Ing. Adams Kaser Ocharán
27 de octubre de 2024
¡Bienvenidos, hermanos y hermanas! Es un placer estar aquí hoy, reunidos en este lugar para adorar y glorificar a nuestro Señor. Hoy quiero compartir con ustedes un tema fundamental en nuestra fe: «Cristo nuestro abogado». Antes de comenzar, les invito a que oremos juntos.
Hoy exploraremos el hermoso mensaje de 1 Juan 2, donde el apóstol Juan nos recuerda la importancia de tener a Cristo como nuestro abogado. En un mundo lleno de tentaciones y confusiones, es crucial entender quién es nuestro abogado y cómo su presencia impacta nuestras vidas.
Leamos juntos 1 Juan 2:1-2:
«Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.»
I. La Necesidad de un Abogado
Comencemos por entender la necesidad de un abogado. En nuestra vida cotidiana, un abogado es alguien que nos representa y defiende nuestros derechos. ¿Qué pasaría si nos encontramos en un juicio sin un defensor? La angustia y el temor serían abrumadores. En nuestra vida espiritual, todos necesitamos un abogado que hable por nosotros ante Dios. La razón es clara: todos hemos pecado. Romanos 3:23 nos dice que «todos han pecado y están
destituidos de la gloria de Dios».
El pecado nos separa de Dios, como lo indica Isaías 59:2. Cada uno de nosotros está en deuda con Dios, y esta separación es algo serio. Al igual que en un tribunal donde la justicia debe ser satisfecha, nosotros necesitamos a alguien que nos defienda ante el Juez divino.
Imaginen a un acusado en la corte. A pesar de sus esfuerzos por defenderse, sabe que es culpable. Así estamos nosotros ante Dios, culpables por nuestros pecados. Pero gracias a Dios, tenemos a Jesucristo como nuestro abogado.
II. Jesucristo, Nuestro Abogado
Pasemos a considerar a Jesucristo como nuestro abogado. Él es descrito en la Escritura como «el justo». Esto significa que no tiene pecado, lo que lo califica para interceder por nosotros. Como Hijo de Dios, Él asumió la naturaleza humana y, por lo tanto, puede identificarse con nuestras luchas y tentaciones.
Pero, ¿cómo actúa Jesús como nuestro abogado? La Escritura nos dice que Él intercede por nosotros ante el Padre. Hebreos 7:25 nos recuerda que «puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos». Su sacrificio en la cruz es la base de nuestra defensa. Romanos 5:8 afirma que «Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros».
Quiero compartir con ustedes un testimonio de una persona que, tras haber pecado, experimentó la gracia de Dios al comprender que tenía un abogado en Cristo. Esta persona se sintió liberada del peso de la culpa y se acercó a Dios con confianza. Su vida cambió al darse cuenta de que su abogado estaba dispuesto a perdonarlo.
III. La Propiciación de Nuestros Pecados
Ahora, centrémonos en el significado de «propiciación». Esta palabra indica el acto de apaciguar o reconciliar a Dios con nosotros. Jesús es la propiciación perfecta que satisface la justicia divina. En 1 Juan 2:2 se nos dice que «Él es la propiciación por nuestros pecados». Es fundamental entender el sacrificio de Cristo. Él no solo pagó la deuda de nuestros pecados, sino que lo hizo una vez para siempre. Puedo compararlo con tener una deuda impaga y que alguien, sin dudar, la pague por nosotros. Esta es la grandeza del amor de Dios.
La crucifixión de Cristo no fue un evento aislado; fue el acto más significativo en la historia de la humanidad. A través de Su sangre, tenemos acceso a la gracia de Dios. Reflexionemos sobre el sacrificio de Jesús. Él tomó sobre sí el castigo que nosotros merecíamos. Un testimonio que siempre me impacta es el de una persona que, tras entender la propiciación de Cristo, sintió un alivio tan profundo que le permitió dejar atrás una vida de culpa y miedo. Esta transformación es un reflejo del poder de la gracia de Dios en nuestras vidas.
IV. El Llamado a Vivir en Santidad
A continuación, Juan nos recuerda en 1 Juan 2:1: «Estas cosas os escribo para que no pequéis». La gracia de Dios nos llama a vivir en santidad. No debemos ver esto como una carga, sino como una respuesta al amor que hemos recibido.
El llamado a vivir en santidad no significa que seremos perfectos. Todos enfrentamos luchas y tentaciones en nuestra vida diaria. Sin embargo, tenemos el deber de esforzarnos por vivir de acuerdo a los principios de Dios. Reflexionemos sobre nuestras vidas. ¿Estamos buscando a Cristo en nuestras decisiones diarias?
Me gustaría compartir otro testimonio sobre cómo una persona, después de comprender la gracia de Dios, experimentó un cambio radical en su vida. Este cambio fue un reflejo del poder transformador de Dios. Comenzó a ver su entorno de manera diferente y a actuar en consecuencia. Se dio cuenta de que vivir en santidad no solo es posible, sino que es gratificante.
V. El Alcance de la Redención
Finalmente, reflexionemos sobre el alcance de la redención. En 1 Juan 2:2 leemos que Jesús es «la propiciación por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo». Esto nos recuerda que el sacrificio de Cristo no es solo para nosotros, sino que es universal.
El amor de Dios no conoce fronteras. Cristo no vino solo por un grupo selecto, sino por toda la humanidad. Esto nos llama a compartir el mensaje del evangelio con los demás. Cada persona, sin excepción, necesita conocer a Cristo como su abogado. Pensemos en nuestro entorno. ¿Quiénes son las personas que necesitan escuchar este mensaje de esperanza? ¿Estamos dispuestos a llevar este mensaje de amor a nuestros amigos, familiares y vecinos?
Reflexionemos sobre el impacto que podemos tener en el mundo al compartir la buena noticia. Recordemos que, como seguidores de Cristo, tenemos la responsabilidad de ser sus embajadores.
VI. Cristo como Nuestro Consolador
Cristo no solo es nuestro abogado, sino también nuestro consolador en momentos de dificultad. En Juan 14:16-17, Jesús promete enviar al Consolador, el Espíritu Santo. Este versículo nos asegura que no estamos solos en nuestras luchas. En momentos de dolor, tristeza o confusión, podemos encontrar consuelo en la presencia de Cristo. No importa cuán profundas sean nuestras pruebas, Él está a nuestro lado. Quiero compartir el testimonio de alguien que, al enfrentar una crisis personal, encontró la paz de Cristo. Esta persona descubrió que, a pesar de las circunstancias, el amor de Dios la sostenía.
Oremos por aquellos que están pasando por momentos difíciles. Recordemos que Cristo es nuestro abogado y consolador, y está dispuesto a levantarnos en nuestras debilidades.
Conclusión
Para concluir, hemos visto la necesidad de un abogado, quién es Jesucristo, su papel como propiciación, el llamado a vivir en santidad, el alcance de la redención, y su papel como nuestro consolador. Les invito a reflexionar sobre cómo hemos respondido a Cristo como nuestro abogado. Si hay alguien aquí que desee entregar su vida a Cristo o reconciliarse con Él, este es el momento.






Deja un comentario