Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez – Pastor IBECH

13 de julio de 2025

La ciencia actual ha alcanzado logros extraordinarios. Podemos ver dentro del útero, mapear genes, estudiar el cerebro. Pero todo este conocimiento, lejos de alejarnos de Dios, debería llevarnos a adorarlo. El Salmo 139 nos revela que fuimos formados con propósito, vistos por Dios incluso como embriones. Cada célula, cada órgano, cada día de nuestra vida fue diseñado con amor. Hoy veremos cómo la ciencia moderna confirma lo que la Biblia declaró hace siglos: somos creación admirable de un Dios que nos conoce, nos forma y nos cuida con ternura.

Imagina entrar a una sala silenciosa, con iluminación tenue, con una pantalla gigante proyectando una ecografía en tiempo real. Frente a ti, un embrión humano de apenas seis semanas. Aún no tiene forma definida, pero su corazón ya late con fuerza. No mide más de un centímetro, pero su ADN ya contiene todo lo que será: su altura, su voz, su color de ojos, incluso su talento musical o su carácter tranquilo. No puede hablar, pero ya “dice” algo: “Soy obra de Dios”.

Mientras lo observas, cada órgano comienza a tomar forma como si siguiera un plano invisible. La médula espinal se cierra. El cerebro empieza a dividirse en lóbulos. En pocos días más, sus dedos aparecerán. ¿Quién dirige este proceso? No hay ingeniero visible, no hay un manual humano que lo coordine. Y, sin embargo, todo ocurre con precisión matemática.

Este no es solo un proceso biológico: es una sinfonía silenciosa compuesta por el Creador. Como dijo David: “Formidables, maravillosas son tus obras”. Aún en lo oculto del vientre, Dios está trabajando. Cada embrión no solo lleva un código genético, sino una firma divina. En ese rincón invisible de la existencia, la ciencia se arrodilla y el alma adora.

Esta imagen del embrión en formación no es solo una maravilla médica: es la puerta de entrada a una verdad más profunda. Cada célula, cada latido, cada detalle oculto en el vientre nos habla de un Dios que no solo diseña, sino que cuida con ternura. A lo largo de esta prédica veremos cómo el Salmo 139 no solo declara nuestra creación divina, sino que también revela un mensaje espiritual: Dios nos conoce profundamente, nos valora desde antes de nacer y nos acompaña fielmente cada día. La ciencia moderna no hace más que confirmar esta antigua verdad eterna.

I. El origen de la vida: formado por Dios

Salmo 139:13

Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre.

David comienza este pasaje con una declaración poderosa: “Tú formaste mis entrañas”. El término original en hebreo implica posesión, formación, diseño. No es una creación distante ni accidental, sino una obra personal y activa de Dios. Las «entrañas» hacen referencia a lo más íntimo del ser humano, tanto físico como emocional. David reconoce que su vida comenzó no cuando respiró por primera vez, sino desde el vientre de su madre, cuando aún estaba en lo oculto.

Desde la medicina, hoy sabemos que el desarrollo embrionario inicia en el momento de la fecundación. En ese instante, se forma una célula única con un ADN completamente nuevo. Ningún ser humano ha tenido antes esa misma combinación genética, ni volverá a tenerla. Esta célula, apenas visible, contiene ya la información completa del nuevo ser. En pocas horas, comienza a dividirse, a organizarse, a multiplicarse con una precisión extraordinaria. En apenas 21 días, el corazón ya late. En semanas, los órganos se delinean. En tres meses, el bebé ya responde a estímulos. ¿Azar? ¿Caos? No. Es diseño. Es intención. Es Dios obrando en lo invisible.

Muchos ven en este proceso solo química celular. Pero para el creyente, la ciencia no borra a Dios, sino que lo revela con más claridad. El orden, la complejidad y la belleza del desarrollo humano son reflejo del carácter del Creador: sabio, preciso y lleno de propósito. Cada parte de nuestro cuerpo —desde el sistema nervioso hasta la piel— fue pensada por Él. No somos producto de un accidente cósmico, sino resultado de un amor eterno que nos quiso ver nacer.

Este versículo nos recuerda que nuestra vida tiene valor desde el principio, incluso cuando nadie nos ve. Si Dios formó nuestras entrañas, también conoce nuestras luchas más profundas. Si nos hizo con cuidado en lo oculto, también nos acompaña con ternura en lo visible. El origen de la vida no está en la casualidad, sino en las manos de un Dios que forma, cuida y ama.

II. El diseño humano: admirable y asombroso

Salmo 139:14-15

Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; Estoy maravillado, Y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, Bien que en oculto fui formado, Y entretejido en lo más profundo de la tierra.

En el versículo 14, después de reconocer que Dios lo formó en el vientre, David irrumpe en adoración: “Te alabaré”. La contemplación del cuerpo humano lo lleva directamente a la alabanza. No le basta el asombro; su alma responde con gratitud. ¿Y qué lo maravilla tanto? El diseño humano, la obra física de Dios: “Formidables y maravillosas son tus obras”.

La ciencia moderna confirma esa admiración. El cuerpo humano es una obra maestra de diseño y complejidad. El cerebro, por ejemplo, contiene cerca de 86 mil millones de neuronas, conectadas por más de 100 billones de sinapsis, en una red más compleja que cualquier sistema informático creado por el hombre. El corazón late más de 100,000 veces al día sin que lo pensemos. El sistema inmunológico identifica y combate millones de amenazas con precisión. Cada célula lleva en su núcleo el ADN, una “biblioteca viva” con más información que muchos volúmenes de enciclopedias.

¿Puede esto ser obra del azar? ¿Podría una máquina tan eficiente, autorregulada y capaz de sanar, sentir y razonar surgir sin propósito? La evidencia apunta, como lo hizo David, a una conclusión inevitable: somos creación de un Dios asombroso.

Pero David no solo habla de estructuras físicas; también menciona la dimensión interior: “Mi alma lo sabe muy bien”. Hay una conciencia espiritual que reconoce que fuimos diseñados. Incluso quienes no profesan fe, al mirar el cuerpo humano con profundidad, muchas veces llegan a expresiones de reverencia: “es milagroso”, “es perfecto”, “es increíble”. Esa reacción no es casual. Está inscrita en el alma: fuiste hecho para saber que no estás aquí por accidente.

Este versículo nos invita a redescubrir la maravilla del cuerpo humano no con orgullo, sino con humildad. Somos frágiles, pero diseñados con excelencia. Limitados, pero portadores de gloria. Y lo más hermoso es que este diseño no fue un experimento: fue una decisión de amor. Cuando te mires al espejo, recuerda que estás viendo una obra de arte. No perfecta por tus estándares, pero sí profundamente valiosa ante los ojos de tu Creador.

En el verso 15, David continúa su meditación sobre el origen de la vida y añade un nuevo matiz: el misterio. Él reconoce que su cuerpo fue formado “en oculto”, lejos de la vista humana. En tiempos antiguos, el vientre materno era un espacio completamente inaccesible, pero David entiende, por revelación, que allí sucedía una obra sagrada. Lo llama “entretejido en lo más profundo de la tierra”, una expresión poética que alude al vientre como un lugar profundo, íntimo, escondido. Y, sin embargo, allí, Dios trabajaba con precisión y ternura.

Desde el punto de vista médico y embriológico, este texto es asombrosamente preciso. El desarrollo embrionario es un proceso oculto, silencioso y meticuloso. Durante las primeras semanas, el embrión flota en un ambiente oscuro y protegido, donde cada célula migra y se organiza para dar lugar a tejidos, órganos y sistemas. El corazón, el sistema nervioso, el tubo digestivo y hasta las huellas digitales comienzan a delinearse en secreto, como si una mano invisible tejiera cada detalle.

Esto sugiere no solo precisión, sino también belleza. No fuimos ensamblados en una línea de producción, sino bordados como una prenda única, con arte y dedicación. Dios no repite moldes; Dios crea con propósito.

Este versículo también nos enseña una gran verdad espiritual: lo que el mundo no ve, Dios lo valora. Lo que ocurre en lo oculto no es invisible para el Creador. Cada lágrima, cada pensamiento, cada etapa de desarrollo en el vientre materno fue conocida y guiada por Él. En un mundo que idolatra la visibilidad y la fama, este texto nos recuerda que lo oculto también es sagrado.

Cuando Dios forma algo, comienza en lo secreto. Así fue tu cuerpo. Así es tu propósito. Si hoy estás en una etapa “oculta”, donde nadie te ve ni te reconoce, recuerda que el mismo Dios que te formó en el vientre, sigue obrando en silencio para cumplir su plan en ti.

III. El arte de la Creación de Dios

Salmo 139:16

Mi embrión vieron tus ojos, Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas. Que fueron luego formadas, Sin faltar una de ellas.

Este versículo es, sin duda, uno de los más impactantes de todo el salmo. Mil años antes de que existieran los microscopios, el salmista afirma que Dios ve incluso al ser humano en su etapa más temprana, cuando aún no tiene forma definida, cuando solo es una masa celular en desarrollo.

La embriología moderna confirma que desde el primer instante de la concepción, ese diminuto ser ya es un individuo único, con identidad genética propia, distinto incluso de su madre. A los 22 días, su corazón comienza a latir. A los 40 días, ya se forman las ondas cerebrales. A las 8 semanas, se detectan movimientos. Pero incluso antes de todo eso, Dios ya había visto ese embrión y tenía planeado cada detalle de su desarrollo.

David continúa diciendo: “en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas”. Esta es una imagen poderosa de la soberanía y el conocimiento total de Dios. Es como si cada célula, cada órgano, cada etapa del crecimiento estuviera registrada en un “libro divino”, mucho antes de manifestarse en la realidad física. En la era de la genómica, esta afirmación cobra un nuevo nivel de asombro: el ADN es, literalmente, un lenguaje escrito con cuatro “letras” químicas que programan cada aspecto del cuerpo humano. La ciencia descubre en el genoma lo que la fe ya sabía: hay un diseño, hay un plan, hay un Autor.

El ADN —que algunos llaman “el código de la vida”— es una molécula complejísima que almacena la información genética en una secuencia ordenada de cuatro letras químicas (A – adenina, T- timina, C – citosina, G – guanina), en más de 3 mil millones de combinaciones por célula.

Una obra literaria, por ejemplo, “El Principito” de Antoine de Saint Exupery, tiene 20,000 palabras y asumimos que fue creado por un autor inteligente. Pero ignoramos los 3 mil millones de palabras en el ADN que hay dentro de cada célula humana y decimos “esto es solo evolución ciega”. La contradicción es evidente. La ciencia no niega a Dios; más bien, cuando es honesta, lo señala.

Este versículo también nos confronta con una verdad teológica y pastoral muy profunda: nuestra vida no empieza cuando somos útiles, ni cuando nacemos, sino cuando Dios la ve. Y Él la ve desde el primer instante. Esto le da dignidad, valor y propósito a cada ser humano, desde el vientre hasta la vejez. Nadie está olvidado. Nadie es un error. Dios vio tu embrión… y te amó.

IV. La mente y la presencia de Dios en nuestras vidas

Salmo 139:17-18

¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Si los enumero, se multiplican más que la arena; Despierto, y aún estoy contigo.

Después de meditar en cómo Dios lo formó, vio su embrión y escribió su desarrollo, David se detiene, abrumado por una realidad que sobrepasa todo entendimiento: la inmensidad de la mente divina. Lo que ha contemplado no es solo su cuerpo, sino el pensamiento de Dios detrás de él. Y entonces exclama con reverencia: “¡Cuán preciosos me son tus pensamientos!”.

Hoy sabemos que la mente humana es capaz de procesar millones de estímulos, pero sigue siendo limitada. Por ejemplo, el cerebro humano tiene un almacenamiento estimado de 2.5 petabytes (más de un millón de gigabytes), para hacerlo más entendible, en nuestro cerebro se puede acumular la información de dos millones de USB´s. Y, aun así, no alcanza a comprender el universo ni a entender completamente el alma humana. Sin embargo, Dios, que diseñó ese cerebro, piensa más allá del tiempo, de la biología, de lo visible. Su conocimiento es infinito, y su atención personal.

Desde la medicina y la biología, cada descubrimiento acerca del cuerpo humano nos lleva a reconocer que lo que entendemos es solo una fracción. Por cada órgano que creemos dominar, hay miles de procesos aún no explicados. La ciencia avanza, pero nunca agotará el conocimiento del Creador. Y esa es una buena noticia: significa que Dios siempre sabrá más de ti que tú mismo. Él conoce tus heridas, tus fortalezas ocultas, tus temores profundos, y aun así piensa en ti con ternura y propósito.

La Biblia nos enseña que el valor de una persona no está en cuántos pensamientos tiene sobre Dios, sino en cuántos pensamientos Dios tiene sobre ella. Y según David, son incontables, preciosos y profundos. ¿Puedes imaginar que el mismo Dios que sostiene galaxias piensa constantemente en ti? Es cierto. No eres olvidado. Eres profundamente recordado por Aquel cuya mente es perfecta y cuyo amor no tiene medida.

En el verso 18 vemos cómo David ha quedado impresionado por la cantidad de pensamientos que Dios tiene hacia él. Intenta contarlos, pero se da cuenta de que son innumerables: “se multiplican más que la arena”. Aquí, el salmista emplea una imagen poética para expresar una verdad profunda: Dios no solo nos diseñó, no solo nos pensó, sino que piensa constantemente en nosotros.

El lenguaje de este versículo sugiere continuidad. No se trata de un pensamiento único en el pasado, sino de una presencia atenta, constante y fiel. Incluso cuando David “despierta”, es decir, cuando vuelve a la conciencia tras el sueño, descubre que Dios sigue allí. No se ha ido. No se ha distraído. No lo ha olvidado. “Aún estoy contigo”.

Este versículo también nos habla de identidad y pertenencia. David no dice simplemente: “Tú estás conmigo”, sino: “aún estoy contigo”. Es una afirmación de permanencia. Incluso después de haber sido formado, diseñado, pensado… pertenezco a ti, Señor. No soy independiente de ti. No camino solo. No me sostengo por mí mismo.

Hoy, muchas personas viven con la sensación de estar solas, desamparadas, incluso olvidadas. Pero el Dios que formó tu cuerpo, que diseñó cada célula, que escribió cada etapa de tu desarrollo, es el mismo que permanece contigo en cada despertar. Él no se aleja cuando tú no lo sientes. No se retira cuando tú estás confundido. Su presencia no depende de tu percepción, sino de su fidelidad.

Este cierre del pasaje no solo reafirma la grandeza de Dios como Creador, sino también su ternura como Compañero. Desde el primer instante de vida hasta el último aliento, Él está presente. Y cuando abras los ojos cada mañana, puedes decir con certeza: “Aún estoy contigo”.

VII. Conclusión

Hemos recorrido un salmo que no solo es poético, sino profundamente personal. Hemos visto cómo Dios nos formó con sabiduría, cómo entretejió nuestro cuerpo con propósito, cómo nos vio aun cuando éramos solo un embrión, y cómo sus pensamientos hacia nosotros son incontables. Pero todo esto no es simplemente conocimiento teológico ni curiosidad científica. Es un mensaje pastoral: tú le importas a Dios más de lo que puedes imaginar.

No importa cómo haya comenzado tu vida. Tal vez no fuiste planeado por tus padres, o creciste sintiéndote ignorado o sin valor. Quizás hubo abandono, heridas tempranas, rechazo. Pero hay una verdad que debe quedar grabada en tu corazón: fuiste deseado por Dios. Él vio tu embrión. Te formó en lo secreto. Planeó tus días.

Hay momentos en los que dudamos de nuestro valor. El mundo nos mide por nuestra productividad, apariencia, estatus o rendimiento. Pero Dios no nos mide con esos criterios. Él nos valora porque nos creó con amor eterno y nos sostiene con fidelidad inquebrantable. Tu cuerpo, aunque frágil o dolido, sigue siendo una obra maravillosa. Tu vida, aunque atravesada por pruebas, sigue siendo parte de un plan más grande. Tus pensamientos, por confusos que estén, no son un obstáculo para que Dios piense en ti con ternura.

Este salmo también nos consuela en medio de la enfermedad, el envejecimiento o la discapacidad. El cuerpo puede desgastarse, pero sigue siendo templo, sigue siendo valioso, sigue siendo acompañado por la presencia de Dios. Él no se aleja cuando cambian tus circunstancias. Él no se retira cuando caes. Él está contigo al despertar… y también en cada noche oscura.

Así que, al salir hoy, lleva contigo esta verdad: Dios te conoce, te formó, te acompaña y nunca deja de pensar en ti. No caminas solo. Tu Creador sigue siendo tu Pastor. Tu historia sigue en sus manos. Y cada día, al abrir los ojos, puedes escuchar con tu alma con fe y gratitud; que Dios te dice: “Aún estoy contigo”.

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