Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez – Pastor IBECH

1 de diciembre de 2024

Vivimos en un mundo lleno de desafíos: enfermedades, crisis económicas, tentaciones, y ataques constantes a nuestra fe. Ante estas circunstancias, el apóstol Juan nos recuerda que hay un poder superior que puede sostenernos y darnos la victoria: nuestra fe en Jesucristo. En 1 Juan 5:1-5, Juan presenta la fe como el elemento central que nos conecta con Dios y nos capacita para vencer al mundo.

Imagina una lámpara en una habitación oscura. La lámpara tiene todo lo necesario para iluminar: una bombilla, un interruptor y un diseño perfecto. Sin embargo, por más que intentes encenderla, no funciona. ¿Por qué? Porque no está conectada al tomacorriente.

Nuestra vida cristiana es como esa lámpara. Fuimos creados por Dios con un propósito y equipados con dones y talentos. Sin embargo, por nosotros mismos, no podemos vencer las tinieblas del pecado, las tentaciones del mundo o las pruebas de la vida. Necesitamos estar conectados a la fuente de poder: Jesucristo.

La fe es el «cable» que nos conecta a esa fuente. A través de ella, recibimos la fuerza, la sabiduría y la victoria que solo Dios puede dar. Sin fe, somos como una lámpara desconectada: ineficaces y vulnerables. Pero cuando confiamos en Cristo, Su poder fluye a través de nosotros, y podemos iluminar incluso los momentos más oscuros.

Reflexión: ¿Estás conectado a la fuente de poder? Si sientes que la oscuridad te rodea, recuerda que Cristo ya venció al mundo. Tu fe en Él es suficiente para que Su poder fluya en tu vida y te dé la victoria. Enciende tu lámpara y camina en Su luz.

La ilustración de la lámpara nos muestra que, así como la lámpara necesita estar conectada a la fuente de energía para iluminar, nosotros necesitamos estar conectados a Cristo a través de la fe para vencer al mundo. Nuestra fe es el «cable» que nos une a Su victoria y nos capacita para vivir en amor, obediencia, y fortaleza. Sin esta conexión, nos encontramos espiritualmente débiles, incapaces de resistir las tinieblas del pecado y las pruebas. Pero cuando vivimos en fe, el poder de Dios fluye en nosotros, transformándonos y permitiéndonos vencer cualquier obstáculo que el mundo pueda presentar.

Hoy, veremos cómo esta fe nace, cómo se manifiesta, y cómo nos asegura la victoria sobre todo lo que se opone a nuestra relación con Dios.

I. La Fuente de la Fe: Nacer de Dios

1° Juan 5:1

Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él.

Cuando nos hicimos cristianos, llegamos a formar parte de la familia de Dios, y los creyentes son nuestros hermanos. Es Dios el que determina quiénes son los otros miembros de la familia, no nosotros. Hemos sido llamados simplemente a aceptarlos y a amarlos. ¿Cómo trata usted a los miembros de la familia de Dios?

Dios es vida, y la vida es el resultado de haber nacido de Dios. Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, – dijo aquí Juan – es nacido de Dios. Este es el método: todo aquel que cree que Jesús es el Cristo. Juan, en su evangelio, presentó de una manera muy clara que se nace espiritualmente, y se llega a ser un hijo de Dios, sencillamente por tener fe en el Señor Jesucristo.

En su evangelio Juan escribió: A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Él vino a los Suyos, a Su propio pueblo, pero ellos no le recibieron. Pero, a aquellos que sí le recibieron, les dio el poder, la autoridad de ser hechos hijos de Dios, y, es más, incluye a todos aquellos que simplemente creen en Su nombre. Eso significa que, cuando usted confía en Cristo, usted confía que Jesucristo es quien dice ser y que cree en sus palabras y obras. Lo que Él hizo no tendría ningún valor si Él no fuera quien es.

Debemos reafirmar que el nacimiento virginal de Jesucristo es esencial para la fe cristiana. ¿Quién es este que murió por los pecados del mundo? No fue un hombre cualquiera, un hombre ordinario el que hizo esto, porque un hombre ordinario sería una persona pecaminosa también, que ni siquiera podría morir por sus propios pecados. Juan nos dice: todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios. O sea que, es la fe la que produce el nuevo nacimiento.

Cuando usted confía en el Señor Jesucristo, nace de nuevo, y Dios se convierte en su Padre celestial. Él es Dios el Padre, y llega a ser su Padre celestial. Ahora, si Él ha llegado a ser su Padre celestial, y usted ha sido engendrado por Él, le amará con todo su corazón. Pero, esto es sólo el comienzo de su nueva forma de vivir, porque usted va a amar a aquellos que también han sido engendrados por Dios. En otras palabras, usted va a tener una nueva comprensión espiritual, y esto incluye que va amar a los demás hijos de Dios.

La base de nuestra fe no está en nuestras fuerzas o emociones, sino en el nuevo nacimiento que Dios produce en nosotros. Este nuevo nacimiento es el inicio de nuestra vida espiritual y ocurre cuando creemos en Jesucristo como el Mesías, el Salvador prometido.

¿Qué significa nacer de Dios? Es una transformación espiritual. Jesús lo explicó a Nicodemo cuando le dijo «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.» Esto significa que nuestra naturaleza pecaminosa es reemplazada por una nueva vida dada por el Espíritu Santo.

El gran énfasis de Juan ha estado en el amor, pero nunca quiere que nadie crea que se gana la salvación amando a los demás. Somos nacidos de Dios cuando ponemos nuestra confianza en Jesús y en Su obra salvadora en nuestras vidas.

También entendemos que Juan no estaba hablando de un mero asentimiento intelectual de que Jesús era el Mesías (como incluso los demonios podrían haberlo hecho). En cambio, se refiere a la confianza y dependencia en Jesús como Mesías.

 Además, Juan deja en claro que debemos creer que Jesús es el Cristo. Hay muchos, con un tipo de pensamiento de la nueva era, que creen que Jesús tenía el “espíritu del Cristo” – como afirman que también lo tenían Confucio, Mahoma, Buda y algunos modernos. Pero nosotros nunca diríamos que Jesús “tiene” al Cristo – Jesús es el Cristo.

El nuevo nacimiento es un acto de Dios, no humano. No podemos «ganar» este nacimiento. Es un regalo que Dios da cuando ponemos nuestra fe en Jesucristo.

Ante esto, tenemos un llamado a evaluar nuestra fe. ¿Crees de corazón que Jesús es el Cristo? Esta no es una simple afirmación intelectual, sino una convicción que transforma tu vida.

Recuerda tu identidad. Si has nacido de Dios, eres Su hijo. Esto significa que tienes acceso a Su poder, amor y guía. En los momentos de dificultad, recuerda que perteneces a una familia celestial y que Dios está contigo.

Como reflexión: ¿Estás viviendo como alguien nacido de Dios o como alguien que todavía pertenece al mundo?

II. La Evidencia de la Fe: Amor y Obediencia

1° Juan 5:2-3

En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos. Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos.

Cada hijo de Dios desea cumplir, y anhela guardar, estos mandamientos en su vida diaria. En otras palabras, cumplir los mandamientos de Dios no sólo es un estilo de vida normal para un hijo de Dios, sino que los guardará con alegría, para honrar a Dios y demostrarle así su amor y gratitud.

Los mandamientos de Dios no resultan «pesados». Aquí no se nos dice que los mandamientos son difíciles de cumplir, sino que ellos no resultan ser una carga, cuando se cumplen. Juan estaba diciendo que, cumplir los mandamientos de Dios es algo que el hijo de Dios desea hacer con todo su corazón. Hay voluntad, decisión y amor en guardar las leyes y mandamientos que nos fueron dados, porque somos hijos de Dios. No resultará difícil obedecer a Dios.

Jesús nunca prometió que obedecerle sería fácil. Pero el arduo trabajo y la disciplina de servir a Cristo no es una carga para quienes aman a Dios. Y si nuestra carga empieza a ser pesada, siempre podemos confiar en que Cristo nos ayudará a llevarla.

La fe verdadera siempre produce frutos visibles. No es un sentimiento oculto, sino una fuerza activa que se manifiesta en nuestra forma de vivir. Dos de las principales evidencias de nuestra fe son el amor y la obediencia. La fe verdadera se evidencia en el amor hacia Dios y hacia los demás.

1. El amor a Dios. Amar a Dios no es solo emocionarnos durante la adoración, sino buscar agradarle en todo lo que hacemos. Este amor se demuestra cuando deseamos pasar tiempo en Su presencia y obedecer Su Palabra.

2. El amor a los demás. Jesús resumió la ley en dos mandamientos: amar a Dios y amar a nuestro prójimo. Si decimos amar a Dios, debemos amar también a Sus hijos. Este amor se refleja en nuestra disposición para perdonar, servir, y sacrificar nuestro propio interés por el bien de otros.

3. La obediencia a los mandamientos de Dios. Para empezar, obedecer a Dios no es una carga. Juan aclara que Sus mandamientos «no son gravosos». Esto significa que obedecer a Dios no es una obligación pesada, sino un deleite para aquellos que lo aman. Segundo, el obedecer a Dios genera en nosotros un cambio de perspectiva. Antes de conocer a Cristo, los mandamientos de Dios parecen restrictivos. Pero al experimentar Su amor, entendemos que Sus mandatos son para nuestro bien y nuestra protección.

¿Cómo evaluamos esta área de nuestra vida espiritual? Examina tus relaciones. ¿Estás amando a las personas a tu alrededor de manera práctica? Esto incluye perdonar a los que te han herido, servir a los necesitados, y orar por aquellos que están lejos de Dios.

Revitaliza tu obediencia. ¿Hay áreas en tu vida donde estás luchando para obedecer a Dios? Ora para que el Espíritu Santo te ayude a ver Sus mandamientos como una bendición, no como una carga.

El amor y la obediencia no son solo deberes, sino respuestas naturales a la obra de Dios en nuestras vidas. ¿Estás mostrando estas evidencias en tu día a día?

III. La Victoria de la Fe: Vencer al Mundo

1° Juan 5:4-5

Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Ahora, ¿qué es lo que ha vencido al mundo? Es nuestra fe. Es la fe la que nos salva, y es la fe la que nos mantiene. Somos salvos por la fe, y caminamos por fe. Somos hijos nacidos de Dios por nuestra fe en Jesucristo, y esa fe es la única manera por la que usted y yo podremos vencer el mundo que nos rodea. Estamos en el mundo, pero no debemos ser parte de él, y solamente sobreviviremos por la fe.

El mundo está lleno de tentaciones, pruebas y desafíos. Sin embargo, como creyentes en Jesucristo, no estamos solos en esta batalla. Nuestra vida anterior, en la que estábamos separados de Dios, estaba llena de derrota, pero en Cristo tenemos la victoria. Vencer al mundo significa tener la capacidad de superar los obstáculos que enfrentamos aquí en la tierra, guiados por la dirección de Dios.

Vencer al mundo significa tener la capacidad de superar los pecados que antes nos dominaban, resistir la tentación del diablo y testificar acerca de las promesas de Dios. Al creer y confiar en Jesús, no solo recibimos el perdón de nuestros pecados, sino también la fuerza para renunciar a ellos y vivir una vida victoriosa.

El «mundo» en este pasaje no se refiere al planeta, sino al sistema de valores y actitudes que están en oposición a Dios. Es un sistema gobernado por el pecado, la incredulidad, y el egoísmo. Sin embargo, Juan nos asegura que podemos vencer al mundo a través de nuestra fe. ¿Qué significa vencer al mundo?

Resistir sus tentaciones: El mundo constantemente intenta alejarnos de Dios ofreciéndonos placeres momentáneos y metas egoístas. Vencer al mundo significa mantenernos firmes en la verdad de Dios y rechazar las mentiras del enemigo.

Superar sus aflicciones: Jesús dijo: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo». Nuestra fe en Cristo nos permite enfrentar las pruebas con esperanza, sabiendo que Él ya ha triunfado.

La clave de la victoria en el campo espiritual es nuestra fe en Cristo. La fe es la conexión con Su victoria: No vencemos al mundo por nuestra fuerza, sino porque estamos unidos a Cristo, quien ya lo venció. La fe tiene que ser activa, esta fe no es pasiva. Requiere que confiemos en las promesas de Dios, dependamos de Su gracia, y actuemos en obediencia.

Para poner en práctica estas enseñanzas identifica tus luchas. ¿Qué áreas del «mundo» están intentando dominarte? ¿Es el materialismo, el orgullo, la lujuria, o el temor? Lleva esas áreas en oración y somételas al Señor. Fortalece tu fe, dedica tiempo diario a leer la Palabra de Dios, orar, y rodearte de otros creyentes. La fe crece al escuchar y meditar en la verdad. Confía en la victoria de Cristo, no luchas solo. Jesús ya ha vencido y te invita a participar de Su victoria. Descansa en Su poder, no en tus fuerzas.

La fe no elimina los problemas, pero te da el poder para enfrentarlos con valentía y confianza en la victoria de Cristo.

IV. Conclusión: La Fe que Vence

Es importante recordar que la victoria no es algo que obtenemos por nuestras propias fuerzas o habilidades, sino que es una bendición de Dios. A través de nuestra fe en Jesús como el Hijo de Dios, podemos vencer cualquier obstáculo y superar cualquier pecado. Como creyentes en Cristo, es nuestro deber guiar a otros hacia la verdad y la vida eterna que solo se encuentra en Jesús. Esto significa compartir nuestras experiencias y testimonios de cómo Dios nos ha dado la victoria y cómo Él puede hacer lo mismo por los demás.

En resumen, al creer en Jesús como el Hijo de Dios, tenemos la victoria sobre el mundo. Vencer al mundo significa tener la capacidad de resistir la tentación, superar los obstáculos y vivir una vida victoriosa. Esta victoria no la obtenemos por nuestras propias fuerzas, sino por la gracia de Dios a través de nuestra fe en Jesús.

La creencia en Jesús como el Hijo de Dios nos da la seguridad de nuestra salvación, la promesa de la vida eterna y la victoria sobre el pecado y la muerte. La victoria en Cristo no es solo teórica, sino que tiene aplicaciones prácticas en nuestra vida diaria, debemos perseverar y guiar a otros hacia la verdad de Jesús.

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