Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez
22 de diciembre de 2024.
En esta época navideña, recordamos el cumplimiento de la promesa más grande que la humanidad ha recibido: la venida de nuestro Salvador. Desde el principio de la historia, Dios hizo una promesa clara y firme: un Mesías que restauraría lo perdido por el pecado, traería esperanza al desamparado y salvaría a la humanidad de sus transgresiones. Esta promesa se repitió a lo largo de los siglos a través de los profetas, y cada palabra lanzada por Dios apuntaba hacia un cumplimiento glorioso en la persona de Jesucristo.
La Navidad no es solo un recuerdo de un nacimiento histórico, sino la realización de lo que Dios había prometido desde el Génesis. En un tiempo de oscuridad y desesperanza, el cumplimiento de esa promesa trajo luz al mundo, y es este acto divino el que celebramos hoy. Jesús, el Mesías esperado, vino no solo como un niño en un pesebre, sino como el Rey que traería consigo la salvación eterna.
Hoy reflexionaremos sobre cómo el nacimiento de Cristo no es solo un evento pasivo de la historia, sino el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios, que transforma nuestra vida y esperanza.
I. La Promesa de Redención en el Edén
Génesis 3:15
Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.
Génesis 3:15, conocido como el protoevangelio (“primera buena noticia”), aparece en el contexto del juicio divino pronunciado después de la caída de Adán y Eva. Este pasaje pertenece a la narrativa de la creación y caída, y establece el fundamento para toda la historia redentora de la Biblia. En este verso, Dios dirige su juicio al hombre y a la serpiente, introduciendo un conflicto eterno entre el bien y el mal que culminará con la victoria definitiva del Salvador.
El texto comienza con la declaración: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer”. Aquí, Dios establece una hostilidad continua entre Satanás y la humanidad representada por Eva. Esta enemistad tiene implicaciones redentoras, pues la mujer, aunque engañada en el Edén, será el medio a través del cual vendrá el Salvador. Este concepto se cumple plenamente en María, la madre de Jesús, como se indica en los evangelios.
La expresión “entre tu simiente y la simiente suya” amplía este conflicto al nivel colectivo. La “simiente” de la serpiente representa a Satanás y a aquellos que están bajo su influencia, mientras que la “simiente” de la mujer apunta, en última instancia, a Cristo como el descendiente prometido.
El pasaje también contiene una profecía dual que anticipa la obra de Cristo. “Ésta te herirá en la cabeza” simboliza una victoria mortal. Este lenguaje se cumple en la obra de Cristo en la cruz, donde derrotó el poder del pecado y la muerte. Aunque la victoria final se consuma en el regreso de Cristo, su muerte y resurrección marcan el inicio del fin del reino de Satanás. Por otro lado, “y tú le herirás en el calcañar” representa el sufrimiento que Cristo experimentaría en su sacrificio. Aunque fue una herida dolorosa, no fue definitiva, ya que Jesús resucitó con poder.
Teológicamente, este pasaje revela el plan soberano de Dios para redimir a la humanidad. Aunque la caída trajo muerte y separación de Dios, el texto apunta a Cristo como el Redentor que restaurará todas las cosas. También enfatiza que el pecado no sorprendió a Dios ni frustró Su plan. Desde el principio, Dios estableció el camino hacia la victoria sobre el pecado y Satanás. Además, la continua guerra espiritual entre las dos “simientes” se desarrolla a lo largo de la historia humana y afecta la vida diaria del creyente, quien es llamado a resistir al diablo confiando en la victoria de Cristo.
En aplicación, este pasaje invita a los creyentes a confiar en el plan redentor de Dios, a vivir como hijos de la simiente prometida y a proclamar el evangelio. También nos ofrece esperanza escatológica, ya que no solo apunta al triunfo de Cristo en la cruz, sino también a Su regreso glorioso cuando toda enemistad será eliminada para siempre. En síntesis, Génesis 3:15 es el fundamento de la historia de la redención, mostrando la soberanía de Dios, el triunfo de Cristo y la esperanza de la victoria final sobre el mal.
II. Las Profecías del Mesías en el Antiguo Testamento
El nacimiento de Cristo estaba profetizado en el Antiguo Testamento. Uno de los libros en los cuales encontramos profecías sobre Jesús es Isaías. El libro fue escrito durante el ministerio del profeta Isaías, que abarcó aproximadamente desde el año 740 a. C. hasta el 681 a. C. Este período cubre los reinados de los reyes Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías en Judá.
Isaías, 600 años antes de Cristo, profetizó que Jesús nacería de una virgen.
Isaías 7:14
Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.
El término hebreo “almah” que se usó en el manuscrito original, y que fue traducido como “virgen”, también puede significar “joven mujer en edad de casarse”. Sin embargo, la tradición judía y cristiana ha interpretado este pasaje a la luz de su cumplimiento en el nacimiento virginal de Jesús. Mateo cita este versículo directamente, aplicándolo a María, quien concibió por obra del Espíritu Santo. Este cumplimiento literal de un nacimiento virginal establece a Jesús como el Emanuel (“Dios con nosotros”), una manifestación clara de la presencia divina entre la humanidad.
Teológicamente, el nacimiento virginal de Cristo es fundamental porque enfatiza tanto Su divinidad como Su humanidad. Como hijo de María, Jesús comparte plenamente nuestra naturaleza humana, pero al ser concebido por el Espíritu Santo, está libre del pecado original y es verdaderamente el Hijo de Dios. Esto lo califica para ser el Salvador perfecto que puede mediar entre Dios y los hombres.
El enfoque profético de Isaías 7:14 también subraya la soberanía de Dios en el cumplimiento de Su plan redentor. Desde el momento de la caída en Génesis 3:15, Dios prometió un Redentor que aplastaría la cabeza de la serpiente. La promesa de un nacimiento virginal enfatiza que la redención no provendría de esfuerzos humanos, sino de un acto sobrenatural de Dios.
Esta profecía también desafía a los creyentes a reflexionar sobre la fidelidad de Dios. Aunque el cumplimiento pleno de Isaías 7:14 ocurrió siglos después de ser pronunciado, demuestra que Dios siempre cumple Su palabra en Su tiempo perfecto. Esto nos da confianza para esperar con fe el cumplimiento de Sus promesas futuras.
En aplicación, Isaías 7:14 nos invita a celebrar el nacimiento de Cristo, es decir la Navidad, como el cumplimiento de las Escrituras y la manifestación de la presencia divina entre nosotros. La Navidad no es la celebración de Papá Noel. Además, nos llama a proclamar esta verdad: que Jesús, nacido de una virgen, es el Salvador prometido, el Emanuel que ofrece redención y vida eterna a todos los que creen en él. Este versículo no solo mira hacia atrás al milagro de la encarnación, sino también hacia adelante, al día en que el Emanuel reinará para siempre entre Su pueblo.
Isaías también declara el papel que tendría aquel niño que nacería de una virgen.
Isaías 9:6-7
Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.
Este es un pasaje profético que anticipa la llegada del Mesías y que está intrínsecamente relacionado con la Navidad. Estas palabras reflejan el cumplimiento de la promesa redentora de Dios a través del nacimiento de Jesús, el Salvador del mundo.
El texto comienza destacando la humanidad y la divinidad del Mesías. “Un niño nos es nacido” subraya su humanidad, mientras que “hijo nos es dado” enfatiza su divinidad y su naturaleza como don de Dios. Esto encuentra su cumplimiento en la encarnación de Cristo, quien es plenamente hombre y plenamente Dios.
Los títulos atribuidos al Mesías revelan su carácter y su obra. Como “Admirable Consejero”, Cristo es la fuente de toda sabiduría divina. “Dios Fuerte” afirma su poder y deidad, demostrando que Jesús no solo es un rey humano, sino el Dios todopoderoso. “Padre Eterno” indica su cuidado paternal y su eternidad, mientras que “Príncipe de Paz” señala su misión de reconciliar al hombre con Dios, ofreciendo paz verdadera.
El verso 7 describe el reino eterno del Mesías, caracterizado por justicia y rectitud. Este reino comenzó con el primer advenimiento de Cristo y se consumará plenamente en su regreso glorioso. En Navidad, celebramos el cumplimiento inicial de esta profecía y anticipamos con esperanza su cumplimiento final. Isaías 9:6-7 es un recordatorio de que Jesús es el Rey prometido, cuya venida transforma corazones y asegura un reino eterno lleno de paz y justicia.
III. El Cumplimiento Perfecto en el Nacimiento de Jesús
Mateo 1:22-23
Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emanuel,
Este pasaje se encuentra en el contexto de la genealogía de Jesús y el relato del nacimiento de Cristo. El evangelista Mateo, en su narración, subraya el cumplimiento de las Escrituras y la soberanía de Dios en la obra redentora. Los versículos que acabamos de leer son cruciales para entender la naturaleza teológica de la Navidad y el significado profundo del nacimiento de Jesús.
Vemos en este pasaje el cumplimiento de la profecía de Isaías. En primer lugar, Mateo hace referencia a la profecía de Isaías 7:14, citando un versículo que habla de un «signo» dado por Dios: una virgen que concebirá y dará a luz un hijo. Esta profecía fue dada en un contexto histórico muy específico, cuando el reino de Judá enfrentaba la amenaza de invasión por parte de los reinos de Israel y Siria. La señal de una virgen que daría a luz un hijo fue un testimonio de la fidelidad de Dios a su pueblo, un recordatorio de que, aunque las circunstancias parecieran desesperadas, Dios estaba con ellos.
Para los judíos del tiempo de Mateo, la cita de Isaías 7:14 tenía un doble cumplimiento: primero, un cumplimiento inmediato en el tiempo de Isaías, y segundo, un cumplimiento más grande y eterno en la persona de Jesucristo. Mateo ve en Jesús la respuesta definitiva a esa promesa, pues no solo nació de una virgen, sino que su nacimiento trajo consigo la presencia misma de Dios en medio de su pueblo. Esto es un punto teológico esencial para comprender la Navidad: el cumplimiento de las Escrituras, que no solo es una confirmación histórica, sino un acto de intervención divina en la historia humana.
Un principio importante que se encuentra en este versículo es “Dios con nosotros”, claramente asignado a la encarnación de Cristo. El nombre que se le da a Jesús en este pasaje, «Emanuel», es profundamente significativo. Significa «Dios con nosotros». Este es un concepto fundamental en la teología cristiana, especialmente en la doctrina de la encarnación. La encarnación es el acto por el cual el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, toma carne humana en la persona de Jesús de Nazaret. En la Navidad, celebramos no solo el nacimiento de un niño, sino el advenimiento de Dios en forma humana. Dios Hijo se hizo hombre. Este es un misterio glorioso: el Creador del universo se hace parte de su creación, entrando en la historia de manera tangible y accesible.
La frase «Dios con nosotros» refleja la cercanía y la presencia activa de Dios en medio de la humanidad. No es simplemente que Dios se muestra a distancia o de manera abstracta, sino que, en Jesús, Dios viene a habitar con nosotros de una forma que transformará nuestra realidad. Esto marca la diferencia entre la esperanza que ofrecen otras religiones y la esperanza cristiana. Mientras que muchas religiones buscan una mediación distante o abstracta entre lo divino y lo humano, el cristianismo proclama un Dios que se acerca, que se hace carne, que habita con su pueblo.
Este versículo tiene profundas implicaciones para la vida cristiana. Primero, resalta la fidelidad de Dios a sus promesas. Como en tiempos de Isaías, Dios sigue cumpliendo sus promesas, y el nacimiento de Jesús es la mayor prueba de que Él es fiel a su palabra. Además, la Navidad es un recordatorio de la cercanía de Dios con su pueblo. No estamos solos en nuestras luchas y desafíos; el mismo Dios que se hizo carne y habitó entre nosotros sigue estando presente en nuestras vidas. Finalmente, «Dios con nosotros» no solo señala la venida de Jesús a la tierra, sino que también anticipa la esperanza futura de la presencia continua de Dios con su pueblo, en la vida eterna.
En conclusión, Mateo 1:22-23 revela la profundidad teológica de la Navidad: el cumplimiento de la promesa de Dios de estar con su pueblo a través de la encarnación de Jesucristo. Este acto de amor divino es el centro de nuestra esperanza cristiana, pues nos recuerda que, en Cristo, Dios no solo nos visita, sino que se hace uno de nosotros para redimirnos y transformarnos.
IV. La Respuesta Humana a la Promesa Cumplida
Lucas 2:15-20
Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado. Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño. Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían. Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho.
Lucas 2:15-20 relata la visita de los pastores al niño Jesús, un pasaje central en la narrativa de la Navidad. Al escuchar el anuncio de los ángeles sobre el nacimiento del Salvador, los pastores se apresuran a encontrar al niño en Belén. Al llegar, confirman la palabra de los ángeles y glorifican a Dios por lo que han presenciado.
Este pasaje subraya varios aspectos teológicos esenciales. Primero, los pastores, considerados en su tiempo como personas de baja condición social, son los primeros en recibir la revelación de la encarnación. Esto resalta la universalidad del mensaje de salvación, que no se limita a las élites o poderosos, sino que se extiende a los humildes y necesitados, señalando la humildad inherente al nacimiento de Jesús.
Además, la respuesta de los pastores es ejemplar: creen en el mensaje angelical y lo comparten con otros, actuando como los primeros testigos de la buena nueva. Este es un modelo para los cristianos, llamados a ser testigos y mensajeros de la obra redentora de Dios en Cristo.
Finalmente, María «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón», lo que refleja la profunda reflexión y aceptación del misterio de la encarnación, un tema recurrente en el Evangelio de Lucas.
V. Conclusión
La Navidad es mucho más que una celebración secular; para el creyente, es un recordatorio profundo del cumplimiento de la promesa mesiánica de Dios. Es la afirmación de que Cristo vino al mundo para salvarnos, y su llegada nos ofrece perdón, esperanza y vida eterna. Al celebrar su nacimiento, debemos reflexionar sobre el propósito de su venida: restaurar nuestra relación con Dios. La Navidad nos llama a vivir con gratitud, a compartir el mensaje de salvación y a recordar que, en Cristo, toda promesa se cumple. ¡Que esta Navidad renueve nuestra fe y devoción en Cristo Jesús!¡Gloria a Dios en las alturas, por el cumplimiento de la promesa mesiánica!






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