Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez — Pastor IBECH
21 de diciembre de 2025
En Navidad nos hacemos una pregunta profunda, tan antigua como desafiante: ¿por qué Jesús, siendo Dios, decidió hacerse hombre? Celebramos el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, pero no cualquier nacimiento. Celebramos la encarnación: el momento en que el Dios eterno entró en la historia humana, no como un rey poderoso, sino como un niño frágil, envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
Es importante recordar que Jesús, el Hijo de Dios, no comenzó a existir en Belén. Él es eterno, sin principio ni fin. Antes de que existiera el tiempo, Él ya era. Sin embargo, en un momento específico de la historia, decidió asumir nuestra naturaleza humana. No dejó de ser Dios, pero eligió hacerse verdaderamente hombre. Y esa decisión divina encierra un mensaje central del evangelio.
A lo largo de los siglos, la Iglesia ha afirmado con razón la divinidad de Cristo. Sin embargo, en ocasiones, su humanidad ha quedado en segundo plano, como si fuera un simple detalle del relato navideño. Cuando perdemos de vista su humanidad real, también perdemos la profundidad de su misión, la cercanía de su amor y la ternura de un Dios que quiso experimentarlo todo como nosotros, excepto el pecado.
Por eso es necesario detenernos y reflexionar: ¿por qué Jesús se hizo carne y habitó entre nosotros? ¿Por qué el Creador eligió caminar entre sus criaturas, sentir hambre, cansancio, dolor y rechazo? Comprender esta verdad no solo enriquece nuestra fe, sino que transforma la manera en que celebramos la Navidad. Porque en el pesebre no vemos solo a un niño, sino al Dios que vino a buscarnos, a identificarse con nuestra condición y a revelarnos, con hechos y no solo con palabras, cuánto nos ama.
I. Jesús, Dios Hijo que se hizo hombre
No hay duda de que el Nuevo Testamento enseña que Jesús era completamente Dios, todos los evangelios muestran el registro de la vida humana de Cristo. La Biblia nos dice que Jesús era completamente humano; Jesús se vistió en ropa ordinaria para niños, creció en sabiduría como un niño, se cansaba, tenía hambre, tenía sed, fue tentado por el diablo, se lamentaba y después de Su resurrección, todavía tenía un cuerpo humano. La creencia que Jesús es cien por ciento Dios y cien por ciento hombre también se conoce como la Unión Hipostática. Está escrito en Juan 1:1-5; 14
En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.
Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
El evangelio de Juan nos presenta a Jesús de una manera profunda y equilibrada: totalmente humano y totalmente divino. No se trata de una figura simbólica ni de una mezcla incompleta de dos naturalezas, sino de una verdad central de la fe cristiana. Jesús asumió plenamente nuestra humanidad, caminó entre nosotros, experimentó el cansancio, el dolor y la tentación; pero en ningún momento dejó de ser el Dios eterno que siempre existió, el Creador y sustentador de todo cuanto existe, la Palabra por medio de la cual el universo fue hecho y la fuente de la vida eterna.
Esta verdad no es secundaria. Es el fundamento mismo de nuestra fe. Si Jesús no fuera verdaderamente Dios, no tendría autoridad para salvarnos. Y si no fuera verdaderamente hombre, no podría representarnos ni cargar con nuestra condición. Por eso Juan escribe su Evangelio con un propósito claro: edificar la fe, llevarnos a confiar plenamente en Jesucristo, convencidos de que Él es, y siempre ha sido, el Hijo de Dios. De esta convicción depende incluso nuestra confianza en el destino eterno de nuestras vidas.
Cuando Jesús nació en Belén, ocurrió algo extraordinario: Dios se hizo hombre. No era mitad Dios y mitad hombre, sino completamente Dios y completamente hombre. Antes de su venida, la humanidad conocía a Dios de manera parcial, a través de profetas, señales y promesas. Pero en Jesús, Dios se hizo visible, cercano y tangible. Cristo es la expresión perfecta de Dios en forma humana.
A lo largo de la historia han surgido dos errores frecuentes: minimizar su humanidad o minimizar su divinidad. La Navidad nos recuerda que ambas son inseparables. Jesús es Dios con nosotros, hecho hombre para revelarnos plenamente quién es Dios y cuánto nos ama.
II. ¿Por qué era necesario que Jesús se hiciera humano?
Las aperturas de los evangelios claramente enseñan la concepción inmaculada de Jesús. El hecho de que Él sería llamado santo indica que Él estaba libre de pecado–algo que ningún otro humano puede decir de sí mismo. Esto es debido a que el pecado entró al mundo por medio de un hombre: Adán; y, por lo tanto, toda la gente hemos pecado debido a que descendemos de él. Romanos 5:12 nos enseña lo siguiente:
Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.
Una de las preguntas más frecuentes —y humanas— que surgen al leer la Biblia es esta: ¿cómo puede Dios declararnos culpables por algo que Adán hizo miles de años atrás? Para muchos, resulta injusto pensar que toda la humanidad cargue con las consecuencias de un pecado cometido al inicio de la historia. Sin embargo, la Escritura nos invita a mirar esta realidad desde una perspectiva más profunda. No solo heredamos una condición, sino que confirmamos esa condición cada día. Estamos hechos del mismo “material”: con una inclinación natural a la desobediencia y a la rebelión contra Dios. Nuestros propios pecados nos condenan. Por eso, el problema del ser humano no es la falta de imparcialidad divina, sino nuestra urgente necesidad de misericordia.
La Biblia enseña que, así como un solo hombre introdujo el pecado y el sufrimiento en el mundo, también era necesario que un hombre viniera a removerlos. La muerte entró en la historia como consecuencia directa del pecado de Adán y Eva. El apóstol Pablo explica que, por medio de ese primer pecado, el pecado y la muerte se extendieron a toda la humanidad. Pero también establece un glorioso paralelo: así como la desobediencia de un hombre trajo condenación, la obediencia de otro hombre traería vida. Ese hombre es Jesucristo.
Jesús vino a revertir la condición en la que quedó atrapada la humanidad por el pecado heredado desde Adán. Y aquí encontramos una verdad que a veces pasamos por alto. La mayoría de las enseñanzas cristianas —correctamente— ponen su énfasis en la muerte de Cristo en la cruz. Sin embargo, cuando nos enfocamos solo en su muerte, corremos el riesgo de olvidar algo esencial: Jesús no solo murió por nosotros, también vivió por nosotros.
Si todo lo que se requería para nuestra salvación era su muerte, Jesús podría haber descendido del cielo un viernes, ir directamente a la cruz, resucitar y regresar al Padre. Pero no fue así. Jesús vivió más de treinta años en perfecta obediencia. Durante su vida terrenal, cumplió la voluntad del Padre en cada detalle: enseñó con autoridad, realizó milagros, mostró compasión y obedeció plenamente la ley, “para cumplir toda justicia”. Su vida fue una vida sin pecado, algo que ningún otro ser humano pudo lograr.
Adán fue formado del polvo de la tierra y nos heredó una vida física y mortal. Jesucristo, en cambio, es el Dios Creador hecho hombre, capaz de otorgarnos vida espiritual e inmortal. En su resurrección vemos la promesa de lo que nosotros también seremos: llevaremos su imagen, porque Él fue el primero en resucitar a una vida incorruptible. Todo esto ocurrió para que su justicia pueda ser acreditada a quienes ponen su fe en Él.
Podríamos decir, entonces, que la naturaleza de Cristo da sentido a su obra. Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado para salvarnos desde dentro de nuestra condición. La Navidad nos recuerda que esta no fue una decisión improvisada, sino el plan eterno de Dios revelado en amor.
La primera razón. Para revelarnos a Dios.
Aunque Dios se revela a Sí mismo en varias maneras, que incluyen las magnificencias de la naturaleza que nos rodea, solamente la encarnación reveló la esencia de Dios, aunque velada. Las escrituras nos dicen en Juan 1:18
A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.
El ser humano no puede conocer al Padre por sí mismo. La única forma de acercarse a Él es mediante el conocimiento del Hijo, quien vino a revelarlo de manera clara y cercana. Hoy, ese conocimiento nos alcanza al contemplar la vida de Jesús tal como fue registrada en las Escrituras. Al hacerse hombre, Dios permitió que su revelación dejara de ser distante y abstracta, y se volviera personal, visible y accesible. Y porque Jesús es verdaderamente Dios, esa revelación no es parcial ni engañosa, sino plena, fiel y absolutamente confiable.
La segunda razón. Para proveer un ejemplo para nuestras vidas.
La vida terrenal de nuestro Señor se nos presenta como patrón para nuestras vidas hoy en día 1º Pedro 2:21 nos exhorta lo siguiente:
Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas;
Sin la encarnación, no tendríamos el ejemplo perfecto que orienta nuestra vida cristiana. Al hacerse hombre, Jesús no vivió aislado de nuestra realidad, sino que experimentó las vicisitudes de la existencia humana: el cansancio, la incomprensión, el sufrimiento, la tentación y el dolor. En medio de todo ello, caminó en obediencia, amor y fidelidad al Padre, mostrando de manera concreta cómo se vive una vida que agrada a Dios. Su ejemplo no es teórico ni inalcanzable; es profundamente práctico y cercano.
Pero Jesús no solo nos dejó un modelo a imitar. Como Dios, también nos concede el poder para seguir sus pisadas. Él no nos llama a una vida que no podamos vivir, sino que, por medio de su gracia y del Espíritu que nos concede, nos capacita para caminar como Él caminó. La encarnación une el ejemplo y la fuerza necesaria para obedecer.
Tercera razón. Para proveer un sacrificio efectivo por el pecado.
Sin la encarnación no tuviéramos un Salvador. El pecado requiere la muerte como su pago. Así que el Salvador tiene que ser humano para poder morir. Este principio lo encontramos en Hebreos 10:10
En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.
La salvación de la humanidad requería algo que ningún ser humano común podía ofrecer. La muerte de un hombre ordinario, por más noble que fuera, no tendría valor suficiente para pagar de manera definitiva y eterna por el pecado. El problema del pecado es profundo, universal y eterno, y por lo tanto exigía un sacrificio perfecto, sin mancha y de valor infinito. Por esta razón, el Salvador no podía ser solamente hombre; también debía ser Dios.
En Jesucristo encontramos esta verdad gloriosa: el Dios eterno se hizo hombre para ofrecerse a sí mismo como sacrificio voluntario. Como hombre, pudo representar plenamente a la humanidad, identificarse con nuestra condición y morir en nuestro lugar. Como Dios, su entrega tuvo un valor eterno, suficiente y completo para reconciliarnos con el Padre de una vez y para siempre. En Él no hubo repetición ni insuficiencia, sino una obra perfecta y definitiva.
No necesitábamos un salvador parcial, ni un intermediario limitado. Necesitábamos un Dios-Hombre, capaz de unir lo divino y lo humano en una sola persona y en una sola obra redentora. Y ese Salvador lo tenemos. En nuestro Señor Jesucristo se encuentran la obediencia perfecta, el sacrificio acepto y la salvación completa. Por eso, nuestra esperanza no descansa en nuestros méritos, sino en su obra consumada y eterna.
Cuarta razón. Para destruir las obras del diablo.
Esto fue efectuado por la aparición de Cristo. El enfoque es sobre Su venida, no sobre la resurrección como se esperaría. ¿Por qué fue necesaria la encarnación para derrotar a Satanás? La Biblia nos explica el fundamento en 1º Juan 3:8.
El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.
La misión de Cristo incluyó una confrontación directa con el poder del mal. Satanás debía ser vencido en el escenario donde había ejercido su influencia: este mundo marcado por el pecado, la mentira y la muerte. Por eso, el Hijo de Dios fue enviado a nuestra realidad, no como un observador distante, sino como un vencedor que entró al campo de batalla. En su vida, muerte y resurrección, Jesús expuso, derrotó y despojó a las obras del diablo. La encarnación nos asegura que el mal no tiene la última palabra, porque Cristo vino a liberarnos y a establecer su victoria definitiva.
Quinta razón. Para poder ser un Juez competente.
Aunque la mayoría de las personas piensan de Dios como el Juez delante del cual todos comparecerán, la verdad es que Jesús será ese Juez. Está escrito en Juan 5:22-27.
Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió. De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo; y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.
El juicio final ha sido confiado a nuestro Señor precisamente porque Él es el Hijo del Hombre. Este título no es solo una declaración de autoridad, sino una afirmación profunda de su relación con la humanidad y con su misión en la tierra. Jesús no juzgará desde la distancia ni desde la ignorancia de nuestra condición. Juzgará como Aquel que caminó entre nosotros, conoció nuestras debilidades, enfrentó tentaciones y experimentó de primera mano la realidad de la vida humana.
Era necesario que el Juez fuera verdaderamente humano para que ninguna excusa pudiera sostenerse delante de Él. Ningún ser humano podrá decir que Dios no entiende el dolor, la lucha, la presión o la fragilidad de nuestra existencia. Cristo vivió en este mundo sin pecado y demostró que una vida en obediencia al Padre es posible. Su juicio, entonces, será inapelable, porque se basa en conocimiento pleno y experiencia real.
Pero el Juez también debía ser Dios. Solo así su juicio puede ser absolutamente verdadero, justo e incorruptible. Como Dios, Jesús posee la autoridad final, la omnisciencia y la rectitud perfecta necesarias para juzgar con equidad.
De este modo, la encarnación alcanza implicaciones que tocan todos los aspectos de nuestra fe: nuestro conocimiento de Dios, nuestra salvación, nuestra vida cotidiana, nuestras necesidades más urgentes y nuestro destino eterno. La encarnación no es un detalle doctrinal; es el eje central de la historia y de nuestra esperanza.
Comentario final
En esta Navidad, al contemplar al niño en el pesebre, recordamos que la humanidad de Jesús no es solo una verdad doctrinal, sino una invitación personal a vivir de una manera diferente. Su vida es el modelo que Dios nos ha dado para orientar la nuestra. Seguir a Cristo no consiste únicamente en creer verdades, sino en aprender a vivir como Él vivió. Estamos llamados a reflejar su carácter, su obediencia, su compasión y su fidelidad al Padre en medio de nuestra realidad cotidiana.
Jesús conoció la tentación, soportó el sufrimiento y enfrentó el rechazo y el odio de este mundo. No caminó por un sendero fácil, y aun así permaneció firme. De la misma manera, los cristianos no estamos exentos de pruebas, luchas o momentos de debilidad. Pero la esperanza que celebramos en Navidad es que no enfrentamos estas batallas solos ni desde la derrota.
La victoria no se alcanza confiando en nuestras propias fuerzas, sino mirando a Aquel que ya venció al mundo. Jesús no solo es nuestro ejemplo; es también nuestra fortaleza. La misma Palabra que sostuvo su vida y guio su ministerio está hoy a nuestro alcance. En ella encontramos dirección, consuelo y poder. Que esta Navidad renueve en nosotros el deseo de caminar como Cristo caminó, confiando en que el Dios que se hizo hombre sigue obrando en nuestras vidas con gracia, ternura y verdad.





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