Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez – Pastor IBECH

1 de junio de 2025

La aflicción es una realidad inevitable en la vida. En algún momento enfrentamos dolor, incertidumbre o pérdida. El Salmo 71:1-8 nos muestra a un creyente que, a pesar de las dificultades, ha aprendido a refugiarse en Dios con plena confianza. El salmista, ya en su vejez, mira atrás y reconoce que el Señor ha sido su esperanza desde su juventud. Esta experiencia lo lleva a una alabanza continua y a una fe firme. Hoy reflexionaremos en cómo esa misma seguridad puede sostenernos a nosotros también, aun en medio de la aflicción más profunda.

Durante la Segunda Guerra Mundial, una familia judía se escondía en un sótano oscuro para escapar de la persecución nazi. Los días eran largos, silenciosos, llenos de temor. No sabían si el sonido de unos pasos era una patrulla enemiga o un vecino llevando pan. En medio de esa oscuridad, una niña de apenas diez años escribió en la pared con un pedazo de carbón una frase que años después fue descubierta:

“Creo en el sol, aunque no brille. Creo en el amor, aunque no lo sienta. Creo en Dios, aunque no lo vea.”

Esa niña no tenía garantías humanas. No sabía si viviría al día siguiente. Pero había algo en su corazón que le daba seguridad: la fe en un Dios que no abandona. Como el salmista del Salmo 71, ella había aprendido a confiar, incluso en la aflicción más intensa.

La fe no es negar el dolor, es refugiarse en Dios en medio del dolor. Como roca firme, Él no se mueve. Como castillo fuerte, Él nos protege. Como esperanza eterna, Él nunca falla.

La historia de aquella niña nos conmueve porque refleja una fe sencilla pero poderosa: una confianza que no depende de lo que se ve, sino de quién es Dios. Y eso es precisamente lo que encontramos en el Salmo 71. El salmista, al igual que esa niña, atraviesa momentos difíciles, pero su seguridad no está en las circunstancias, sino en el carácter fiel de Dios. Hoy vamos a adentrarnos en este pasaje para ver cómo, aun en medio de la aflicción, podemos tener una fe firme. Veremos que Dios es nuestro refugio permanente, que Él nos sostiene desde el principio de nuestra vida, y que merece nuestra alabanza en todo tiempo. Así como la niña escribió con convicción en la oscuridad, nosotros también podemos declarar con el salmista: “En ti, oh Jehová, me he refugiado, no sea yo avergonzado jamás.” Esa es la seguridad del creyente, y hoy la vamos a profundizar.

I. Dios es nuestro refugio permanente

Salmo 71:1-3

En ti, oh Jehová, me he refugiado; No sea yo avergonzado jamás. Socórreme y líbrame en tu justicia; Inclina tu oído y sálvame. Sé para mí una roca de refugio, adonde recurra yo continuamente. Tú has dado mandamiento para salvarme, Porque tú eres mi roca y mi fortaleza.

El salmista inicia este salmo con una declaración cargada de confianza: “En ti, oh Jehová, me he refugiado”. No está expresando una intención futura, ni una esperanza idealista. Está hablando desde la experiencia: ya se ha refugiado en Dios, ya ha corrido a Él como su lugar seguro en momentos de peligro, debilidad o dolor. Esta no es una oración casual; es el clamor de alguien que conoce a Dios como un refugio probado y permanente.

1. Un refugio que no falla

La palabra “refugio” aquí implica un lugar al que se huye cuando todo lo demás ha fallado. El refugio es donde se corre cuando hay amenaza. En la vida, todos corremos a algún refugio: algunos al dinero, otros a personas, al entretenimiento, a la negación del problema, e incluso al pecado. Pero solo Dios puede ser un refugio que nunca falla. El salmista pide: “No sea yo avergonzado jamás”, es decir, “que no me quede expuesto ni confundido por haber confiado en Ti”. Este no es un temor egoísta, sino un deseo profundo de que su fe en Dios no sea burlada ni defraudada.

2. Un refugio justo y cercano

El verso 2 continúa: “Socórreme y líbrame en tu justicia; Inclina tu oído y sálvame.” El salmista no apela a sus méritos, ni a su santidad, ni a sus buenas obras. Pide ser librado “en tu justicia”. Reconoce que la salvación no depende de cuánto podamos hacer nosotros, sino de cuán justo es nuestro Dios. Y lo maravilloso es que ese Dios justo también es cercano: “Inclina tu oído…”. El Dios todopoderoso, el creador de los cielos y la tierra, se agacha como un padre para escuchar a su hijo. Esta es una imagen de ternura, de atención íntima. Dios no solo salva desde lejos, sino que escucha de cerca. En la aflicción, no estamos gritando al vacío; estamos siendo oídos por Aquel que se inclina hacia nosotros.

3. Un refugio constante y accesible

En el verso 3 leemos: “Sé para mí una roca de refugio, adonde recurra yo continuamente.” Aquí hay una verdad poderosa: Dios no es solo un refugio ocasional, al que vamos cuando todo está perdido. Es una roca de refugio constante, un lugar al que podemos ir una y otra vez, cada día, a cada hora, sin límite. Y el salmista sabe que este refugio no es un invento emocional ni una ilusión espiritual. Lo dice claramente: “Tú has dado mandamiento para salvarme.” Es decir, Dios mismo ha ordenado su salvación. ¡Qué seguridad más grande saber que nuestra protección no depende de nuestras emociones, sino de un decreto divino!

4. Un refugio fuerte y firme

La última línea del verso 3 lo resume con dos palabras claves: “Porque tú eres mi roca y mi fortaleza.” En tiempos bíblicos, una roca era símbolo de firmeza, de algo que no se mueve. Y una fortaleza era una estructura protegida, impenetrable. Juntas, estas imágenes nos enseñan que Dios es a la vez inconmovible y protector. Cuando el mundo se derrumba, Él permanece. Cuando el enemigo ataca, Él defiende. Esto es especialmente valioso cuando nos sentimos vulnerables: física, emocional o espiritualmente. Cuando fallan nuestras fuerzas, cuando fallan los amigos, cuando fallan las circunstancias, Él no falla.

Hermano, hermana, ¿estás atravesando una situación de angustia, temor o incertidumbre? ¿Sientes que todo a tu alrededor tiembla y no sabes a dónde correr? Hoy la Palabra te dice: corre a Cristo. Él es tu refugio permanente. No te rechazará, no llegará tarde, no se cansará. A veces, como el salmista, vamos a clamar pidiendo socorro. A veces, vamos a acudir solo a descansar en su presencia. Pero sea cual sea la circunstancia, tenemos acceso constante al refugio

II. Dios nos sostiene desde el principio

Salmo 71:4-6

Dios mío, líbrame de la mano del impío, De la mano del perverso y violento. Porque tú, oh Señor Jehová, eres mi esperanza, Seguridad mía desde mi juventud. En ti he sido sustentado desde el vientre; De las entrañas de mi madre tú fuiste el que me sacó; De ti será siempre mi alabanza.

El salmista eleva una súplica en medio de un contexto de amenaza: clama ser librado del impío, del perverso y violento. Está enfrentando oposición, quizás traición, abandono, o simplemente el peso de envejecer y sentirse vulnerable. Pero en medio de esa presión, hace memoria: recuerda que su vida no comenzó el día de su aflicción, ni siquiera el día de su juventud, sino mucho antes. Reconoce que Dios ha sido su sustentador desde el vientre materno, desde su nacimiento, y aún antes. Y al recordar el principio, renueva su esperanza para el presente.

1. Dios conoce y sostiene desde antes del primer llanto

La declaración del verso 6: “En ti he sido sustentado desde el vientre” nos lleva al corazón de una verdad profunda: nuestra historia empieza en Dios. No fuimos accidentes, ni productos del azar. Antes de que pronunciáramos palabra alguna, antes de ser conscientes de nuestro entorno, Dios ya nos sostenía.

Esto no es solo poesía antigua; es una verdad revelada también en el Nuevo Testamento. El apóstol Pablo escribe en Efesios 1:4: “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo”.

Dios nos pensó, nos formó y nos amó desde la eternidad. Cristo, el Hijo eterno, es la manifestación máxima de ese amor eterno.

Cada uno de nosotros tiene una historia marcada por un Dios que sostiene la vida desde su inicio, que nos forma en el vientre, que conoce cada uno de nuestros días, y que no nos abandona en el trayecto.

2. Dios es nuestra esperanza desde la juventud

En el verso 5 el salmista dice: “Porque tú, oh Señor Jehová, eres mi esperanza, seguridad mía desde mi juventud.” Es importante destacar este elemento progresivo. Primero afirma que Dios lo sustentó desde el vientre; ahora recuerda que en su juventud fue su esperanza.

La juventud es una etapa de decisiones, impulsos, búsquedas. No siempre se asocia con dependencia de Dios. Sin embargo, este hombre aprendió a depositar su confianza en el Señor en esa etapa temprana.

Y aquí es donde el enfoque cristocéntrico brilla con fuerza: en nuestra juventud, cuando el alma busca propósito, sentido y dirección, Cristo es quien nos llama: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Él es nuestra esperanza, no solo para la salvación futura, sino para las decisiones presentes. Él es el pastor que guía desde temprano, que sostiene la fe naciente, que llama con ternura y paciencia al corazón joven.

3. El Dios que estuvo desde el principio es el mismo que está ahora

A veces, cuando estamos en medio del dolor, la angustia o el envejecimiento, olvidamos lo que Dios ya ha hecho. Nos sentimos abandonados o confundidos. Pero el salmista combate ese olvido con memoria: recuerda la fidelidad de Dios desde antes de nacer, en la juventud, y hasta ahora.

Y si Dios ha sido fiel en cada etapa pasada, ¿por qué dejaría de serlo ahora? Si Él nos formó, nos sostuvo, nos buscó y nos salvó, ¿no seguirá sosteniéndonos hoy?

Esta es una afirmación poderosa en el contexto cristiano: el mismo Dios que te sostuvo desde el vientre, te sostuvo también en la cruz a través de su Hijo.

Jesucristo vino a este mundo como uno de nosotros, nació de mujer, vivió nuestra experiencia humana completa, y en la cruz cargó con nuestras debilidades, pecados y aflicciones.

4. Una vida de alabanza como respuesta al sostén divino

La última frase del verso 6 declara: “De ti será siempre mi alabanza.” No es simplemente gratitud ocasional. Es un reconocimiento continuo de que la vida misma está entretejida con la fidelidad de Dios.

El cristiano que comprende que su historia está sostenida por la gracia no puede vivir en silencio. La alabanza es la única respuesta coherente cuando reconocemos que, desde antes de nacer, hasta la vejez, todo ha sido por la misericordia de Dios.

Cristo, quien es el Alfa y la Omega, merece nuestra alabanza porque ha estado en cada punto de nuestro recorrido. Cuando alabamos, estamos diciendo: “Señor, tú has sido fiel desde el principio… y sé que no me soltarás ahora”.

Querido hermano, querida hermana: puede que estés enfrentando una enfermedad, una pérdida, una temporada de confusión o inseguridad. Tal vez el futuro se siente incierto. Pero hoy la Palabra te invita a mirar atrás con ojos espirituales: recuerda que Dios ya ha estado contigo en cada paso.

Y si Él te sostuvo cuando no podías valerte por ti mismo, si te llamó cuando eras joven, si te cuidó incluso cuando lo ignorabas… entonces confía: Él seguirá obrando hoy.

Jesucristo es la prueba de que el amor de Dios no tiene fecha de expiración. A través de Él, hemos sido sostenidos, redimidos y asegurados desde el principio… y para siempre.

III. Dios merece nuestra alabanza constante

Salmo 71:7-8

Como prodigio he sido a muchos, Y tú mi refugio fuerte. Sea llena mi boca de tu alabanza, De tu gloria todo el día.

El salmista ha narrado cómo Dios lo ha sostenido desde el vientre, en la juventud, y cómo sigue siendo su esperanza incluso en la vejez. Ahora, en estos dos versículos, hace una transición natural: de la memoria y la súplica, pasa a la alabanza. Es como si dijera: “Después de todo lo que has hecho por mí, Señor, lo único que me queda es alabarte sin cesar”.

1. Un testimonio viviente

La frase “como prodigio he sido a muchos” puede interpretarse de distintas formas. Puede implicar que la vida del salmista fue vista como un milagro, como una señal del poder de Dios, o incluso como una rareza difícil de explicar. En cualquier caso, la idea es clara: su vida no pasó desapercibida. Fue testimonio visible de que Dios es real, poderoso y presente.

Muchos creyentes —quizás incluso tú mismo— han atravesado situaciones difíciles: enfermedades, traiciones, pérdidas, injusticias… y sin embargo, siguen firmes. No porque sean fuertes, sino porque Dios ha sido su refugio fuerte. Y eso causa asombro. La vida del creyente sostenido por Dios se convierte en señal para otros. No en una exaltación personal, sino en una plataforma para mostrar la gloria de Dios.

2. Alabanza que brota del corazón lleno

El verso 8 dice: “Sea llena mi boca de tu alabanza, de tu gloria todo el día.”

La boca se llena de lo que abunda en el corazón. Cuando uno vive en comunión con Dios, cuando uno ha probado su fidelidad a lo largo del tiempo, la alabanza no es un acto ocasional, sino una actitud permanente.

La alabanza constante no depende de que todo salga bien. De hecho, este salmo fue escrito en un contexto de lucha, de envejecimiento, de amenaza. Pero, aun así, el salmista decide que su boca no se llenará de quejas, sino de alabanza.

Como cristianos, entendemos que la gloria de Dios ha sido revelada plenamente en Jesucristo. Él es la encarnación del amor divino, el reflejo perfecto del Padre. Por eso, nuestra alabanza no solo se basa en lo que Dios ha hecho en nuestras vidas personales, sino en lo que ha hecho en Cristo por toda la humanidad: redención, perdón, victoria sobre el pecado y la muerte.

Alabar no es solo cantar en la iglesia. Es vivir con gratitud, es hablar con fe, es actuar con esperanza. Es responder a cada día —sea bueno o difícil— con la convicción de que Dios sigue siendo digno.

Que tu vida, como la del salmista, sea un “prodigio” que apunte al Dios que salva. Llena tu boca de alabanza hoy… y cada día.

IV. Conclusión

El Salmo 71:1-8 nos ha recordado verdades fundamentales que deben marcar nuestra vida cristiana. Dios es nuestro refugio permanente, nuestro sostén desde el principio y el único digno de nuestra alabanza constante. Estas no son meras afirmaciones teológicas; son verdades que transforman cómo vivimos cada día.

Primero, si Dios es nuestro refugio permanente, no hay situación presente ni futura que nos deba paralizar. Los cambios de la vida, las traiciones, los temores o la vejez no son razones para desmayar. Son oportunidades para correr hacia el único refugio seguro: Cristo, nuestra roca y castillo.

Segundo, si Dios nos ha sostenido desde el vientre, debemos reconocer que nada en nuestra vida es casualidad. Cada etapa, cada experiencia, cada cicatriz ha estado bajo su soberano cuidado. En Cristo, entendemos que incluso lo que parecía pérdida o dolor, ha sido parte de su obra redentora.

Tercero, si Dios merece nuestra alabanza constante, entonces debemos revisar qué llena nuestra boca, nuestros pensamientos y nuestras conversaciones. ¿Se nota que hemos sido sostenidos por el Señor? ¿Somos testimonios vivos de su gracia?

Aplicación práctica:

Refuerza tu tiempo devocional diario. Ve a Dios como tu refugio, no como último recurso.

Recuerda las fidelidades pasadas de Dios. Escríbelas, cuéntalas, úsalas como combustible para la fe.

Llena tu boca de alabanza. Habla de Cristo en casa, en el trabajo, con amigos. Que tu vida y tus palabras reflejen a un Dios digno.

Querido hermano o hermana: Dios ha sido fiel desde siempre, lo será hoy y lo será mañana. Así que corre a Él, descansa en Él y exáltalo sin cesar. Que tu vida sea un salmo vivo que diga: “En ti, oh Jehová, me he refugiado”.

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