Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez — Pastor IBECH

11 de enero de 2026

La expresión “Dios con nosotros” no es un eslogan piadoso ni una idea poética destinada a momentos emotivos. Es una afirmación teológica profunda que cambia la historia humana. El Evangelio de Mateo no nos presenta un relato sentimental, sino una verdad gloriosa: el Dios eterno decidió entrar en nuestra condición, asumir carne y habitar entre pecadores. La encarnación no fue un gesto simbólico, sino una necesidad redentora. Si Cristo no se hubiera hecho hombre, no habría cruz; y sin cruz, no habría salvación. Emanuel es Dios acercándose al hombre para rescatarlo.

Para un judío del siglo primero, Dios era absolutamente santo y, por lo tanto, inaccesible. Desde niños los judíos de hace 2000 años habían aprendido que la presencia de Jehová estaba confinada al Lugar Santísimo del templo, separada por un velo grueso que simbolizaba la distancia entre un Dios santo y un pueblo pecador. Nadie se acercaba a Dios de manera casual. Su nombre no se pronunciaba. Su gloria infundía temor. Solo el sumo sacerdote, y solo una vez al año, podía entrar a Su presencia llevando sangre ajena, consciente de que un error podía costarle la vida.

En ese contexto, la afirmación “Emanuel, Dios con nosotros” no resultaba reconfortante, sino desconcertante. ¿Cómo podía el Dios inaccesible estar “con” los hombres? No en el templo, no en el altar, no detrás del velo, sino en el vientre de una joven virgen; no envuelto en gloria celestial, sino en carne humana; no distante, sino caminando entre pecadores, tocando leprosos, comiendo con publicanos.

La encarnación no fue un gesto simbólico ni una metáfora espiritual. Fue una intervención divina en la historia humana. Dios no exigió que el hombre cruzara el abismo del pecado para llegar a Él; Dios mismo descendió al abismo para rescatar al hombre. Eso es Emanuel.

Esta verdad nos obliga a mirar el texto de Mateo con mayor reverencia y profundidad. Emanuel no es una idea abstracta, sino una persona histórica, anunciada, concebida y nacida conforme al plan eterno de Dios. Mateo nos muestra que la encarnación no fue accidental ni meramente conmovedora, sino necesaria y redentora. Al recorrer estos versículos, veremos cómo Dios obró soberanamente, con un propósito claro y demandando una respuesta de fe. La pregunta ya no es solo qué significa que Dios esté con nosotros, sino por qué decidió estarlo y qué exige eso de nosotros hoy.

I. La encarnación como obra soberana de Dios

Mateo 1:18-20

El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.

Mateo comienza el relato de la encarnación dejando algo muy claro: el origen de Jesucristo no es humano, sino divino. “Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo”. El evangelista no permite confusión alguna. La encarnación no nace del deseo humano, ni de una decisión social, ni de una coyuntura histórica favorable. Es una obra soberana de Dios, ejecutada en Su tiempo y a Su manera.

El embarazo de María ocurre “antes que se juntasen”. Esto no es un detalle secundario, sino una afirmación doctrinal fundamental. Cristo no hereda la naturaleza pecaminosa de Adán. Su humanidad es real, pero no caída. El Espíritu Santo actúa directamente en la concepción, preservando la santidad del Hijo. Aquí vemos que Dios no solo provee salvación, sino que cuida cada detalle para que esa salvación sea perfecta. La encarnación no es improvisada; es santa, intencional y soberana.

José, por su parte, representa al hombre justo enfrentado a un plan divino que no comprende. Él ama a María, pero también ama la ley. Su reacción inicial es humana, razonable y moralmente correcta según su entendimiento: “quiso dejarla secretamente”. Sin embargo, lo que José ve como un problema, Dios lo está usando como parte de Su plan eterno. Esto nos recuerda que muchas veces la soberanía de Dios opera en circunstancias que, a nuestros ojos, parecen confusas, dolorosas o injustas.

Es entonces cuando Dios interviene directamente: “un ángel del Señor le apareció en sueños”. Dios no deja a José en la oscuridad. Le revela que lo que está ocurriendo no es pecado, sino propósito; no es desorden, sino diseño divino. La frase es contundente: “porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es”. La encarnación no depende de la aprobación humana, pero Dios, en Su gracia, explica Su obra para fortalecer la fe de Sus siervos.

Cristocéntricamente, este pasaje nos enseña que desde el primer momento Jesús es presentado como iniciativa divina. Él no comienza a ser especial en su ministerio, ni en la cruz, ni en la resurrección. Desde su concepción, Cristo es el Santo de Dios, enviado al mundo con una misión redentora. La encarnación es el primer paso visible de la obra salvadora que culminará en el Calvario.

Ahora bien, esta verdad no es solo doctrinal; tiene aplicaciones claras para los creyentes de hoy. En primer lugar, nos enseña a confiar en la soberanía de Dios cuando no entendemos lo que Él está haciendo. José no comprendía el “cómo”, pero debía confiar en el “quién”. De igual manera, el creyente moderno enfrenta situaciones que parecen contradecir la lógica o incluso sus expectativas espirituales. Mateo 1 nos recuerda que Dios obra aun cuando Su plan no encaja con nuestros esquemas.

En segundo lugar, la encarnación como obra soberana de Dios nos llama a una fe que se somete. José tendrá que ajustar su voluntad, su reputación y su futuro al plan de Dios. La verdadera fe no es solo creer verdades, sino someter la vida a lo que Dios ha determinado. Aceptar a Cristo como Emanuel implica aceptar que Dios tiene derecho soberano sobre nuestra historia.

Finalmente, este pasaje nos da seguridad. Si Dios fue soberano en traer al Salvador al mundo, también lo es en aplicar esa salvación a nuestras vidas. Nuestra redención no depende de nuestra capacidad, sino de la iniciativa divina. El mismo Dios que obró milagrosamente en la encarnación sigue gobernando hoy.

La encarnación nos recuerda que la salvación comienza con Dios, es sostenida por Dios y será consumada por Dios. Ese es el consuelo y la confianza del creyente.

II. La encarnación con propósito redentor

Mateo 1:21-23

Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros.

Mateo avanza ahora del origen de la encarnación a su propósito. Para esto cita la profecía de Isaías 7:14 en la que se dice: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.”. Mateo relata que el ángel no solo explica cómo ocurriría la concepción, sino por qué ocurrió: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. La encarnación no es un fin en sí misma; es el medio indispensable para la redención. Dios no se hizo hombre para enseñarnos solamente, ni para darnos ejemplo moral, sino para salvarnos del pecado.

Mateo establece un vínculo directo y deliberado con Isaías para mostrar que la encarnación de Cristo no fue un hecho aislado, sino el cumplimiento fiel del plan redentor de Dios. Al citar Isaías 7:14, Mateo interpreta la profecía a la luz de su cumplimiento pleno en Jesucristo. Lo que en Isaías fue una señal inmediata para la casa de David, en Mateo alcanza su sentido definitivo: Dios mismo entrando en la historia humana. Emanuel no es solo una promesa de preservación nacional, sino la revelación suprema de un Dios que viene a salvar.

El nombre Jesús —“Jehová es salvación”— define su misión. No vino a mejorar al hombre, sino a rescatarlo. No vino a reformar estructuras sociales, sino a redimir corazones esclavizados por el pecado. Y esa salvación exige encarnación real. Solo un verdadero hombre podía representar a los hombres; solo un hombre sin pecado podía ser sacrificio aceptable; y solo Dios hecho carne podía ofrecer un rescate suficiente y eterno.

Mateo añade que todo esto ocurrió “para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta”. La encarnación no es una novedad del Nuevo Testamento, sino el cumplimiento del plan redentor anunciado desde siglos atrás. Emanuel no es un nombre simbólico: es una realidad teológica. Dios no envía salvación desde lejos; Él mismo entra en la condición humana para ejecutar esa salvación.

Aquí está el corazón del evangelio: Dios con nosotros no para observarnos, sino para salvarnos; no para aprobar nuestro estado, sino para rescatarnos de él. La encarnación es necesaria porque el problema del hombre es profundo: el pecado. Y el pecado no se resuelve con palabras, sino con sangre. Por eso Cristo debía nacer, vivir y morir como verdadero hombre. Sin encarnación, no hay cruz; y sin cruz, no hay salvación.

Esta verdad tiene consecuencias directas y concretas para la vida cotidiana del creyente. En primer lugar, redefine nuestra comprensión de la salvación. Si Cristo vino a salvarnos de nuestros pecados, entonces el cristianismo no puede reducirse a bienestar emocional, prosperidad material o simple acompañamiento espiritual. La encarnación nos recuerda que el problema central del ser humano no es la soledad, ni el fracaso, ni la baja autoestima, sino el pecado. Y, por tanto, nuestra vida cristiana debe mantenerse centrada en la cruz y no en el yo.

En segundo lugar, Emanuel confronta nuestra manera de vivir el discipulado. Si Dios se hizo hombre para rescatarnos, no podemos vivir una fe cómoda, superficial o indiferente. Cristo entró en nuestra realidad caída, cargó con nuestras debilidades y soportó el rechazo del mundo. El creyente, entonces, está llamado a vivir una fe encarnada: real, visible, coherente en el hogar, en el trabajo y en la iglesia. No una fe escondida, sino una fe que se vive en lo cotidiano.

Además, la encarnación nos ofrece consuelo profundo en medio del sufrimiento. Dios no nos salva desde la distancia; Él conoce la experiencia humana desde dentro. Conoce el cansancio, el dolor, la incomprensión y la tentación. Esto significa que cuando el creyente atraviesa pruebas, no ora a un Dios ajeno a su realidad, sino a un Salvador que caminó por este mundo y entiende nuestras luchas. Emanuel es Dios cercano, pero no solo cercano: es Dios redentor.

También hay una implicancia ética. Si Cristo asumió humanidad para salvarnos, entonces nuestra relación con el pecado debe ser seria. No podemos tratar livianamente aquello que hizo necesaria la encarnación y la cruz. Vivir en pecado consciente contradice el propósito mismo por el cual Cristo vino al mundo. La gracia no minimiza el pecado; lo vence.

Emanuel transforma nuestra esperanza futura. El Dios que se hizo hombre para salvarnos no nos abandonará en el proceso de santificación ni en el destino final. La encarnación garantiza que nuestra salvación es completa: pasado, presente y futura. Dios con nosotros en la encarnación es la garantía de Dios con nosotros hasta el fin.

Cristo se hizo hombre para salvar pecadores. Vivir a la luz de esa verdad no es opcional; es la respuesta natural de un corazón redimido.

III. La encarnación recibida en obediencia y fe

Mateo 1:24-25

Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.

El relato de Mateo concluye la sección de la encarnación mostrando no solo lo que Dios hizo, sino cómo el hombre respondió. “Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado”. En esta frase sencilla se encierra una de las respuestas más claras y prácticas a la encarnación: obediencia inmediata y fe sin reservas. José no discute, no negocia, no posterga. La revelación divina demanda una respuesta concreta, y José responde con acción.

La encarnación no es una verdad diseñada solo para ser afirmada doctrinalmente, sino para ser vivida. Dios hecho hombre irrumpe en la vida de José y redefine sus planes, su reputación y su futuro. Aceptar a Emanuel implicó para él cargar con el descrédito social, el cuestionamiento público y la incomodidad personal. Sin embargo, José eligió obedecer a Dios antes que preservar su imagen. La fe verdadera siempre se manifiesta en decisiones que honran a Dios, aun cuando tengan un costo visible.

Mateo añade que José “recibió a su mujer”. Este acto no es meramente doméstico; es una declaración espiritual. José asume responsablemente el plan de Dios, protege a María y se compromete con la obra divina que se está gestando en su hogar. La encarnación no ocurrió en un contexto ideal, sino en medio de tensiones reales. Esto enseña al creyente que vivir la fe no consiste en esperar condiciones perfectas, sino en obedecer a Dios en medio de circunstancias imperfectas.

El texto también señala que José “no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito”. Aquí vemos obediencia en el área de la pureza. José respeta el propósito santo de Dios y se somete a él, aun en lo íntimo. La encarnación demanda santidad práctica. No podemos afirmar que creemos en Cristo encarnado mientras vivimos de manera descuidada en lo moral. La fe bíblica afecta la conducta, especialmente cuando nadie está mirando.

Luego Mateo registra un detalle aparentemente simple: “y le puso por nombre Jesús”. Sin embargo, este acto es profundamente significativo. Nombrar al niño conforme a la instrucción divina es reconocer la autoridad de Dios sobre ese niño y sobre su misión. José confiesa, con hechos, que ese hijo no le pertenece a él, sino a Dios. Para el creyente actual, esto nos recuerda que aceptar a Cristo como Emanuel implica someterse a su señorío. No basta con admirar al Salvador; debemos obedecer al Señor.

Aplicando estas verdades a nuestra vida cristiana, entendemos que la encarnación nos llama a una fe obediente en lo cotidiano. Creer que Dios se hizo hombre debe transformar la forma en que vivimos en el hogar, en el trabajo y en la iglesia. Nuestra fe no puede quedarse en el culto dominical; debe expresarse en decisiones diarias que reflejen confianza en Dios.

Además, la respuesta de José nos enseña a vivir una fe silenciosa y fiel. José no pronuncia discursos, no busca protagonismo, no aparece como figura central del relato. Simplemente obedece. En una cultura cristiana que a veces valora más la visibilidad que la fidelidad, José nos recuerda que Dios honra la obediencia humilde.

Finalmente, la encarnación nos desafía a vivir con la certeza de que Dios está presente en nuestra historia. Emanuel no es solo un título cristológico; es una realidad que acompaña al creyente. Vivir sabiendo que Dios está con nosotros nos llama a una vida de reverencia, obediencia y fe constante.

La encarnación no solo revela quién es Cristo, sino quiénes debemos ser nosotros: creyentes que obedecen porque confían, y confían porque saben que Dios está con ellos.

IV. Conclusión

La encarnación de Cristo no es un detalle secundario de la fe cristiana; es un pilar esencial de nuestra salvación. Si el Hijo eterno no hubiera asumido verdadera humanidad, el evangelio se derrumbaría. El problema del hombre no es meramente conductual, sino ontológico: está separado de Dios por el pecado. Por eso la salvación requería un Mediador que participara plenamente de ambas realidades: verdadero Dios y verdadero hombre. Solo así podía representar al hombre ante Dios y ofrecer una expiación suficiente y perfecta.

En la encarnación, Cristo entra en la historia humana sin contaminarse por el pecado, viviendo una obediencia que Adán jamás pudo vivir. Como hombre, cumple la ley; como Dios, da valor infinito a su sacrificio. En la cruz no muere una idea ni un símbolo, sino una persona real, con carne y sangre, llevando en su cuerpo el castigo que nosotros merecíamos. La encarnación hace posible la sustitución penal, fundamento de nuestra justificación.

Además, la encarnación garantiza que nuestra salvación no es teórica, sino real y eficaz. Cristo no nos salva desde la distancia, sino identificándose con nuestra condición para rescatarnos desde dentro. Y porque se hizo hombre, también resucitó como hombre, asegurando no solo el perdón de nuestros pecados, sino nuestra futura glorificación.

Negar o minimizar la encarnación es vaciar la cruz de su poder. Afirmarla es confesar que Dios mismo vino a buscarnos cuando no podíamos ir a Él. Esa es la grandeza del evangelio: Emanuel, Dios con nosotros, para salvarnos.

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