Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez – Pastor IBCH

15 de junio de 2025

Hoy celebramos el Día del Padre, y aunque damos gracias por los padres terrenales, queremos dirigir nuestra mirada al Padre perfecto: nuestro Dios celestial. En un mundo cambiante, Él permanece bueno, fiel, sabio y justo. El Salmo 92 nos invita a reconocer Su bondad cada día, desde la mañana hasta la noche, y a confiar en Su cuidado constante. Al meditar en este cántico de alabanza, descubrimos que tenemos un Padre que fortalece, guía y sostiene. Que este día nos lleve no solo a honrar a los padres, sino a rendir gratitud al Padre que nunca falla.

En muchas culturas, especialmente en contextos rurales, el padre de familia se levanta antes del amanecer. Mientras la casa aún duerme, él enciende el fuego, prepara las herramientas del trabajo, y asegura que haya pan en la mesa al regreso. No siempre habla mucho, pero su fidelidad es constante. Día tras día, año tras año, sostiene a su familia con esfuerzo, previsión y cuidado. La mayoría no conoce su nombre fuera de casa, pero para sus hijos, es el protector silencioso, el que da seguridad con su sola presencia.

Esta imagen terrenal nos ayuda a comprender algo más profundo: la bondad del Padre celestial. El Salmo 92 declara que es bueno alabar a Jehová y anunciar Su misericordia por la mañana y Su fidelidad cada noche. Dios, como un padre perfecto, trabaja incluso cuando no lo vemos, prepara el día antes de que despierte el mundo, y sostiene nuestra vida aun cuando no somos conscientes de Su cuidado.

Así como ese padre humano no busca aplausos, Dios tampoco necesita reconocimiento para ser fiel. Su bondad no depende de nuestra conducta, sino de Su carácter. Él es justo, firme, paciente y generoso. Incluso cuando hay dolor o silencio, Él sigue obrando con sabiduría.

En este Día del Padre, miremos hacia lo alto: nuestro Padre celestial no falla, no se cansa, y nunca llega tarde. Él es digno de nuestra alabanza continua, porque Su bondad es eterna y Su fidelidad no tiene fin.

I. La Bondad del Padre se merece alabanza constante

Salmo 92:1-4

Bueno es alabarte, oh Jehová, Y cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo; Anunciar por la mañana tu misericordia, Y tu fidelidad cada noche, En el decacordio y en el salterio, En tono suave con el arpa. Por cuanto me has alegrado, oh Jehová, con tus obras; En las obras de tus manos me gozo.

El salmista comienza con una afirmación sencilla pero poderosa: “Bueno es alabarte, oh Jehová, y cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo.” En otras palabras, alabar a Dios no es solo correcto, sino profundamente bueno. Es un bien para nosotros, para nuestra alma, para nuestra relación con Él. Así como es bueno comer cuando tenemos hambre, descansar cuando estamos cansados, es bueno alabar cuando reconocemos la bondad de nuestro Padre.

Y ¿qué alabanza merece nuestro Dios? Una alabanza constante, diaria, como nos dice el verso 2: “Anunciar por la mañana tu misericordia, y tu fidelidad cada noche.” Desde que amanece hasta que cae la noche, hay razones para exaltar a nuestro Padre celestial. Su misericordia nos da un nuevo comienzo cada día, y Su fidelidad nos sostiene cuando cerramos los ojos por la noche. Él nunca se ausenta, nunca olvida, nunca abandona. Su presencia nos acompaña sin interrupciones. Y porque Su bondad no descansa, nuestra alabanza tampoco debería hacerlo.

El salmista no habla de una alabanza silenciosa o mental, sino de una alabanza expresiva. Menciona instrumentos musicales: el decacordio, el salterio, el arpa… Esto nos recuerda que la alabanza es más que un pensamiento: es una celebración viva, audible, hermosa. No es solo decir “gracias”, es cantarlo, proclamarlo, expresarlo con gozo. Así como los hijos celebran a sus padres con palabras, gestos, dibujos o canciones, nosotros también podemos expresar nuestra gratitud al Padre celestial con todo lo que somos.

Y si alguien se pregunta: “¿Por qué tanta alabanza?” la respuesta la da el versículo 4: “Por cuanto me has alegrado, oh Jehová, con tus obras; en las obras de tus manos me gozo.” Nuestro gozo tiene fundamento. No es un optimismo vacío, sino una respuesta a las obras de Dios. La creación, la provisión diaria, la gracia en Cristo, la guía del Espíritu, el consuelo en la prueba… todo lo que Dios ha hecho y hace nos llena de gozo verdadero.

El salmista no se enfoca en lo que le falta, sino en lo que ha recibido. Y eso transforma su actitud. Porque cuando uno reconoce la bondad del Padre, el corazón se inclina naturalmente a alabar. Como dice el apóstol Santiago: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces.” (Santiago 1:17). Entonces, ¿cómo no agradecerle?

Hay quienes solo alaban cuando las cosas van bien. Pero el salmista nos muestra un ritmo distinto: alabanza en la mañana y en la noche, en tiempos de gozo y también en tiempos de espera. Porque la bondad de Dios no depende de las circunstancias, sino de Su carácter. Y Él sigue siendo bueno, aunque no todo sea perfecto a nuestro alrededor.

Alabar a Dios por Su bondad no debería ser ocasional, ni superficial. Si hoy estás respirando, si puedes pensar, amar, orar, si has sido perdonado y sostenido, tienes más que suficientes motivos para alabar. Hazlo con tu voz, con tu tiempo, con tu vida entera. El Padre celestial ha sido bueno contigo. ¿Por qué no decírselo hoy, y todos los días?

II. La Sabiduría del Padre supera toda comprensión

Salmo 92:5-9

¡Cuán grandes son tus obras, oh Jehová! Muy profundos son tus pensamientos. El hombre necio no sabe, Y el insensato no entiende esto. Cuando brotan los impíos como la hierba, Y florecen todos los que hacen iniquidad, Es para ser destruidos eternamente. Mas tú, Jehová, para siempre eres Altísimo. Porque he aquí tus enemigos, oh Jehová, Porque he aquí, perecerán tus enemigos; Serán esparcidos todos los que hacen maldad.

El salmista ahora eleva la mirada y contempla algo que le asombra: la grandeza de las obras de Dios y la profundidad de Sus pensamientos. Aquí no está hablando solo de lo visible o de lo que podemos entender fácilmente. Está hablando de la mente de Dios, de Su sabiduría infinita, que muchas veces escapa a nuestra lógica y rompe nuestros esquemas.

“¡Cuán grandes son tus obras!” — no son pequeñas ni accidentales. Todo lo que Dios hace tiene propósito, tiene diseño, tiene una intención perfecta detrás. Desde la creación del universo hasta los detalles más mínimos de nuestra vida diaria, todo está tejido por una sabiduría que no podemos medir.

Luego dice: “Muy profundos son tus pensamientos.” Esta frase es clave. No solo se refiere a que Dios sabe más que nosotros, sino a que sus planes y caminos están más allá de lo que podemos imaginar. La profundidad de sus pensamientos implica que muchas veces no entenderemos por qué hace lo que hace, al menos no en el momento.

Y aquí surge un contraste. El versículo 6 dice: “El hombre necio no sabe, y el insensato no entiende esto.” Es decir, hay quienes, al ver el mundo, no reconocen la mano de Dios ni la profundidad de Su sabiduría. Juzgan con ojos humanos, con lógica limitada, y por eso tropiezan en su comprensión. ¿Por qué los malos prosperan? ¿Por qué los justos sufren? ¿Por qué Dios permite esto o aquello? Desde la superficie, muchas cosas parecen injustas o incomprensibles.

Pero el salmista da una respuesta clara: “Cuando brotan los impíos como la hierba… es para ser destruidos eternamente.” A primera vista, los impíos parecen prosperar. Florecen, crecen rápido, como la hierba después de la lluvia. Pero no tienen raíz. No tienen fundamento. Y su aparente éxito es pasajero.

Dios permite muchas cosas que nosotros no entendemos, pero Él nunca pierde el control. Su sabiduría incluye tanto el juicio como la misericordia, tanto el crecimiento del justo como la caída del impío. Nada se le escapa, y todo está dentro de un plan mayor.

Esto nos enseña algo muy importante: no todo lo que parece bueno lo es, y no todo lo que parece malo lo será para siempre. Lo que hoy no entiendes, Dios ya lo ha visto completo desde la eternidad. Su sabiduría no se limita al presente. Él ve el fin desde el principio.

Y si hoy enfrentamos momentos donde todo parece confuso, podemos descansar en esto: nuestro Padre celestial sabe lo que hace. Aunque sus pensamientos sean más profundos que los nuestros, aunque no entendamos todo su obrar, podemos confiar en que Él es sabio, justo y fiel.

¿Estás atravesando algo que no entiendes? ¿Ves injusticias que te desconciertan? No eres el único. Pero el llamado del Salmo 92 es a confiar, no en lo que vemos, sino en la sabiduría de nuestro Padre, que es perfecta, eterna y siempre buena.

Confía en Él, incluso cuando no entiendas. Porque su sabiduría no se equivoca, y su plan es más alto que tu pensamiento.

III. La Fortaleza del Padre nos sostiene en la lucha

Salmo 92:10-11

Pero tú aumentarás mis fuerzas como las del búfalo; Seré ungido con aceite fresco. Y mirarán mis ojos sobre mis enemigos; Oirán mis oídos de los que se levantaron contra mí, de los malignos.

En este momento del Salmo, el autor cambia de tono y se vuelve más personal. Ya no está hablando solo de la grandeza de Dios en general, sino de cómo ha experimentado su fortaleza en medio de la lucha. Comienza diciendo: “Pero tú aumentarás mis fuerzas como las del búfalo.” Aquí no se trata de una fuerza cualquiera, sino de una fortaleza renovada, poderosa, imponente, como la de uno de los animales más robustos del mundo antiguo. El salmista reconoce que esta fuerza no viene de sí mismo, sino del Padre celestial, que la concede en el momento necesario.

Esta frase, “tú aumentarás”, es clave. El salmista no está diciendo que ya es fuerte, sino que Dios lo fortalecerá. Es una declaración de confianza en medio de la adversidad. Todos atravesamos momentos en que nuestras propias fuerzas no son suficientes. Pero aquí vemos que el Padre no solo nos acompaña en la batalla, sino que también nos capacita para resistirla y superarla.

Luego añade: “Seré ungido con aceite fresco.” La unción en la Biblia es símbolo de consagración, renovación, presencia divina. No es aceite viejo, no es fuerza pasada; es algo fresco, actual. Esto nos enseña que la fortaleza de Dios no se basa en experiencias del pasado, sino en una renovación constante. No luchamos con lo que fuimos, sino con lo que Dios hace hoy en nosotros.

Finalmente, el salmista declara con firmeza: “Y mirarán mis ojos sobre mis enemigos; oirán mis oídos de los que se levantaron contra mí.” No está hablando de venganza, sino de la seguridad de que el Padre le dará la victoria. Verá cómo quienes se levantan contra él son derrotados, no por su mano, sino por la justicia divina. El Padre pelea por los suyos, y Su fortaleza se manifiesta en protección, en justicia y en fidelidad.

Si estás atravesando una lucha, si sientes que tus fuerzas se agotan, recuerda que el Padre no te deja solo ni débil. Él aumentará tus fuerzas, te ungirá con su presencia fresca, y te hará permanecer firme hasta que veas su justicia obrar a tu favor. No te apoyes en tu energía: apóyate en Su poder.

IV. La Justicia del Padre asegura fruto y permanencia

Salmo 92:12-15

El justo florecerá como la palmera; Crecerá como cedro en el Líbano. Plantados en la casa de Jehová, En los atrios de nuestro Dios florecerán. Aun en la vejez fructificarán; Estarán vigorosos y verdes, Para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto, Y que en él no hay injusticia.

El salmista concluye este cántico exaltando una de las cualidades más firmes y consoladoras del Padre celestial: Su justicia. Después de hablar de la bondad, la sabiduría y la fortaleza divina, se afirma con certeza que la justicia de Dios no solo castiga al impío, sino que también afirma al justo, lo sostiene y le da fruto duradero.

El versículo 12 comienza con una imagen muy bella y simbólica: “El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano.” Tanto la palmera como el cedro eran árboles bien conocidos en la región: la palmera por su resistencia y capacidad de florecer en el desierto, y el cedro por su altura, firmeza y longevidad. Aquí no se trata de una vida superficial, sino de una existencia sólida, fuerte y fértil, aun en medio de las condiciones más difíciles. Así es la vida del justo cuando permanece arraigado en Dios: florece no por las circunstancias, sino por el carácter fiel de su Padre celestial.

Luego dice que el justo está “plantado en la casa de Jehová”. Esta imagen nos recuerda que la permanencia y el fruto no dependen del entorno externo, sino del lugar donde uno está arraigado. Plantado en la casa del Señor significa vivir en Su presencia, vivir una vida conectada espiritualmente con Él. Es allí, en esa comunión con el Padre, donde el alma encuentra nutrición, estabilidad y propósito. Por eso, añade: “en los atrios de nuestro Dios florecerán.” El florecimiento no es una promesa genérica; es el resultado de estar en la presencia de un Dios justo que no olvida a los suyos.

Uno de los aspectos más conmovedores de este pasaje es el que viene a continuación: “Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes.” Esto va en contra de la lógica del mundo, donde se valora solo la fuerza de la juventud o la novedad. Pero en el Reino de Dios, la justicia del Padre asegura que la vida del justo siga dando fruto hasta el final. No se marchita, no se desecha, no pierde valor. Al contrario: el justo, al permanecer en Dios, sigue lleno de savia espiritual, de vitalidad interior, de esperanza fresca. Esta es una promesa gloriosa: Dios no abandona a los suyos en ninguna etapa de la vida.

Finalmente, se revela el propósito de esta permanencia y bendición: “para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto, y que en él no hay injusticia.” El fruto y la permanencia del justo no son un fin en sí mismos, sino que sirven para dar testimonio del carácter de Dios. Cada creyente que sigue dando fruto en medio de la prueba, en la vejez o en tiempos de oscuridad, está proclamando con su vida que Dios es justo, fuerte y fiel. En un mundo lleno de confusión e injusticia, los hijos de Dios permanecen como testigos vivientes de que en Él “no hay injusticia”.

Quizá hoy te preguntas si vale la pena ser fiel, si el camino del justo realmente tiene recompensa. Este Salmo responde con claridad: sí, vale la pena. La justicia del Padre asegura que darás fruto, que no serás olvidado, que tu vida tendrá permanencia, propósito y testimonio hasta el final.

No importa si estás en el inicio de tu camino o en la vejez. Si estás plantado en Él, florecerás. Y tu vida, como la palmera y el cedro, anunciará al mundo que Dios es justo y digno de toda confianza.

IV. Conclusión

Hoy hemos recorrido el Salmo 92 y hemos visto, con claridad y profundidad, cómo el carácter del Padre celestial se revela en su bondad, sabiduría, fortaleza y justicia. Este Salmo no es solo un canto de alabanza; es un testimonio viviente de lo que significa confiar en Dios como Padre en cada etapa de la vida.

Su bondad nos invita a alabarlo constantemente, no por obligación, sino como una respuesta natural a su amor inmerecido. Su sabiduría, aunque muchas veces misteriosa, nos recuerda que Él ve lo que nosotros no vemos y actúa con propósito eterno. Su fortaleza nos sostiene en la lucha, cuando nuestras propias fuerzas ya no alcanzan. Y su justicia nos asegura que nuestra vida no será estéril ni pasajera, sino que dará fruto y permanecerá si estamos plantados en Él.

Este Día del Padre, celebremos no solo a los padres terrenales, sino también al Padre perfecto, que nunca falla, que siempre está presente y que obra para nuestro bien eterno. En Él encontramos identidad, seguridad y esperanza.

Que nuestras vidas reflejen la confianza en ese Padre celestial que merece toda alabanza, porque en Él no hay injusticia. Amén.

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