Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez — Pastor IBECH

29 de junio de 2025

¿Cuándo fue la última vez que te sentiste tratado con verdadera ternura? Vivimos en un mundo donde la dureza, la prisa y la indiferencia son moneda corriente. Pero el Salmo 116 nos abre la ventana a una experiencia radicalmente distinta: la ternura de Dios. No se trata de un concepto suave o emocionalista, sino de una fuerza divina que consuela, rescata y transforma. Hoy veremos cómo Dios, en su amor perfecto, escucha nuestro clamor, actúa con compasión y nos devuelve la paz. Porque sí, en medio de la angustia, el dolor y la fragilidad, Dios nos trata con ternura.

Una noche de tormenta, un niño pequeño se despertó asustado por los truenos. El cielo se iluminaba con relámpagos, y cada estruendo hacía temblar su habitación. Corrió al cuarto de sus padres, con lágrimas en los ojos. Sus padres, apenas despiertos, lo recibieron con los brazos abiertos y lo acurrucó a su lado. Sin palabras, el padre, simplemente lo envolvió con su abrazo cálido, le acarició la cabeza y lo susurró con dulzura: “Estoy aquí, todo va a estar bien.” Poco a poco, el niño dejó de temblar, su respiración se hizo más lenta, y en minutos se quedó dormido.

No fue que la tormenta cesara. El cielo seguía rugiendo, pero en los brazos de su padre encontró reposo. La ternura de su madre no cambió la realidad exterior, pero sí transformó su mundo interior.

Muchos adultos, incluso creyentes, hemos olvidado lo que es ser consolados así. Llevamos cargas, dolores, temores… y pensamos que debemos ser fuertes, mantener el control, resolverlo todo. Pero hay momentos —y no son pocos— en los que lo único que realmente necesitamos es sentir que no estamos solos, que alguien más fuerte y más amoroso nos sostiene.

Así como ese niño, el salmista del Salmo 116 vivió su propia tormenta: cercado por la muerte, angustiado, sin escape humano. Pero no fue abandonado. Clamó al Señor, y Dios lo escuchó, lo salvó, lo trató con ternura. En los próximos versículos veremos cómo el carácter de Dios se revela como justo, misericordioso y protector. Su ternura no es débil, es poderosa. Hoy, tú también puedes encontrar en Dios ese abrazo que calma tu alma, aun si la tormenta continúa. Porque Dios nos trata con ternura.

I. Dios escucha con atención amorosa:

Salmo 116:1-2

Amo a Jehová, pues ha oído, Mi voz y mis súplicas; Porque ha inclinado a mí su oído; Por tanto, le invocaré en todos mis días.

El salmista comienza con una declaración profundamente íntima y personal: «Amo a Jehová.» No es una afirmación teórica o teológica, sino una respuesta vivencial al amor primero de Dios. ¿Por qué lo ama? Porque ha escuchado su voz, sus súplicas. Esta es la base del amor del creyente: una experiencia directa con el Dios que oye, que se inclina, que no permanece indiferente al clamor del afligido.

En este texto se describe a Dios como alguien que inclina su oído. El lenguaje es antropomórfico, pero poderoso: Dios no solo oye desde lejos; se inclina, se acerca, como un padre que se agacha para escuchar a su hijo pequeño. No está distraído, no está demasiado ocupado. Su escucha es deliberada, amorosa, atenta. Este acto revela su carácter: un Dios cercano, tierno, accesible.

Esta verdad encuentra su máxima expresión en Cristo Jesús. En Él, Dios no solo se inclinó desde los cielos para escucharnos; descendió y se hizo uno de nosotros. En Getsemaní, Jesús también oró en angustia: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa…”. Y aunque el plan de redención requería que Él bebiera esa copa, el Padre no dejó de oírle. Cristo llevó nuestras súplicas hasta la cruz, y con Su sangre nos abrió un camino para que nuestras voces también sean oídas.

En Hebreos, se nos dice que tenemos un Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras debilidades, y por eso podemos acercarnos “confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” Esta verdad transforma nuestra oración: no es un acto vacío, sino un diálogo con un Padre que escucha porque ama.

Para el creyente de hoy, esta promesa tiene implicancias prácticas profundas:

  1. Dios te escucha incluso cuando nadie más lo hace. En momentos de soledad, abandono o incomprensión, puedes clamar con la certeza de que tu oración llega al trono de Dios.
  2. Dios escucha más allá de las palabras. A veces solo logramos gemir, llorar o guardar silencio. Él entiende el lenguaje del corazón quebrantado.
  3. Dios escucha con intención de actuar. No todas las respuestas son inmediatas o como esperamos, pero siempre hay una respuesta, conforme a Su perfecta voluntad.

El salmista concluye esta sección diciendo: “por tanto, le invocaré en todos mis días.” Cuando reconocemos que Dios nos ha escuchado en el pasado, se fortalece nuestra fe para seguir orando en el presente y en el futuro. La oración no es una carga religiosa, sino una expresión de amor hacia un Dios que se inclina con ternura para escucharnos.

¿Cómo está tu vida de oración? ¿Sientes que hablas con un muro o con un Padre que se inclina hacia ti? Hoy puedes renovar tu confianza en Él. Vuelve a hablar con Dios. Él está escuchando. Y lo hace con ternura.

II. Dios actúa con compasión en nuestra angustia

Salmo 116:3-4

Me rodearon ligaduras de muerte, Me encontraron las angustias del Seol; Angustia y dolor había yo hallado. Entonces invoqué el nombre de Jehová, diciendo: Oh Jehová, libra ahora mi alma.

En esta sección del salmo, el tono se vuelve sombrío. El salmista recuerda una etapa donde la muerte parecía inevitable. No habla en metáforas abstractas: se refiere a una experiencia real de amenaza, dolor, y desesperanza. “Me rodearon ligaduras de muerte…” expresa una sensación de asfixia, de estar atrapado sin salida. Las “angustias del Seol” aluden al temor de la muerte o al sufrimiento extremo que presagia el fin. En palabras simples: estaba al borde del colapso.

Aquí no hay pretensiones de fortaleza ni discursos triunfalistas. Hay honestidad brutal y, a la vez, profunda fe. Porque en medio de esa oscuridad, el salmista invoca el nombre del Señor. Y lo hace con una súplica breve, sincera y desesperada: “¡Oh Jehová, libra ahora mi alma!” Es un clamor sin ornamentos, pero cargado de confianza. Él sabía a quién dirigirse.

Y lo más asombroso es que Dios responde. No desde una distancia fría o mediante burocracias celestiales, sino desde una compasión real y activa. Nuestro Dios no solo escucha, actúa. Su amor no es pasivo. La compasión divina en la Biblia siempre está asociada con movimiento: cuando Jesús “tuvo compasión” de las multitudes, sanó, alimentó, enseñó, restauró. En Cristo, vemos esta compasión encarnada, viva, poderosa.

Cuando Jesús vio llorar a María y a los judíos ante la tumba de Lázaro, también lloró. Él conoce nuestras lágrimas y no las menosprecia. Dios actúa con ternura, porque comprende el dolor humano desde dentro. En el clamor del salmista podemos reconocer el clamor de Cristo en el Getsemaní y en la cruz. Y también, gracias a la cruz, encontramos que hay respuesta incluso en lo más profundo del dolor: nuestra alma puede ser librada.

Este acto de invocar el nombre del Señor es un acto de fe. No se trata de una fórmula mágica, sino de un grito del corazón que reconoce que solo Dios puede salvarnos. Cuando el alma está atrapada por el miedo, la depresión, la enfermedad, el pecado, el fracaso, podemos hacer lo mismo: “Oh Jehová, libra ahora mi alma.”

Aplicación a la vida cristiana:

  1. El sufrimiento es parte de la vida del creyente. No estamos exentos del dolor, pero sí acompañados en él.
  2. Dios no es indiferente a tu angustia. La compasión divina no es lástima, es amor que actúa.
  3. Invoca el nombre del Señor. No necesitas palabras elegantes. Solo necesitas sinceridad y fe.

En tu angustia más profunda, hay alguien que no solo te escucha, sino que también actúa con compasión. Su ternura no consiste en evitar que sufras, sino en entrar contigo al dolor… y liberarte desde adentro.

III. Dios revela su ternura en su carácter

Salmo 116:5

Clemente es Jehová, y justo; Sí, misericordioso es nuestro Dios.

Este versículo es un suspiro de adoración. Después del clamor angustiado, el salmista se detiene para contemplar a Aquel que le respondió. Y lo que destaca no es solo lo que Dios hizo, sino quién es Él. Las obras de Dios siempre están enraizadas en su carácter. Y el carácter de Dios, según el salmista, es una mezcla perfecta de ternura, justicia y misericordia.

Primero dice: “Clemente es Jehová”. La clemencia es un amor que alivia el sufrimiento, una ternura que se inclina hacia el débil. Dios no trata al afligido con dureza ni impaciencia, sino con suavidad. Esta palabra conecta con el corazón pastoral de Dios, como un pastor que recoge al cordero herido y lo lleva en brazos.

Luego declara: “y justo”. Esto puede parecer una interrupción a la ternura, pero no lo es. La justicia de Dios no contradice su ternura, la garantiza. Porque Dios es justo, nunca actuará con crueldad, ni nos abandonará sin razón. Su justicia es parte de su fidelidad. En el contexto del Salmo, el salmista reconoce que el trato de Dios ha sido justo… y aún así compasivo. No recibió el castigo que merecía, sino la ayuda que necesitaba. Esto apunta a la cruz, donde la justicia y la ternura de Dios se abrazan. En Cristo, Dios satisfizo su justicia y desbordó su misericordia.

Finalmente, dice: “sí, misericordioso es nuestro Dios.” El “sí” enfático resalta una certeza experimentada, no una teoría religiosa. La misericordia va más allá de no castigar; es el acto de inclinarse hacia el necesitado para sanar, restaurar y levantar. Esta misericordia no es ocasional, es constante. “Nuestro Dios” —así lo dice el salmista— es misericordioso por naturaleza, no solo por elección.

En el Nuevo Testamento, esta ternura se revela plenamente en Jesucristo. En Él, vemos a un Dios que no solo perdona, sino que toca al leproso, llora con los que lloran, y restaura a los caídos. Él mismo dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Jesús es la expresión visible del carácter invisible de Dios. En Él, la ternura de Dios se hace carne.

Aplicación a la vida cristiana:

  1. Dios no cambia. Si fue clemente, justo y misericordioso con el salmista, lo será contigo.
  2. No temas acudir a Dios en tu necesidad. Su carácter es garantía de que te tratará con amor.
  3. Imita su carácter. Sé reflejo de su ternura en tu trato con otros: justo, clemente, misericordioso.

Conocer a Dios no es solo saber lo que puede hacer, sino adorar lo que Él es. Y Él es, para siempre, tierno.

IV. Dios protege con delicadeza a los pequeños

Salmo 116:6

Jehová guarda a los sencillos; Estaba yo postrado, y me salvó.

Este versículo encierra una verdad consoladora: Dios tiene un trato especial con los “sencillos”. La palabra hebrea usada aquí para “sencillos” no se refiere a personas humildes, vulnerables, incluso ingenuas o inexpertas. En lugar de despreciarlos por su fragilidad, Dios los guarda, los cuida con esmero. Su ternura se expresa precisamente en cómo trata a quienes el mundo pasa por alto.

Este cuidado no es genérico ni impersonal: es protección personalizada, detallada, cercana. El verbo “guardar” implica vigilancia constante, como la de un pastor que vela por sus ovejas más frágiles. El salmista se describe a sí mismo como uno de esos “sencillos”. No se presenta como héroe espiritual, sino como alguien postrado, abatido, sin fuerzas. Y allí, en ese estado de vulnerabilidad, Dios lo salvó.

Esta es la lógica del Reino de Dios: los pequeños son los grandes. Jesús mismo lo reafirmó al decir: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. A menudo, el camino hacia la gracia pasa por el quebrantamiento. Dios se acerca al humilde, pero resiste al orgulloso.

La ternura de Dios no es débil ni paternalista. Es una fuerza activa que desciende al nivel del quebrado, del ignorado, del que ya no puede más. La salvación del salmista no fue merecida ni provocada por alguna fuerza propia, sino resultado de la compasión divina que responde al clamor del necesitado.

En Cristo, esta realidad se encarna con belleza poderosa. Él no vino por los que se creen sanos, sino por los enfermos; no por los justos, sino por los pecadores. Vino a buscar y salvar lo que se había perdido. Jesús mismo se hizo sencillo, se despojó de su gloria, se humilló hasta la cruz, y así demostró cómo actúa Dios con los pequeños: identificándose con ellos y levantándolos.

Aplicación a la vida cristiana:

  1. Reconoce tu necesidad. No es en la autosuficiencia donde Dios obra con más poder, sino en la rendición humilde.
  2. Confía en su cuidado delicado. Dios te guarda no solo de grandes peligros, sino también en los momentos más pequeños y cotidianos.
  3. Sé un canal de esa ternura. Si Dios guarda a los sencillos, ¿cómo tratas tú a los débiles, los niños, los nuevos en la fe, los frágiles?

El Dios que protege al salmista cuando está postrado es el mismo que te mira con compasión cuando ya no puedes más. Él te guarda con delicadeza, porque su ternura es su gloria.

V. Dios restaura nuestra alma al descanso

Salmo 116:7

Vuelve, oh alma mía, a tu reposo, Porque Jehová te ha hecho bien.

Después de experimentar la angustia, el clamor y la intervención divina, el salmista se dirige a su propia alma. Es un llamado íntimo, casi maternal: “Vuelve… a tu reposo.” El alma había sido sacudida por el temor, la muerte y el dolor, pero ahora, después de haber visto la mano tierna de Dios en acción, puede regresar a un lugar seguro: el descanso en la bondad del Señor.

Este descanso no es solo la ausencia de problemas, sino la presencia viva de Dios. El salmista no dice: “todo salió bien”, sino: “Jehová te ha hecho bien.” La paz del creyente no se fundamenta en las circunstancias, sino en el carácter de Dios y su obrar en nuestra historia.

En Cristo, este descanso se vuelve definitivo. Jesús dice: “Venid a mí… y hallaréis descanso para vuestras almas”. Él no solo nos salva, también nos restaura, nos renueva desde adentro.

¿Tu alma está agitada, cansada, herida? Dios no solo quiere salvarte, también quiere que descanses en Él. Su ternura no termina con la ayuda: continúa con la restauración. En Su bondad hay un hogar para tu alma.

VI. Conclusión

El Salmo 116:1–7 nos ha guiado por un recorrido íntimo y profundo del corazón humano en relación con Dios: desde la angustia hasta el descanso, desde el clamor hasta la gratitud. Hemos visto que el alma creyente no es ajena al sufrimiento, pero tampoco está sola en él. Dios nos trata con ternura. Esa es la verdad que sostiene todo el pasaje.

Él escucha con atención amorosa, inclinando su oído como un padre que se agacha para oír a su hijo. Actúa con compasión cuando la muerte y el dolor nos rodean. No permanece impasible: se mueve, interviene, salva. Pero lo hace con un carácter firme y bondadoso: es clemente, justo y misericordioso. No actúa por impulso, sino por quién Él es. Y precisamente por eso, guarda a los sencillos —a los que el mundo desprecia o ignora— y les da protección personal, fiel y delicada. Finalmente, Él no se limita a rescatarnos del peligro, sino que restaura nuestra alma al descanso, llevándonos de vuelta al reposo de su presencia.

Hoy, esta ternura divina se manifiesta plenamente en Jesucristo. En Él vemos al Dios que escucha, salva, guarda y restaura. Él sigue extendiendo sus brazos para el cansado, el quebrado, el que ya no tiene palabras para orar.

Así que, como el salmista, también podemos decir: “Amo a Jehová”. No solo por lo que ha hecho, sino por lo que es: un Dios de ternura incomparable.

Deja un comentario

Tendencias