Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez – Pastor IBECH
16 de marzo de 2023
Vivimos en un mundo donde la injusticia parece reinar y el éxito de los impíos a menudo nos causa inquietud. ¿Cuántas veces hemos sentido desánimo al ver a quienes actúan con maldad prosperar, mientras que aquellos que buscan hacer el bien enfrentan dificultades? El Salmo 37 nos ofrece una perspectiva diferente y eterna. David, inspirado por el Espíritu Santo, nos llama a no dejarnos llevar por la envidia o la desesperación, sino a confiar plenamente en el Señor.
En estos versículos encontramos un llamado a cambiar nuestro enfoque: en lugar de mirar con angustia lo que sucede a nuestro alrededor, debemos fijar nuestra mirada en Dios, quien es justo, fiel y soberano. Él nos invita a encomendarle nuestro camino, a deleitarnos en Su presencia y a esperar con paciencia Su obrar perfecto. No se trata solo de soportar las dificultades, sino de vivir con la certeza de que Dios está en control y que Sus promesas son seguras.
Hoy reflexionaremos sobre esta enseñanza atemporal, explorando cómo podemos vivir confiados, deleitarnos en el Señor y esperar en Su tiempo perfecto, sabiendo que Él cumplirá Sus propósitos en nuestras vidas.
Imagina a un niño pequeño que pasa la tarde con su padre en el parque. Mientras otros niños corren y juegan, él elige sentarse junto a su padre, disfrutando de su compañía. Le encanta escuchar sus historias, reír con él y sentirse seguro a su lado. No necesita nada más. Para él, la mayor alegría es estar cerca de su padre.
De pronto, el padre se levanta y extiende la mano. “Ven, vamos a dar un paseo”, le dice. El niño no pregunta a dónde irán ni qué harán después; simplemente toma su mano con una sonrisa, feliz de seguirle. No le preocupa el destino porque su deleite no está en el lugar al que van, sino en la persona con la que camina.
Así es deleitarse en el Señor. No se trata de lo que Dios pueda darnos, sino de disfrutar Su presencia, conocer Su carácter y descansar en Su amor. Cuando aprendemos a deleitarnos en Él, nuestros corazones se llenan de gozo y paz, sin importar las circunstancias. Nuestra mayor satisfacción no está en lo que podamos recibir, sino en el privilegio de caminar con Él cada día.
Como el niño que confía y disfruta de la compañía de su padre, nosotros también podemos encontrar plenitud en el Señor. Al deleitarnos en Su presencia, nuestros deseos se alinean con los Suyos, y descubrimos que el mayor regalo es conocerle y vivir para Su gloria. ¿Estamos disfrutando verdaderamente de caminar con Él?
I. ¿Qué significa deleitarse en el Señor?
Salmo 37:1-3
No te impacientes a causa de los malignos, Ni tengas envidia de los que hacen iniquidad. Porque como hierba serán pronto cortados, Y como la hierba verde se secarán. Confía en Jehová, y haz el bien; Y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad.
Es natural que, al ver la aparente prosperidad de los impíos, surja la inquietud en nuestros corazones. En un mundo donde a menudo parece que quienes actúan mal alcanzan el éxito más rápido, la tentación de comparar nuestras vidas con las de ellos es fuerte. Nos preguntamos por qué aquellos que ignoran los caminos de Dios parecen avanzar sin tropiezos, mientras que los justos enfrentan dificultades. Sin embargo, David nos exhorta a no caer en ese error. La prosperidad de los malvados es pasajera; como la hierba que brota verde y frondosa por un momento, pronto se secará y marchitará. Esta es una perspectiva eterna: lo que parece durar hoy, mañana desaparecerá.
Cuando fijamos nuestra mirada en las riquezas o en el poder de los malvados, corremos el riesgo de perder de vista el verdadero tesoro: nuestra relación con Dios. El salmista nos recuerda que la vida del impío es como una sombra que pasa, mientras que los que confían en el Señor tienen una herencia eterna. Esta comprensión nos ayuda a mantener la calma y la paciencia en medio de la adversidad. En lugar de envidiar a los que prosperan mediante el engaño, somos llamados a fijar nuestros ojos en el Señor y esperar en Su justicia perfecta.
En lugar de enfocarnos en lo que otros tienen o en la injusticia aparente, el salmista nos llama a confiar en el Señor y hacer el bien. Confiar en Dios implica descansar en Su soberanía y reconocer que Él está en control, aun cuando las circunstancias parezcan adversas. Esta confianza no es pasiva; nos impulsa a actuar con fe, sabiendo que nuestro obrar no es en vano. Hacer el bien es una acción que brota de esa confianza: vivir con integridad, servir a los demás y caminar en obediencia, sin importar las circunstancias externas.
La promesa es clara: «Habitarás en la tierra y te apacentarás de la verdad». Esto significa que quienes confían y actúan con rectitud encuentran en Dios su sustento, seguridad y paz. No se trata de una recompensa material inmediata, sino de una seguridad espiritual que trasciende las circunstancias. En medio de un mundo inestable, el creyente encuentra estabilidad en la fidelidad de Dios. Así como el buen pastor cuida a sus ovejas, Dios cuida a aquellos que confían en Él.
En última instancia, el llamado de este pasaje es a cultivar una fe profunda y constante, que no se tambalee ante las injusticias del presente. El Señor promete sostenernos y guiarnos, y Su verdad es un alimento que nutre nuestras almas. Al confiar y hacer el bien, no solo reflejamos el carácter de Dios al mundo, sino que también experimentamos Su paz y Su provisión, sabiendo que nuestra esperanza está en Aquel que gobierna sobre todo, y cuya justicia prevalecerá eternamente.
II. El fruto del deleite: Dios concede los deseos del corazón
Salmo 37:4
Deléitate asimismo en Jehová, Y él te concederá las peticiones de tu corazón.
¿Qué significa realmente deleitarse en el Señor? La palabra «deleitar» implica encontrar placer y satisfacción profunda. No se trata de buscar a Dios solo para obtener algo, sino de disfrutar de Su presencia por quien Él es. Cuando nuestro gozo se centra en Dios, algo maravilloso sucede: nuestros deseos empiezan a alinearse con los Suyos. Deleitarse en el Señor no es un acto pasivo; es una entrega activa y constante que transforma nuestro ser desde adentro.
Deleitarse en el Señor implica conocerle a través de la oración, la lectura de Su Palabra y la adoración diaria. Estos no son simples rituales religiosos, sino momentos de comunión genuina con el Creador del universo. Cada oración es un puente que conecta nuestro corazón con el Suyo, cada versículo leído es una ventana a Su carácter y cada acto de adoración es un recordatorio de Su grandeza y amor. Al hacerlo, experimentamos una transformación interna. Lo que antes parecía importante pierde relevancia ante la grandeza de Su presencia. Nuestro corazón se moldea a la imagen de Cristo, y comenzamos a desear lo que Dios desea: amar al prójimo, servir con humildad y vivir una vida que glorifique Su nombre.
Es crucial entender que esta promesa no es una garantía de recibir todo lo que queremos, sino una invitación a un cambio de perspectiva. Cuando nos deleitamos en Dios, nuestros deseos ya no son egocéntricos ni materiales, sino que reflejan Su voluntad. Queremos que Su Reino se extienda, que Su gloria sea conocida y que nuestras vidas sean instrumentos en Sus manos. En este proceso, aprendemos a rendir nuestros planes y sueños ante Él, confiando en que Su propósito es mayor y más perfecto de lo que podríamos imaginar.
Además, deleitarse en el Señor nos lleva a una vida de contentamiento. Vivimos en un mundo que constantemente nos impulsa a querer más: más éxito, más reconocimiento, más posesiones. Sin embargo, cuando encontramos nuestra satisfacción en Dios, entendemos que nada en este mundo puede compararse con el gozo de conocerle y caminar con Él. Este deleite nos libera de la ansiedad y nos llena de gratitud, pues sabemos que en Sus manos estamos seguros y completos.
Dios no solo transforma nuestros deseos, sino que también actúa a nuestro favor. Cuando vivimos para Su gloria, experimentamos Su provisión, dirección y cuidado. Aun en medio de la dificultad, podemos confiar en que Él obra todas las cosas para nuestro bien. Esta confianza no se basa en la ausencia de problemas, sino en la certeza de que Él camina a nuestro lado. Su presencia nos sostiene en los momentos oscuros y Su amor nos impulsa a seguir adelante.
La verdadera recompensa de deleitarnos en el Señor es encontrar un gozo que trasciende las circunstancias y una paz que sobrepasa todo entendimiento. Este gozo no depende de lo que poseemos o de las situaciones que enfrentamos, sino de la relación íntima que cultivamos con nuestro Padre Celestial. Al deleitarnos en Él, descubrimos que la verdadera felicidad no está en lo que el mundo ofrece, sino en la comunión con Aquel que nos creó y nos redimió.
En última instancia, deleitarse en el Señor es un estilo de vida. Es caminar cada día con la certeza de que somos amados y guiados por un Dios que nunca falla. Es vivir con la esperanza de que, sin importar lo que venga, Su gracia nos sostiene y Su amor nos renueva. Que cada día busquemos deleitarnos en Él, encontrando en Su presencia la plenitud y el propósito que nuestras almas anhelan.
III. La clave para recibir: Encomienda, confía y espera
Salmo 37:5-7
Encomienda a Jehová tu camino, Y confía en él; y él hará. Exhibirá tu justicia como la luz, Y tu derecho como el mediodía. Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino, Por el hombre que hace maldades.
El salmista no solo nos invita a deleitarnos en Dios, sino que también nos revela el camino para recibir Sus promesas: encomendar, confiar y esperar. Estos tres actos de fe no son pasos aislados, sino un proceso continuo que nos lleva a una relación más profunda con nuestro Creador y nos permite experimentar Su paz y propósito en nuestras vidas.
Encomendar significa entregar nuestras vidas por completo a Dios, reconociendo que Él tiene el control absoluto. No se trata de una entrega parcial, sino total. Es soltar las riendas y permitir que Él guíe nuestros pasos. Al encomendar, admitimos nuestra dependencia de Su gracia y soberanía. Esta acción implica rendirle nuestras preocupaciones, planes y deseos, depositándolos a Sus pies con la certeza de que Él sabe lo que es mejor para nosotros. Encomendar nuestro camino al Señor no es un acto de debilidad, sino de valentía, porque requiere reconocer que no tenemos todas las respuestas y confiar en Aquel que tiene el control absoluto.
Confiar es el siguiente paso. La confianza no es pasiva; es una fe activa que descansa en las promesas divinas. Significa creer que Dios cumplirá Su palabra, aun cuando no veamos resultados inmediatos. La confianza se nutre de la comunión diaria con Él, recordando Su fidelidad pasada y esperando Su obrar futuro. Confiar en Dios implica abandonar la ansiedad y la necesidad de controlar todo, para abrazar la seguridad que solo Su presencia puede brindar. A través de la oración y la meditación en Su Palabra, nuestra fe se fortalece y aprendemos a descansar en Su soberanía, sabiendo que Él siempre obra para nuestro bien.
Finalmente, esperar es la prueba máxima de la fe. La espera no es resignación, sino una actitud de paciencia activa, confiando en que Dios obrará en Su tiempo perfecto. Durante la espera, Dios trabaja en nosotros, forjando paciencia, humildad y dependencia de Él. La espera no es fácil; requiere perseverancia y fe inquebrantable. En un mundo donde todo es inmediato, aprender a esperar en Dios nos transforma profundamente. En esos tiempos de aparente silencio, Él nos moldea, purifica nuestros deseos y nos enseña a valorar Su voluntad por encima de la nuestra.
Cuando encomendamos nuestro camino, confiamos en Su plan y esperamos con paciencia, experimentamos la paz de saber que no estamos solos. Dios está obrando, incluso cuando no lo vemos. La promesa es clara: «Él hará». No sabemos cuándo ni cómo, pero podemos confiar en que Su obra será perfecta. Esta certeza nos libera de la ansiedad y nos llena de esperanza, porque sabemos que Aquel que prometió es fiel para cumplir.
Además, el acto de esperar nos recuerda que el tiempo de Dios no es el nuestro. Lo que para nosotros parece tardanza, para Él es el momento exacto. A menudo, durante la espera, Dios responde de maneras inesperadas, abriendo puertas que jamás imaginamos y guiándonos hacia caminos que nunca hubiéramos considerado. Su obra no solo se manifiesta en el cumplimiento de Sus promesas, sino también en el proceso que vivimos mientras esperamos. Cada momento de incertidumbre es una oportunidad para crecer en fe y conocerle más profundamente.
En última instancia, encomendar, confiar y esperar nos llevan a una relación más íntima con Dios. No se trata solo de recibir lo que anhelamos, sino de ser transformados a Su imagen. Cada paso nos acerca más a Su corazón y nos enseña a valorar Su presencia por encima de cualquier bendición terrenal. Cuando aprendemos a confiar en Su tiempo y en Sus planes, descubrimos una paz que sobrepasa todo entendimiento y un gozo que no depende de las circunstancias.
La promesa final es maravillosa: «Él hará». Dios no deja nada incompleto. Lo que ha comenzado en nosotros, lo perfeccionará. Aunque no entendamos Su obrar en el momento, podemos tener la certeza de que Su plan es perfecto y Su amor inagotable. Encomienda tu camino al Señor, confía en Él y espera con paciencia. Su respuesta llegará, y cuando lo haga, será en el tiempo exacto y de la manera perfecta. Él hará.
IV. Conclusión
¿Qué podemos tomar como conclusión?
El Salmo 37:1-7 nos ofrece un camino claro para vivir una vida confiada en Dios, aun cuando a nuestro alrededor la maldad parezca prosperar. Hemos visto que el Señor nos llama a confiar en Él, deleitarnos en Su presencia y esperar en Su tiempo perfecto. Pero, ¿cómo aplicamos esto en nuestra vida diaria? Quisiera cerrar esta reflexión con algunas recomendaciones prácticas para todo creyente que desea vivir bajo estos principios.
Primero, cultiva una relación diaria con Dios. No podemos deleitarnos en el Señor si no le conocemos. Dedica tiempo a la oración y a la lectura de Su Palabra cada día. No lo hagas solo como un deber religioso, sino como un momento para disfrutar de Su presencia, conocer Su carácter y escuchar Su voz. Cuanto más le conozcas, más encontrarás gozo y satisfacción en Él.
Segundo, practica la gratitud en todo momento. En lugar de enfocarte en lo que no tienes o en lo que otros poseen, aprende a agradecer por las bendiciones que Dios ya te ha dado. La gratitud transforma nuestro corazón y nos ayuda a ver la vida desde la perspectiva correcta: la de un Dios que cuida de nosotros y provee todo lo que necesitamos.
Tercero, actúa con fe y obediencia. Confiar en el Señor no es solo esperar pasivamente, sino tomar decisiones diarias que reflejen esa confianza. Haz el bien, incluso cuando el mundo te diga lo contrario. Vive con integridad, sé generoso y sirve a los demás, sabiendo que Dios ve cada acción y recompensa a quienes le buscan con sinceridad.
Cuarto, aprende a esperar con paciencia. La espera puede ser difícil, especialmente cuando anhelamos respuestas rápidas. Sin embargo, Dios nunca llega tarde. Entrégale tus preocupaciones y descansa en Su tiempo perfecto. Mientras esperas, permite que Él trabaje en tu corazón, fortaleciendo tu fe y moldeándote a la imagen de Cristo.
Por último, recuerda que tu mayor recompensa es Dios mismo. No busques al Señor solo por lo que Él pueda darte. Aprende a deleitarte en Su presencia, a encontrar gozo en Su amor y paz en Su soberanía. Cuando haces de Él tu mayor tesoro, todo lo demás pierde su poder de inquietarte.
Querido hermano, no dejes que la aparente prosperidad de los impíos robe tu paz. Confía en el Señor, deleítate en Su presencia, encomienda tu camino a Él y espera con paciencia Su obrar. Dios es fiel, y Sus promesas nunca fallan. Aunque no siempre entendamos Sus caminos, podemos tener la certeza de que Él nos guía con amor y que, al final, Su propósito se cumplirá.
Que nuestro mayor anhelo sea siempre vivir para Su gloria y encontrar en Él nuestra verdadera satisfacción. Al hacerlo, no solo experimentaremos Su paz y dirección, sino que también seremos testigos de Su obra perfecta en nuestras vidas.






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