Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez

30 de noviembre de 2025

En nuestro mundo moderno, donde muchos miden el valor personal por lo que poseen y por los honores que reciben, el libro de Eclesiastés nos recuerda una verdad que atraviesa los siglos: la riqueza y el prestigio no pueden llenar el corazón humano. Salomón, con toda su sabiduría y experiencia, vio cómo muchos buscaban seguridad en bienes que no pueden sostener el alma. Hoy, al abrir este pasaje, venimos con humildad delante del Señor para reconocer nuestras propias tentaciones y para escuchar Su voz. Él nos llama a discernir lo eterno de lo pasajero y a encontrar nuestro verdadero contentamiento en Él.

Hace unos años, una revista financiera publicó la historia de un joven empresario tecnológico que había vendido su aplicación por varios millones de dólares. Era SEO una la zona tecnológica de Estados Unidos conocido como Silicone Valley. Tenía 32 años, fama en redes sociales, invitaciones a conferencias, entrevistas y un futuro que muchos envidiaban. Pero después del impacto mediático inicial, comenzó a sentir un vacío extraño. Su vida se volvió una carrera por mantener la imagen exitosa que había construido: compró un departamento lujoso, un auto costoso y empezó a viajar compulsivamente solo para demostrar que seguía “arriba”.

Con el tiempo, sus amistades cambiaron. Los que antes compartían pizza en su pequeño estudio ahora evitaban sus reuniones, donde todo giraba en torno a logros, inversiones y apariencias. Una noche, mientras subía una foto perfectamente editada de un viaje a Dubái, sintió que vivía para impresionar a personas que ni siquiera conocía. Publicó la imagen… y en los primeros dos minutos recibió cientos de “likes”. Pero en su interior, el silencio era ensordecedor.

Esa misma semana, su médico le advirtió que el estrés le estaba ocasionando insomnio severo. El hombre que tenía todo lo que muchos desean no podía dormir. Tenía riquezas, pero no descanso; tenía honor humano, pero ningún gozo real. En una entrevista posterior confesó: “Perdí más intentando mantener mi riqueza que cuando no tenía nada”.

Su historia, aunque extrema, refleja un patrón muy común en nuestra generación: la búsqueda incansable de validación a través de lo material.

Esta experiencia moderna no está lejos de la realidad que Salomón observó hace tres mil años. Cambian las tecnologías, cambian las redes sociales, pero el corazón humano sigue persiguiendo riqueza y honor esperando encontrar plenitud. Eclesiastés nos muestra que esa búsqueda termina siempre en frustración y cansancio. Por eso hoy abrimos este pasaje para escuchar la sabiduría de Dios, que desnuda nuestras ilusiones y nos dirige hacia el único lugar donde podemos hallar descanso verdadero. Vamos a considerar tres enseñanzas que Salomón nos deja sobre la vanidad de la riqueza y el honor.

I. La insatisfacción que devora al rico

Eclesiastés 5:10-12

El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad. Cuando aumentan los bienes, también aumentan los que los consumen. ¿Qué bien, pues, tendrá su dueño, sino verlos con sus ojos? Dulce es el sueño del trabajador, coma mucho, coma poco; pero al rico no le deja dormir la abundancia.  

Salomón observa que el corazón del ser humano, cuando se aferra al dinero como fuente de sentido, queda atrapado en una espiral de deseo que nunca se sacia. Su análisis no es una condena al trabajo ni a la provisión, sino a la ilusión de que la riqueza puede garantizar plenitud. La abundancia material, en lugar de otorgar descanso, suele aumentar las preocupaciones, porque el alma humana no fue diseñada para encontrar estabilidad en cosas que se pierden, se deterioran o se multiplican más rápido que nuestra capacidad de disfrutarlas. El resultado es una existencia inquieta, pesada y fragmentada.

La lectura cristocéntrica de este pasaje nos lleva a considerar que Jesús vino precisamente a romper ese ciclo de insatisfacción. Él enseñó que la vida del hombre no depende de los bienes que posee y modeló ese principio viviendo en simplicidad, confiando en la provisión del Padre. Cristo ofrece un descanso que el dinero no puede comprar: un descanso que nace de saber que ya somos amados, ya somos recibidos y ya somos valorados por Dios sin necesidad de construir una imagen exitosa. Cuando el corazón se entrega a Él, la ansiedad que producen las riquezas pierde fuerza, porque la identidad deja de depender del “tener” y se afirma en el “ser” en Cristo.

En nuestro contexto actual, esta verdad se vuelve especialmente relevante. Vivimos rodeados de publicidad que nos repite que necesitamos más para ser felices, más para sentirnos seguros, más para sentir que nuestra vida vale algo. Y muchos cristianos, aun sin proponérselo, terminan viviendo en un permanente descontento porque comparan su vida con la de otros. Ese descontento puede tomar diversas formas: frustración cuando no se alcanza cierto nivel económico, preocupación constante por la estabilidad financiera o incluso la obsesión por mantener un estilo de vida que no corresponde con la realidad. Algunos trabajan horas interminables, no por necesidad, sino por miedo a “quedarse atrás”. Otros sienten que siempre falta algo, aunque Dios ya les ha provisto más de lo necesario.

Un ejemplo concreto es la ansiedad que producen las redes sociales. Muchas veces, al ver fotos de viajes, compras o logros, uno siente que la propia vida es insuficiente. Eso puede generar agotamiento emocional, pues la comparación despierta un hambre que no tiene fin. Allí es donde este pasaje se vuelve un espejo: la insatisfacción no surge de la carencia, sino del deseo de tener más. Incluso el que ha logrado estabilidad económica puede vivir con el corazón inquieto, pensando en proteger lo que tiene, en cómo invertirlo, en cómo evitar perderlo. Ese tipo de preocupación quita el sueño, literalmente, como Salomón describe.

Para los creyentes, la invitación es doble. Primero, reconocer si hemos puesto nuestra seguridad en el ingreso, en el ahorro o en la apariencia de estabilidad. No se trata de descuidar la responsabilidad financiera, sino de discernir si el dinero se ha convertido en un refugio emocional. Segundo, cultivar gratitud. La gratitud rompe el ciclo de la insatisfacción porque enseña al alma a ver lo que Dios ya ha dado. Cuando agradecemos, descansamos. Cuando dejamos de medir nuestra vida por lo que falta y la vemos a través del lente de la fidelidad de Dios, encontramos paz.

Un ejercicio útil es detenerse a pensar en los momentos en que realmente hemos sentido descanso profundo. Casi nunca tiene que ver con dinero, sino con conversaciones sinceras, tiempos con el Señor, abrazos, risa, salud, comunidad. Dios nos recuerda que esas cosas, aparentemente simples, son verdaderas riquezas. Y cuando aprendemos a disfrutarlas, la ansiedad por lo material se diluye. Así, el mensaje de Salomón sigue siendo actual: quien vive corriendo detrás de la riqueza pierde el gozo; quien aprende a descansar en Dios encuentra paz incluso cuando no tiene abundancia. Dios quiere darnos ese tipo de descanso hoy.

II. La fragilidad de las riquezas terrenales

Eclesiastés 5:13-15

Hay un mal doloroso que he visto debajo del sol: las riquezas guardadas por sus dueños para su mal; las cuales se pierden en malas ocupaciones, y a los hijos que engendraron, nada les queda en la mano. Como salió del vientre de su madre, desnudo, así vuelve, yéndose tal como vino; y nada tiene de su trabajo para llevar en su mano.

Salomón reconoce que uno de los males más dolorosos en la experiencia humana es descubrir que aquello en lo que confiamos para sentirnos seguros puede desaparecer sin previo aviso. La riqueza, cuando se convierte en centro de la vida, deja de ser bendición y se transforma en carga, porque su fragilidad la vuelve incapaz de sostener nuestra vulnerabilidad. Salomón vio que muchas personas acumulan bienes para sentirse protegidas, pero tarde o temprano descubren que no pueden controlar las pérdidas, los accidentes, los errores o simplemente el paso del tiempo. Por más que uno intente guardarlo todo, lo material es inestable, y eso expone la pobreza espiritual que se esconde detrás de la abundancia.

Jesús nos recuerda esta misma verdad al llamar a sus seguidores a acumular tesoros en lo eterno, no en lo terrenal. Su vida demuestra que la verdadera seguridad no proviene de lo que podemos preservar, sino de la comunión con el Padre, que nunca se pierde. Cristo revela que las riquezas de este mundo no pueden acompañarnos más allá de la muerte, mientras que la gracia de Dios nos sostiene ahora y para siempre. Él nos libera de la ilusión de permanencia que ofrece el dinero y nos invita a invertir la confianza en lo único indestructible: la fidelidad de Dios. Así, nuestra esperanza cambia de dirección y ya no descansa en bienes que se evaporan, sino en una herencia que jamás se deteriora.

Esta enseñanza es profundamente necesaria para los creyentes de hoy. Vivimos en una cultura que idolatra la estabilidad económica y que nos hace creer que, si logramos lo suficiente, podremos blindarnos contra el sufrimiento. Pero la experiencia demuestra otra cosa. Una enfermedad inesperada puede consumir ahorros de años. Un error administrativo puede afectar una empresa. Un despido puede alterar todas las proyecciones. Incluso la inflación o una mala inversión puede borrar en semanas lo que tomó décadas construir. Estas experiencias, aunque duras, nos recuerdan que poner el corazón en la riqueza es poner el corazón en arena movediza.

Muchos creyentes también sienten culpa cuando enfrentan pérdidas financieras, como si eso fuera señal de fracaso espiritual. Sin embargo, este pasaje nos muestra que la pérdida no es necesariamente castigo ni incapacidad; es parte de la condición humana en un mundo inestable. Lo importante no es evitar toda pérdida —cosa imposible— sino descubrir en quién confiamos cuando lo que valoramos se desvanece. Allí se muestra la verdadera fortaleza del corazón: no cuando todo está en orden, sino cuando lo terrenal falla y aun así encontramos firmeza en Dios.

Un ejemplo común hoy es el afán por acumular sin disfrutar. Hay personas que logran buenos ingresos, pero viven esclavizadas por el miedo a perderlo todo. Guardan cada moneda, no por prudencia, sino por temor. Esa actitud puede encerrar el alma en una prisión emocional. La vida pasa, la salud cambia, las relaciones se enfrían, y en el intento de protegerlo todo, terminan perdiendo cosas más valiosas que el dinero: la paz, la familia, el gozo y el tiempo. Salomón advierte precisamente eso: que quien se aferra a la riqueza termina perjudicándose, porque se queda solo con el peso del miedo.

Para nosotros, este texto plantea una invitación clara: examinar qué tanto dependemos de lo que poseemos. No se trata de menospreciar la responsabilidad, el ahorro o los proyectos, sino de ubicarlos en su lugar correcto. Dios nos llama a una confianza que va más allá de los cambios del mercado y de las circunstancias. Una confianza que no se tambalea cuando los números bajan, porque sabe que la provisión del Señor no depende de nuestras cuentas. Y también nos recuerda algo esencial: venimos al mundo sin nada y nos iremos igual. Lo único que permanece es aquello que Dios forma en nosotros. Esa verdad, lejos de ser triste, es liberadora. Cuando la abrazamos, dejamos de temer a la pérdida y empezamos a vivir con una libertad que ninguna riqueza puede comprar. Así, la fragilidad de lo material deja de ser amenaza y se convierte en recordatorio de que nuestra esperanza está en lo eterno.

III. El verdadero regalo: contentamiento y gozo en Dios

Eclesiastés 5:18-20

He aquí, pues, el bien que yo he visto: que lo bueno es comer y beber, y gozar uno del bien de todo su trabajo con que se fatiga debajo del sol, todos los días de su vida que Dios le ha dado; porque esta es su parte. Asimismo, a todo hombre a quien Dios da riquezas y bienes, y le da también facultad para que coma de ellas, y tome su parte, y goce de su trabajo, esto es don de Dios. Porque no se acordará mucho de los días de su vida; pues Dios le llenará de alegría el corazón.

 Salomón concluye que, en medio de todas las tensiones e incertidumbres de la vida, Dios ofrece un don que supera cualquier posesión: la capacidad de disfrutar lo que tenemos como parte de Su bondadosa voluntad. No se trata de una invitación al conformismo, sino al reconocimiento de que el gozo profundo no nace de la cantidad de bienes, sino de verlos como regalos del Señor. Este contentamiento transforma la manera en que trabajamos, comemos, descansamos y enfrentamos los días, porque deja de depender de circunstancias externas y se convierte en una gracia interna que da estabilidad al alma.

Desde una perspectiva cristocéntrica, este contentamiento encuentra su plenitud en Jesús, quien vivió confiando totalmente en el Padre, sin aferrarse a lo material. Él mostró que la verdadera riqueza es la comunión con Dios y que el gozo auténtico brota de saber que estamos en Sus manos. Cristo nos invita a dejar la ansiedad y a descansar en la provisión diaria del Padre. Su llamado no es a ignorar las responsabilidades, sino a vivir libres de la presión de demostrar algo mediante posesiones o logros. En Él, el corazón halla una alegría que no depende de temporadas económicas, sino de la certeza de que Dios está presente y es suficiente.

Para los creyentes de hoy, esta enseñanza ofrece un respiro en medio de un mundo obsesionado con el rendimiento y la comparación. Muchos viven agotados intentando alcanzar una vida “ideal” que siempre parece un paso más adelante. El contentamiento que Dios ofrece nos libera de ese desgaste. No significa renunciar a los sueños, sino aprender a disfrutarlos sin perder la paz cuando cambian o tardan en cumplirse. Ese disfrute consciente es un acto espiritual: reconoce que todo lo bueno viene de la mano de Dios y que nada es demasiado pequeño para agradecer.

En la práctica, esto transforma actividades cotidianas. Una comida sencilla deja de ser algo automático y se convierte en motivo de gratitud. El trabajo, incluso cuando es pesado, se ve como oportunidad y no como castigo. Las relaciones dejan de medirse por utilidad y vuelven a ser espacios de comunión. Y cuando llegan momentos difíciles, este contentamiento actúa como ancla emocional, recordándonos que Dios no abandona ni en días grises.

Un ejemplo común sucede cuando una familia pasa por tiempos financieros restringidos. Aunque haya limitaciones, pueden descubrir una alegría inesperada en lo simple: comer juntos sin prisa, compartir conversaciones más profundas, valorar cosas que antes pasaban desapercibidas. Ese tipo de gozo, lejos de ser menor, suele ser más auténtico que el que ofrecen la abundancia o el lujo. Es un gozo que no depende de circunstancias, sino de la presencia de Dios en medio de ellas.

La invitación es aprender a ver el contentamiento como un regalo divino, no como un logro personal. No nace de reducir expectativas, sino de elevar la mirada hacia la fidelidad de Dios. Cuando dejamos de obsesionarnos con lo que falta y empezamos a reconocer la mano del Señor en lo que ya tenemos, el corazón se estabiliza. Y, tal como Salomón expresa, quien vive así no se consume con los afanes del tiempo ni con las preguntas sin respuesta. Vive con una satisfacción que no proviene del tener, sino del saber que Dios está presente, sosteniendo, proveyendo y llenando nuestra vida de un gozo que nada ni nadie puede arrebatar.

IV. Conclusión

Al llegar al final de este pasaje, vemos que Salomón nos conduce a una reflexión profundamente humana y a la vez profundamente espiritual. Todos, en mayor o menor medida, hemos sentido la presión de encontrar seguridad en lo que poseemos, de buscar reconocimiento en lo que logramos o de medir nuestra vida por estándares externos. Pero Eclesiastés desenmascara esa ilusión y nos recuerda que la riqueza, por más brillante que parezca, no puede sostener ni calmar el alma. La acumulación no garantiza descanso, el honor no asegura gozo, y la estabilidad económica no es sinónimo de estabilidad interior. La vida es frágil, los bienes se evaporan, y el corazón es más profundo de lo que las cosas pueden llenar.

Sin embargo, lejos de dejarnos en la resignación, Dios nos ofrece un camino mejor. Nos muestra que la verdadera riqueza no está en lo que se tiene, sino en lo que se encuentra en Él. El contentamiento es el regalo que el Señor da a quienes aprenden a vivir con gratitud, con obediencia, con una mirada que reconoce la mano de Dios en lo cotidiano. Este contentamiento no niega las dificultades, pero las coloca en perspectiva. No elimina los desafíos, pero nos da fuerza para atravesarlos sin perder la paz. No evita las pérdidas, pero evita que las pérdidas nos destruyan.

La enseñanza final del texto es clara: la vida es un don y debe ser recibida como tal. Cuando tratamos de controlarla mediante riquezas o fama, la perdemos. Cuando la entregamos a Dios, la recuperamos con un gozo que el mundo no puede imitar. Esta conclusión no es solo teológica; es profundamente práctica. Nos invita a evaluar nuestra relación con el dinero, con el éxito, con el trabajo y con nuestras expectativas. Nos llama a ser buenos administradores sin volvernos esclavos, a disfrutar sin aferrarnos, a agradecer sin comparar.

Y, por encima de todo, nos dirige a Cristo, quien es la fuente del descanso verdadero. Él nos recuerda que no valemos por lo que acumulamos, sino porque somos amados por Dios. Que no vivimos para impresionar, sino para glorificar. Que no caminamos solos, sino acompañados por un Padre que conoce nuestras necesidades antes de que pidamos.

Así, la vanidad de la riqueza y del honor se convierte en una invitación a abrazar lo eterno. A descansar en la provisión del Señor. A vivir con un gozo que permanece más allá del cambio. Y a recordar que la mayor bendición no es lo que tenemos en las manos, sino Aquel que sostiene nuestra vida.

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