Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez – Pastor IBECH
20 de abril de 2025.
El dolor de una pérdida suele ser más agudo al amanecer. Las primeras luces del día no traen alivio cuando el corazón aún está enlutado. Así estaban María Magdalena y la otra María: caminando hacia una tumba con perfumes en la mano y tristeza en el alma. Para ellas, el día apenas comenzaba, pero la esperanza ya parecía haber terminado. Todo lo que les quedaba era honrar al Maestro caído, despedirse de quien había sido su luz… y ahora yacía en la oscuridad.
Pero lo que no sabían es que ese amanecer cambiaría la historia para siempre. El cielo ya se había movido. La tierra estaba a punto de temblar. La piedra que parecía sellar el final estaba por ser removida, no por manos humanas, sino por la intervención divina. Y la noticia que recibirían no solo transformaría su día, sino que encendería un mensaje eterno que aún resuena hasta hoy: “No está aquí, pues ha resucitado, como dijo.”
En este pasaje de Mateo 28:1–10, seremos testigos de cómo la resurrección de Jesús convierte el luto en esperanza, el miedo en gozo, y a simples mujeres en portadoras de las mejores noticias del universo. Porque cuando Jesús resucita, nada vuelve a ser igual. Ni para ellas, ni para nosotros. Este es el amanecer de la esperanza. Y comienza con una tumba abierta.
La resurrección de Jesús es el corazón palpitante de la fe cristiana. No es solo un evento glorioso del pasado, sino la garantía viva de todo lo que creemos. Sin resurrección, el evangelio sería un relato trágico, una historia admirable de amor y sacrificio, pero sin poder para transformar. Jesús sería recordado como un mártir, no como el Señor de la vida.
Cuando Jesús resucita, demuestra que la muerte no tiene la última palabra. Venció al enemigo más temido de la humanidad, no simbólicamente, sino de forma real, corporal y definitiva. Esa tumba vacía es el fundamento de nuestra esperanza, la confirmación de que todo lo que Él dijo es verdadero: que Él es el Hijo de Dios, el Mesías prometido, y que su sacrificio fue aceptado por el Padre.
Además, la resurrección no solo valida el pasado, sino que garantiza nuestro futuro. Pablo dijo que Cristo es “las primicias de los que durmieron”; en otras palabras, su victoria anticipa la nuestra. Si Él vive, nosotros también viviremos. La resurrección nos conecta con un propósito eterno y nos llama a vivir como testigos de una nueva realidad: la vida ha vencido.
Por eso, no predicamos a un Cristo muerto, sino a un Cristo vivo. No seguimos un recuerdo, sino una presencia. La resurrección no fue el epílogo, fue el punto de partida. Y hoy, como en aquella mañana gloriosa, el mensaje sigue siendo el mismo: “Ha resucitado, como dijo.”
I. Del luto a la tumba abierta
Mateo 28:1-4
Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro. Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos.
La escena comienza al amanecer del primer día de la semana. El texto dice que María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Ellas no iban con expectativas de un milagro, sino con el peso del duelo. Iban a visitar una tumba, no a buscar vida. Lo hacían como lo haría cualquier persona que ama profundamente y pierde: llevando perfume para un cuerpo sin aliento.
Este pequeño detalle —que iban “al amanecer”— no es solo un dato cronológico, sino una imagen profundamente simbólica. Ellas estaban saliendo de una noche de desesperanza hacia un día que aún no sabían que sería glorioso. A veces, el amanecer no se siente como luz; se siente como continuidad del dolor. Pero el cielo ya se había adelantado a sus pasos.
Dice el versículo 2: “Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor descendiendo del cielo, y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella.” La tierra tiembla porque algo eterno está ocurriendo. La piedra no fue removida para que Jesús pudiera salir, sino para que las mujeres pudieran ver que Él ya no estaba allí. El ángel no está parado a la defensiva, sino sentado sobre la piedra removida. La victoria ya ha sido ganada. El mensajero del cielo se sienta como quien dice: «Todo está hecho».
Mientras tanto, los guardias —los hombres entrenados para mantener el orden, los representantes del poder humano— tiemblan y caen como muertos. Qué contraste tan fuerte: los soldados están postrados de miedo, mientras las mujeres, vulnerables en apariencia, serán las primeras testigos del milagro.
Aquí encontramos una verdad clave: la resurrección no fue anunciada a los poderosos, sino a los que amaban. La tumba abierta no es un espectáculo para escépticos, sino una revelación para quienes buscaban a Jesús con sinceridad, aunque fuera entre los muertos. Ellas no sabían lo que iban a encontrar, pero fueron. Y en su búsqueda sencilla, Dios las sorprendió con el milagro más grande.
Esto nos habla hoy con fuerza. Tal vez tú también has llegado al sepulcro con lágrimas, con pérdidas, con resignación. Tal vez solo viniste a “ver el sepulcro”, no esperabas una intervención divina. Pero el Dios de la tumba abierta todavía sacude la tierra cuando el cielo decide actuar. La piedra que parecía final es removida por su poder.
La resurrección comienza aquí: no con una visión gloriosa del Cristo resplandeciente, sino con una tumba abierta en la mañana del dolor. Porque el mensaje de Dios es claro: la esperanza no nace del triunfo humano, sino del poder divino que actúa cuando todo parece perdido. Así comienza el amanecer de la esperanza.
II. Del temor al anuncio
Mateo 28:5-7
Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho.
Después del terremoto y de ver a los guardias caer como muertos, las mujeres están en shock. El escenario es desconcertante: la piedra removida, un ángel resplandeciente, soldados paralizados… y una tumba abierta. Su corazón late con fuerza, no saben si correr o quedarse. Pero entonces, el ángel les habla. Y lo primero que les dice es profundamente personal: “No temáis vosotros” (v.5).
Ese “vosotros” hace una distinción poderosa. Los guardias sí tienen razón para temer. Pero las mujeres, que buscaban con amor al Maestro, reciben una palabra de consuelo. La resurrección trae juicio para unos, pero paz para otros. Cuando el cielo se manifiesta, no todos lo experimentan igual. Para los que aman a Jesús, no hay motivo para temer.
El ángel continúa: “Porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado.” Qué declaración tan bella: Dios sabe a quién estás buscando. Aun cuando lo busques en medio del dolor o de la confusión, Él reconoce el anhelo de tu corazón. Y entonces viene el anuncio glorioso: “No está aquí, pues ha resucitado, como dijo.”
¡Esa frase lo cambia todo! La tumba vacía no es un robo, ni un símbolo, ni una ilusión. Es una confirmación. Jesús ha resucitado, tal como lo había prometido. La palabra se ha cumplido. Lo que parecía una tragedia final, era en realidad el cumplimiento del plan eterno de Dios.
Pero el mensaje no termina con una noticia para guardar. El ángel añade tres imperativos claves: “Venid, ved… id pronto y decid…” (v.6–7). Este es el patrón de la vida cristiana. Primero: venid, acércate y no temas. Segundo: ved, observa con fe la obra de Dios, cree lo que tus ojos no entienden del todo. Tercero: id y decid, porque la esperanza no es un tesoro para esconder, sino una verdad para anunciar.
Dios no abrió la tumba solo para que la vieran. La abrió para que el mensaje saliera al mundo. El anuncio no quedó en el ángel, fue confiado a ellas. A mujeres quebrantadas, comunes, que simplemente estaban ahí, buscando. En un mundo donde el testimonio femenino ni siquiera era aceptado legalmente, Dios decide que ellas sean las primeras predicadoras de la resurrección. ¡Qué glorioso es el reino de Dios, que rompe moldes humanos para manifestar su poder!
Ellas no fueron elegidas por su fuerza, ni por su elocuencia, sino por su amor. Porque buscaron a Jesús en el lugar más oscuro, fueron las primeras en recibir la luz más brillante.
Así también nosotros: cuando el temor nos rodea, Dios nos llama a confiar, a ver, y a anunciar. La tumba está vacía, y el mensaje sigue vivo. La resurrección no es solo una verdad que creemos; es una noticia que debemos proclamar.
III. Del encuentro al gozo
Mateo 28:8-10
Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.
Las mujeres han recibido un mensaje extraordinario. Han visto la tumba abierta, han escuchado al ángel, han sido enviadas con una misión. Pero no han visto aún al Resucitado. Salen del sepulcro corriendo, y el texto nos dice algo muy humano y profundo: “con temor y gran gozo” (v.8).
Estas dos emociones, aparentemente opuestas, caminan juntas. Tienen temor porque han presenciado algo sobrenatural, algo que sobrepasa la lógica. Pero al mismo tiempo, sienten un gozo inmenso, una alegría que comienza a brotar como el sol que se alza. Es el gozo que nace cuando la fe empieza a ver cumplidas sus promesas. Y en ese preciso momento, cuando van camino a obedecer, sucede lo impensado: Jesús mismo les sale al encuentro.
“Y he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve!” (v.9). Esta es una de las escenas más bellas de los Evangelios. El Cristo resucitado no espera en un trono ni se revela primero en el templo. Sale al camino de sus discípulas, a ese camino cotidiano de obediencia. Y su primera palabra no es una exhortación teológica, ni una proclamación majestuosa, sino algo tan sencillo como: “¡Salve!” —una palabra griega que también puede traducirse como “¡Alegría!” o “¡Regocíjense!”
Ellas, al verlo, no pueden más que postrarse. No hacen preguntas, no exigen pruebas, no razonan. Solo adoran. “Ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron.” (v.9). Este momento es puro: adoración nacida del amor, reverencia nacida del asombro. El cuerpo que pensaban ungir está vivo. El que fue clavado, ahora está de pie delante de ellas. Sus pies, aún marcados por los clavos, son ahora abrazados como el lugar más sagrado.
Y Jesús les habla de nuevo. No les reprende por haber dudado, ni las corrige por sus emociones. Les dice: “No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos…” (v.10). Es la misma estructura del ángel, pero con un peso mayor, porque ahora es el mismo Cristo quien les habla. No temáis —porque el temor ha quedado atrás con la tumba. Id, dad las nuevas —porque el gozo debe continuar su camino.
Una palabra conmovedora es la que Jesús usa: “mis hermanos”. No dice “mis discípulos”, ni “los que me abandonaron”, sino mis hermanos. La resurrección no solo restaura la vida, sino también la relación. El Cristo resucitado no viene a reclamar fidelidad perfecta, sino a restaurar a los que le fallaron. Viene con gracia, con ternura, con esperanza.
Este es el mensaje final: cuando caminamos en obediencia, aunque con temor, Jesús se hace presente. No solo envía noticias desde lejos, se deja encontrar. Y cuando lo encontramos, el temor se disuelve en adoración, y el gozo se vuelve misión. La resurrección no es solo un evento, es un encuentro. Y ese encuentro, cambia todo.
IV. Aplicación en nuestro mundo Post Moderno
Vivimos en una era postmoderna, una época marcada por la fragmentación de la verdad, el escepticismo y la constante búsqueda de significado en un mundo que a menudo parece carecer de él. En este contexto, la resurrección de Jesús tiene implicaciones profundas, no solo como un evento histórico, sino como una verdad que resuena con la humanidad moderna, más que nunca.
En primer lugar, la resurrección desafía el relativismo predominante en la cultura postmoderna. En una sociedad que promueve la idea de que todas las creencias son igualmente válidas, el hecho de que Jesús haya resucitado de entre los muertos se presenta como un reclamo absoluto: Él vive, y su vida define la verdad. La resurrección no es solo un mito o una metáfora, sino una afirmación contundente de que hay una verdad objetiva que trasciende las opiniones humanas. En un mundo donde las narrativas compiten por ser consideradas “verdaderas”, la resurrección de Cristo se erige como la piedra angular de una verdad que no depende de la interpretación humana, sino de la revelación divina.
Además, la resurrección responde al anhelo humano de esperanza frente al sufrimiento y la muerte, algo que nuestra sociedad postmoderna busca sin cesar. Vivimos en un mundo donde el miedo a la muerte, la inseguridad y la ansiedad son predominantes. La resurrección de Jesús trae la promesa de que la muerte no tiene la última palabra. En una cultura que enfrenta un vacío existencial y la falta de certezas, la resurrección de Cristo ofrece una esperanza sólida: la vida después de la muerte. No solo el cuerpo de Jesús fue restaurado, sino que, a través de Él, se ofrece una nueva vida a todo aquel que cree. La resurrección asegura que, aunque el sufrimiento y la muerte son reales, no tienen la última palabra.
En el ámbito social y ético, la resurrección también transforma nuestra visión del mundo y de la justicia. En una cultura postmoderna que a menudo redefine la moralidad según las circunstancias, la resurrección de Jesús introduce un concepto radical de justicia: una justicia que no se basa en el castigo o en la venganza, sino en la reconciliación, el perdón y la restauración. La cruz y la resurrección no solo muestran el amor sacrificial de Dios, sino que también inauguran un reino donde las relaciones humanas se caracterizan por la gracia y el perdón, no por el juicio o la retaliación. En un mundo dividido por conflictos y polarizaciones, el mensaje de la resurrección invita a los cristianos a ser agentes de reconciliación.
Finalmente, la resurrección reconfigura nuestra identidad personal y colectiva. En una era donde las personas luchan por encontrar su identidad en medio de tantas voces que les dicen quiénes deben ser, la resurrección nos ofrece una identidad nueva en Cristo. No somos definidos por nuestros fracasos, nuestros pasados o las etiquetas sociales, sino por la vida resucitada de Jesús. La resurrección nos invita a vivir en la libertad y el poder de la nueva creación que Dios ha iniciado en nosotros, ahora y para siempre.
En resumen, la resurrección de Jesús no solo es un hecho histórico, sino un mensaje radical que tiene implicaciones profundas para nuestra vida en el mundo postmoderno. En un contexto de relativismo, desesperanza, injusticia y búsqueda de identidad, la resurrección se presenta como la respuesta definitiva: una verdad objetiva, una esperanza eterna, una ética de gracia y una identidad renovada. Cristo ha resucitado, y ese hecho cambia todo.
V. Conclusión
La resurrección de Jesús no es solo un evento histórico, sino el fundamento de nuestra fe cristiana. Es el punto de partida para una vida transformada. El apóstol Pablo lo expresó de manera clara: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe; aún estáis en vuestros pecados” (1 Corintios 15:17). La resurrección valida todo lo que Cristo dijo y hizo. Es la confirmación de su divinidad, la prueba de que Él venció el pecado y la muerte, y la garantía de nuestra salvación.
Aceptar a Cristo como Señor y Salvador no es solo reconocer su sacrificio en la cruz, sino también poner nuestra fe en su victoria sobre la muerte. La resurrección nos invita a creer que Jesús no solo murió por nuestros pecados, sino que, al resucitar, nos ofrece una nueva vida. Esa nueva vida comienza con la fe: la fe en que Él vive, en que Su poder está disponible para transformar nuestras vidas y darnos esperanza.
No podemos experimentar esta transformación sin fe. La resurrección exige una respuesta personal: confiar en Jesús como el único que tiene el poder de salvarnos, de perdonar nuestros pecados y de darnos vida eterna. Esta es la fe que nos conecta con el poder de la resurrección. Solo a través de esa fe, al aceptar a Cristo como Señor y Salvador, podemos caminar en la victoria que Él ya ha ganado por nosotros.






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