Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez – Pastor IBECH

18 de mayo de 2025

Vivimos tiempos donde muchos experimentan sequedad espiritual: rutinas vacías, oraciones sin fuerza, y una sensación de lejanía de Dios. El salmista David también conoció ese desierto, no solo físico, sino del alma. En medio de la aridez, no se resignó, sino que clamó con todo su ser: “Mi alma tiene sed de ti”. Hoy reflexionaremos en Salmo 63:1-4 para aprender cómo buscar a Dios en medio de la sequedad, cómo anhelar su presencia cuando todo parece estéril, y cómo adorar aun cuando el alma siente que está en tierra seca. Dios se deja encontrar por los que lo buscan así.

Imagina a una persona caminando sola en medio de un vasto desierto. No hay senderos marcados, ni árboles, ni rastro alguno de vida. Solo dunas interminables que se mueven con el viento y el sol implacable que cae sin piedad desde lo alto. El calor es insoportable, cada paso levanta polvo que se adhiere a su piel sudorosa, y sus fuerzas comienzan a desvanecerse. La cantimplora está vacía desde hace horas. El aire es tan seco que arde al respirar. Cada fibra de su ser clama por agua. Su lengua se pega al paladar, sus labios están agrietados y su vista comienza a nublarse por el cansancio y la deshidratación.

Camina con dificultad. Tropezando. A veces se deja caer de rodillas, tratando de buscar una sombra inexistente. A su alrededor no hay consuelo ni dirección. Solo un horizonte sin fin, y dentro de él, una profunda sensación de abandono. Su necesidad ya no es solo física. En lo más hondo de su ser se despierta algo más fuerte que el dolor del cuerpo: una desesperación del alma. Una sed que va más allá de la garganta: una sed de consuelo, de guía, de sentido.

En medio de esa agonía, cuando parece que todo está perdido, de pronto, a lo lejos, divisa lo que parece un pequeño manantial. No está seguro si es real o un espejismo, pero corre con lo poco que le queda. Corre porque su vida depende de eso.

Así se sentía David en el Salmo 63. Su cuerpo estaba en el desierto, pero su alma también. Sin embargo, él sabía dónde estaba el manantial: en la presencia de Dios. Por eso dijo: “Mi alma tiene sed de ti”. Él no buscaba un cambio de paisaje, sino la fuente viva que sacia el corazón.

Tú también puedes estar caminando por un desierto hoy: espiritual, emocional o familiar. Pero no estás solo. Si corres a Dios como ese sediento al manantial, Él no te rechazará. Él es agua viva en medio de la sequedad. Y cuando llegas a Él, no solo sobrevives: revives.

I. En el desierto, el alma reconoce su necesidad

Salmo 63:1

Dios, Dios mío eres tú; De madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, En tierra seca y árida donde no hay aguas,

David escribe estas palabras mientras se encuentra en el desierto de Judá, un lugar físico de soledad y escasez, pero que refleja también un estado espiritual. Esta imagen del desierto es profundamente significativa, no solo para el pueblo de Israel, sino también para nosotros como creyentes hoy. El desierto es símbolo de prueba, de despojo, de confrontación con lo esencial. Y en ese contexto, David no clama por comida, por protección, ni siquiera por agua física. Lo primero que dice es: “Mi alma tiene sed de ti”. En medio de la tierra seca, su mayor necesidad es Dios.

En un sentido cristocéntrico, esto nos lleva a mirar hacia Cristo como la única fuente que realmente sacia. Jesús dijo: “El que tenga sed, venga a mí y beba”. En un mundo que ofrece mil maneras de llenar el vacío —filosofías, entretenimiento, relaciones superficiales, activismo sin raíz—, el alma humana sigue estando sedienta de algo más profundo, algo eterno. Solo Jesús, el agua viva, puede saciar esa sed.

Vivimos en una cultura postmoderna donde las certezas se diluyen, donde la verdad es relativa y el yo se convierte en el centro de todo. Se nos dice que busquemos dentro de nosotros mismos para encontrar significado, pero el alma sigue sedienta. Y mientras más buscamos respuestas en nosotros mismos o en el mundo que nos rodea, más seca se vuelve nuestra tierra interior. Como creyentes, no estamos exentos de pasar por desiertos espirituales. El trabajo, la rutina, las crisis, el dolor o incluso el éxito nos pueden llevar a un punto donde sentimos que la pasión se ha enfriado, donde orar cuesta y donde Dios parece lejano.

Sin embargo, es precisamente en el desierto donde se despierta la conciencia de nuestra necesidad. Allí se acallan las voces, se desmontan las máscaras, y emerge el clamor genuino: “Dios, Dios mío eres tú”. La repetición del nombre no es casualidad: es una confesión de identidad y pertenencia. David no dice “el Dios de Israel” o “el Dios de mis padres”, sino “mi Dios”. En el desierto, la fe se vuelve personal, íntima, urgente.

La frase “de madrugada te buscaré” habla de prioridad, de determinación. No es una búsqueda pasiva ni opcional; es un anhelo que no puede esperar. En un mundo que promueve gratificación inmediata, comodidad y distracción constante, este versículo nos confronta con la verdad de que necesitamos detenernos y volver a buscar a Dios con todo el corazón.

Buscar a Dios en tierra seca no es una contradicción, es una oportunidad. Porque en el desierto, donde no hay aguas, Dios se revela como la única fuente viva. Y cuando reconocemos nuestra necesidad de Él, empieza el camino hacia la renovación espiritual.

El desierto, aunque incómodo y muchas veces doloroso, tiene un propósito divino. Es el escenario donde Dios forja carácter, limpia intenciones y revela su gloria de formas que no podríamos experimentar en la comodidad. Fue en el desierto donde Moisés vio la zarza ardiendo, donde Elías escuchó el silbo apacible, donde Juan el Bautista preparó el camino del Señor, y donde Jesús fue tentado y venció. No es un lugar de castigo, sino de preparación. Allí no tenemos nada más que Dios… y es allí donde descubrimos que Dios es suficiente. Muchas veces, no valoramos el agua hasta que nos falta. Del mismo modo, a veces no valoramos la presencia de Dios hasta que nos sentimos secos por dentro. Pero si en ese momento, en esa tierra árida, nos volvemos a Él con sinceridad, descubriremos que el desierto no nos destruye: nos transforma. Porque en el desierto, Dios nos vuelve a enseñar a depender.

II. En el desierto, se despierta el deseo por Su gloria

Salmo 63:2

Para ver tu poder y tu gloria, Así como te he mirado en el santuario.

En este versículo, David expresa algo profundo y conmovedor: aun estando en el desierto, lo que más anhela no es alivio físico ni un cambio de circunstancias, sino volver a experimentar la gloria de Dios. Él dice: “para ver tu poder y tu gloria”, y añade: “así como te he mirado en el santuario”. Es decir, David recuerda momentos pasados donde había sentido la presencia de Dios con intensidad en el templo, y desea volver a ese lugar espiritual, aunque físicamente esté en un lugar de sequedad.

Esto revela algo esencial: el desierto no solo revela la necesidad, sino que aviva el recuerdo de la gloria. Cuando pasamos por etapas secas en nuestra vida espiritual, muchas veces el corazón nos lleva a recordar aquellos momentos donde fuimos tocados profundamente por Dios —un retiro, un culto, una oración respondida, una adoración sincera. Y ese recuerdo no es simplemente nostalgia; es una chispa que puede encender nuevamente el fuego del deseo por su presencia.

David no está pidiendo simplemente “ver a Dios”, sino ver su poder y su gloria. Esta es una oración osada, apasionada, intensa. No está conforme con una experiencia superficial. Anhela una revelación real y transformadora. La gloria de Dios en las Escrituras siempre ha estado relacionada con manifestaciones de su carácter, su majestad, su santidad, su belleza inigualable. Es esa gloria la que Isaías vio en el templo y lo llevó a clamar: “¡Ay de mí!”. Es la misma gloria que llenó el tabernáculo en los días de Moisés, o que resplandeció en el monte de la transfiguración delante de Pedro, Juan y Jacobo. Es una gloria que transforma, que quebranta, pero que también renueva.

Lo sorprendente es que este deseo nace en el desierto. Humanamente, uno pensaría que los momentos más fértiles para buscar a Dios son los de paz, bendición o estabilidad. Pero muchas veces es en la crisis, en el vacío, en la sequedad, cuando más claramente reconocemos cuánto necesitamos ver a Dios en su grandeza. En el bullicio cotidiano, es fácil conformarse con una fe de superficie, con una rutina religiosa. Pero en el desierto, no hay lugar para máscaras. Allí el alma clama por algo más real, más profundo, más glorioso.

En el Nuevo Testamento, Pablo refleja algo parecido cuando dice en Filipenses: “a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos…”. Para Pablo, conocer a Cristo implicaba también pasar por momentos de prueba, porque es allí donde se revela de manera más clara la gloria del Señor.

Entonces, en tu propio desierto —sea cual sea— no solo clames por salir de él. Clama como David: “Quiero ver tu poder. Quiero ver tu gloria. Quiero recordar cómo era estar en tu presencia… y quiero más.” Porque a veces, lo que Dios busca en nosotros no es sacarnos del desierto, sino encontrarnos en él. Allí, donde todo escasea, su gloria se vuelve suficiente, y su presencia, irresistible.

III. En el desierto, se valora lo eterno por encima de lo temporal

Salmo 63:3

Porque mejor es tu misericordia que la vida; Mis labios te alabarán.

Este versículo es una de las declaraciones más profundas y contraculturales de todo el Salmo 63. En medio del desierto, lejos de las comodidades del palacio y sin las seguridades de su posición como rey, David llega a una conclusión sorprendente: “Mejor es tu misericordia que la vida”. Es decir, el amor de Dios —su gracia, su presencia, su favor— es más valioso para él que la misma existencia física. En otras palabras, lo eterno supera lo temporal, incluso cuando la vida misma está en riesgo.

Este pensamiento choca de frente con los valores actuales. Hoy vivimos en una sociedad que idolatra la vida temporal. Todo gira en torno a prolongarla, protegerla, disfrutarla al máximo. Se busca evitar el sufrimiento, el dolor, el sacrificio. Pero David, en el desierto, sin acceso a lo que el mundo consideraría necesario para una vida plena, reconoce que sin Dios, incluso la vida es vacía. Por eso, su prioridad no es sobrevivir, sino adorar.

La palabra que se traduce como “misericordia” aquí es hesed en hebreo, una palabra rica que implica amor leal, fidelidad, gracia constante. Es el amor que no abandona, que no cambia con las circunstancias. David dice que eso —ese amor de Dios— es mejor que cualquier otra cosa. Mejor que el poder, la riqueza, la salud o la fama. Es una declaración de alguien que ha sido despojado de todo, y que ha descubierto que lo único que realmente importa es lo que no se puede perder: la presencia del Dios eterno.

Desde una perspectiva cristocéntrica, esta declaración encuentra su plenitud en Cristo. Jesús, en el desierto, resistió la tentación del enemigo porque tenía un enfoque eterno. Cuando el diablo le ofreció todos los reinos del mundo, Jesús respondió con las Escrituras, afirmando que solo a Dios se debía adorar (Mateo 4). Cristo valoró la voluntad del Padre más que la comodidad temporal. Y en la cruz, demostró que el amor eterno —el hesed divino hecho carne— es más fuerte que la muerte misma.

Para el creyente de hoy, esta verdad tiene aplicaciones poderosas. En tiempos de pérdida, enfermedad, incertidumbre o persecución, el desierto revela lo que realmente valoramos. ¿Qué pasa cuando perdemos lo que antes nos daba identidad o seguridad? ¿Podemos decir, como David, que el amor de Dios sigue siendo mejor que todo eso?

Muchos cristianos en el mundo están siendo perseguidos, otros pasan por enfermedades crónicas, otros por crisis familiares o económicas. Pero en medio de esos desiertos, se puede levantar una alabanza que no depende de las circunstancias. David dice: “mis labios te alabarán”. No dice “te alabaré si sales a mi encuentro” o “te alabaré cuando me bendigas”, sino simplemente porque eres mejor que la vida.

El cristiano maduro es aquel que ha aprendido a valorar lo eterno por encima de lo temporal. Y muchas veces, es en el desierto donde se aprende esa lección. Porque cuando todo lo demás se cae, solo lo eterno permanece. Y cuando lo eterno se vuelve suficiente, entonces nuestros labios pueden alabar incluso desde la tierra seca. Allí, Dios nos enseña a vivir no por lo que vemos, sino por lo que creemos. Porque lo visible es pasajero, pero lo invisible —el amor de Cristo— es eterno.

IV. En el desierto, la adoración se convierte en un acto de fe

Salmo 63:4

Así te bendeciré en mi vida; En tu nombre alzaré mis manos.

El desierto no es el lugar ideal para cantar, levantar las manos o bendecir a Dios, al menos no desde una perspectiva natural. No hay templo, no hay música, no hay comunidad que inspire. No hay respuesta visible, ni milagros a la vista. Sin embargo, es justamente allí donde David dice: “Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzaré mis manos”. Aquí, la adoración no es una reacción emocional a las bendiciones, sino una decisión consciente basada en la fe.

Cuando todo está bien, es fácil alabar. Cuando las oraciones son respondidas, los problemas resueltos y el corazón está lleno, la alabanza brota espontáneamente. Pero en el desierto —cuando el alma está sedienta, los recursos escasean y no se ve salida— la adoración se transforma en un acto de fe y de resistencia espiritual. David, lejos del tabernáculo, sin el arca, sin ofrendas, sin música levítica, levanta sus manos… no porque “siente”, sino porque cree. Cree en un Dios que sigue siendo digno, aun cuando todo parece estar en contra.

Esta clase de adoración tiene un valor inmenso ante Dios. Hebreos 13:15 nos exhorta a ofrecer a Dios “sacrificio de alabanza”, es decir, aquella alabanza que cuesta. No la que se da desde la abundancia, sino la que se entrega desde el quebranto. Cuando levantamos nuestras manos en medio del dolor, cuando declaramos la fidelidad de Dios aún sin ver la solución, cuando cantamos con lágrimas, estamos adorando como David: con fe.

Cristo mismo adoró así. En Getsemaní, quebrantado, clamó al Padre. En la cruz, citó los salmos, adorando incluso en el abandono. Su entrega fue el acto supremo de adoración: confiar en el Padre incluso cuando todo parecía perdido. Como creyentes, estamos llamados a seguir su ejemplo. La adoración en el desierto nos une con Cristo, nos purifica y fortalece.

Hoy, quizá no estés en un templo con música ni rodeado de ánimo espiritual. Pero si estás en un “desierto”, recuerda que levantar tus manos, aunque solas, es una señal poderosa de que tu fe está viva. Y eso —esa adoración en tierra seca— es preciosa ante los ojos del Señor.

V. Conclusión

El Salmo 63 nos lleva a un lugar incómodo, pero profundamente revelador: el desierto. Allí, en la soledad, el calor abrasador y la falta de recursos, David no clama primero por agua, por comida o por seguridad. Su primer anhelo es Dios. Dice: “Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré”. Este salmo no solo describe un momento geográfico difícil, sino también una experiencia espiritual común a todos nosotros: la sequedad del alma, los tiempos de prueba, pérdida, incertidumbre y lucha.

Desde ese terreno árido, aprendemos cuatro grandes verdades. Primero, que el desierto despierta la sed de Dios. Cuando todo lo demás falla, reconocemos que lo único que realmente necesitamos es su presencia. Segundo, que el desierto aviva el deseo de ver su gloria, como David que anhelaba nuevamente la manifestación de Dios tal como lo había experimentado antes. Tercero, que en el desierto aprendemos a valorar lo eterno por encima de lo temporal. Allí, David declara que el amor de Dios es mejor que la vida misma. Y cuarto, que la adoración en el desierto es un acto profundo de fe, una decisión valiente de bendecir a Dios aun cuando no hay razones externas para hacerlo.

Para nosotros, creyentes del siglo XXI, estas verdades son más relevantes que nunca. Vivimos en un mundo acelerado, saturado de estímulos y comodidades, pero también plagado de vacío espiritual. Hay muchas formas de desierto hoy: la ansiedad, la soledad, el agotamiento emocional, las crisis familiares, el sufrimiento físico. En cada uno, Dios nos invita no solo a sobrevivir, sino a buscarlo con pasión, adorarlo con fe y caminar con esperanza.

La aplicación es clara: que, en cada día de sequedad, decidamos priorizar la búsqueda de Dios. Que antes de revisar el celular por la mañana, levantemos el alma hacia Él. Que no condicionemos nuestra alabanza a las circunstancias, sino que seamos adoradores en todo tiempo. Que recordemos, como David, que Dios mismo es mejor que la vida, y que levantar nuestras manos en su nombre es un acto de fe que transforma el alma.

En tu desierto, no estás solo. Dios está allí. Y si lo buscas, lo hallarás. Porque al final, el verdadero oasis no está en salir del desierto, sino en encontrar a Dios en medio de él.

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