Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez – Pastor IBECH
16 de noviembre de 2025
El tiempo no es un enemigo que nos desgasta, sino una herramienta de Dios para moldear nuestro carácter y enseñarnos a vivir con esperanza eterna. Todos vivimos corriendo contra el reloj. El tiempo parece escaparse entre nuestras manos: los años pasan, los rostros cambian, los sueños se transforman. A veces quisiéramos detenerlo, y otras, acelerarlo. Pero el sabio de Eclesiastés nos recuerda algo profundo: no somos dueños del tiempo, sino peregrinos dentro de él. Dios, en su sabiduría perfecta, ha puesto ritmo y propósito a cada estación de la vida. Hay un tiempo para reír y otro para llorar; un tiempo para sembrar y otro para cosechar. Comprender esto no nos roba libertad, nos enseña a vivir con fe, paz y esperanza.
Hace poco, una mujer compartió en su red social una foto junto a su padre. Él estaba enfermo, postrado en cama, pero sonreía. Ella escribió: “Hace un año, oraba para que se sanara. Hoy entiendo que Dios respondió de otra forma: le dio descanso eterno”. Miles reaccionaron al leerlo, porque todos hemos sentido algo similar: quisiéramos controlar el tiempo, detener lo bueno y adelantar lo difícil. Sin embargo, el tiempo no obedece a nuestros deseos, sino al plan de Dios.
A veces nos parece injusto: ¿por qué llega el dolor cuando aún no estábamos listos? ¿Por qué se van las personas que amamos? Pero si miramos con los ojos de la fe, descubrimos que Dios no se equivoca en sus horarios. Él sabe cuándo permitir la siembra y cuándo recoger la cosecha. La mujer comprendió que no perdió a su padre: lo entregó al cuidado eterno de Aquel que todo lo hace hermoso a su tiempo.
Cada año, cuando miramos el calendario del celular o vemos las fotos antiguas que aparecen en nuestras redes, sentimos algo extraño: el tiempo ha pasado y no vuelve. Nos damos cuenta de que muchas cosas cambiaron sin pedirnos permiso. Y ahí, justo en ese instante, comprendemos que por más alarmas, agendas o recordatorios que tengamos, no controlamos el tiempo… porque el tiempo pertenece a Dios.
El sabio Salomón, en Eclesiastés 3, nos invita a mirar la vida desde esa perspectiva divina. No habla del tiempo como un enemigo, sino como un maestro. Cada estación —la alegría, la pérdida, el trabajo, el descanso— tiene un propósito que solo Dios conoce. No hay segundos desperdiciados en sus planes. Cuando entendemos eso, dejamos de luchar contra lo inevitable y empezamos a cooperar con lo eterno.
Así que, antes de quejarte del tiempo que parece irse, o del que aún no llega, detente y escucha al sabio: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.” Hoy descubriremos juntos que el tiempo no nos roba vida; nos revela el corazón de Dios.
I. El diseño divino del tiempo humano
Eclesiastés 3:1-8
Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.
Dios es el autor del tiempo. No solo lo mide: lo concibe, lo ordena y lo llena de propósito. El sabio no presenta los tiempos de la vida como una lista de contrastes sin sentido, sino como la expresión poética del plan divino que abarca cada aspecto de la existencia humana. En los vaivenes de la vida —desde la cuna hasta la tumba, desde la siembra hasta la cosecha— se revela una profunda verdad: nada escapa a la soberanía del Creador. Cada momento, incluso los que parecen contradecir la lógica humana, forma parte de una sinfonía en la que Dios marca el compás.
Este principio se ilumina plenamente en Cristo, el Señor del tiempo y de la historia. En Él, los momentos dejan de ser casuales y se convierten en escenarios de redención. Jesús vivió sujeto al tiempo, pero lo trascendió: nació “cuando llegó la plenitud del tiempo”, esperó el momento oportuno para cada milagro y aceptó la hora señalada para entregar su vida. Todo en su ministerio fue un testimonio del ritmo divino. Cuando parecía retrasarse, obraba con sabiduría perfecta; cuando el mundo esperaba acción, Él aguardaba en oración. Su ejemplo nos enseña que confiar en el tiempo de Dios es confiar en el carácter de Dios.
En nuestra vida moderna, acostumbrada a la inmediatez, este mensaje es profundamente contracultural. Vivimos en una sociedad que idolatra la prisa: queremos resultados instantáneos, respuestas inmediatas, ascensos rápidos, amor sin espera, éxito sin proceso. Pero Dios no se mueve al ritmo del algoritmo ni del mercado. Su tiempo es perfecto, aunque rara vez coincide con el nuestro. La vida del creyente se asemeja más a una temporada agrícola que a una aplicación digital: hay etapas de siembra silenciosa, estaciones de espera, y tiempos de cosecha que no llegan por impulso, sino por madurez.
Cuando no entendemos esto, nos frustramos con facilidad. Una puerta que no se abre a tiempo puede parecer un fracaso, cuando en realidad es protección. Una oportunidad perdida puede ser la forma en que Dios nos redirige hacia un propósito más alto. Hay quienes, impacientes, rompen procesos que Dios apenas está iniciando. Como una fruta arrancada verde del árbol, terminan sabiendo amargo lo que podría haber sido dulce en su estación justa. Aprender a esperar no es resignación; es sabiduría espiritual.
Los tiempos de Dios también nos enseñan a valorar las transiciones. En la vida hay momentos de alegría intensa y de profundo dolor, días de construcción y de pérdida. No se trata de escoger entre uno u otro, sino de reconocer que ambos son necesarios para el crecimiento. En la montaña celebramos; en el valle aprendemos. El creyente maduro no niega sus lágrimas, pero tampoco pierde su esperanza. Sabe que cada estación tiene una función en la formación de su carácter.
Pensemos en ejemplos concretos: un joven que no logra aún el empleo soñado puede descubrir que ese tiempo de aparente espera le está enseñando disciplina y humildad. Una madre que atraviesa la enfermedad de su hijo puede experimentar una fe más profunda que nunca. Un profesional que es desplazado de su cargo puede descubrir un nuevo llamado que antes no veía. En cada caso, el tiempo no fue enemigo, sino instrumento.
A veces, Dios nos coloca en tiempos de silencio. Son incómodos porque no hay avances visibles, pero en ellos crecen las raíces de la fe. Otras veces nos lleva a tiempos de acción intensa, donde parece que todo ocurre de golpe. Ambos son parte del diseño divino. En lugar de preguntar “¿por qué ahora?”, deberíamos decir “Señor, ¿qué quieres enseñarme en este tiempo?”.
Si pudiéramos observar la vida desde la eternidad, entenderíamos que lo que hoy llamamos demora, Dios lo llama preparación. Lo que nosotros llamamos pérdida, Él lo llama transformación. La prisa es enemiga del propósito, porque los planes de Dios no se cuecen en minutos, sino en procesos. Cuando aceptamos su calendario, dejamos de correr detrás del tiempo y comenzamos a caminar junto a Él.
El diseño divino del tiempo humano no se trata solo de aprender a esperar, sino de aprender a vivir cada momento con propósito. En los días de risa, agradecemos. En los días de llanto, confiamos. En los días de siembra, obedecemos. Y en los de cosecha, reconocemos que todo proviene de Él. Cada estación, por más distinta que parezca, tiene una marca común: es una oportunidad para ver a Dios actuar.
El sabio no busca dominar el tiempo, sino discernirlo. Esa es la verdadera madurez espiritual: entender que no hay momentos vacíos en las manos del Eterno. Cada amanecer y cada atardecer, cada comienzo y cada final, cada abrazo y cada despedida son hilos del mismo tejido: la historia de Dios con nosotros. Y cuando lo comprendemos, dejamos de temer al reloj y empezamos a adorar al Relojero.
II. El límite del entendimiento humano
Eclesiastés 3:9-11
¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana? Yo he visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él. Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.
El sabio contempla la obra de Dios y reconoce la incapacidad del hombre para comprenderla plenamente. Aun observando la belleza de los tiempos y la armonía de la creación, el ser humano tropieza con su propia limitación: entiende fragmentos, pero no el todo. Dios lo hizo así para recordarnos que la vida es misterio antes que cálculo. El hombre puede trabajar, planificar y soñar, pero no puede abarcar el propósito total de lo eterno. Esta tensión —entre el deseo de entender y la imposibilidad de hacerlo— es la escuela donde el alma aprende humildad.
En Cristo se revela la clave de ese misterio. Él encarna la sabiduría de Dios que el mundo no comprendió. Cuando todo parecía contradictorio —la cruz en lugar del trono, el sufrimiento en lugar del triunfo—, Dios estaba cumpliendo su plan perfecto. Jesús mostró que la aparente derrota podía esconder la victoria eterna. En Él, la eternidad entra en el tiempo y lo llena de sentido. Lo que Salomón vislumbró como un límite, en Cristo se convierte en promesa: no necesitamos entenderlo todo para confiar, porque el que sostiene el universo también sostiene nuestra historia.
Nuestra generación, acostumbrada a explicarlo todo, se siente incómoda ante el misterio. Queremos respuestas rápidas para cada porqué: por qué llegó la enfermedad, por qué se fue alguien antes de tiempo, por qué no se cumplió lo que pedimos. Pero el misterio sigue siendo una de las formas más profundas del lenguaje divino. A veces, Dios calla no porque esté ausente, sino porque su silencio enseña más que mil palabras. El creyente maduro no exige comprensión total; busca comunión constante.
En la vida cotidiana, este límite se manifiesta en las sorpresas que rompen nuestros planes. Un joven que pierde una beca puede descubrir años después que eso lo condujo al ministerio. Una familia que enfrentó una crisis económica puede reconocer que fue el tiempo en que aprendieron a orar juntos. Nada de eso se entiende en el momento; solo con el paso del tiempo se revela la belleza que estaba oculta. Dios, como un artista, pinta de cerca con trazos confusos, pero desde lejos su obra cobra sentido.
Vivimos rodeados de información, pero la sabiduría bíblica no consiste en acumular datos, sino en confiar en lo que no vemos. Nuestra mente finita no puede abrazar la eternidad que Dios ha puesto en el corazón. Esa “eternidad interior” es una nostalgia de cielo, un recordatorio de que fuimos creados para algo más grande que el tiempo. Cuando intentamos llenar ese anhelo con cosas pasajeras —éxito, placer, poder o tecnología—, el alma se queda vacía. Solo el Creador puede responder al eco de eternidad que resuena dentro de nosotros.
Aceptar nuestros límites no significa rendirse, sino descansar. El misterio no es enemigo de la fe; es su atmósfera natural. Mientras más aprendemos de Dios, más entendemos que Él no cabe en nuestras categorías. Y es ahí donde la confianza reemplaza la ansiedad. El sabio no necesita comprender cada paso para seguir caminando; le basta saber quién marca el camino.
En tiempos de incertidumbre, recordar esto trae paz. No sabemos qué traerá el mañana, pero conocemos al Dios que ya está allí. No comprendemos todas las razones de la vida, pero sabemos que nada escapa a su amor. Cuando la lógica se detiene, la fe avanza. Ese es el límite del entendimiento humano: no un muro que nos encierra, sino una puerta que nos invita a confiar en el misterio glorioso de Dios.
III. El llamado al gozo reverente
Eclesiastés 3:12-15
Yo he conocido que no hay para ellos cosa mejor que alegrarse, y hacer bien en su vida; y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor. He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres. Aquello que fue, ya es; y lo que ha de ser, fue ya; y Dios restaura lo que pasó.
El sabio concluye que, ante la grandeza de Dios y la limitación humana, lo más sabio es alegrarse y hacer el bien. No se trata de un placer superficial, sino de un gozo que nace del reconocimiento de la soberanía divina. Disfrutar del fruto del trabajo, agradecer por cada jornada y vivir con propósito son expresiones de obediencia. Este gozo no ignora el dolor, sino que lo integra al misterio del tiempo. Quien teme a Dios puede disfrutar la vida, porque entiende que todo proviene de Él y que nada escapa a su mano.
Cristo personifica ese gozo reverente. Vivió con gratitud perfecta, incluso en medio del sufrimiento. Su vida fue una ofrenda continua al Padre: comió con los pobres, sanó a los enfermos, lloró con los que lloraban, y se alegró con los que celebraban. En Él descubrimos que el gozo verdadero no depende de las circunstancias, sino de la comunión con Dios. En la cruz, el Salvador abrazó el dolor sin perder la esperanza, mostrando que el gozo del Reino es más profundo que cualquier tristeza temporal. En Jesús aprendemos que vivir con reverencia es vivir con la certeza de que cada instante puede ser santo.
Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar esa mirada. Nuestra cultura busca la felicidad en lo efímero: experiencias, entretenimiento, logros personales. Pero el gozo reverente no se compra ni se fabrica; se recibe. Nace cuando reconocemos que el trabajo diario, la comida sencilla, la familia y los pequeños triunfos son dones divinos. Cada respiración es gracia. Cuando entendemos esto, el alma se pacifica y el tiempo deja de ser enemigo para convertirse en altar.
Disfrutar la vida no significa huir del compromiso, sino agradecer en medio de él. Un creyente que trabaja con gozo refleja a su Creador. Una madre que cocina con gratitud está adorando. Un joven que estudia con propósito está participando en la obra divina. Dios no nos pide solo adoración en el templo, sino en cada hora vivida con conciencia de su presencia. El gozo reverente convierte la rutina en liturgia.
También implica reconocer que todo lo que Dios hace permanece. Las modas cambian, los logros se olvidan, pero lo que se hace para Él tiene valor eterno. Por eso, el temor de Dios no es miedo, sino asombro. Es saber que nuestras acciones, por pequeñas que sean, se inscriben en la eternidad. Cuando vivimos con esa conciencia, dejamos de desperdiciar el tiempo y comenzamos a invertirlo.
El sabio de Eclesiastés no propone un hedonismo resignado, sino una espiritualidad madura: disfrutar, servir, y temer a Dios. Es el equilibrio perfecto entre alegría y reverencia, entre el ahora y lo eterno. En una época de prisas y quejas, el creyente que vive con gozo reverente se vuelve testimonio vivo de esperanza. Y cuando otros lo ven sonreír en medio de la tormenta, descubren que hay un Dios que sigue haciendo todas las cosas hermosas… en su tiempo.
IV. Conclusión
La vida es un don fugaz envuelto en eternidad. Cada segundo que respiramos pertenece a un reloj que no nos pertenece, pero cuyo tic-tac resuena con propósito divino. Dios no solo nos dio el tiempo para existir, sino para encontrarnos con Él dentro de cada instante. Cuando comprendemos que todo tiene su hora, incluso el silencio y la espera, aprendemos a descansar en la soberanía de un Dios que nunca llega tarde. Jesús, que vivió el tiempo humano y lo llenó de sentido eterno, nos muestra que la verdadera plenitud no está en acumular días, sino en redimirlos. Cada acto de amor, cada lágrima ofrecida, cada abrazo sincero, es tiempo transformado en eternidad.
No podemos controlar las estaciones, pero sí decidir cómo vivirlas: con gratitud en la bonanza, con fe en la tormenta, con esperanza en la pérdida. Porque el Dios que gobierna los tiempos también habita en el corazón de quienes confían en Él. Al mirar atrás veremos que incluso las demoras fueron parte del plan; al mirar adelante sabremos que el tiempo no nos devora, nos conduce a su cumplimiento. Y al mirar a Cristo, entenderemos que en Él el tiempo se vuelve gracia y cada segundo, una oportunidad para amar mejor. Tal vez hoy sientes que el tiempo te pesa, que algunas etapas han sido más dolorosas de lo que esperabas. Pero Dios no desperdicia ni un segundo de tu historia. Cada estación, aun la más difícil, está tejida con hilos de propósito. No corras detrás del tiempo ni temas perderlo; entrégaselo al Señor del tiempo. Él puede transformar lo que fue, sostener lo que es y bendecir lo que será. Deja que Cristo marque tu reloj interior, y verás que todo cobra sentido en sus manos.






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