Dr. Joel B. Vílchez Gutiérrez – Pastor IBECH
20 de octubre de 2024
Nuestro mundo está lleno de distracciones y sombras que nos desvían de vivir en una relación de completa transparencia con Dios, quien es luz. La luz de Dios no solo revela nuestro pecado, sino que también guía y transforma nuestra vida. Al acercarnos a Su luz, experimentamos el perdón y la libertad, pero también somos llamados a vivir en verdad y santidad. Hoy veremos cómo andar en Su luz afecta nuestra relación con Él, con nosotros mismos y con quienes nos rodean.
Imaginemos a un joven excursionista en una profunda cueva subterránea. Con solo una linterna en la mano, se aventura cada vez más en las oscuras profundidades. Las paredes de la cueva son altas y estrechas, y sin la guía de la linterna, estaría completamente perdido. En un momento, la batería de su linterna empieza a agotarse, y la luz titila peligrosamente. Siente que el pánico comienza a invadirlo. Con cada paso, la oscuridad parece devorar todo a su alrededor. Sin luz, el camino es imposible de recorrer. Pero de repente, al torcer una esquina, ve un tenue resplandor. La luz de la salida. Su corazón se llena de esperanza y avanza con determinación, buscando esa luz que significa vida y seguridad.
Este joven representa a muchos de nosotros en nuestro caminar diario. Cuando intentamos andar en nuestras propias fuerzas y sabiduría, nos damos cuenta de que nuestras «linternas» son limitadas, y que al depender solo de ellas nos encontramos en tinieblas. Nos movemos en la oscuridad de nuestros propios errores, miedos y pecados. Pero Dios, en su infinita bondad, nos ha dado una luz mucho mayor que cualquier linterna: Su presencia. Al igual que el resplandor que guio al joven hacia la salida, Dios nos llama a acercarnos a Él y vivir en su luz. En esa luz, encontramos claridad, dirección y la seguridad de una vida plena en comunión con Él.
Así como el excursionista dependía de la luz para encontrar el camino, nosotros necesitamos la luz de Dios para caminar en verdad y santidad. Hoy veremos cómo la luz de Dios revela nuestra condición, nos guía a la confesión, y transforma nuestra comunión con Él y con los demás.
I. La Luz de Dios
1º Juan 1:5
Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.
La luz aquí representa las cualidades de Dios que son completamente buenas, puras, verdaderas, santas y confiables. Al decir que «Dios es luz», Juan nos muestra que en Dios no existe ningún tipo de maldad ni engaño; es perfectamente santo y veraz, lo que significa que Su naturaleza y acciones siempre reflejan justicia y rectitud.
La luz no solo simboliza la pureza y la verdad, sino también la capacidad de exponer y hacer visible lo que se encuentra oculto. En la presencia de Dios, la luz revela nuestra verdadera condición y desnuda nuestro pecado. De esta forma, Dios no solo es fuente de luz, sino que Su presencia y carácter alumbran toda oscuridad. Como creyentes, esto nos recuerda la importancia de vivir con transparencia y en plena integridad delante de Él, dejando que Su luz revele en nosotros lo que necesita ser transformado y purificado.
Por otro lado, las tinieblas en este contexto representan el pecado y la perversión, todo aquello que se opone a la naturaleza de Dios. En las tinieblas, lo bueno y lo perverso parecen iguales, pues la oscuridad oculta la verdadera naturaleza de las cosas. Pero cuando llega la luz, podemos distinguir claramente lo que es santo de lo que es pecaminoso. Esta imagen es poderosa para los cristianos, ya que, al vivir en la luz de Dios, desarrollamos un discernimiento espiritual que nos permite reconocer lo que agrada y lo que ofende a Dios.
Para los cristianos, 1 Juan 1:5 también contiene un llamado: así como Dios es luz, nosotros, como Sus hijos, debemos reflejar esa luz en nuestras vidas diarias. No podemos habitar en la oscuridad del pecado y, al mismo tiempo, pretender vivir en comunión con Dios. Si la luz de Dios verdaderamente brilla en nuestras vidas, esta eliminará las sombras, transformándonos en personas íntegras y honestas.
Reflexionando sobre este versículo, los cristianos son llamados a examinar su andar: ¿Estamos viviendo en la luz o en sombras de engaño y pecado? Es necesario ser honestos con Dios y con nosotros mismos, confesando nuestras fallas para que Su luz pueda limpiarnos y restaurarnos. Dios, quien es luz, desea que experimentemos libertad y pureza, y esto solo es posible cuando caminamos bajo Su luz.
II. Vivir en Comunión a Través de la Luz
1º Juan 1:6-7
Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.
Si queremos tener relación con Dios, debemos poner a un lado nuestro estilo de vida pecaminoso. Es hipocresía afirmar que somos de Él y al mismo tiempo vivir como se nos antoja. Cristo pondrá al descubierto y juzgará tal simulación.
Aquí Juan confronta la primera de las tres afirmaciones de los falsos maestros: Que podemos tener comunión con Dios y seguir viviendo en las tinieblas. Los falsos maestros, que pensaban que el cuerpo era malo o no tenía valor, presentaban dos enfoques de la conducta: insistían en negar los deseos del cuerpo mediante una disciplina estricta o aprobaban la satisfacción de toda lujuria física porque el cuerpo después de todo iba a ser destruido. ¡Es obvio que la segunda opinión era más popular! Aquí Juan expone el error de llamarse cristiano y seguir viviendo en maldad e inmoralidad. No podemos amar a Dios y coquetear con el pecado al mismo tiempo.
¿De qué forma la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado? En la época del Antiguo Testamento, los creyentes simbólicamente transferían sus pecados a la cabeza de un animal, que después se sacrificaba. El animal moría en su lugar, redimiéndolos del pecado y permitiéndoles que siguieran viviendo en el favor de Dios. La gracia de Dios los perdonaba por su confianza en Él y por haber obedecido los mandamientos en cuanto al sacrificio. Esos sacrificios anunciaban el día en que Cristo quitaría por completo los pecados. Una verdadera limpieza del pecado vino por medio de Jesucristo, el «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
El pecado, por su propia naturaleza, trae consigo muerte. Ese es un hecho tan cierto como la ley de la gravedad. Jesucristo no murió por sus propios pecados; no los tenía. En su lugar, por una transacción que nunca lograremos entender totalmente, murió por los pecados del mundo. Cuando le entregamos nuestra vida a Cristo y nos identificamos con Él, su muerte llega a ser nuestra. Descubrimos que de antemano pagó el castigo de nuestros pecados; su sangre nos ha limpiado. Así como resucitó del sepulcro, resucitamos a una nueva vida de comunión con Él.
Estos versículos nos invitan a aplicar las siguientes reflexiones:
La importancia de la integridad: Este pasaje nos recuerda que no basta con decir que somos de Cristo; debemos vivir como tales. Nuestra vida diaria debe reflejar Su luz, porque nuestras acciones y actitudes hablan más fuerte que nuestras palabras.
La seriedad del pecado: A menudo, la sociedad minimiza el pecado o lo ve como algo permisible o trivial. Sin embargo, el pecado nos separa de Dios y, si lo toleramos en nuestras vidas, corremos el riesgo de alejarnos de Su luz. Es esencial que cada día busquemos a Dios para que Su luz exponga y elimine cualquier área de oscuridad en nosotros.
La gracia y la responsabilidad: Aunque la sangre de Cristo nos limpia de pecado, esto no significa que tengamos licencia para pecar. Al contrario, nos llama a una vida de gratitud y santidad, respondiendo a Su sacrificio con un compromiso de vivir en Su luz.
La comunión en la comunidad cristiana: Juan también señala que, al caminar en la luz, tenemos comunión unos con otros. Cuando vivimos en transparencia y sinceridad, podemos tener relaciones genuinas con otros creyentes, apoyándonos mutuamente y ayudándonos a crecer en santidad.
1 Juan 1:6-7 nos invita a ser cristianos de verdad, no solo de nombre. Nos llama a examinar si estamos caminando en la luz de Dios y a confiar en el poder de la sangre de Cristo para purificarnos. Al andar en Su luz, disfrutamos de una comunión restaurada con Dios y con nuestra comunidad cristiana, reflejando así la pureza y el amor de Aquel que es la verdadera luz.
III. Importancia de la confesión de nuestras faltas
1º Juan 1:8-10
Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.
Aquí Juan ataca la segunda afirmación de la enseñanza falsa: Algunos decían que no tenían una naturaleza que tendía al pecado, que su naturaleza pecaminosa había sido eliminada y que ahora no podían pecar. Ese es el peor engaño de sí mismo, peor que una mentira evidente. Se negaron a tomar en serio el pecado. Querían que se les considerara cristianos, pero no veían la necesidad de confesar sus pecados ni de arrepentirse. No les importaba mucho la sangre de Jesucristo porque pensaban que no la necesitaban. En vez de arrepentirse y ser limpiados por la sangre de Cristo, introducían impureza en el círculo de creyentes. En esta vida, ningún cristiano está libre de pecar; por lo tanto, nadie debiera bajar la guardia.
Al convertirnos, son perdonados todos nuestros pecados pasados, presentes y futuros. Más aun después de llegar a ser cristianos, todavía pecamos y debemos confesar. Esa clase de confesión no es ganar la aceptación de Dios sino quitar la barrera de comunión que nuestro pecado ha puesto entre nosotros y Él. Sin embargo, es difícil para muchos admitir sus faltas y negligencia, aun delante de Dios. Requiere humildad y sinceridad reconocer nuestras debilidades, y la mayoría de nosotros pretende en cambio ser fuerte. No debemos temer revelar nuestros pecados a Dios; Él ya los conoce. Él no nos apartará, no importa lo que hagamos. Por el contrario, apartará nuestro pecado y nos atraerá hacia sí.
La confesión tiene el propósito de librarnos para que disfrutemos de la comunión con Cristo. Esto debiera darnos tranquilidad de conciencia y calmar nuestras inquietudes. Pero muchos cristianos no entienden cómo funciona eso. Se sienten tan culpables que confiesan los mismos pecados una y otra vez, y luego se preguntan si habrían olvidado algo. Otros cristianos creen que Dios perdona cuando uno confiesa sus pecados, pero si mueren con pecados no perdonados podrían estar perdido para siempre. Estos cristianos no entienden que Dios quiere perdonarnos. Permitió que su Hijo amado muriera a fin de ofrecernos su perdón. Cuando acudimos a Cristo, Él nos perdona todos los pecados cometidos o que alguna vez cometeremos.
No necesitamos confesar los pecados del pasado otra vez y no necesitamos temer que nos echará fuera si nuestra vida no está perfectamente limpia. Desde luego que deseamos confesar nuestros pecados en forma continua, pero no porque pensemos que las faltas que cometemos nos harán perder nuestra salvación. Nuestra relación con Cristo es segura. Sin embargo, debemos confesar nuestros pecados para que podamos disfrutar al máximo de nuestra comunión y gozo con Él.
La verdadera confesión también implica la decisión de no seguir pecando. No confesamos genuinamente nuestros pecados delante de Dios si planeamos cometer el pecado otra vez y buscamos un perdón temporal. Debemos orar pidiendo fortaleza para derrotar la tentación la próxima vez que aparezca.
1 Juan 1:10 dice: «Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros». Este versículo confronta la negación del pecado, lo que implica una falta de honestidad ante Dios y una falta de comprensión de nuestra naturaleza humana. Al negar nuestro pecado, nos cerramos a la gracia y misericordia que Dios ofrece en Cristo. Juan señala que la raíz de esta actitud es la mentira: negar el pecado es intentar vivir en las tinieblas mientras pretendemos tener comunión con la luz. Al hacerlo, no solo engañamos a los demás y a nosotros mismos, sino que en última instancia hacemos a Dios mentiroso, pues Él mismo declara en Su palabra que todos hemos pecado.
Para los cristianos, este versículo es un recordatorio de la humildad y el arrepentimiento que debemos practicar. Reconocer nuestro pecado nos abre a recibir el perdón de Dios, mientras que negarlo nos aleja de Su presencia y Su verdad. Al aceptar nuestra necesidad de Su gracia, permitimos que Su palabra habite en nosotros y nos transforme, haciéndonos más semejantes a Cristo y fortaleciendo nuestra comunión con Él y con nuestra comunidad de fe.
¿Cómo podemos aplicar los principios de estos versículos en nuestras vidas? Aquí te dejo 5 acciones:
Confesión de Pecados: Un paso esencial en vivir en la luz es reconocer nuestras faltas ante Dios. Dios es fiel para perdonar si confesamos sinceramente. Los creyentes deben practicar la autoevaluación y la honestidad con Dios, buscando Su misericordia en oración y, de ser necesario, con la ayuda de hermanos de confianza.
Practicar la Transparencia en las Relaciones: Vivir en la luz implica relaciones genuinas y libres de hipocresía. Los cristianos deben esforzarse en ser sinceros, evitando máscaras o engaños. En la comunidad de fe, esto fomenta la confianza y permite un apoyo espiritual auténtico, fortaleciendo el Cuerpo de Cristo.
Buscar la Pureza en Pensamiento y Acción: La santidad no solo implica evitar pecados visibles, sino también vivir una vida pura en pensamientos y actitudes. Los creyentes deben revisar sus pensamientos y rechazar los que no reflejan la pureza de Dios, buscando la ayuda del Espíritu Santo para renovar su mente.
Mantenerse en Comunión con Dios: El estudio de las Escrituras, la oración y la adoración son esenciales para mantener una relación constante con Dios. Estar en Su luz es un compromiso diario que requiere una conexión continua con Su verdad y Su amor.
Apartarse de la Oscuridad: Los creyentes deben tomar decisiones conscientes para alejarse de situaciones que promuevan el pecado. Esto implica ser prudentes en lo que consumen (medios, conversaciones, influencias) y procurar un ambiente que honre a Dios.
Como hemos visto, vivir en la luz es un llamado a la santidad y un compromiso profundo con Dios. 1 Juan 1:5-10 nos recuerda que no podemos tener comunión con Él si insistimos en caminar en las tinieblas. Dios, quien es luz, nos invita a dejar de lado el pecado y a vivir en transparencia, honestidad y verdad. Para lograrlo, debemos reconocer nuestras faltas, confesarlas y aceptar la limpieza que solo la sangre de Jesucristo ofrece.
Vivir en la luz no significa perfección, sino rendición constante al poder transformador de Dios en nuestras vidas. Al comprometernos con esta vida de pureza, crecemos en comunión no solo con Dios, sino también con nuestros hermanos en la fe. Que podamos, día a día, elegir la luz sobre la oscuridad, reflejando así la santidad de Aquel que nos llamó a Su maravillosa luz.






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