Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez – Pastor IBECH
5 de octubre de 2025
Las palabras que pronunciamos pueden abrir puertas o levantar muros. Una sola frase puede encender una discusión o apagarla, dar ánimo o destruir el corazón. El libro de Proverbios nos recuerda que la lengua y el corazón son el centro de nuestra vida práctica. Hoy veremos cómo una respuesta suave transforma, cómo un corazón alegre ilumina la existencia, y cómo el justo medita antes de hablar. En estos pasajes de Proverbios 15 encontraremos consejos de Dios para vivir con sabiduría, reflejando a Cristo en cada palabra y en cada actitud. Estemos atentos: este mensaje toca nuestra vida diaria.
Hace poco circuló en redes sociales un video de un colegio. Un adolescente había tenido un mal día y, en plena clase, comenzó a discutir con un compañero. La tensión creció rápidamente: gritos, amenazas y miradas desafiantes. Los demás alumnos, nerviosos, esperaban que todo terminara en golpes. Sin embargo, ocurrió algo inesperado. El profesor, en vez de levantar la voz o imponer castigo inmediato, se acercó despacio y habló con tono firme pero suave: “Entiendo tu enojo, pero aquí estás seguro, no tienes que pelear para ser escuchado”. Sus palabras fueron como agua sobre el fuego: el joven respiró profundo, bajó la mirada y la pelea se detuvo. Después, muchos comentaban que lo que más impresionó no fue la autoridad del profesor, sino su calma. Esa respuesta tranquila evitó un desastre. Un momento de mansedumbre transformó lo que pudo terminar en violencia. Lo que parecía imposible de contener, se resolvió con palabras cargadas de sabiduría y paz.
Esa escena refleja la verdad de Proverbios 15. La Biblia enseña que la lengua puede ser espada o medicina, según cómo la usemos. Lo que parece un detalle —una palabra dicha en un instante— puede definir el rumbo de un hogar, de una amistad o de una vida entera. La respuesta suave apaga el enojo, pero la palabra áspera lo enciende como pólvora. Dios nos llama a comprender que el dominio de la lengua no depende solo de disciplina humana, sino de un corazón moldeado por Él. Ahora veremos cómo este pasaje nos guía en ese camino.
I. El poder de las palabras
Proverbios 15:1-4
La blanda respuesta quita la ira; Mas la palabra áspera hace subir el furor. La lengua de los sabios adornará la sabiduría; Mas la boca de los necios hablará sandeces. Los ojos de Jehová están en todo lugar, Mirando a los malos y a los buenos. La lengua apacible es árbol de vida; Mas la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu.
El pasaje de Proverbios 15:1-4 nos coloca frente a una de las realidades más profundas de la vida: la lengua es capaz de edificar o destruir. El texto presenta contrastes claros: respuesta suave frente a palabra áspera, lengua de sabios frente a lengua perversa, uso prudente de las palabras frente a insensatez. La Escritura no habla aquí de simples normas de educación, sino de un principio espiritual. Las palabras no son neutras, poseen peso y dirección. Cada respuesta, cada frase pronunciada, lleva consigo la capacidad de guiar una situación hacia la paz o hacia el conflicto, hacia la vida o hacia la ruina. Por eso, la sabiduría bíblica insiste en que la lengua revela el estado del corazón, y que Dios toma en cuenta no solo lo que hacemos, sino también lo que decimos.
En Cristo vemos la plenitud de este principio. Él mismo declaró que sus palabras eran espíritu y vida. Jesús nunca habló con ligereza ni respondió desde el orgullo humano, sino desde la mansedumbre y la autoridad divina. En sus labios, la palabra correcta llegó en el momento preciso: consoló al triste, corrigió al equivocado, desenmascaró al hipócrita y ofreció perdón al pecador. Su silencio frente a la burla, y sus palabras de perdón en la cruz, son la máxima demostración de que la lengua usada con sabiduría refleja el corazón lleno del amor del Padre. Así, en Cristo descubrimos que el control de nuestras palabras no es simplemente una habilidad social, sino una expresión del carácter transformado por la gracia de Dios en nosotros.
Ahora bien, en la vida diaria, este texto nos llama a considerar seriamente cómo usamos las palabras. Los adultos en la congregación enfrentan tensiones en el hogar: discusiones entre esposos, desacuerdos con hijos, diálogos difíciles en la familia. Una palabra suave, dicha con calma y respeto, puede desarmar la ira y abrir el camino a la reconciliación. Pero cuando se responde con enojo, por más justa que parezca la causa, se enciende una cadena de resentimiento. Es aquí donde el sabio demuestra su madurez: no necesita ganar siempre la discusión, sino conservar la paz. Los jóvenes, por su parte, deben reconocer que las palabras que escriben en redes sociales o dicen entre amigos no son inofensivas. Una burla, un chisme o una ofensa lanzada sin pensar puede marcar la vida de otro, como una herida que tarda en sanar. En cambio, cuando deciden hablar con respeto, aún en medio de la presión de grupo, se convierten en testimonios vivos de la sabiduría de Dios.
En la iglesia también debemos aplicar este consejo. Muchas veces los conflictos entre hermanos no surgen de grandes problemas doctrinales, sino de palabras mal dichas, comentarios hechos sin cuidado, tonos ásperos en conversaciones sencillas. Una congregación que cuida su manera de hablar se convierte en un espacio de refugio y de ánimo mutuo. Aquí la exhortación es clara: que cada uno mida sus palabras antes de pronunciarlas, que piense si su respuesta edificará o dañará, si levantará al hermano o lo hará tropezar. El silencio, en ocasiones, es mejor que una palabra apresurada. Pero mucho más lo es la palabra suave que siembra paz.
En la vida contemporánea, donde todo parece inmediato y las reacciones suelen ser impulsivas, el reto es aún mayor. Vivimos en un tiempo donde la agresión verbal se normaliza: en la política, en los medios, en las calles, incluso en la familia. Por eso, el llamado de Proverbios es urgente: seamos distintos, seamos luz también en nuestro hablar. No basta con evitar insultos, se trata de hablar con intención de edificar, de buscar la paz, de reflejar a Cristo en nuestras respuestas. Preguntémonos siempre: ¿mis palabras están dando vida o están apagando el espíritu del otro? ¿Estoy siendo sabio o necio con lo que digo? Si realmente deseamos honrar a Dios, debemos comenzar por rendirle también nuestra lengua, para que de nuestra boca broten palabras de gracia, verdad y bendición.
II. El corazón que da vida o tristeza
Proverbios 15:13-15
El corazón alegre hermosea el rostro; Mas por el dolor del corazón el espíritu se abate. El corazón entendido busca la sabiduría; Mas la boca de los necios se alimenta de necedades. Todos los días del afligido son difíciles; Mas el de corazón contento tiene un banquete continuo.
El pasaje de Proverbios 15:13-15 nos recuerda que el corazón es el centro de la vida interior y determina cómo enfrentamos el mundo exterior. El sabio enseña que un corazón alegre ilumina el rostro, pero un espíritu herido seca los huesos. También declara que el justo disfruta de un banquete continuo, aun en medio de circunstancias adversas, mientras que el afligido ve todo con pesadumbre. Teológicamente, esto revela que la vida no depende únicamente de factores externos, sino de la disposición interna que da sentido a todo lo que vivimos. Un corazón sano, enraizado en Dios, convierte la existencia en fuente de gozo, mientras que un corazón quebrantado, dominado por la amargura, hace pesada cada jornada.
En Cristo comprendemos mejor esta verdad. Él habló de un gozo que no depende del mundo ni de las circunstancias. Su promesa fue dar una paz y una alegría que trascienden lo humano, porque brotan de la relación con el Padre. Jesús mismo lloró, se entristeció y padeció angustia, pero nunca perdió la comunión que le daba fortaleza interior. Su vida nos enseña que la verdadera plenitud no consiste en escapar del dolor, sino en vivir cada situación con un corazón sostenido por la gracia de Dios. En Él, los creyentes hallamos un gozo que no puede ser robado por la tristeza ni opacado por las pruebas.
Aplicado a la vida diaria, este pasaje nos reta a cultivar un corazón que refleje gozo aun en medio de la dificultad. Los adultos mayores de la congregación saben que la vida trae dolores: enfermedades, ausencias, limitaciones. Sin embargo, cuando deciden confiar en Dios, hallan razones para agradecer cada día y experimentar contentamiento. Esa actitud de gozo contagia esperanza a los más jóvenes. En el caso de los adultos que enfrentan presiones laborales y familiares, el desafío es no permitir que la rutina, el estrés o los problemas económicos apaguen el espíritu. Pueden elegir mirar lo que tienen en Cristo antes que lo que les falta en el mundo. Ese enfoque transforma incluso los días pesados en oportunidades para bendecir y servir con gratitud.
Para los jóvenes, este proverbio enseña que la verdadera alegría no está en la diversión pasajera ni en la aceptación de los demás, sino en cultivar un corazón firme en Dios. Una sonrisa auténtica no proviene de las modas ni de los logros inmediatos, sino de la seguridad de saberse amado por el Señor. Cuando un joven llena su interior con amargura, crítica o inconformidad, incluso los buenos momentos se vuelven vacíos. Pero cuando decide confiar en Dios y mantener un espíritu agradecido, halla gozo aun en lo sencillo: en la amistad sincera, en la comunión de la iglesia, en el servicio al prójimo.
Como congregación, este pasaje nos invita a examinar nuestro interior. ¿Qué refleja nuestro semblante? ¿Mostramos el brillo de un corazón alegre o la pesadez de un espíritu herido? No se trata de negar las dificultades, sino de enfrentar la vida con la convicción de que Dios está con nosotros. Un corazón alegre no es ingenuo, es un corazón fortalecido en la fe. Cada uno debe preguntarse: ¿estoy alimentando la alegría en Cristo o estoy permitiendo que la amargura domine mi vida? El consejo de Proverbios es claro: cultivemos un corazón que, aun en el dolor, encuentre gozo en Dios, porque de allí brota la verdadera fortaleza para vivir.
III. La meditación y escucha del justo
Proverbios 15:28-31
El corazón del justo piensa para responder; Mas la boca de los impíos derrama malas cosas. Jehová está lejos de los impíos; Pero él oye la oración de los justos. La luz de los ojos alegra el corazón, Y la buena nueva conforta los huesos. El oído que escucha las amonestaciones de la vida, Entre los sabios morará.
El pasaje de Proverbios 15:28-31 presenta una enseñanza clave sobre la prudencia y la disposición del corazón del justo. El sabio medita antes de responder, es decir, no habla apresuradamente ni con ligereza. Este contraste con el impío, que derrama malas palabras sin filtro, muestra que la sabiduría se refleja en el dominio del habla. Asimismo, se destaca la importancia de escuchar la reprensión y valorar la corrección: quien acepta la enseñanza gana entendimiento, y quien escucha consejo permanece en el camino de vida. Teológicamente, estos versículos subrayan que la justicia no se mide solo por las obras visibles, sino también por la manera en que hablamos y escuchamos. La boca y el oído revelan el estado espiritual del corazón.
En Cristo hallamos la máxima expresión de esta verdad. Él escuchaba al Padre en oración antes de hablar o actuar, y enseñaba a sus discípulos a oír y obedecer la voz de Dios. Nunca habló palabras vacías; lo que decía estaba lleno de verdad y gracia. Su ejemplo nos enseña que el justo no responde desde la emoción inmediata, sino desde la comunión con Dios. Además, Jesús recibió con humildad las voces que lo buscaban, aun cuando eran de personas despreciadas por la sociedad. En Él aprendemos que meditar antes de hablar y abrir el oído a la corrección no son señales de debilidad, sino de verdadera fortaleza espiritual.
En la vida práctica, esta enseñanza es urgente. Para los adultos, la tentación de responder con dureza en medio de los conflictos familiares o laborales es constante. Una respuesta sin reflexión puede dejar heridas que tardan años en sanar. Por eso, el sabio aprende a detenerse, pensar y orar antes de hablar. Esa pausa, aunque breve, marca la diferencia entre edificar y destruir. Para los jóvenes, que viven en un mundo de inmediatez donde todo se comparte y se responde al instante, el llamado es aún más claro: no dejen que la impulsividad gobierne sus palabras, ya sea en una conversación o en un mensaje en redes sociales. Antes de publicar, antes de contestar, antes de reaccionar, pregunten: ¿esto edifica o destruye?
Otra aplicación es aprender a valorar la corrección. Muchos consideran una ofensa cuando alguien señala sus errores, pero la Escritura dice que escuchar la reprensión es camino de vida. En la iglesia, cuando un hermano mayor o un líder nos aconseja, no es para humillarnos, sino para ayudarnos a crecer. El necio rechaza y se enoja; el sabio escucha y aprende. Los adultos mayores pueden dar testimonio de cómo aceptar la corrección a tiempo evitó errores mayores. Los jóvenes, por su parte, deben comprender que aceptar consejo no los hace menos, sino más fuertes.
Finalmente, este pasaje nos exhorta a cuidar no solo lo que decimos, sino también lo que escuchamos. Una comunidad cristiana sana es aquella donde se valora el consejo piadoso, donde los hermanos saben exhortar con amor y escuchar con humildad. Allí la reprensión se convierte en medicina, y la palabra meditada se vuelve fuente de vida. Cada uno debe preguntarse: ¿estoy hablando con sabiduría o con impulsividad? ¿Estoy escuchando la voz de Dios y la corrección de los demás, o me cierro en mi orgullo? El justo encuentra bendición en pensar antes de hablar y en abrir su oído al consejo. Esa es la senda de vida que Dios nos llama a recorrer.
En la vida de la iglesia, la lengua puede ser un árbol de vida o un fuego destructor. Chismes, murmuraciones y críticas innecesarias dividen; pero palabras de ánimo, oración sincera y consejos sabios fortalecen la unidad. Es vital que cada creyente sea consciente de que cada frase pronunciada es una semilla: puede dar fruto de paz y gozo, o de amargura y división.
Solo el Espíritu Santo puede transformar nuestra manera de hablar. Cuando permitimos que Él gobierne nuestra lengua, nuestras palabras se convierten en un verdadero árbol de vida que glorifica a Dios y bendice a quienes nos rodean.
IV. Conclusión
En este capítulo hemos visto tres grandes enseñanzas: el poder de las palabras (vv.1-4), la alegría que renueva la vida (vv.13-15), y la prudencia del justo al hablar (vv.28-29). Todas nos recuerdan que la boca y el corazón están íntimamente ligados. La lengua puede ser medicina o veneno, el ánimo del corazón ilumina o entristece la vida, y la prudencia del justo asegura que sus palabras sean fuente de bendición. Esta prédica nos llama a una revisión honesta: ¿cómo hablamos?, ¿qué cultivamos en nuestro interior y de qué manera nuestra vida refleja la sabiduría de Dios en lo cotidiano?
El dominio de la lengua se aprende en lo secreto, no solo en lo público. Una persona que en casa practica palabras amables con su familia, en el trato diario, tendrá mayor facilidad de hacerlo fuera. La coherencia empieza en lo íntimo, y desde ahí se expande a cada conversación.
Para cuidar el corazón, necesitamos cultivar pensamientos que eleven, no que hundan. Un corazón cargado de quejas, rencores o comparaciones tóxicas siempre desbordará en palabras destructivas. Pero un corazón que alimenta la gratitud, la esperanza y la confianza transmitirá paz en su manera de hablar. La calidad de nuestro lenguaje revela lo que atesoramos dentro.
La disciplina también es clave. Decidir conscientemente no responder de inmediato cuando alguien nos hiere, sino darnos un instante de silencio, es un paso poderoso. Esa pausa evita que la ira marque el tono de nuestras palabras. No es debilidad, es sabiduría. A veces, el mayor acto de fortaleza es callar a tiempo.
Escuchar con paciencia forma parte de este proceso. Muchos conflictos se agravan porque las personas hablan sin realmente escuchar. Cuando prestamos atención, comprendemos mejor, y entonces nuestras respuestas son más justas, amables y equilibradas. La lengua se educa, en gran parte, aprendiendo a callar y a atender.
Cuidar las palabras implica también revisar los ambientes que frecuentamos. Si nos rodeamos de conversaciones hirientes, burlonas o negativas, terminaremos adoptando el mismo tono. En cambio, buscar entornos de respeto, donde se practique el ánimo mutuo, fortalece nuestra propia manera de expresarnos. La compañía que elegimos modela la calidad de lo que decimos.
Finalmente, el control de la lengua exige humildad. No siempre hablaremos bien, habrá momentos en que erremos. Pero reconocerlo, pedir perdón y enmendar, nos ayuda a crecer. El sabio no es quien nunca falla, sino quien aprende de sus errores y se deja moldear. Así se construye una vida de palabras rectas que traen luz y no oscuridad.
Proverbios 15 nos invita a abrazar la sabiduría práctica en tres dimensiones: hablar con mansedumbre, mantener un corazón alegre y responder con prudencia. No son consejos aislados, sino un camino de vida recta que transforma relaciones, familias y comunidades. Cada palabra dicha es una semilla: ¿será de paz o de conflicto, de esperanza o de desaliento? La decisión está en nuestras manos. Hoy somos llamados a ser personas cuya lengua edifique, cuyo corazón irradie gozo y cuya prudencia refleje el carácter de Dios. Así, nuestra vida entera será un testimonio vivo de sabiduría en acción.






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