La Afirmación del Hijo: Amor y Aprobación Trinitaria
Noten el orden: Primero la obediencia, luego la afirmación. Jesús no fue declarado «Hijo amado» antes de su bautismo, sino después de su acto de sumisión. Esto no significa que ganó su filiación, pues Él es el Hijo eterno. Más bien, el Padre públicamente ratifica y se complace en la obediencia del Hijo. La «complacencia» del Padre no es un afecto sentimental, sino una aprobación activa del camino que Jesús está tomando: el camino del Siervo Sufriente que cumple toda justicia.

El Espíritu desciende «como paloma». En las Escrituras, la paloma simboliza paz (Génesis 8:11), pureza, y también es ofrenda de los pobres (Levítico 12:8). El Espíritu unge a Jesús para la misión mesiánica que ahora inicia públicamente. Isaías 61:1, que Jesús leería en Nazaret, dice: «El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová…» Esta unción en el bautismo lo capacita para la obra que tiene por delante.

2. La Afirmación del Creciente: Sello Público de una Realidad Espiritual
¿Qué significa esto para nuestro bautismo? Aquí debemos tener cuidado teológico. El bautismo no nos hace hijos de Dios. Nosotros somos hechos hijos de Dios por la fe en Jesucristo: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12). Gálatas 3:26 lo confirma: «pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.»

Entonces, ¿qué ocurre en nuestro bautismo? Es el sello público, la dramatización visible, de una realidad espiritual ya ocurrida. En tu bautismo, la iglesia reunida actúa como «voz del cielo», reconociendo públicamente lo que Dios ha hecho en ti. Al salir de las aguas, no escuchas una voz audible, pero hay una realidad celestial: Dios mira tu acto de obediencia y dice: «Este es mi hijo, mi hija, en quien tengo complacencia.» Tu bautismo es tu «tarjeta de identificación» celestial hecha visible en la tierra.

El teólogo bautista Wayne Grudem explica: «El bautismo es un signo que representa una realidad interna. Así como una bandera es un signo visible de la lealtad de una nación, el bautismo es un signo visible de la lealtad del creyente a Cristo y de la obra de Cristo en el creyente.»

Pero hay una advertencia solemne: el bautismo sin fe es un cuerpo sin alma. Es como poner el uniforme de un ejército sin ser soldado. El bautismo no salva; la fe en Cristo salva. El ladrón en la cruz nunca fue bautizado, pero Jesús le dijo: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43). Sin embargo, si hay fe genuina, el bautismo es el paso inmediato y natural de obediencia.

Aplicación Práctica:
Esta verdad trae una seguridad profunda y un desafío misionero.

Primero, seguridad en tu identidad. Si has creído en Cristo, eres un hijo amado de Dios. Tu bautismo es el recordatorio tangible de esa verdad. En momentos de duda, cuando el acusador te dice que no eres lo suficientemente bueno, recuerda: tu posición como hijo no se basa en tu desempeño, sino en la obra perfecta de Cristo y en la declaración del Padre. Eres amado por gracia.

Segundo, motivación para la santidad. El Padre dice «en quien tengo complacencia». ¿Vive tu vida de manera que dé complacencia al Padre? No para ganar su amor, sino porque ya lo tienes. El bautismo nos llama a vivir de manera consistente con nuestra nueva identidad.

Tercero, un modelo para la paternidad espiritual. Padres, madres: ¿cómo afirmáis a vuestros hijos? ¿Solo cuando se portan bien, cuando obtienen buenas notas? O, como el Padre celestial, ¿les declaráis vuestro amor incondicional, vuestra complacencia en ellos como vuestros hijos, independientemente de su desempeño? Vuestro hogar debe ser un eco del cielo, donde vuestros hijos escuchen regularmente: «Tú eres mi hijo amado, mi hija amada.»

IV. Conclusión

Hermanos, hemos visto que el bautismo de Jesús no fue un mero trámite. Reveló que el bautismo cristiano es:

  1. Un acto de obediente sumisión al mandato de Cristo.
  2. Un cuadro de identificación con la muerte, sepultura y resurrección de Cristo.
  3. Un momento de afirmación divina de nuestra identidad como hijos amados en Él.

Ahora, ¿cómo respondemos? Tres aplicaciones finales:

1. Para el que aún no ha sido bautizado como creyente:
Tal vez creíste en Cristo hace tiempo, pero nunca diste el paso de obediencia del bautismo. Hoy, el Espíritu Santo te está diciendo: «Es necesario que cumplas toda justicia.» No pospongas más. Como el etíope en Hechos 8:36-37 dijo: «Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?» Felipe respondió: «Si crees de todo corazón, bien puedes.» ¿Crees de todo corazón que Jesús es el Hijo de Dios, que murió por tus pecados y resucitó? Entonces, lo que sigue es claro: obediencia pública. Hoy, al finalizar este culto, habla conmigo o con alguno de los ancianos. No salgas de aquí sin resolver este asunto con Dios.

2. Para el que fue bautizado de niño antes de creer:
Entendemos que muchos venís de tradiciones que bautizan infantes. Respetamos vuestra herencia y a vuestros padres que actuaron según su conciencia. Pero la Escritura muestra un patrón claro: primero la fe personal, luego el bautismo. Si fuiste bautizado antes de tener fe personal en Cristo, tu bautismo fue un acto bienintencionado, pero no el bautismo bíblico. El bautismo bíblico es para creyentes. ¿Qué hacer? Muchos cristianos fieles en tu situación, al entender esto, deciden ser bautizados bíblicamente como testimonio público de su fe personal. No como rechazo a sus padres, sino como afirmación de su propia fe. Ora sobre esto. Busca consejo sabio.

3. Para todos los bautizados: Vive tu bautismo.
Cada día, levántate y recuerda: «Soy una persona bautizada. Mi vieja vida está sepultada. Vivo una vida resucitada. Soy hijo amado de Dios.» Deja que esta verdad moldee tus decisiones, tus palabras, tus relaciones. Y cada vez que veas un bautismo en nuestra iglesia, no seas solo un espectador. Participa con gozo. Aplaude, canta, ora, da la bienvenida al nuevo hermano o hermana. Cada bautismo es un recordatorio de tu propio bautismo, una reafirmación del evangelio, y una victoria del reino de Dios.

Cuentan que cuando el misionero bautista William Carey fue bautizado en Inglaterra, su padre, anglicano, se opuso furiosamente. Carey le dijo: «Padre, tengo que obedecer a Dios antes que a los hombres.» Años después, al embarcarse como misionero a India, alguien le preguntó qué esperaba lograr. Él respondió: «Espero grandes cosas de Dios; intentaré grandes cosas para Dios.» Su vida de obediencia radical comenzó con ese primer acto de obediencia pública: el bautismo. Y Dios usó ese corazón obediente para cambiar la historia de las misiones.

¿Qué grandes cosas espera Dios hacer a través de una iglesia de creyentes obedientes, que comprenden el significado de su bautismo y viven conforme a él? Hermanos, somos más que personas mojadas. Somos testigos vivientes del evangelio, soldados consagrados, hijos e hijas del Rey.

Deja un comentario

Tendencias