Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez – Pastor IBECH
9 de noviembre de 2025
Puedes ver la prédica en formato de video en el siguente enlace: https://youtu.be/iBYyHiw9_L8

Nuestra época se caracteriza por la idolatra al éxito. Desde pequeños nos enseñan que ser felices depende de alcanzar metas, ganar dinero o ser reconocidos. Pero ¿qué ocurre cuando lo conseguimos… y el corazón sigue vacío? Eso fue exactamente lo que experimentó Salomón: tuvo sabiduría; pero después se dejó llevar por el poder, las riquezas y los placeres, lo cual lo condujo a cometer errores y apartarse de Dios. Al final de su vida recapacitó, regresó al camino del Señor y dijo: “todo era vanidad y aflicción de espíritu”. Hoy muchos viven la misma historia, repitiendo el experimento de Salomón sin saberlo. En esta prédica revisaremos por qué el éxito, sin Dios, nunca puede llenar el alma que fue creada para Él.
Ustedes conocen a artista Lady Gaga. Desde sus primeros éxitos —Poker Face, Bad Romance—, acumuló fama mundial, discos vendidos por millones y escenarios colmados. Pero en una reciente entrevista admitió algo sorprendente. Ella dijo: «operé en gran medida en fantasía… la gravedad me trajo a casa». Esta frase fue publicada en el diario “The New York Times”. Aun con fama, riqueza y poder, sin ser cristiana, reconoció que en su interior había vacío, que la celebración, los premios, los millones no aportaban la profundidad que su alma anhelaba.
Este testimonio encaja perfectamente con el punto de nuestro texto: con todo el placer del mundo a su disposición, ella descubrió que el corazón seguía inquieto; con todo el éxito logrado pensó que sería feliz, pero algo le faltaba. Incluso quien “lo tiene todo” puede sentirse falto de sentido si Dios no es el centro.
Hay algo más profundo que el aplauso, la fama o la acumulación. Esta historia de Lady Gaga nos ayuda a conectar emocionalmente con el mensaje: no es que el éxito sea malo, sino que, sin Dios en el centro, no basta para transformar el alma.
Así como Lady Gaga reconoció que la fama no llenó su corazón, Salomón también descubrió que el placer, las riquezas y el éxito no satisfacen el alma. Ambos alcanzaron la cima, pero encontraron vacío en lo más alto. El éxito puede ofrecer brillo, pero no sentido. Lo que el mundo llama plenitud, Dios lo llama vanidad cuando Él no está en el centro. Hoy, muchos siguen el mismo camino, esperando hallar en los logros lo que solo el Creador puede dar: una alegría que no depende de las circunstancias, sino de Su presencia.
I. El espejismo del placer
Eclesiastés 2:1-3
Dije yo en mi corazón: Ven ahora, te probaré con alegría, y gozarás de bienes. Mas he aquí esto también era vanidad. A la risa dije: Enloqueces; y al placer: ¿De qué sirve esto? Propuse en mi corazón agasajar mi carne con vino, y que anduviese mi corazón en sabiduría, con retención de la necedad, hasta ver cuál fuese el bien de los hijos de los hombres, en el cual se ocuparan debajo del cielo todos los días de su vida.
Salomón se presenta como un observador profundo de la condición humana. Después de haber probado la sabiduría, decide probar la alegría y el placer, como si fuesen laboratorios del alma. Este pasaje es una radiografía del corazón que busca significado fuera del Creador. En su búsqueda, Salomón representa al hombre natural: dotado de razón, deseos y sensibilidad, pero desconectado de la fuente del verdadero gozo. El texto expone la tensión entre lo que el ser humano anhela y lo que realmente puede alcanzar. El placer, sin una referencia trascendente, se revela como humo: visible por un momento, pero imposible de retener.
Cristo nos muestra la diferencia entre el placer momentáneo y el gozo eterno. Mientras Salomón probó la risa para llenar el vacío, Jesús ofreció una alegría que nadie puede quitar. Él no vino a negar el gozo humano, sino a redimirlo: transformó el agua en vino, compartió mesas, celebró la vida; pero todo lo hizo desde la comunión con el Padre. En Cristo, el placer se ordena, se purifica y se eleva. El alma que se une a Él ya no necesita probar todo para sentirse viva, porque encuentra plenitud en Su amor. Jesús es la respuesta definitiva al experimento de Salomón.
Hoy, más que nunca, vivimos en una cultura que glorifica el placer. Se nos dice que “merecemos disfrutar”, que “la vida es corta”, que “hay que vivir el momento”. Las redes sociales venden una felicidad editada: sonrisas, viajes, experiencias, cuerpos perfectos. Pero detrás de ese brillo, millones de personas se sienten vacías. ¿Por qué? Porque el placer sin propósito es un espejismo: promete agua en el desierto, pero al llegar, solo hay arena.
Salomón era un hombre que lo tuvo todo: música, banquetes, jardines, compañía, arte. Pero cuando intentó llenar su alma con esas cosas, descubrió que el placer no era capaz de sostener el peso del sentido. Lo mismo ocurre hoy. Cuando el alma tiene sed de eternidad, ningún entretenimiento puede saciarla. Podemos reír, pero sin Dios la risa suena hueca; podemos celebrar, pero sin Él la alegría se apaga apenas cae la noche.
El problema no es el placer, sino su posición. Cuando el placer se convierte, en fin, se corrompe; cuando es un medio para glorificar a Dios, se transforma. Comer, descansar, amar, reír… todo puede ser santo si parte de un corazón agradecido. Pero cuando usamos el placer como escape, se convierte en anestesia espiritual: alivia por un instante, pero deja al alma más vacía.
¿Cuántas veces buscamos “distraernos” porque no queremos escuchar el silencio interior? Algunos se refugian en lujos, alcohol, drogras, otros en la comida, en las compras, en la adulación de los demás. El ser humano moderno huye del vacío con entretenimiento, igual que Salomón con sus fiestas. Pero el vacío no se llena con ruido, sino con presencia: la presencia de Dios.
Jesús vino precisamente a romper ese ciclo. Él no promete placer constante, sino gozo duradero. Y ese gozo nace en el alma reconciliada, no en las circunstancias. El gozo de Cristo no depende de tener, sino de ser: ser amado, ser perdonado, ser hijo.
Querido hermano, quizás no vivas en un palacio como Salomón, pero también puedes caer en su trampa: vivir buscando la próxima emoción, el próximo logro, la próxima distracción. La cultura te dirá: “si no eres feliz, compra algo, cambia algo, prueba algo más”. Pero la verdad es que nada nuevo bajo el sol puede llenar lo que solo el Sol de justicia puede iluminar.
Hoy, Dios te llama a mirar más allá del brillo. No para negar la alegría, sino para redimirla. Cuando el placer se convierte en fruto de una vida agradecida, deja de ser un espejismo y se vuelve un reflejo del gozo eterno. Pero si buscas en el placer lo que solo el Creador puede dar, te quedarás cansado, igual que Salomón.
El alma no fue creada para vivir entretenida, sino enamorada. Y el único amor que da descanso, sentido y alegría duradera es el amor de Cristo.
II. El cansancio del éxito
Eclesiastés 2:10-11
No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena. Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.
El sabio Salomón pasa del placer al trabajo, del disfrute al esfuerzo. Si el hedonismo no llenó su alma, quizás la productividad lo haría. Construye palacios, jardines, represas; acumula riquezas y fama, convirtiéndose en el hombre más exitoso de su tiempo. Sin embargo, al mirar todo lo logrado, confiesa que fue “vanidad y aflicción de espíritu”. Este pasaje desenmascara la ilusión de que el valor humano se mide por los resultados. El éxito, cuando se busca como fin último, se convierte en carga. El texto no condena el trabajo, sino la idolatría del logro: el intento de sustituir al Creador con la obra de nuestras propias manos.
Cristo redefine el éxito desde la cruz. Mientras el mundo lo mide en trofeos y conquistas, Jesús lo mide en obediencia y amor. El Hijo de Dios trabajó, sirvió, enseñó, sanó… pero nunca buscó reconocimiento; su alimento era hacer la voluntad del Padre. En la cruz, el “fracaso” aparente se convirtió en la mayor victoria de la historia. En Él entendemos que el valor no proviene de lo que logramos, sino de a quién pertenecemos. Jesús nos libera del agotador afán de “demostrar” y nos invita a descansar en Su gracia: “Mi yugo es fácil y ligera mi carga.”
Vivimos en una era que idolatra el rendimiento. Desde la escuela se nos enseña que valemos por lo que hacemos, no por lo que somos. El éxito se ha convertido en el nuevo dios del siglo XXI: se mide en cifras y se celebra en likes. Pero, al igual que Salomón, muchos descubren que después de llegar a la cima solo hay silencio y cansancio.
El alma humana no fue diseñada para vivir bajo la presión del “siempre más”. Más dinero, más logros, más influencia, más reconocimiento. Sin darnos cuenta, convertimos la productividad en un altar donde sacrificamos la paz, la familia y la intimidad con Dios. Trabajamos sin descanso, creyendo que la próxima meta nos dará satisfacción… y cuando la alcanzamos, sentimos el mismo vacío, solo que más profundo.
Salomón, en su sabiduría, no desprecia el trabajo; lo valora como don de Dios. Pero advierte que cuando el éxito se persigue sin una visión eterna, deja un sabor amargo. Es como subir una escalera apoyada en la pared equivocada: se asciende con esfuerzo, pero al llegar arriba se descubre que no lleva a ningún lugar.
Hoy, muchos cristianos viven ese mismo conflicto. Aman al Señor, pero se sienten esclavos de la productividad. Sirven, trabajan, ayudan, pero se olvidan de disfrutar a Dios. El activismo puede disfrazarse de espiritualidad. Podemos hacer mucho “para Él” y olvidarnos de estar “con Él”. Jesús recordó a Marta: “una sola cosa es necesaria”. El alma que no descansa en Cristo termina agotada, aunque haga cosas buenas.
El cansancio del éxito no es solo físico; es existencial. Es el peso de haber construido tanto y no hallar sentido. Es la pregunta silenciosa que muchos líderes, empresarios y creyentes se hacen en la noche: “¿De qué sirvió todo esto?”. Y es allí donde la voz de Dios se oye suave pero firme: “No te hice para producir, sino para pertenecer”.
El Evangelio libera del “debo lograr” y nos introduce en el “ya soy amado”. Cuando esa verdad penetra el corazón, el trabajo deja de ser una fuente de identidad y se convierte en una expresión de gratitud. Trabajar sigue siendo importante, pero ya no para llenar el alma, sino para glorificar a quien la llenó primero.
Si hoy sientes que lo das todo y sigues vacío, que tu esfuerzo no te satisface, que cada logro se vuelve polvo en las manos, recuerda: el éxito sin Dios agota, pero el éxito con Dios reposa. En Cristo, el cansancio se transforma en comunión, la competencia en cooperación, y la productividad en propósito.
Querido hermano, tal vez quieres subir rápido la escalera del éxito, pero ¿está apoyada en el muro correcto? Antes de seguir, detente y escucha la voz del Maestro: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” Solo en Él el alma halla sentido, descanso y verdadera satisfacción.
III. El gozo que viene de Dios
Eclesiastés 2:24-25
No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo. También he visto que esto es de la mano de Dios. Porque ¿quién comerá, y quién se cuidará, mejor que yo?
Después de experimentar la frustración del placer y del éxito, Salomón llega a una conclusión luminosa: la verdadera alegría no se encuentra en la búsqueda, sino en el don. “No hay cosa mejor para el hombre, sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo… también esto viene de la mano de Dios.” En estas palabras, la sabiduría hebrea reconoce que el gozo auténtico no nace del esfuerzo humano, sino de la gracia divina. El texto revela una teología de la dependencia: el hombre no fabrica el sentido de la vida; lo recibe. Todo lo bueno proviene del Dador.
En Cristo se cumple plenamente lo que Salomón solo vislumbró. Jesús vino a ofrecernos una alegría que no se agota, una paz que el mundo no puede imitar. En Él, el trabajo, el descanso, la comida y la amistad recuperan su verdadero valor, porque todo se hace en comunión con Dios. Cristo no solo nos enseña a vivir, sino que nos devuelve la capacidad de disfrutar lo cotidiano como regalo del Padre. En Él, lo ordinario se vuelve sagrado. El gozo cristiano no depende del entorno, sino de la presencia del Emanuel, Dios con nosotros, que llena el alma vacía de propósito.
El mundo nos enseña que la felicidad está “más allá”: en el siguiente logro, en la próxima compra, en el futuro que aún no llega. Pero la sabiduría divina enseña lo contrario: la plenitud se encuentra “aquí y ahora”, en la comunión con Dios. El gozo verdadero no se busca, se recibe. No se fabrica, se experimenta. Es un don que brota cuando el alma deja de correr tras lo efímero y descansa en la presencia del Dador de la vida.
Salomón comprendió que disfrutar lo simple —comer, trabajar, compartir— no era banal, sino espiritual. En una cultura que confunde placer con propósito, esta revelación sigue siendo revolucionaria. Dios no está en contra del disfrute, sino de su distorsión. El gozo no consiste en tener mucho, sino en reconocer de quién viene todo.
Hoy, muchos viven agotados por querer alcanzar una felicidad que ya está disponible en Cristo. La ansiedad por “ser más” o “tener más” les roba la capacidad de saborear lo que ya poseen. Comen, pero sin gratitud; trabajan, pero sin descanso interior; ríen, pero sin paz. El alma se vuelve incapaz de disfrutar porque ha perdido el sentido de la adoración.
El gozo que viene de Dios no necesita escenarios espectaculares. Puede florecer en medio del trabajo cotidiano, de una mesa sencilla, de una conversación sincera, de una oración breve. Es el gozo que se levanta con el alba y dice: “Este día también es un regalo del Señor.” Ese gozo es más profundo que la emoción: es la serenidad de quien sabe que su vida está en manos del Padre.
Para el creyente, aprender a disfrutar de Dios en lo ordinario es una forma de adoración. Cuando comes con gratitud, trabajas con diligencia, descansas con paz y compartes con amor, estás proclamando que Dios es suficiente. En un mundo que necesita estímulos cada vez más fuertes para sentirse vivo, el cristiano encuentra plenitud en lo sencillo, porque su fuente no está fuera, sino dentro: el Espíritu Santo que produce “amor, gozo y paz”.
Si hoy sientes que la alegría se ha ido, no la busques en experiencias nuevas; búscala en la comunión con Aquel que nunca cambia. Cuando oras, cuando agradeces, cuando sueltas el control, el alma se abre a la presencia de Dios y el gozo regresa. El gozo divino no ignora el dolor, pero lo redime; no elimina las pruebas, pero las ilumina.
Querido hermano, la vida no se mide por lo que acumulas, sino por lo que disfrutas en Dios. Cada respiración, cada día de trabajo, cada encuentro es un regalo del cielo. El gozo que viene de Dios no es un sentimiento pasajero: es la certeza de que, aun en medio de la rutina o la tormenta, Él está contigo. Y cuando el corazón descansa en esa verdad, todo se vuelve adoración, y la vida —por fin— cobra sentido.
VI. Conclusión
El placer promete mucho, pero cumple poco. Salomón lo buscó en todas sus formas y descubrió que, al final, todo era vacío. Esa es también la experiencia de muchos hoy: buscan alivio en distracciones, relaciones o logros, pero el alma sigue sedienta. El placer sin propósito es como beber agua salada: mientras más tomas, más te consume la sed. Dios no está en contra del gozo, pero sí nos advierte que el gozo verdadero solo nace de una relación con Él.
Cuando Cristo habita en el corazón, las cosas dejan de ser ídolos y se convierten en bendiciones. El trabajo, la risa, los momentos agradables encuentran su justo lugar bajo la mirada de Aquel que da sentido a todo. La cruz de Cristo nos recuerda que solo al morir a los deseos que nos esclavizan podemos vivir en plenitud. El vacío que el placer deja, Cristo lo llena con su amor eterno.
Por eso, el llamado de Eclesiastés 2 sigue vivo: deja de perseguir espejismos. No busques felicidad en lo que se acaba. Busca a Aquel que permanece. Porque solo en Dios el alma humana encuentra descanso, sentido y alegría que no se desvanece.





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