Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez

31 de agosto de 2025.

Vivimos en una época de estructuras frágiles y apetitos vacíos. Proverbios 9:1-6 nos revela a la Sabiduría como arquitecta, anfitriona y guía. Ella edifica una casa con siete columnas: firmeza, plenitud, estabilidad. Prepara un banquete: pan, vino, mesa servida. Y desde lo alto de la ciudad llama a los sencillos: “Vengan”. Este pasaje nos recuerda que Dios no solo informa; Dios hospeda, nutre y orienta. Hoy, ante tantas voces, la Sabiduría de Dios nos invita a entrar, sentarnos y escuchar. El desafío es dejar la insensatez a la puerta, para comenzar a vivir y caminar en su camino seguro.

Un famoso arquitecto fue invitado a diseñar un edificio en una ciudad costera. Tenía dos opciones: construir sobre la arena, lo cual era más rápido y barato, o excavar hasta encontrar roca firme y colocar cimientos profundos. Los inversionistas presionaban para ahorrar tiempo y dinero, así que eligió lo primero. El edificio se levantó rápido, con acabados modernos y atrajo a muchos visitantes. Pero al cabo de un par de años, una tormenta azotó la ciudad. Los vientos fuertes y la lluvia intensa hicieron que la estructura se tambaleara. Primero aparecieron grietas, luego se desprendieron paredes, hasta que finalmente se desplomó. La pérdida fue total.

Mientras tanto, a unas calles de distancia, otro arquitecto había edificado un edificio más pequeño, pero con cimientos profundos en la roca. Tardó más tiempo y costó más dinero, pero cuando llegó la misma tormenta, ese edificio resistió. La gente se refugió en él y estuvo segura. Después de la tormenta, solo una construcción seguía en pie: la que se levantó sobre fundamentos sólidos.

La vida se parece mucho a esos edificios. Podemos construir sobre columnas frágiles —la necedad, el orgullo, la autosuficiencia— o sobre las columnas firmes de la sabiduría de Dios. Proverbios 9 nos muestra que la sabiduría edifica con siete columnas, un fundamento completo y estable. Así como el segundo edificio resistió la tormenta, quien habita en la casa de la sabiduría permanece en pie ante las pruebas. El pasaje que vamos a estudiar hoy nos invita a entrar en esa casa firme, a participar de su banquete y a caminar en el camino seguro que solo Dios puede ofrecer.

I. La casa sólida de la sabiduría

Proverbios 9:1-2

La sabiduría edificó su casa, Labró sus siete columnas. Mató sus víctimas, mezcló su vino, Y puso su mesa.

La imagen con la que comienza el pasaje es imponente: la sabiduría ha edificado su casa y ha labrado sus siete columnas. No es una tienda pasajera ni un refugio improvisado, sino una construcción pensada, sólida, estable. En el mundo antiguo, las columnas eran símbolo de firmeza y belleza, sostén y ornamento al mismo tiempo. Una casa con siete columnas habla de plenitud y de equilibrio, un lugar en el que cada detalle tiene propósito. La sabiduría no se limita a dar consejos dispersos, sino que edifica una morada capaz de resistir el paso del tiempo.

En contraste, la necedad suele levantar chozas endebles, construcciones que se derrumban al menor viento. Como en la arquitectura, donde no es lo mismo alzar una choza de barro que un templo de piedra tallada, así también ocurre en la vida: lo que se edifica sobre sabiduría perdura, mientras lo que se levanta sobre insensatez se desmorona. La escena no termina con la construcción. La sabiduría prepara un banquete: mata sus víctimas, mezcla su vino, pone su mesa. No se trata de una casa vacía, fría y deshabitada, sino de un hogar lleno de abundancia. La imagen combina estabilidad y hospitalidad. La sabiduría no solo protege bajo su techo, sino que también nutre. Así como una mesa bien servida transmite cuidado y generosidad, la sabiduría de Dios muestra aquí su carácter de provisión. Una vida fundada en ella no es árida, sino plena, porque ofrece alimento y sostén.

Esta visión encuentra su cumplimiento en Cristo. Él mismo se presenta como la sabiduría encarnada, como la Palabra hecha carne que habita entre los hombres. La casa edificada por la sabiduría encuentra su paralelo en la vida que Cristo vino a ofrecer: firme, plena y abundante. Si la sabiduría prepara un banquete de pan y vino, Cristo ofrece su cuerpo y su sangre como el alimento verdadero. La hospitalidad de la sabiduría que llama a los sencillos anticipa el corazón de Jesús, que abre la mesa a publicanos y pecadores. La solidez de las siete columnas se refleja en la obra perfecta de Cristo, quien no deja nada incompleto ni frágil.

En Jesús encontramos la plenitud de la estabilidad que los hombres anhelan y la abundancia de alimento que sacia de verdad. Así como la sabiduría invita a entrar en la casa y sentarse a la mesa, Cristo invita a venir a Él y hallar descanso, a beber del agua viva, a comer del pan de vida. Lo que en Proverbios es una figura poética, en Cristo se vuelve realidad concreta. Él es la verdadera morada, el verdadero banquete, la verdadera sabiduría de Dios que se ofrece generosamente a los que reconocen su necesidad.

Ahora bien, ¿qué significa esto en la práctica para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, con nuestras prisas, miedos y búsquedas? Significa, en primer lugar, que necesitamos dejar de vivir en casas frágiles. Muchas veces construimos nuestra seguridad sobre columnas que parecen firmes, pero que en verdad son arena. Para algunos, esas columnas son el éxito profesional; para otros, el dinero o las posesiones; para otros más, la popularidad o el reconocimiento. Pero todas estas cosas son endebles. Basta una crisis económica, un problema de salud, una pérdida inesperada, y de pronto todo se tambalea.

La sabiduría nos recuerda que la vida debe estar cimentada en lo que permanece. Una familia puede tener comodidades materiales, pero si no se edifica sobre sabiduría, cualquier discusión puede desgarrarla. Un joven puede perseguir títulos y diplomas, pero si no aprende a escuchar la voz de Dios, su vida no tendrá dirección.

La hospitalidad de la sabiduría también nos habla a nosotros. Hoy abundan las mesas rápidas, los alimentos instantáneos, las comidas solitarias frente a una pantalla. El banquete de la sabiduría, en cambio, es un lugar de encuentro. Para el cristiano de hoy, aceptar esa invitación implica apartar tiempo para alimentarse de la Palabra, para compartir la vida con otros creyentes, para dejar que la comunidad sea también casa firme. La vida cristiana no es un camino de individualismo, sino de familia y mesa compartida.

Además, la sabiduría no solo nos invita a entrar, sino a reproducir ese modelo. Cada hogar cristiano puede convertirse en una casa con columnas firmes, donde los hijos encuentren seguridad y alimento, donde los amigos hallen hospitalidad, donde los cansados reciban descanso. Una iglesia también puede ser ese espacio de estabilidad en un mundo inestable, una casa donde la sabiduría de Dios sostiene y el banquete de su gracia se reparte.

El siglo XXI está lleno de promesas rápidas, atajos tentadores, ofertas de éxito instantáneo. Pero la sabiduría nos llama a edificar con paciencia y verdad. La tormenta tarde o temprano llega: puede ser una enfermedad, una crisis familiar, una prueba inesperada. Entonces se revela qué tan firmes son nuestras columnas. Si hemos construido sobre la sabiduría de Dios, permaneceremos en pie. Si hemos confiado en estructuras débiles, se vendrán abajo. La buena noticia es que la sabiduría de Dios sigue edificando y sigue invitando. La casa está abierta, la mesa está servida, el vino está mezclado. Hoy mismo podemos decidir dónde queremos morar y de qué mesa queremos alimentarnos.

II. La invitación abierta de la sabiduría

Proverbios 9:3-5

Envió sus criadas; Sobre lo más alto de la ciudad clamó. Dice a cualquier simple: Ven acá. A los faltos de cordura dice: Venid, comed mi pan, Y bebed del vino que yo he mezclado.

La escena cambia del interior de la casa al espacio público. La sabiduría, tras edificar y preparar la mesa, envía a sus criadas para proclamar desde lo alto de la ciudad. Esto muestra que su mensaje no se oculta, sino que se anuncia con claridad y urgencia.

La sabiduría no espera pasivamente a que alguien tropiece con ella, sino que toma la iniciativa y busca a los sencillos, a los faltos de entendimiento, a quienes todavía no han encontrado rumbo. Es un llamado inclusivo y abierto, un anuncio que no discrimina y que se dirige a todos por igual, porque la sabiduría se ofrece como una oportunidad para vivir con dirección y plenitud.

En este anuncio podemos ver reflejada la misión de Cristo. Él no vino a un grupo selecto de sabios ni buscó a los que ya se consideraban completos. Su voz resonó en aldeas, en ciudades, en calles y plazas, llamando a los cansados y agobiados, a los que eran considerados insignificantes. Así como la sabiduría extiende pan y vino, Cristo ofrece alimento que sacia de verdad. Así como la sabiduría llama a los simples a dejar su vacío, Cristo invita a transformar la debilidad en fortaleza.

En Cristo, la voz de la sabiduría no es solo un grito desde lo alto, sino una presencia cercana que toca corazones. Su vida misma es la encarnación de esa proclamación: un banquete abierto donde los que tenían hambre y sed de justicia hallaron saciedad. La proclamación de la sabiduría encuentra su plenitud en la invitación de Cristo a acercarse a Él y ser transformados.

En nuestra vida cotidiana, esta proclamación nos enseña varias lecciones prácticas.

Primero, nos recuerda que la sabiduría no es pasiva, y nosotros tampoco debemos serlo. Si hemos encontrado dirección en Dios, estamos llamados a ser como esas criadas que salen a invitar. No basta con vivir en silencio; debemos compartir con valentía lo que hemos recibido. En un mundo saturado de voces y mensajes, nuestra voz debe alzarse clara, ofreciendo no ruido, sino una alternativa de vida verdadera.

Segundo, nos muestra que nadie está demasiado lejos de ser alcanzado. La sabiduría no llama solo a los cultos, a los preparados, a los que parecen tener todo bajo control. Llama a los que son simples, a los que carecen de rumbo. Esto nos invita a no menospreciar a nadie, a recordar que la gracia puede tocar al más débil y levantarlo.

Tercero, nos reta a responder al llamado con humildad. Con frecuencia nos creemos autosuficientes, pensamos que podemos resolver todo con nuestras fuerzas, pero aceptar la invitación implica reconocer nuestra necesidad. Es dar un paso de fe y sentarse a la mesa con la disposición de recibir.

Cuarto, este pasaje nos invita a valorar la mesa compartida. En un tiempo donde la soledad se ha normalizado, donde cada uno vive en su burbuja digital, el banquete de la sabiduría nos recuerda que la vida plena ocurre en comunidad. Responder al llamado no es solo aceptar alimento para uno mismo, sino participar en un espacio donde otros también son invitados. Esa imagen de la sabiduría que grita en lo alto se convierte en un desafío para nosotros: ¿seguiremos caminando distraídos en medio de tantas voces, o escucharemos la que de verdad nos conduce a la vida?

III. El camino de la vida verdadera

Proverbios 9:6

Dejad las simplezas, y vivid, Y andad por el camino de la inteligencia.

El llamado de la sabiduría alcanza su punto culminante: “Dejad las simplezas, y vivid, y andad por el camino de la inteligencia”. Aquí ya no se describe la casa ni el banquete, sino la decisión que transforma la vida. No basta con escuchar la voz ni acercarse a la mesa; se requiere un cambio de dirección. El verbo dejar implica renuncia, soltar lo viejo, abandonar la insensatez. La promesa es clara: vivir. No solo existir, sino experimentar una vida plena. El camino de la inteligencia no es un sendero oculto, sino una ruta abierta para quien decide caminar en ella.

Ese llamado encuentra su plenitud en la voz de Cristo, que también convoca a un cambio radical. No se trata de añadir un poco de sabiduría a una vida necia, sino de morir a lo viejo y nacer a lo nuevo. Cristo invita a dejar atrás la autosuficiencia, el orgullo y el pecado, para recibir en Él una vida verdadera. Así como la sabiduría anuncia un camino de inteligencia, Cristo se presenta como el camino mismo.

Jesús no solo enseña dónde andar, sino que se convierte en la senda segura. En Él, la vida no es mera supervivencia ni simple bienestar, sino plenitud abundante. Seguir su llamado implica dejar la necedad que promete placer inmediato y elegir la sabiduría que ofrece gozo eterno. La voz de la sabiduría que clama en lo alto de la ciudad se encarna en Cristo, que sigue llamando a dejar lo vano y abrazar lo eterno.

Para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, esta exhortación se traduce en decisiones prácticas. Dejar las simplezas significa reconocer los hábitos, pensamientos y actitudes que nos mantienen atrapados en una vida superficial. Puede ser la búsqueda constante de aprobación en redes sociales, el consumo excesivo de entretenimiento vacío, o la dependencia de bienes materiales como fuente de identidad. Andar por el camino de la sabiduría implica elegir lo que edifica sobre lo que desgasta. Significa dedicar tiempo al estudio profundo, al servicio a otros, a la oración que fortalece, en lugar de gastar horas en distracciones sin fruto. También significa enfrentar con valentía las presiones de un mundo que aplaude lo inmediato, lo superficial y lo ruidoso. La sabiduría nos llama a la paciencia, a la constancia, a la verdad, aunque no siempre sean celebradas.

En la vida familiar, este llamado se traduce en relaciones sanas, donde se deja la necedad de la ira descontrolada y se abraza la sabiduría del diálogo y la comprensión. En el trabajo, se deja la insensatez de la competencia desleal y se abraza la integridad.

En la vida personal, se deja la pereza y la falta de dirección, y se abraza la disciplina que construye carácter. Vivir en el camino de la sabiduría no significa ausencia de problemas, sino capacidad de atravesarlos con firmeza. Es caminar sabiendo que la senda es segura porque está sostenida por la verdad de Dios.

Hoy más que nunca, con tantas voces que ofrecen atajos, el llamado sigue vigente: dejar lo vano, vivir de verdad y andar con propósito. La sabiduría no promete lo fácil, promete lo sólido. El reto está frente a nosotros: decidir si seguiremos en la necedad o si abrazaremos el camino de la inteligencia que conduce a la vida abundante.

IV. Conclusión

La sabiduría que edifica, que invita y que abre un camino no es una idea abstracta, es una realidad para el día a día del creyente. Su aplicación toca cada rincón de nuestra vida.

En el hogar, dejar la simpleza significa cultivar paciencia y respeto en la convivencia familiar. No se trata de vivir bajo un mismo techo como extraños, sino de transformar la casa en un espacio de comprensión y apoyo mutuo. La sabiduría se refleja en palabras de ánimo, en la capacidad de escuchar y en la disposición de perdonar con generosidad. Una familia fundada sobre la sabiduría se convierte en refugio y ejemplo en medio de un mundo desgastado por discusiones y rupturas.

En los estudios, la sabiduría nos enseña a valorar el esfuerzo y la constancia por encima de la improvisación. El estudiante que camina por el camino de la sabiduría entiende que aprender no es solo acumular información para un examen, sino formar carácter, desarrollar disciplina y buscar la verdad. Dejar la simpleza en este ámbito significa renunciar a atajos fáciles como la copia, y abrazar la excelencia como fruto del trabajo honesto.

En el trabajo, la sabiduría se manifiesta en integridad. No se mide solo por resultados externos, sino por la manera en que se alcanzan. El trabajador sabio no se deja arrastrar por la corrupción ni por la competencia desleal, sino que se esfuerza por dar lo mejor, confiando en que la bendición de Dios sostiene más que cualquier ventaja injusta. Allí donde otros ven una oportunidad para engañar, la sabiduría ve una oportunidad para honrar.

En las relaciones personales, dejar la simpleza significa evitar superficialidades y falsas apariencias. El sabio busca amistades que edifiquen y cultiva la lealtad, en lugar de relaciones pasajeras que solo buscan conveniencia. La sabiduría también guía al creyente a elegir bien con quién caminar, sabiendo que los compañeros de camino influyen en la dirección de la vida.

Incluso en las redes sociales, la sabiduría nos llama a discernir. Hoy abundan las voces que gritan desde lo alto de la “plaza digital”. Allí también es fácil caer en simplezas: discusiones sin sentido, comparaciones que generan envidia, distracciones interminables. El creyente sabio elige construir con sus publicaciones, alentar con sus comentarios y usar estas herramientas como medio para reflejar la luz de Dios, no como un lugar de insensatez que roba tiempo y paz.

Vivir la sabiduría, entonces, es una decisión diaria. Es dejar que cada palabra, cada acción y cada elección reflejen que hemos aceptado la invitación al banquete de Dios y que caminamos en el sendero de la inteligencia.

El llamado de la sabiduría sigue resonando en un mundo saturado de ruido. La casa está construida, el banquete está servido, el camino está abierto. Solo falta nuestra decisión. Podemos seguir viviendo en casas frágiles, alimentándonos de migajas y caminando por senderos vacíos; o podemos entrar en la casa de la sabiduría, saciarnos en su mesa y andar en su camino de vida. La elección es personal, inaplazable y trascendente. Recuerda esta frase: “Quien edifica sobre la sabiduría de Dios nunca será derribado; quien la rechaza, ya vive en ruinas invisibles.”

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