Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez – Pastor IBECH
7 de diciembre de 2025
Nuestra cultura nos enseña que busca evitar el dolor a toda costa y llenar cada espacio con entretenimiento, ruido y distracción. Pero la Biblia nos recuerda que no siempre aprendemos más en los días fáciles. Eclesiastés nos muestra que Dios forma nuestro carácter justamente en los momentos que menos elegiríamos: en la reflexión seria, en la corrección, en la paciencia y aun en la tristeza. Este pasaje nos invita a mirar la vida con profundidad y a descubrir una sabiduría que no depende de las circunstancias, sino del temor de Dios y de un corazón enseñable.
Hace algunos años, un alpinista experimentado llevó a un grupo de jóvenes a escalar una montaña de dificultad media. Durante las primeras horas, el clima era perfecto: sol, viento suave, un paisaje impresionante. Todos avanzaban rápido, conversaban y tomaban fotos. Parecía una excursión más. Pero cuando estaban cerca de la mitad del recorrido, una neblina espesa descendió de manera repentina. La temperatura bajó, el viento comenzó a golpear con fuerza y la visibilidad se redujo a unos metros.
El ambiente, que antes era festivo, se volvió silencioso. Los jóvenes empezaron a sentir miedo. Fue entonces cuando el guía les dijo: “Recuerden esto: ustedes no se harán mejores montañistas en el clima perfecto. Aprenderán a ser sabios aquí, donde cada paso requiere atención. En la cima se disfruta; en la neblina se aprende”.
Con cuidado y escuchando cada instrucción del guía, lograron avanzar y encontrar un refugio seguro. Más tarde, cuando el clima se despejó, varios confesaron que lo que más les marcó no fue la belleza del paisaje, sino la experiencia de caminar en medio de la dificultad. Allí aprendieron a enfocarse, obedecer, depender y valorar la guía del experto.
La vida se parece mucho a aquella montaña: disfrutamos los días claros, pero nuestras mayores lecciones llegan cuando la neblina se hace espesa. Es en la confusión, la tristeza, la corrección o la espera donde Dios afina nuestro carácter. Eclesiastés 7 nos invita justamente a mirar estos momentos no como pérdidas, sino como oportunidades para crecer en sabiduría. Así como aquellos jóvenes aprendieron a confiar en su guía, nosotros somos llamados a escuchar la voz de Dios y a caminar con discernimiento, incluso cuando el camino no es cómodo. Con esa perspectiva, entremos al texto.
I. Sabiduría para evaluar la vida con verdad
Eclesiastés 7:1-2
Mejor es la buena fama que el buen ungüento; y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento. Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón.
El verso contrasta dos momentos decisivos: el día del nacimiento y el día de la muerte, la casa del banquete y la casa del luto. Salomón enseña que la muerte revela el verdadero valor de una vida, pues expone el carácter, no las apariencias. El banquete representa lo superficial, lo pasajero; la casa del luto, lo esencial. Allí el corazón es confrontado con la fragilidad humana, las prioridades y la eternidad. Por eso, el sabio no huye de los momentos serios, porque sabe que estos le muestran, con crudeza, quién es y hacia dónde se dirige su vida.
A la luz del evangelio, esta perspectiva se profundiza. En Jesús vemos a alguien que enfrentó la muerte con absoluta claridad y propósito. Su cruz revela que la vida verdadera no consiste en celebraciones vacías, sino en un carácter rendido a Dios. La casa del luto encuentra su respuesta en Cristo: Él tomó nuestra fragilidad, cargó nuestro pecado y transformó la muerte en puerta hacia la vida eterna. Mirar la vida con verdad implica mirarla desde su obra. Jesús nos enseña que el verdadero valor de una vida se mide por la obediencia al Padre y por el amor sacrificial ejercido aquí.
Hoy vivimos en una cultura que idolatra la distracción: celebraciones constantes, entretenimiento inagotable, velocidad sin pausa. Sin darnos cuenta, podemos construir vidas llenas de actividad, pero vacías de propósito. Eclesiastés nos invita a detenernos y evaluar nuestras prioridades con honestidad. ¿Qué diría nuestro “día final” acerca de nosotros? ¿Qué legado espiritual estamos dejando?
La casa del luto representa momentos incómodos: pérdidas, enfermedades, despedidas, crisis, silencios que no queremos enfrentar. Pero esos mismos momentos pueden convertirse en los maestros más profundos. Allí aprendemos a depender de Dios, a ver nuestra fragilidad y a ordenar la vida según lo eterno, no lo inmediato.
Evaluar la vida con verdad significa reconocer dónde desperdiciamos tiempo, qué hábitos nos alejan del Señor y qué relaciones necesitan restauración. También significa preguntarnos si estamos viviendo de tal manera que Cristo sea visible en nuestras decisiones, prioridades y conversación.
Para el creyente, la muerte no es el fin, sino un recordatorio de la misión: vivir con sabiduría, amar bien, servir con integridad, avanzar hacia el día en que veremos al Señor. Por eso, los momentos serios no deben asustarnos: deben despertarnos a una fe más auténtica y a una vida más consciente delante de Dios.
II. Sabiduría para cultivar un corazón profundo
Eclesiastés 7:3-4
Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón. El corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los insensatos, en la casa en que hay alegría.
Este verso afirma que “mejor es la tristeza que la risa”, no porque Dios se complazca en el dolor, sino porque la tristeza reflexiva produce profundidad espiritual. La risa del necio es superficial y pasajera; la tristeza del sabio abre espacio para examinar el corazón. Salomón subraya que el sabio se encuentra más frecuentemente en la “casa del luto”, es decir, en ambientes donde la realidad es tomada en serio. Allí, el corazón se hace sensible, humilde y receptivo. La superficialidad adormece, pero la seriedad cultiva un espíritu capaz de discernir, aprender y cambiar.
En Cristo vemos la máxima expresión de un corazón profundo. Jesús no evitó la tristeza; lloró ante la tumba de Lázaro, se conmovió por las multitudes, lamentó la dureza de Jerusalén y agonizó en Getsemaní. Su vida demuestra que la verdadera madurez espiritual no es negar el dolor, sino enfrentarlo con fe y obediencia. Él santificó la tristeza al vivirla sin pecado y al convertirla en un camino hacia la gloria. El creyente encuentra en Cristo un modelo perfecto: un Salvador que conoce nuestras angustias y las transforma en oportunidades para reflexión, dependencia y crecimiento espiritual.
Se nos enseña a evitar cualquier forma de incomodidad emocional. Los tiempos modernos celebran la ligereza, la distracción y el entretenimiento constante. Sin embargo, Eclesiastés nos recuerda que el crecimiento espiritual requiere profundidad, y la profundidad muchas veces nace en experiencias que no elegimos: pérdidas, decepciones, silencios, dudas, esperas prolongadas.
Cultivar un corazón profundo significa permitir que Dios use los momentos de tristeza para afinar nuestra sensibilidad espiritual. En esos tiempos solemos preguntarnos cosas que rara vez consideramos en momentos de alegría: ¿qué está haciendo Dios en mí? ¿Qué debo soltar? ¿Qué áreas necesitan quebrantamiento, humildad o transformación?
Un corazón profundo también es uno que sabe llorar con los que lloran y no huye del sufrimiento ajeno. Significa desarrollar empatía, compasión y una mirada más parecida a la de Cristo. Además, nos invita a abrazar prácticas espirituales que requieren silencio interior: meditación bíblica, confesión, escucha, oración sincera, examen del alma.
Para el creyente moderno, la verdadera amenaza no es la tristeza, sino la superficialidad espiritual. Por eso, cuando la tristeza toque a nuestra puerta, no debemos verla solo como un peso, sino como un taller donde Dios trabaja áreas que la alegría no puede tocar. Allí, Él profundiza nuestro carácter y fortalece nuestra fe.
III. Sabiduría para aceptar la corrección y practicar la paciencia
Eclesiastés 7:5-9
Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios. Porque la risa del necio es como el estrépito de los espinos debajo de la olla. Y también esto es vanidad. Ciertamente la opresión hace entontecer al sabio, y las dádivas corrompen el corazón. Mejor es el fin del negocio que su principio; mejor es el sufrido de espíritu que el altivo de espíritu. No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los necios.
En esta sección, la Palabra contrasta la reprensión sabia con la risa de los necios. Salomón afirma que es mejor escuchar una corrección honesta que el aplauso vacío, porque la reprensión conduce a la madurez. La risa de los necios es comparada con “el crujir de los espinos”: mucho ruido, poco fuego, nada duradero. El texto también advierte sobre la corrupción, la ira y la impaciencia, peligros que ciegan el entendimiento y desvían el corazón. La sabiduría se prueba en la capacidad de recibir corrección, dominar el espíritu y perseverar sin dejarse arrastrar por reacciones rápidas o emociones descontroladas.
En Cristo encontramos el modelo perfecto de obediencia, mansedumbre y paciencia. Jesús aceptó el camino del Padre sin resistencia, aun cuando implicaba sufrimiento. Fue corregido falsamente, acusado injustamente y provocado por sus enemigos, pero nunca respondió con ira ni impaciencia. Su vida revela que la verdadera grandeza no está en defenderse, sino en confiar plenamente en la voluntad de Dios. Además, por medio del evangelio, Jesús nos corrige con gracia: su Palabra nos confronta para transformarnos, no para condenarnos. Él forma en nosotros un espíritu humilde que aprende, espera y se deja moldear a su imagen.
Aceptar la corrección es uno de los mayores desafíos en una época que idolatra la autoafirmación. Hoy se celebra tener siempre la razón, evitar toda incomodidad y rechazar cualquier crítica. Sin embargo, el creyente maduro reconoce que Dios usa la reprensión —de su Palabra, de sus líderes y de circunstancias difíciles— para producir crecimiento real. Preguntarnos: ¿Cómo reacciono cuando alguien me corrige? es una prueba honesta de humildad espiritual.
La paciencia, por otro lado, es una virtud escasa en un mundo que exige rapidez. Muchos creyentes toman decisiones impulsivas, hablan sin pensar o actúan movidos por la ira. Pero la sabiduría bíblica enseña que el dominio propio y la calma revelan más fuerza que la explosión emocional. Antes de responder, debemos preguntarnos: ¿Esto refleja el carácter de Cristo?
Practicar la paciencia también implica aceptar los tiempos de Dios. Hay oraciones que tardan en ser respondidas, puertas que parecen cerradas y procesos que se extienden más de lo esperado. En esos momentos, Dios no está ausente: está formando un carácter más firme.
Finalmente, evitar “la risa de los necios” significa no buscar refugio en distracciones superficiales que adormecen el alma. En lugar de ello, el creyente debe buscar la voz de Dios, que corrige para sanar y enseña para dar vida.
IV. Sabiduría para vivir con prudencia y enfoque
Eclesiastés 7:10-13
Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría. Buena es la ciencia con herencia, y provechosa para los que ven el sol. Porque escudo es la ciencia, y escudo es el dinero; mas la sabiduría excede, en que da vida a sus poseedores. Mira la obra de Dios; porque ¿quién podrá enderezar lo que él torció?
Eclesiastés 7:10–13 exhorta a evitar la nostalgia ilusoria: preguntarse “por qué los tiempos pasados fueron mejores” es señal de falta de sabiduría. Salomón recuerda que la sabiduría es mejor que la herencia material porque proporciona protección, dirección y discernimiento. Mientras el dinero puede perderse, la sabiduría guarda la vida y da estabilidad interior. En el versículo 13, invita a contemplar la obra de Dios: aceptar que hay cosas torcidas que ningún ser humano puede enderezar. Esta aceptación no es resignación, sino reconocimiento de la soberanía divina que llama a vivir con realismo, prudencia y dependencia.
Cristo encarna la prudencia perfecta y el enfoque eterno. Nunca vivió añorando un “mejor pasado”; avanzó con propósito hacia la voluntad del Padre, incluso cuando esa voluntad lo llevó a la cruz. Jesús enseñó a sus discípulos a no preocuparse por el mañana, pero también a no vivir atrapados en el ayer. En Él vemos una vida centrada, obediente y alineada con el Reino. Su muerte y resurrección nos muestran que lo que Dios “endereza” no lo hace mediante nostalgia, sino mediante redención. En Cristo aprendemos que la verdadera sabiduría consiste en confiar en la obra de Dios, aun cuando no entendemos su camino.
La nostalgia puede ser un refugio engañoso. Cuando idealizamos el pasado, perdemos la capacidad de obedecer a Dios en el presente. Muchas veces decimos: “Antes la vida era más sencilla, la iglesia era mejor, la gente era distinta”. Sin embargo, Dios está obrando hoy, en estos tiempos concretos, con sus desafíos y oportunidades. La sabiduría consiste en reconocer dónde estamos, no dónde quisiéramos estar, y buscar la voluntad de Dios aquí y ahora.
Vivir con prudencia significa ser conscientes del impacto de nuestras decisiones: en el uso del tiempo, en nuestras palabras, en nuestras prioridades espirituales y en la administración de recursos. La persona sabia no actúa impulsivamente; examina, ora, evalúa y decide con sobriedad.
El llamado a “considerar la obra de Dios” nos invita a descansar en su soberanía. Hay situaciones que no podemos cambiar: temporadas difíciles, relaciones deterioradas, pérdidas, limitaciones. La fe madura no exige controlar lo que Dios ha torcido; aprende a caminar con paz mientras Él cumple su propósito.
Finalmente, sabiduría y enfoque implican vivir mirando hacia adelante, no hacia atrás. El creyente prudente fija su mirada en Cristo, orienta su vida hacia lo eterno y se esfuerza por ser fiel en las realidades presentes, confiando en que Dios está obrando incluso en lo inexplicable.
IV. Conclusión
La enseñanza de Eclesiastés 7:1–13 nos recuerda que la vida bajo el sol es compleja, a veces dura, llena de contradicciones y marcada por momentos que no elegimos. Sin embargo, en esa complejidad Dios ofrece un camino seguro: la sabiduría. No una sabiduría arrogante o meramente intelectual, sino una sabiduría que mira la realidad con honestidad, recibe la corrección con humildad, abraza la profundidad espiritual y aprende a vivir con enfoque y prudencia. A lo largo del pasaje hemos visto que los momentos serios nos enseñan a evaluar la vida con verdad; que la tristeza reflexiva forja un corazón profundo; que la corrección y la paciencia moldean nuestro carácter; y que la prudencia nos libra de la nostalgia vacía y nos centra en lo que Dios está haciendo hoy.
Pero esta sabiduría no es un ideal abstracto, ni un esfuerzo moral aislado. Su modelo perfecto y su fuente verdadera es Jesucristo. En Él descubrimos cómo se ve una vida vivida plenamente bajo la voluntad del Padre. Jesús enfrentó la tristeza sin caer en desesperación, recibió el sufrimiento sin perder el enfoque, caminó con paciencia en medio de la oposición y vivió cada día con una profunda conciencia de la obra de Dios. Él es la sabiduría encarnada que Eclesiastés anhelaba y que cada uno de nosotros necesita.
Por eso, la invitación final es simple pero profunda: confiar en Cristo siempre. Confiar en Él cuando la vida es luminosa y también cuando la neblina se hace densa. Confiar en su carácter, en su gracia, en su camino. Y junto a esa confianza, buscar con intención la sabiduría que Él modeló: una sabiduría humilde, obediente, centrada en el Reino, capaz de ver más allá de lo inmediato. En un mundo distraído, superficial y apresurado, Dios llama a su pueblo a vivir con profundidad, discernimiento y enfoque. Y esa forma de vida solo es posible cuando seguimos a Cristo de cerca, cuando dejamos que su ejemplo nos forme y cuando entregamos nuestro corazón a su guía día tras día. Que Él sea nuestra sabiduría, nuestro refugio y nuestro camino seguro en todo tiempo.






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