Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez

27 de julio de 2025

El mundo en el cual vivimos, esta sociedad postmoderna al final del primer cuarto del siglo XXI, nos hallamos en un entorno saturado de voces: noticias, opiniones, redes, filosofías. En medio del ruido, la sabiduría de Dios también habla… pero ¿la estamos escuchando? Proverbios 1 nos presenta a la sabiduría como alguien que clama en las calles, rogando ser atendida. No se impone, pero advierte. No grita por vanidad, sino por amor. El resultado de ignorarla es destrucción, pero para quien la escucha, hay promesa: seguridad, tranquilidad y libertad del temor. Hoy reflexionaremos sobre este llamado urgente, las consecuencias de no oirlas, y la recompensa eterna de prestar oído a la voz de Dios.

Un barco avanzaba en medio de una tormenta feroz. Las olas golpeaban con violencia, y la tripulación luchaba por mantenerse en curso. De pronto, en medio de la oscuridad, un faro apareció en la distancia, emitiendo su luz constante. Era la señal que advertía de los peligrosos arrecifes. El capitán, confiado en su experiencia y molesto por la interferencia, decidió ignorarlo. “Esa luz no me va a decir cómo navegar”, murmuró. Minutos después, el casco del barco chocó contra las rocas ocultas. La nave se hundió lentamente, no por falta de advertencia, sino por orgullo y terquedad.

Dios, como ese faro, alumbra nuestras decisiones con su sabiduría. No grita para imponer, sino que brilla con constancia, esperando que escuchemos. Pero muchas veces, como el capitán, confiamos más en nuestro criterio que en la voz divina. Ignorar la sabiduría de Dios no es falta de información, sino rebeldía. Y como aquel barco, quien desprecia su guía inevitablemente se estrella contra las consecuencias.

Así como el faro fue despreciado, muchos hoy ignoran la voz de Dios que nos advierte, corrige y guía. En el mensaje de hoy veremos cómo Dios clama públicamente, qué ocurre cuando se le cierra el oído, y qué fruto maravilloso recibe quien le escucha. Proverbios 1 no es una amenaza sin sentido, sino una invitación amorosa a vivir bajo la sabiduría de Dios. Escucharle es el camino seguro hacia una vida estable, confiada y libre del temor. Abramos en este día el corazón a su voz.

I. La sabiduría no susurra: clama en las calles

Proverbios 1:20-23

La sabiduría clama en las calles, Alza su voz en las plazas; Clama en los principales lugares de reunión; En las entradas de las puertas de la ciudad dice sus razones. ¿Hasta cuándo, oh simples, amaréis la simpleza, Y los burladores desearán el burlar, Y los insensatos aborrecerán la ciencia?

Volveos a mi reprensión; He aquí yo derramaré mi espíritu sobre vosotros, Y os haré saber mis palabras.

El pasaje nos presenta una escena conmovedora: la sabiduría, personificada como una persona, no se esconde en lo secreto ni habla en voz baja. Ella clama con fuerza en las calles, en las plazas, en las esquinas transitadas, a la entrada de las puertas de la ciudad. En otras palabras, la sabiduría de Dios se manifiesta públicamente, abiertamente, en lugares donde todos pueden oírla. No es exclusiva para sabios o estudiosos, sino que se ofrece generosamente a todos.

Este llamado está dirigido especialmente a tres grupos: a los simples, que aún no se han afirmado en el camino; a los burladores, que se ríen de lo santo; y a los necios, que rechazan el conocimiento. En el fondo, es una súplica de Dios al corazón humano: “¿Hasta cuándo?”. Él no desea la perdición del hombre, sino que se arrepienta y viva.

Desde una perspectiva cristocéntrica, Jesús es la encarnación perfecta de esa sabiduría que clama. Pablo, en su primera carta a los corintios, declara que “Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios”. Jesús no enseñó en secreto, sino en las sinagogas, en los montes, en las calles, entre la gente. Su mensaje fue claro: “El que tenga oídos para oír, oiga”. Y aún hoy, por medio de su Palabra y su Espíritu, Cristo sigue llamando.

Sin embargo, vivimos tiempos donde el ruido del mundo intenta ahogar esa voz. Opiniones, ideologías, entretenimiento constante, redes sociales: muchas voces compiten por nuestra atención. Pero la sabiduría de Dios sigue hablando a través de la Escritura, la predicación fiel, la conciencia, y las circunstancias. El problema no es que Dios no hable; el problema es que no queremos escuchar.

Como creyentes, debemos preguntarnos: ¿en qué momentos y lugares Dios me ha estado hablando, y he ignorado su voz? ¿En una exhortación? ¿En un sermón que incomodó? ¿En una corrección amorosa? ¿En la convicción interna del Espíritu Santo? Proverbios 1 nos confronta con una verdad solemne: el tiempo para responder es ahora. “Volveos a mi reprensión; he aquí yo derramaré mi espíritu sobre vosotros, y os haré saber mis palabras” (v. 23). Dios no solo advierte: promete derramar su Espíritu a quienes escuchan.

Aquí hay esperanza: escuchar a Dios trae revelación, dirección y vida. No estamos solos para entender su voluntad; Él mismo se ofrece a guiarnos. Pero esto requiere humildad, arrepentimiento y disposición a cambiar.

La sabiduría clama. Cristo llama. ¿Responderás? Hoy es el día para volver el oído a su voz. No hay neutralidad: ignorar su voz es despreciar la vida. Pero atenderla es abrirse a una transformación profunda, segura y eterna. Dios sigue hablando. Su sabiduría está en las calles. Lo único que falta… es que decidas escuchar.

No basta con admirar la sabiduría de Dios: hay que obedecerla. Muchos escuchan, pero pocos se convierten. Santiago nos recuerda que no seamos solo oidores, sino hacedores de la Palabra. La sabiduría que clama no busca informar, sino transformar. Si no obedecemos hoy, corremos el riesgo de endurecer el corazón mañana. Cada llamado que ignoramos debilita nuestra sensibilidad espiritual. Por eso, si hoy escuchas su voz, no endurezcas tu corazón. Dios sigue hablando, no para condenarte, sino para salvarte. Aún hay tiempo para volver. Escucha. Responde. Vive.

II. Las consecuencias de cerrar los oídos a Dios

Proverbios 1:24-32

Por cuanto llamé, y no quisisteis oír, Extendí mi mano, y no hubo quien atendiese, Sino que desechasteis todo consejo mío. Y mi reprensión no quisisteis, También yo me reiré en vuestra calamidad, Y me burlaré cuando os viniere lo que teméis; Cuando viniere como una destrucción lo que teméis, Y vuestra calamidad llegare como un torbellino; Cuando sobre vosotros viniere tribulación y angustia. Entonces me llamarán, y no responderé; Me buscarán de mañana, y no me hallarán. Por cuanto aborrecieron la sabiduría, Y no escogieron el temor de Jehová, Ni quisieron mi consejo, Y menospreciaron toda reprensión mía, Comerán del fruto de su camino, Y serán hastiados de sus propios consejos. Porque el desvío de los ignorantes los matará, Y la prosperidad de los necios los echará a perder;

El segundo bloque de este pasaje nos traslada de la oferta generosa de la sabiduría a las consecuencias trágicas de su rechazo. La transición es fuerte y deliberada. Si los versículos anteriores mostraban a una sabiduría clamando con compasión en las calles, estos versículos revelan lo que sucede cuando el ser humano endurece el corazón y cierra voluntariamente sus oídos a Dios.

1. Cuidado de caer en el rechazo consciente al consejo de Dios.

El texto no habla de ignorancia involuntaria, sino de una resistencia voluntaria y terca. Dice: “Por cuanto llamé, y no quisisteis oír; extendí mi mano, y no hubo quien atendiese”. No es que Dios no haya hablado; es que el ser humano eligió no escuchar. Rechazaron su consejo y menospreciaron su reprensión.

En la vida cristiana actual, este rechazo se expresa de muchas formas: cuando escuchamos una predicación, pero decidimos no obedecer; cuando el Espíritu Santo nos convence de pecado, pero resistimos; cuando alguien nos exhorta con amor, y respondemos con orgullo. La Palabra de Dios es viva, y nos habla hoy como lo hizo ayer. Ignorar su voz es rechazar al mismo Dios.

El Señor no fuerza nuestra voluntad. Llama, ofrece su consejo, pero también respeta nuestra libertad. Sin embargo, con esa libertad viene la responsabilidad. No podemos desoír a Dios y esperar que todo salga bien.

2. ¿Cuál sería la respuesta de Dios ante el rechazo persistente?

Aquí encontramos un lenguaje duro y solemne: “Yo también me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis”. A primera vista, estas palabras pueden parecer crueles. Pero debemos entenderlas como expresiones de juicio poético, no de malicia divina. No es burla malintencionada, sino la expresión del dolor divino ante la insensatez humana. Es como si Dios dijera: “¿Ahora me buscas? ¿Ahora que despreciaste cada advertencia?”.

Dios es paciente, pero no eternamente tolerante. Hay un límite. El tiempo de gracia no es infinito. Esta verdad aparece repetidamente en las Escrituras: Noé predicó 120 años antes del diluvio. Jerusalén fue advertida por siglos antes de su destrucción. Y cada uno de nosotros también ha recibido llamados, luces, advertencias.

Cuando el corazón se endurece, llega un punto en el que el juicio ya no puede ser evitado. “Entonces me llamarán, y no responderé; me buscarán de mañana, y no me hallarán” (v. 28). Esta es una de las declaraciones más temibles de toda la Biblia: un día puede ser demasiado tarde. No porque Dios sea cruel, sino porque el hombre ha agotado el tiempo de la gracia.

3. La raíz del problema: el corazón necio

“Por cuanto aborrecieron la sabiduría, y no escogieron el temor de Jehová… no quisieron mi consejo, y menospreciaron toda reprensión mía.” Aquí está la raíz del problema: no es solo un rechazo intelectual, sino moral y espiritual.

El hombre no escucha a Dios porque no quiere temerle. Prefiere vivir según su propia voluntad, sin límites ni correcciones. El problema del ser humano no es falta de conocimiento, sino falta de temor de Dios. La verdadera sabiduría comienza con ese temor reverente. Cuando el corazón no reconoce a Dios como Señor, la necedad toma el control.

En términos cristocéntricos, esto es equivalente a rechazar a Jesús mismo, quien es la sabiduría encarnada. Jesús lloró por Jerusalén diciendo: “¡Cuántas veces quise juntaros… y no quisisteis!”. Esa frase refleja exactamente lo que leemos en Proverbios 1. Dios quiere salvar, corregir, transformar… pero muchos no quieren. Y ese rechazo no es sin consecuencias.

4. El resultado inevitable: ruina personal

“Comerán del fruto de su camino, y se hartarán de sus propios consejos.” Este es un principio espiritual profundo: cada uno cosecha lo que siembra. Si sembramos desobediencia, cosecharemos caos. Si sembramos orgullo, cosecharemos soledad. Si sembramos rechazo a Dios, no podemos esperar paz.

Dios no necesita castigar activamente al impío: basta con dejarlo a merced de sus propias decisiones. La necedad es una semilla venenosa que, cuando madura, destruye al que la sembró. “Porque el desvío de los ignorantes los matará, y la prosperidad de los necios los echará a perder” (v. 32). ¡Qué frase tan poderosa y relevante para nuestros días! Muchos creen que la prosperidad terrenal es señal de bendición, pero en este pasaje se nos advierte que también puede ser el instrumento de perdición si está desconectada del temor de Dios.

Cristo, en el evangelio, confirma este principio. En la parábola del rico insensato, el hombre planea expandir sus graneros, sin considerar a Dios. Pero Dios le dice: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma…”. El problema no era su éxito económico, sino su autosuficiencia espiritual. Lo mismo ocurre hoy. Podemos tener logros, títulos, bienes, pero si hemos cerrado los oídos a Dios, todo eso será inútil en el día de la prueba.

5. ¿Qué implica esto para el creyente hoy?

  • No endurezcas tu corazón. La voz de Dios no siempre es cómoda, pero siempre es amorosa. Escucha cuando te reprende. Obedece cuando te corrige. El Espíritu Santo convence de pecado no para condenar, sino para sanar. No postergues el arrepentimiento. Lo que hoy es una pequeña voz, mañana puede ser un silencio total.
  • Sé sensible a la Palabra. La Escritura es el principal canal por el cual Dios habla. Si no la lees, no puedes escuchar. Si la lees y no la obedeces, te engañas a ti mismo. Medita, ora, y sométete a lo que Dios te dice. Vive con la Biblia abierta y el corazón blando.
  • Discierne la voz de Dios en medio del ruido. Las redes, las noticias, la cultura… todo tiene una agenda. No toda voz es sabia, ni toda opinión vale lo mismo. ¿Qué voces estás escuchando más que a Dios? ¿A quién prestas atención en tu día a día?
  • Aconseja con temor y mansedumbre. Si Dios nos habla, también espera que su pueblo hable en su nombre. Pero cuando aconsejes a otros, hazlo con compasión, no con juicio. Sé un instrumento de sabiduría, no de condena. Recuerda: tú también fuiste necio alguna vez.
  • Vive en constante renovación. El corazón humano tiende a endurecerse. Por eso, necesitamos volver a Cristo cada día. No basta con haber escuchado ayer. Escucha hoy. Rinde tu voluntad hoy. Acepta la guía divina hoy.

6. Una advertencia con esperanza

Aunque este pasaje contiene advertencias severas, también está lleno de una gracia implícita. Si Dios habla, es porque todavía hay tiempo. Si advierte, es porque quiere salvar. Su silencio no es el primer paso, sino el último, tras mucho rechazo.

Jesús dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”. Si eres oveja de Cristo, puedes oír su voz en medio del bullicio. Su Espíritu vive en ti. No temas a la reprensión, porque detrás de ella hay redención.

Dios no desea que nadie perezca. Su paciencia es amplia. Pero no lo tomes por indiferente. Él es santo, y no se puede burlar. Si hoy te está hablando, atiende. Si te está corrigiendo, responde. No hay mayor desgracia que vivir sin la voz de Dios. Y no hay mayor bendición que oírla… y obedecerla.

III. El refugio de los que escuchan

Proverbios 1:33

Mas el que me oyere, habitará confiadamente. Y vivirá tranquilo, sin temor del mal.

Después de una secuencia de advertencias fuertes, el capítulo cierra con una promesa reconfortante: “Mas el que me oyere, habitará confiadamente y vivirá tranquilo, sin temor del mal.” Este versículo es una joya de esperanza. Nos recuerda que el propósito de Dios al hablar no es condenar, sino proteger y bendecir. Escuchar a Dios trae paz interior, dirección segura y estabilidad emocional y espiritual, incluso en medio de un mundo inestable.

Pero, “Habitar confiadamente” no significa ausencia de pruebas, sino la presencia del Pastor en medio del valle de sombra. El que oye a Dios camina en luz, no tropieza en la oscuridad. “Vivirá tranquilo” implica una vida sin ansiedad paralizante, porque está cimentada en la verdad. Y “sin temor del mal” expresa una libertad interior: el mal puede rodearnos, pero no dominarnos.

En Cristo se cumple esta promesa. Él es la Palabra viva, el Buen Pastor que guía a sus ovejas hacia verdes pastos y aguas de reposo. Cuando escuchamos a Cristo —su evangelio, su reprensión, su llamado— encontramos el descanso verdadero. No es una religión vacía, sino una relación viva.

Escuchar a Dios es abrirse a una vida más plena. Es caminar en obediencia, confianza y paz. Hoy Dios sigue hablando. Escúchalo… y habitarás seguro.

IV. Conclusión

Desde el principio, Dios ha hablado. No en susurros tímidos, sino con claridad, compasión y autoridad. Su sabiduría clama aún hoy: en la Palabra, en la conciencia, en la predicación, en el testimonio del Espíritu. Pero el ser humano, muchas veces, cierra sus oídos, endurece su corazón y se aleja. Proverbios 1 nos ha mostrado dos caminos: el de quienes rechazan la voz de Dios y cosechan ruina, y el de quienes la escuchan y hallan refugio.

Vivimos tiempos en los que muchas voces compiten por nuestra atención. La sociedad moderna celebra la independencia del alma, el desprecio por la corrección y la exaltación del yo. Pero la sabiduría de Dios sigue diciendo: “El que me oyere, habitará confiado.” Esta es la promesa para ti y para mí hoy.

Cristo, la sabiduría hecha carne, te llama. Él no vino solo a informar, sino a transformar. No vino a gritar desde lejos, sino a acercarse con ternura y verdad. Quien escucha su voz, y la sigue, encuentra vida en abundancia.

Así que hoy es día de decisión. ¿Vas a seguir caminando en tus propios consejos o vas a escuchar la voz del que te ama, te corrige y te quiere guiar? No pospongas más. Escuchar a Dios es el camino más seguro hacia una vida firme, confiada y sin temor del mal. Escucha la voz de Dios… y síguela.

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