Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez – Pastor IBECH
13 de abril de 2025
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén marcó el inicio de la Semana Santa. La multitud lo aclamaba con «¡Hosanna al Hijo de David!», reconociéndolo como el Mesías esperado. A pesar de las aclamaciones, muchos tenían una idea errónea del tipo de rey que Jesús sería. Esto nos lleva a reflexionar: ¿Qué tipo de rey esperamos nosotros en Jesús?
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, narrada los evangelios, marca un momento crucial en su ministerio terrenal. Este evento, celebrado hoy como el Domingo de Ramos, inicia la Semana Santa y cumple profecías mesiánicas del Antiguo Testamento. Jesús, al montar un asno, no solo cumple la profecía de Zacarías 9:9, sino que también presenta una imagen de humildad y paz, contrastando con las expectativas de un Mesías guerrero que muchos en Israel anhelaban.
La multitud que lo recibe extiende sus mantos y ramas en el camino, aclamándolo con «¡Hosanna al Hijo de David!». Esta expresión, tomada del Salmo 118, es una súplica de salvación y un reconocimiento de su linaje real. Sin embargo, es evidente que muchos de los presentes tenían una comprensión limitada de la verdadera naturaleza de su reino.
Este pasaje nos invita a reflexionar sobre nuestras propias expectativas respecto a Jesús. Al igual que la multitud de Jerusalén, podríamos tener ideas preconcebidas sobre cómo debería actuar Dios en nuestras vidas. Es esencial cuestionarnos: ¿Estamos buscando en Jesús un rey que cumpla nuestros deseos temporales o reconocemos en Él al Salvador que ofrece una transformación profunda y eterna?
Al adentrarnos en este relato, permitamos que el Espíritu Santo examine nuestros corazones, desafiando cualquier expectativa errónea y guiándonos a una comprensión más profunda de quién es Jesús y del tipo de reino que vino a establecer.
Veamos qué nos dice la Biblia en:
Mateo 21:1-11
Cuando se acercaron a Jerusalén, y vinieron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió dos discípulos, diciéndoles: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego hallaréis una asna atada, y un pollino con ella; desatadla, y traédmelos. Y si alguien os dijere algo, decid: El Señor los necesita; y luego los enviará. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: Decid a la hija de Sion: He aquí, tu Rey viene a ti, Manso, y sentado sobre una asna, Sobre un pollino, hijo de animal de carga. Y los discípulos fueron, e hicieron como Jesús les mandó; y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos; y él se sentó encima. Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino. Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es este? Y la gente decía: Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea.
A partir de esta historia veamos qué tipo de rey representa realmente Jesús, algo que es muy importante para entender nuestra relación con Él.
I. Las Expectativas del Pueblo Judío
Las expectativas del pueblo judío respecto al Mesías en la época de Jesús estaban profundamente arraigadas en su historia, tradiciones y las Escrituras. Estas expectativas se habían desarrollado y diversificado a lo largo de los siglos, dando lugar a diversas concepciones sobre la naturaleza y misión del Mesías.
1. Un Libertador Político y Militar.
Una de las expectativas predominantes era la llegada de un líder que liberaría a Israel del dominio extranjero. En el siglo I, bajo la ocupación romana, muchos judíos anhelaban un Mesías que restaurara la soberanía nacional y estableciera un reino terrenal poderoso. Esta visión se basaba en interpretaciones de profecías que hablaban de un descendiente de David que gobernaría con justicia y derrotaría a los enemigos de Israel.
2. Un Sumo Sacerdote y Maestro Espiritual.
Otra corriente de pensamiento esperaba un Mesías con un rol sacerdotal y espiritual. Grupos como la comunidad de Qumrán, responsables de los Rollos del Mar Muerto, anticipaban la llegada de dos mesías: uno sacerdotal y otro real. El mesías sacerdotal, denominado «mesías de Aarón», sería un líder religioso que purificaría el culto y restauraría la verdadera adoración en el templo.
3. Un Profeta Similar a Moisés o Elías.
Algunos judíos esperaban la venida de un profeta semejante a Moisés o Elías. Esta expectativa se basaba en pasajes como Deuteronomio, donde se promete un profeta como Moisés. En el evangelio de Juan, se refleja esta creencia cuando se pregunta a Juan el Bautista si es «el Profeta» o Elías. Además, la expectativa de que Elías regresaría antes del «día del Señor» está presente en Malaquías.
4. Un Rey de Justicia y Paz.
Las profecías de Isaías presentan una visión de un líder que gobernaría con justicia y traería paz duradera. Isaías describe a un niño nacido para ser gobernante, llamado «Príncipe de Paz», cuyo gobierno no tendría fin y se basaría en la justicia y la rectitud. Esta imagen del Mesías como un rey justo y pacífico contrastaba con las expectativas de un conquistador militar, enfocándose más en la transformación moral y espiritual de la sociedad.
5. Un Maestro de la Ley.
Para algunos, el Mesías sería un maestro supremo de la Torá, que interpretaría y enseñaría la ley de manera perfecta. Esta expectativa se basaba en la idea de que el Mesías traería una comprensión plena de la voluntad de Dios y guiaría al pueblo en una observancia pura de los mandamientos. Este rol de maestro se asociaba con la restauración de la relación del pueblo con Dios a través de una correcta comprensión y práctica de la ley.
Las expectativas mesiánicas en el judaísmo del siglo I eran diversas y, en ocasiones, contradictorias. Mientras algunos anhelaban un líder político y militar que liberara a Israel, otros esperaban un sacerdote santo, un profeta poderoso o un maestro de la ley. Estas variadas concepciones reflejaban las múltiples necesidades y esperanzas del pueblo judío en un período de opresión y anhelo de redención. La llegada de Jesús y su ministerio desafiaron y, en muchos casos, redefinieron estas expectativas, presentando una visión del Mesías que abarcaba aspectos de varias de estas tradiciones, pero que también trascendía las categorías existentes, enfocándose en un reino espiritual y una salvación universal.
II. La Realidad del Reino de Jesús
La realidad del Reino de Jesús, tal como se presenta en las Escrituras, contrasta significativamente con las expectativas que muchos en su tiempo tenían sobre el Mesías. Mientras que se anticipaba un líder político y militar que establecería un dominio terrenal, Jesús reveló un reino de naturaleza espiritual, centrado en la transformación interna y la reconciliación con Dios.
1. Un Reino Presente y Futuro
Jesús enseñó que el Reino de Dios tiene una doble dimensión: ya está presente entre nosotros y, al mismo tiempo, su plenitud se manifestará en el futuro. En Lucas, Jesús responde a los fariseos: «El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: ‘Mírenlo aquí’ o ‘Allí está’; porque, de hecho, el reino de Dios está entre ustedes». Esta declaración indica que el Reino ya estaba activo a través de su ministerio y presencia. Sin embargo, también habló de una realización futura del Reino, donde su soberanía será plenamente establecida.
2. Características del Reino de Jesús
- Espiritual y Transformador: El Reino de Dios no es un dominio político o geográfico, sino una realidad espiritual que transforma el corazón de las personas. Jesús enfatizó la necesidad del nuevo nacimiento para entrar en este Reino, indicando que es accesible a través de la fe y la regeneración espiritual. Los creyentes entramos en el Reino de Dios al aceptar a Jesús como Señor y Salvador.
- Justicia, Paz y Gozo: El apóstol Pablo describe el Reino como «justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Romanos). Estos valores fundamentales reflejan la naturaleza del gobierno de Dios y cómo debe manifestarse en la vida de los creyentes.
- Universal e Incluyente: Aunque Jesús inició su ministerio entre los judíos, dejó claro que el Reino de Dios es para todas las naciones y pueblos. La Gran Comisión refleja esta universalidad, llamando a hacer discípulos de todas las naciones.
3. El Rey Siervo
Jesús redefinió el concepto de liderazgo al presentarse como un Rey que sirve. En Marcos, se declara: «Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos». Este modelo de liderazgo basado en el servicio y el sacrificio contrasta con las expectativas de un Mesías conquistador y establece un ejemplo para sus seguidores.
4. La Entrada Triunfal como Declaración del Reino
La entrada de Jesús en Jerusalén montado en un asno (Mateo) es una manifestación simbólica de la naturaleza de su Reino. Al cumplir la profecía de Zacarías, Jesús se presenta como un rey humilde y pacífico, desafiando las expectativas de un líder militar y enfatizando que su Reino se basa en la humildad y la paz.
III. Nuestra Respuesta Hoy
La comprensión de la naturaleza del Reino de Jesús nos lleva a considerar cómo debemos responder en nuestra vida diaria. Esta respuesta implica una transformación interna que se refleja en acciones concretas y en una nueva orientación de nuestras prioridades y valores.
La realidad del Reino de Jesús trasciende las expectativas humanas de poder y dominio terrenal. Es un Reino que comienza en el corazón, transformando vidas desde adentro hacia afuera, y se extiende a todas las naciones, ofreciendo salvación y vida eterna. Al reconocer a Jesús como el Rey Siervo, somos llamados a seguir su ejemplo, viviendo según los valores de su Reino y participando activamente en su misión redentora en el mundo.
1. Buscar Primero el Reino de Dios
Jesús nos instruye «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Esta enseñanza nos llama a priorizar nuestra relación con Dios y la obediencia a su voluntad por encima de las preocupaciones materiales y temporales. Al hacerlo, confiamos en que Dios suplirá nuestras necesidades.
2. Vivir Según los Valores del Reino
El Reino de Dios se caracteriza por la justicia, la paz y el gozo en el Espíritu Santo. Como ciudadanos de este Reino, estamos llamados a encarnar estos valores en nuestras interacciones diarias, promoviendo la equidad, buscando la reconciliación y viviendo con alegría fundamentada en nuestra relación con Dios.
3.Participar en la Misión del Reino
Jesús comisionó a sus seguidores a proclamar el evangelio del Reino a todas las naciones. Esto implica compartir las buenas nuevas de salvación, hacer discípulos y enseñarles a obedecer las enseñanzas de Cristo. Nuestra respuesta activa contribuye a la expansión del Reino en la tierra.
4. Servir con Humildad y Amor
Siguiendo el ejemplo de Jesús, quien «no vino para ser servido, sino para servir» (Marcos 10:45), debemos adoptar una actitud de servicio hacia los demás. Esto se manifiesta en actos de compasión, ayuda a los necesitados y disposición para poner las necesidades de otros por encima de las propias.
5. Mantener una Vida de Oración y Comunión con Dios
La oración es esencial para discernir la voluntad de Dios y recibir la fortaleza necesaria para vivir conforme a los principios del Reino. A través de una comunicación constante con Dios, somos guiados y capacitados para enfrentar los desafíos de la vida con fe y confianza.
Nuestra respuesta al Reino de Jesús debe ser integral, abarcando nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Al buscar primero el Reino, vivir según sus valores, participar en su misión, servir con humildad y mantener una vida de oración, reflejamos la realidad del Reino de Dios en el mundo y cumplimos con el propósito para el cual fuimos llamados.
IV. Conclusión:
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, narrada en los evangelios, ofrece lecciones profundas y aplicaciones prácticas para nuestra vida actual. Este evento no solo marcó el inicio de la Semana Santa, sino que también reveló aspectos esenciales del carácter de Jesús y la naturaleza de su reino. Al reflexionar sobre este acontecimiento, podemos extraer varias enseñanzas relevantes:
1. Reconocimiento de Jesús como Rey y Salvador
La multitud que recibió a Jesús clamaba «¡Hosanna!», reconociéndolo como el Mesías prometido. Sin embargo, muchos tenían expectativas erróneas sobre el tipo de liberación que Él traería, esperando una liberación política más que espiritual. Hoy, estamos llamados a reconocer a Jesús como el Rey de nuestras vidas, entendiendo que su salvación trasciende lo temporal y se centra en la redención eterna.
2. Humildad en el Liderazgo
Jesús eligió entrar en Jerusalén montado en un asno, simbolizando humildad y paz, en contraste con los líderes terrenales que exhiben poder y opulencia. Este acto nos enseña que el verdadero liderazgo se basa en la humildad y el servicio a los demás, desafiándonos a adoptar una actitud de sencillez en nuestras interacciones diarias.
3. Coherencia entre Nuestras Expectativas y la Voluntad de Dios
Las expectativas de la multitud no se alineaban con el propósito divino de Jesús, lo que llevó a su desilusión y posterior rechazo. Esto nos invita a reflexionar sobre nuestras propias expectativas respecto a Dios y a buscar una comprensión más profunda de su voluntad, confiando en que sus planes, aunque a veces incomprensibles, son perfectos.
4. Participación Activa en el Reino de Dios
La entrada de Jesús a Jerusalén fue un llamado a la acción para quienes lo presenciaron. De manera similar, somos invitados a participar activamente en la obra del Reino, compartiendo el mensaje de salvación y viviendo conforme a los principios del evangelio en nuestro entorno.
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén es más que un evento histórico que recordamos con devoción cada año; es una proclamación viva y constante que nos confronta con la realidad del Reino de Dios y con la identidad de aquel que cabalgó humildemente sobre un asno. No se trata solo de una escena simbólica, sino de un llamado continuo a rendir nuestras vidas ante el verdadero Rey. Jesús no entró con pompa militar ni con la fuerza de los imperios humanos, sino con mansedumbre, cumpliendo las Escrituras y mostrando que su poder reside en la obediencia al Padre, en el amor sacrificial y en la redención de lo quebrantado. Este acto nos invita a reconocer su señorío de forma personal, a vivir con humildad intencional, a reajustar nuestras expectativas terrenales y a alinearnos con la visión del Reino que Él vino a instaurar: uno de justicia, misericordia y verdad.
Reflexionar en estas verdades no solo nos lleva a una comprensión más profunda del Evangelio, sino que también abre espacio para que la presencia de Dios transforme cada rincón de nuestro ser. Al permitir que la realidad del Reino eche raíces en nosotros, nuestras prioridades, nuestras decisiones y nuestras relaciones comienzan a reflejar el carácter de Cristo. Así, nos convertimos no solo en seguidores de Jesús, sino en portadores de su luz y su gracia en medio de un mundo que aún clama por esperanza, sanidad y sentido.
La multitud que aclamó a Jesús con palmas y gritos de “¡Hosanna!” lo hizo motivada por expectativas equivocadas. Anhelaban un libertador político, un Mesías que cumpliera sus sueños nacionales, pero no comprendieron el tipo de Rey que se acercaba a ellos. Hoy, nosotros tenemos la ventaja de conocer el cuadro completo, de haber recibido la revelación de su obra redentora en la cruz y su victoria en la resurrección. Sabemos que su reino no se limita a este mundo, sino que es eterno, espiritual y profundamente transformador. Sin embargo, la misma pregunta que resonó en aquella época sigue vigente hoy: ¿Qué Rey estás esperando tú?
¿Un Jesús que cumpla tus deseos? ¿O al Rey soberano que desafía tu zona de confort y te llama a morir a ti mismo? Que nuestra respuesta, más allá de las palabras, se exprese con una vida rendida, obediente y llena de fe. Que reconozcamos y abracemos a Jesús como el Rey que gobierna nuestras decisiones, nuestros sueños y nuestro futuro. Él no vino a establecer un trono en Jerusalén, sino en el corazón de cada creyente dispuesto a seguirlo. Su reinado no tiene fin, y su poder se perfecciona en la entrega. Amarlo y seguirlo es el mayor privilegio que podemos tener.






Deja un comentario