Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez — Pastor IBECH
1 de febrero de 2026
Vivimos en una época obsesionada con la preparación: preparamos carreras, proyectos y futuros… pero descuidamos la preparación del corazón. Mateo 3 nos lleva al desierto, donde la voz de Juan el Bautista irrumpe con un mensaje incómodo y urgente: arrepentíos. No es un llamado al miedo, sino a la vida; no a la culpa, sino al encuentro. Antes de que Cristo se manifieste en poder, algo debe ser enderezado dentro de nosotros. Hoy, como entonces, el reino de Dios se ha acercado, y la pregunta no es si Dios está listo, sino si nosotros hemos preparado el camino.
Imaginemos que una autoridad importante va a visitar nuestra casa. No llega de improviso: avisa con anticipación. ¿Qué hacemos entonces? No nos limitamos a abrir la puerta. Limpiamos lo que se ve… y también lo que no se ve. Quitamos el desorden, sacamos la basura acumulada, arreglamos lo que lleva tiempo roto. Nadie dice: “Así está bien, que pase nomás”. La visita merece un espacio preparado.
Juan el Bautista anuncia algo mucho más grande: no viene un invitado, viene el Rey. Y su llamado al arrepentimiento no es una humillación, es una preparación. El problema es que hoy hemos aprendido a maquillar la casa del alma. Encendemos luces, ponemos música espiritual, pero dejamos habitaciones cerradas con llave: hábitos, pecados tolerados, heridas no rendidas.
El arrepentimiento es permitirle a Dios entrar antes, revisar todo y ordenar lo que estorba. No es solo sentir culpa; es tomar decisiones concretas. Porque Cristo no viene a admirar fachadas, viene a habitar. Y solo un corazón dispuesto, limpio y sincero puede convertirse en un camino recto por donde Él pase con libertad y poder.
Así como nadie recibiría a una visita importante sin preparar su casa, tampoco podemos pretender recibir la obra de Dios sin preparar el corazón. El mensaje de Juan el Bautista nos confronta con esta verdad: antes de la manifestación de Cristo, hay un llamado claro al arrepentimiento. No se trata de emociones pasajeras ni de apariencias espirituales, sino de una disposición profunda a cambiar de rumbo. Mateo 3 nos muestra que el arrepentimiento es el camino por el cual Dios decide entrar en la historia humana. Hoy, ese mismo llamado resuena para nosotros: preparar el camino del Señor empieza dentro.
I. El llamado urgente al arrepentimiento
Mateo 3:1-2
En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.
El ministerio de Juan el Bautista irrumpe con una frase breve, directa y sin rodeos. No comienza ofreciendo explicaciones largas ni promesas atractivas. Comienza con un llamado: arrepentíos. En los primeros versículos del Evangelio de Mateo capítulo 3, el mensaje no es suave, pero sí profundamente amoroso. Juan no grita para condenar; levanta la voz porque el tiempo es corto y lo que está por venir es demasiado importante como para ignorarlo.
Arrepentirse no significa solamente sentirse mal por lo que hicimos. En la Biblia, el arrepentimiento implica cambiar de dirección, reconocer que íbamos por un camino equivocado y decidir volvernos a Dios. Juan habla a personas religiosas, a gente que conocía la ley, que asistía al templo, que tenía tradición espiritual. Y aun así, les dice: “Arrepiéntanse”. Eso nos recuerda que nadie está exento de este llamado. El arrepentimiento no es solo para quien se siente lejos de Dios; también es para quien se ha acostumbrado a vivir cerca… pero sin dejar que Dios gobierne todo.
Juan agrega una razón poderosa: “porque el reino de los cielos se ha acercado”. No dice “algún día llegará”, ni “tal vez venga”. Dice: ya está cerca. Cuando el reino se acerca, no podemos seguir viviendo igual. Es como cuando recibimos una llamada urgente: dejamos lo que estamos haciendo y prestamos atención. El problema es que hoy muchas personas escuchan el llamado de Dios como si fuera una notificación más que se puede silenciar.
En la vida diaria lo entendemos bien. Si el médico nos dice que algo no está bien y que debemos cambiar hábitos, ignorarlo no lo hace desaparecer. Si un semáforo se pone en rojo, seguir avanzando no nos hace llegar más rápido; nos pone en peligro. De la misma manera, el arrepentimiento es una señal de amor de Dios que nos dice: “Detente, revisa tu camino, hay algo mejor para ti”.
Juan no está pidiendo perfección, sino honestidad. Dios no espera que tengamos todo resuelto para arrepentirnos; espera que reconozcamos nuestra necesidad. Tal vez hoy el llamado urgente al arrepentimiento se manifiesta en cosas muy concretas: relaciones rotas que no queremos sanar, pecados que hemos normalizado, decisiones que sabemos que no honran a Dios, o una fe cómoda que ya no transforma nuestra manera de vivir.
El arrepentimiento es urgente no porque Dios sea impaciente, sino porque nos ama y no quiere que perdamos el encuentro con Cristo. El reino se ha acercado. La gracia está a la puerta. La pregunta pastoral y cercana es esta: ¿estamos dispuestos a detenernos, escuchar y volver el corazón a Dios hoy?
II. El arrepentimiento auténtico prepara el camino del Señor
Mateo 3:3-6
Pues este es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, Enderezad sus sendas. Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre. Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados.
El llamado de Juan el Bautista avanza un paso más profundo. Ya no se trata solo de escuchar la palabra arrepentíos, sino de entender para qué sirve ese arrepentimiento: para preparar el camino del Señor. Mateo cita al profeta Isaías y nos recuerda que Dios siempre ha deseado un pueblo dispuesto a allanar el terreno para su presencia. No es Dios quien necesita prepararse; somos nosotros quienes debemos quitar los obstáculos del corazón. En el Evangelio de Mateo, el énfasis no está en la multitud, sino en la transformación interior que permite que Cristo se manifieste con libertad.
El escenario es significativo: el desierto. Juan no predica en palacios ni en templos lujosos, sino en un lugar incómodo, seco y silencioso. El desierto tiene una función espiritual: despoja, revela lo que realmente hay dentro. Allí no hay distracciones, no hay máscaras, no hay prestigio. El arrepentimiento auténtico casi siempre comienza en ese “desierto” interior donde dejamos de justificarnos y empezamos a escuchar la voz de Dios con honestidad.
Preparar el camino implica enderezar lo torcido. Todos entendemos esa imagen. Cuando una carretera está llena de baches, curvas peligrosas o escombros, el tránsito se vuelve lento y riesgoso. Nadie inaugura una autopista sin antes hacer un trabajo profundo de nivelación. De la misma manera, Dios desea pasar por nuestra vida, pero hay caminos internos que necesitan ser corregidos: actitudes, prioridades, hábitos y decisiones que hemos permitido por años.
El arrepentimiento auténtico no se queda en palabras bonitas. Mateo nos dice que la gente confesaba sus pecados y se bautizaba. Confesar no es dar explicaciones elaboradas, es llamar al pecado por su nombre delante de Dios. Hoy solemos decir: “así soy yo”, “todos lo hacen”, “no es para tanto”. Pero el arrepentimiento verdadero abandona la excusa y abraza la verdad. Y aunque confesar duele, también libera.
Pensemos en ejemplos prácticos. Preparar el camino del Señor puede significar apagar el ruido constante que nos impide escuchar a Dios: el exceso de redes sociales, la saturación de noticias, la vida acelerada sin espacios de silencio. Para otros, preparar el camino será pedir perdón a alguien que hemos herido, aunque eso toque nuestro orgullo. Para algunos, será ordenar su vida moral; para otros, redefinir prioridades, porque Dios ha quedado relegado a los márgenes del día.
El arrepentimiento auténtico también implica coherencia. Juan vestía de manera sencilla, comía lo necesario, y su vida respaldaba su mensaje. No estaba llamando a otros a un camino que él mismo no transitaba. Esto nos confronta pastoralmente: ¿hay coherencia entre lo que decimos creer y cómo vivimos? No se trata de perfección, sino de integridad. Un corazón arrepentido no es uno sin luchas, sino uno que no se resigna a vivir lejos de la voluntad de Dios.
Algo hermoso de este pasaje es que el arrepentimiento no aleja a la gente; la atrae. Multitudes iban al Jordán. Cuando el arrepentimiento es auténtico, no produce vergüenza paralizante, sino esperanza. La gente iba porque entendía que algo nuevo estaba por comenzar. El arrepentimiento no es el final de la historia; es la antesala del encuentro con Cristo.
En la vida cotidiana lo vemos claro. Si queremos que Dios transforme nuestra familia, debemos preparar el camino en casa: conversaciones honestas, tiempo juntos, oración real. Si queremos ver a Dios obrar en la iglesia, el camino se prepara con humildad, unidad y disposición a cambiar. Si deseamos una fe viva, el arrepentimiento nos saca de la comodidad espiritual y nos devuelve la sensibilidad al Espíritu.
Preparar el camino del Señor no es una tarea espectacular, pero sí esencial. Es un trabajo silencioso, profundo y personal. Y cuando el camino está preparado, Cristo pasa, sana, restaura y transforma. El arrepentimiento auténtico no busca llamar la atención sobre nosotros, sino despejar el camino para que Él sea visto, recibido y obedecido.
III. El falso arrepentimiento es desenmascarado
Mateo 3:7-10
Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego.
El tono de Juan cambia cuando ve acercarse a fariseos y saduceos. No porque los odie, sino porque los ama lo suficiente como para decirles la verdad. El falso arrepentimiento es peligroso, no solo porque engaña a otros, sino porque engaña al propio corazón. Por eso Juan no suaviza el mensaje: desnuda una espiritualidad que parece correcta por fuera, pero está vacía por dentro.
Estos hombres tenían conocimiento bíblico, posición religiosa y reconocimiento social. Sin embargo, Juan detecta algo grave: venían al bautismo sin intención de cambiar. Buscaban el rito sin la transformación. Pastoralmente, este texto nos invita a examinarnos con humildad. Es posible acercarse a Dios con palabras correctas, gestos piadosos y costumbres religiosas, y aun así resistirse al arrepentimiento verdadero.
Juan les dice: “No penséis decir dentro de vosotros: tenemos a Abraham por padre”. En otras palabras, la herencia espiritual no sustituye una relación viva con Dios. Hoy podríamos decir: “Soy creyente desde niño”, “pertenezco a esta iglesia”, “sirvo en tal ministerio”. Nada de eso es malo, pero nada de eso reemplaza un corazón rendido. Dios no se impresiona con credenciales espirituales; Él mira el fruto.
El fruto es la evidencia visible de un arrepentimiento real. No es perfección, pero sí cambio. Es una nueva manera de hablar, de tratar a los demás, de responder al pecado, de asumir responsabilidades. El falso arrepentimiento deja todo igual, solo añade lenguaje religioso. El arrepentimiento genuino transforma el carácter con el tiempo.
Juan usa una imagen fuerte: el hacha puesta a la raíz del árbol. No se trata de podar hojas externas, sino de tratar con lo profundo. Pastoralmente, esto nos recuerda que Dios no quiere simples ajustes superficiales, sino una obra radical en el corazón. El juicio no es arbitrario; es consecuencia de una vida que se niega a cambiar.
Este pasaje no busca producir miedo, sino despertar honestidad. Dios siempre ofrece gracia, pero la gracia no anula la verdad. Hoy el Espíritu nos invita a preguntarnos con sinceridad: ¿mi arrepentimiento produce fruto?, ¿o solo mantengo una apariencia espiritual? La buena noticia es que Dios no rechaza al que se arrepiente de verdad. Cuando el arrepentimiento es sincero, la gracia no solo perdona, sino que transforma desde la raíz.
IV. El arrepentimiento nos prepara para Cristo y su obra
Mateo 3:11-12
Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará.
Juan el Bautista cierra su mensaje haciendo algo esencial: apartar la mirada de sí mismo y dirigirla completamente a Cristo. El arrepentimiento verdadero nunca termina en introspección permanente; siempre nos conduce al Salvador. Juan reconoce su límite: su bautismo es con agua, externo y preparatorio. Pero el que viene después trae una obra mucho más profunda, transformadora y definitiva. El arrepentimiento abre el corazón para que Cristo haga lo que solo Él puede hacer.
Cuando Juan habla del bautismo en Espíritu Santo y fuego, no está ofreciendo una experiencia emocional pasajera, sino una obra interior poderosa. El Espíritu da vida, renueva, capacita y transforma. El fuego purifica, quema lo que no sirve y revela lo que es auténtico. El arrepentimiento nos dispone a esa obra: un corazón endurecido no puede ser moldeado, pero uno arrepentido se vuelve sensible a la acción de Dios.
En la vida cotidiana lo entendemos bien. Nadie permite una cirugía profunda si antes no reconoce que algo anda mal. De la misma manera, Cristo no irrumpe violentamente en nuestra vida; Él entra cuando reconocemos nuestra necesidad. El arrepentimiento no es una condición para que Dios nos ame, pero sí es la puerta por la cual permitimos que su gracia nos transforme.
Juan también presenta a Cristo como Juez justo: el que tiene el aventador en su mano, el que limpia su era, el que separa el trigo de la paja. Esta imagen nos recuerda que Cristo no solo consuela, también confronta. El arrepentimiento nos prepara para encontrarnos con un Cristo completo: Salvador y Señor. Rechazar el arrepentimiento es rechazar esa obra purificadora que Dios desea hacer por amor.
Pastoralmente, este texto nos invita a no quedarnos en un cristianismo superficial. Muchos desean el poder del Espíritu, pero sin el proceso del arrepentimiento. Quieren la llenura, pero no la limpieza. Sin embargo, Dios obra con orden: primero prepara el corazón, luego derrama su Espíritu. El arrepentimiento no apaga el fuego; lo encauza.
Cuando permitimos que Cristo actúe, Él separa lo que da vida de lo que solo ocupa espacio. Hay cosas que parecen inofensivas, pero nos roban sensibilidad espiritual; hábitos, actitudes, prioridades desordenadas. El fuego de Dios no destruye al creyente, destruye lo que impide que el creyente viva en plenitud.
El arrepentimiento nos prepara para una relación viva con Cristo. No para una fe basada en recuerdos o emociones aisladas, sino para una vida guiada por el Espíritu. Donde hay arrepentimiento sincero, hay transformación real. Y donde Cristo es recibido con un corazón preparado, su obra no queda en la superficie: alcanza la raíz, purifica el alma y produce fruto que permanece.
IV. Conclusión
El mensaje de Juan el Bautista no fue solo para su generación; sigue resonando hoy con la misma urgencia y la misma gracia. El llamado al arrepentimiento no es una amenaza, es una invitación. Dios no nos llama a arrepentirnos para avergonzarnos, sino para prepararnos. Prepararnos para su presencia, para su obra y para una vida verdaderamente transformada.
El arrepentimiento no es un evento aislado del pasado, es una actitud continua del corazón. Cada vez que volvemos a Dios con sinceridad, Él endereza nuestros caminos y renueva nuestra comunión con Él. Tal vez hoy el Espíritu Santo está señalando áreas específicas que necesitan ser rendidas: decisiones, actitudes, pecados ocultos o una fe que se ha vuelto cómoda. No endurezcamos el corazón.
Cristo sigue viniendo al encuentro de los corazones preparados. Él no busca perfección, busca rendición. No busca palabras correctas, busca verdad. Hoy es un buen día para detenernos, confesar, volvernos a Dios y permitirle hacer su obra profunda en nosotros. Preparar el camino del Señor comienza con un acto sencillo, pero poderoso: arrepentirnos y abrirle el corazón para que Él reine plenamente.





Deja un comentario